ENSAYO El feminismo en la poesía mexicana actual: el caso de Dolores Dorantes | Ignacio Ballester Pardo


No cubrimos nuestras caras de niña. Somos la guerra.
Dolores Dorantes (2011: 17)

Después de estudiar el reconocimiento que tienen en México las poetas (ni poetas mujeres ni poetisas), a lo largo de las anteriores ediciones de Investigando en femenino, tal como intenté reflejar en «¿Las poetas mexicanas son tan pocas?» (2015), texto publicado en Bitácora de vuelos, el caso de Dolores Dorantes (Córdoba, Veracruz, 1973) concentra el machismo, la imposición, la censura y la violencia de la escasa libertad de expresión que tiene la mujer en el país norteamericano, más aún si se dedica al periodismo y a la poesía desde una postura feminista. Las poetas de México no solo ven cómo su presencia en las antologías (un quinto, normalmente; un tercio, en el mejor de los casos) está muy por debajo de su presencia real en lecturas y actividades poéticas, tanto como ponentes como oyentes. No solo tienen menos derechos o libertades, sino que llegan a poner sus vidas en peligro por denunciar el delictivo estigma machista.
         Dolores Dorantes es autora de los poemarios Poemas para niños (1999), SexoPUROsexoVELOZ (2004), Septiembre (2007), Estilo (2011), Querida fábrica (2012) e Intervenir (2015); este último en coautoría con Rodrigo Flores. La mayoría de sus libros están disponibles en su blog o en el Archivode Poesía Mexa. Ha formado parte de, quizá, la más rigurosa muestra poética de las últimas décadas en México, El manantial latente (2002), de Sin puertas visibles. An Anthology of Contemporary Poetry by Mexican Women (2003), de Jen Hofer, y representó a su país en Francia con México 20 (2016): antología casi equitativa, de veinte poetas, ocho son mujeres. Dorantes es una poeta y periodista mexicana que vive en EUA desde 2011 debido a las amenazas, la intervención y la persecución que sufre por ser feminista. De ello da buena cuenta el blog que ese mismo año tuvo que cerrar a propósito de tal vejación, todavía impune y continua en otras mexicanas. Sin embargo, la poeta sigue trabajando en un nuevo espacio personal para evidenciar el maltrato que ahora crece con Trump. Veamos los poemarios que escribió y publicó por aquellos años en dos editoriales fundamentales para el género literario que nos ocupa: Estilo (Mano Santa, 2011) y Querida fábrica (Conaculta, 2012).
         Estilo arranca con el significado que tiene la palabra que da título al poemario: «En Botánica, el estilo de una flor de angiosperma es la prolongación del ovario al final de la cual aparece el estigma. El estilo no contiene óvulos, quedando éstos restringidos a la región del gineceo llamada ovario. Modo de expresión básico y distintivo» (9). Así pues, estamos ya ante la primera obra de la jarocha en la que explícitamente reivindica la igualdad y la fuerza de la mujer para resolver los conflictos que ella misma sufría en ese año en que tuvo que cerrar su blog por las amenazas y las persecuciones, preludio de su viaje a EUA. El Archivode Poesía Mexa recoge el manuscrito, por lo que seguiremos la edición de Issuu. Cada una de las tres partes del poemario comienza con una reflexión sobre el significado que tiene el estilo en la voz poética que se desangra y que se dirige a la primera fuerza de mando del país vecino.
         Dorantes muestra la violencia mediante los animales. Así termina una de sus primeras prosas de Estilo: «Conviértenos en cielo que atraviesan las ramas. Captúranos del cuello como a los animales. Como a los animales, fervor.”» (12). Otras poetas coetáneas (pensamos, por ejemplo, en Amaranta Caballero) cultivarán una poética del bestiario, en este caso de los pájaros («una racha de pájaros» emigrantes, como Gaëlle Le Calvez) que fecundarían las plantas encarnadas por el sujeto poético de Dorantes en la petición explícita de supervivencia y libertad que logra el símil con la columna del ovario a la que se hacía referencia:

«10.- Todas queremos que nos mantengas vivas. Queremos que nos tengas hirviendo. Que digas sí y más. Que ordenes échense y muéstrenme la lengua. Todas queremos que nos enrojezcas. Que nos atravieses. Queremos recibir el golpe de tu lengua y perdernos. Intenta sujetarnos y pasear con nosotras. Intenta descubrir lo que somos. Somos tus códigos, una hilera de cifras para que nos sometas. Números rojos y brillantes. Hirviendo.» (15).

Las comillas y la numeración de los breves textos nos hacen pensar en testimonios de otras víctimas desaparecidas. La focalización en la boca llena de lengua e incisivos reivindica la voz que se alza en contra del macho que pretende acallarla. Más adelante, en la prosa 13, pide clemencia al pasar la frontera, algo que con el nuevo gobierno de EUA cobra mayor importancia: «Somos adolescentes armadas cruzando la frontera» (18). En varias ocasiones se alude a la presidencia. Ahora podríamos pensar en Trump; sin embargo, hace siete años el problema lo causaba o desembocaba en la figura del entonces máximo mandatario de México, a quien se dirige el poemario: Felipe Calderón. Bajo su gobierno estalló la guerra contra el narco que aún perdura. La primera persona del plural convierte a la poeta en representante de todas las víctimas desplazadas. Este es el final de la primera prosa de la tercera parte: «Somos los frutos frescos de la guerra» (35).
         La boca, los pájaros, la sangre, el cielo o el sol se repiten en Querida fábrica. Ahora, un año después, el espacio es urbano, industrial, tangente, específico. El tono autobiográfico evoluciona del tránsito al asentamiento, todavía tierno, de un nuevo lugar desde el cual intentar mejorar la patria −«otra patria/ otra fábrica del interior» (28)− a la que le escribe una misiva cuyo destinatario sigue siendo el presidente que en 2012 acaba de darle el relevo al PRI de Peña Nieto. El mensaje del horror también se dirige a quien lee. La reiteración de «como tú» cala en la mente de cualquiera que pudiera encontrarse en la situación descrita de forma más implícita en este poemario: «[...] La escritura que escarbas en la humedad de las paredes/ puedo leerla mientras cuento tu respiración: “es difícil la línea entre un país y otro/ el hueco sin remedio”» (37). El amor que ha quedado al otro lado de la frontera aumenta la desolación y la impotencia, el pataleo; pero si no pataleáramos, perderíamos el equilibrio.
         Daniel Bencomo es de los pocos críticos que se refiere a Dorantes. Y lo hace llegando a esta conclusión en la revista Crítica: «Con una solidez en antípodas de lo panfletario, desde la poesía impura, ambos libros exhiben los limitados límites de nuestro constructo social, ciudad y república. Poemas obsesos y mórbidos desde la orilla de un país en desgracia, para una república infértil: potencia y madurez que Dolores Dorantes hace patente en Estilo y en Querida fábrica». Alejandro Higashi pensó en su obra para articular la poesía patriótica del México reciente en un artículo de iMex (2017):

En los poemas de denuncia, muy por encima de la identidad, se resiente la extrañeza de no identificarse con la circunstancia de brutalidad que se narra; se documenta lo inmediato desde fuera, sin tiempo para pensar en lo simbólico; como escribe Dolores Dorantes en un poema de Querida fábrica:

Esto no es poesía
es
lo que dictan las circunstancias:
                   una res abierta descansando en la carnicería
una puerta violada para alcanzar tu corazón, criminalmente (Dorantes 2012: 37).

Pese a todo, la poesía patriótica sobrevive excepcionalmente, bajo sus propias reglas y siempre refractaria al ampuloso patrón declamatorio de las fiestas patrias, por lo que su estudio podría prepararnos para el repunte de una poesía patriótica de nuevo cuño (Higashi, 2017: 92).

Por último, es muy esclarecedora la edición bilingüe de Intervenir (2015) que Dolores Dorantes firma con Rodrigo Flores Sánchez, contemporáneo a la autora de Estilo. Los poemas, con ese reforzado desdoblamiento del sujeto poético, son más sólidos y autónomos que en los libros anteriores, cuya idea era la escritura desde el otro lugar. El texto en inglés (traducido por Jen Hofer), junto al original en español, muestra la separación blanca, invisible, testimonial, que la poesía permite truncar mediante la expresión verbal:

Patria                                       Homeland
territorio                                   territory
independencia                                     independence
amor                                        love
[...] (14)                                               [...] (15)

El hecho de que este libro se haya publicado con su correlato inglés, como decimos, ofrece una doble óptica que refleja tanto la autoría bimembre de Dorantes y Flores como la realidad de los mexicanos que viven en EUA. La traductora, Jen Hofer, adjunta al final del poemario una nota donde explica que:

Intervenir termina con una intervención: el poema «La niña de Guatemala» de José Martí interviene el libro de Dorantes y Flores, invocando tanto una historia de explosivas luchas revolucionarias por la independencia como la presencia fantológica de una joven muerta antes de su tiempo, una referencia prismática a todas las mujeres (y hombres) guatemaltexs asesinadxs a manos del estado. Ambas son invocaciones pertinentes para el México actual. Dolores y Rodrigo intervienen el poema de Martí, reescribiéndolo desde dentro, volviéndose el enterrador que simultáneamente entierra y desentierra lxs muertxs (186).

Dorantes supone, pues, un pilar fundamental para entender la dimensión social en la poesía mexicana. La poeta, obligada a irse de su país natal, muestra en su obra el dolor que causa esta dictadura encubierta e indemne. Ahora bien, la autora de Poemas para niños no se monta en la tragedia y elige una expresión tan sincera como serena para evidenciar las carencias de un sistema que la poesía aún puede rechazar.
         El nuevo feminismo mexicano surge en la década de los setenta del siglo pasado, según Estela Serret, y está muy activo en México en los últimos años, desde los trabajos de la narradora y ensayista Margo Glantz a las poetas y editoras Leticia Luna, Maricruz Patiño, Yvonne Cansigno o Adriana Tafoya. En la obra de Dorantes advertimos tanto una descripción del problema como una denuncia explícita. El peso autobiográfico de la poesía permite entonces una liberación de la propia autora y un conocimiento, por parte de quien lee, de lo que realmente supone el feminismo en la actualidad de México. El caso de la jarocha es poco común en otros poetas (como Gerardo Deniz) que, si plantean dicha perspectiva, lo hacen para caricaturizar, no tanto el feminismo en sí, sino las críticas machistas y, por tanto, casposas que lo rodean.
         Hace unas semanas, en febrero, hubo una nueva polémica sobre el feminismo que existe, no tanto como debiera, en la poesía mexicana. La escritora Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) publicó en ElPaís («Nuevo feminismo») su desacuerdo con quienes esos días se manifestaban en la calle por los derechos de las mujeres. Días después, la poeta Esther M. García (Ciudad Juárez, Chihuahua,1987) le respondió con preguntas y argumentos tan duros como sinceros. Joaquín Díez Canedo en NoFM-Radio, Consuelo Sáenz en La libreta de Irma Gallo o Eduardo Rabasa en Reporte Sexto Piso también se posicionaron al respecto y criticaron la postura de Luiselli. En España se acaba de publicar la antología Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (1964-1985), otra forma de acercarnos a las poetas silenciadas.
         El 11 de marzo se abrió la primera escuela de feminismo en la ciudad de Chihuahua, gracias a Mercedes Fernández, Verónica Terrazas e Indira Sandoval. Fue precisamente en Chihuahua donde, tres días antes, el 8 de marzo, Esther M. García habló de «Mujeres y literatura: Misoginia y machismo en el medio cultural mexicano». Se anunció La Feria Internacional de la Lectura en Yucatán, cuyo cartel muestra a una mujer de espaldas que pide ser castigada por el hombre que la marca con una fusta, pero le pide que le deje leer. Entre otras, la escritora mexicana Brenda Lozano denunció esta atroz forma defomentar la lectura y la violencia machista. Tristemente actividades como esta son comunes, en poesía y en otras artes; en México y, seguramente, en otros países. Debemos, entonces, seguir investigando en femenino.

IGNACIO BALLESTER PARDO. Universidad de Alicante

Imagen | Atomikaztex

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CUENTO La higuera del señor que vendía manzanas | Víctor Hugo Ávila Velázquez


Su anciana mujer salió de la casa de abobe para recibir la mañana, esperado a que él se marchara a trabajar. Sobre la tierra mojada, por la brisa matutina, madrugadora, posaban unos higos caídos por el viento de la noche; el viento ligero soplaba y silbaba a discreción, tumbando a los higos maduros y dejando a las brevas soportando con su fuerza mínima aquel desprendimiento de su dadora de vida; la higuera.
      Su anciana mujer regresó a la casa por un canasto de mata, amarillo y gastado. A pie de la higuera ella observaba a los caídos, dudando y cuestionando a los aún colgados. Se agachó por un higo con un dolor de viejo vivido, lo echó en el canasto, volvió a agacharse, tomó otro y lo dejó caer en el canasto.
      Él salió de la casa de adobe, desmontó la bicicleta de una de las paredes y miró a su anciana mujer recogiendo los higos, tosió con la intención de dar a entender que ya se iba.
      Ella mirándolo empezó a santiguarlo con una oración, persignándolo con una mano al aire y la otra con un higo. Él se alejaba, a paso lento, como queriendo que acabara la oración antes del que él llegara al camino.
      Se subió a la bicicleta mirando la caja de manzanas, amarillas, grandes, llenas de vida, hasta que debajo de una de ellas, escondida y discreta, vio a una con una leve mancha de color café, el café de podrido, el café que desfavorece, el café de “ya se jodió”. La tomó y la aventó sobre el arroyo que acompañaba al camino rumbo al pueblo.
      Revolvía las manzanas de la caja para buscar otra contaminada pero fue en vano, todas gozaban de frescura. No quería, no podía sacrificar más manzanas, el manzano estaba muriendo, estaba malo por la plaga, estaba malo de “ya se jodió”, un año o medio, quizás y lo cortaba, sólo contaba  ya con el naranjo y sus agrias naranjas verdosas, el granado y sus exactas y temporales granadas y la higuera con sus simples e indiferentes higos.
      Regresaba ya a su casa, con la caja de manzanas igual de llena, pero ahora, por una razón lógica, le pesaba más el camino, le pesaba el día de mala venta, el día de “ya se jodió”.
      Sobre cada vuelta de llanta, donde levanta a la tierra estática, sentía un peso de más; el camino era recto aún y se iba irguiendo cuesta arriba cuando se acercaba al arroyo, cada pedaleada le recordaba su hambre, tomó una manzana, le lastimaba el haber aventado la otra y ahora tener que comerse una de las buenas, una que aún mantuviera su color entero, sin fisura, sin daño. Mordía y le revolvía el estómago.
      Cuando alcanzó a ver su casa, lejos, sola entre árboles, hierbas y arroyo, se bajó de su bicicleta y caminó hacia ella pensando en un perro, en el perro que ya no estaba, en el perro que ya no lo buscaba, en el perro que “ya se jodió”.
      Llegó y volvió a toser intencionalmente, pero ahora era para demostrar a su anciana mujer que ya había llegado.
      Retiró la caja de manzanas y montó la bicicleta en la pared. Se sentó en la piedra moldeada que se recargaba casi en la puerta, aún estaba ligeramente húmeda la tierra. Volvió a toser mientras se dirigía pequeñas ráfagas de aire con su sombrero para sofocar el calor interno de su cuerpo. Tosió una vez más, nada, el silencio acompañaba al viento y las ramas que se movían al vaivén producían un suave crujir.
      Cayó un higo, él miró la higuera, su anciana mujer yacía sobre el canasto de mata, los higos comprimidos al lado de su cuerpo.
      Él regresó la vista a sus manos, a su sombrero, a la caja de manzanas, cerró los ojos, imaginó la higuera y con una mueca de ahogo en su cara se dijo: ya se jodió.


VÍCTOR HUGO ÁVILA VELÁZQUEZ (Aguascalientes, México, 1986). Narrador. Ha colaborado en diversas revistas culturales desde el año 2006. En el año 2010 publicó su primer libro de relatos titulado Retratos en marco de piedra.

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POESÍA Hablo de mi abuela | Laura San


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Cesare Pavese

Hablo de mi abuela y de la historia detrás de esta imagen, de lo oculto que hay en ella, pues, como decía John Berger, “el verdadero contenido de una fotografía es invisible, porque no se deriva de una relación con la forma, sino con el tiempo”, pero, ¿qué es el tiempo?, ¿el significado de cada una de las arrugas de su rostro?, ¿las horas empleadas para tejer los cuadros de su rebozo deshilado?, ¿la duración de segundos que me llevó apretar el botón de la cámara para tomar la fotografía?, ¿lo que mi abuela recordó en ese instante?, ¿lo que vivimos juntas durante muchos años? Sí, esto, esto último es lo invisible en el retrato.

Hablo de mi abuela Alicia y de esta imagen que se convierte en el rostro de su vida. Hija de padres queretanos, nació el 21 de febrero de 1921, en Huimilpan, una región que tuvo asentamientos agrícolas desde la época prehispánica. Su papá Jorge se dedicó a la siembra del maíz, mientras su mamá, María de la Luz, cuidaba de ella y de sus cuatro hermanos. Desde muy pequeña la tierra fue su único Universo: aprendió a surcar, a sembrar y a cosechar maíz y frijol. Dedicaría su infancia y juventud a esas labores del campo.


Hablo de sus manos, cuyas líneas son los surcos que ella sembró a lo largo de su vida, entre ellos, el amor. A los 18 años conoció a Sebastián. Un joven campesino y también músico, quien había heredado de su padre el gusto por el violín y la guitarra. A su amor a la tierra, Alicia sumó el amor por mi abuelo. Decidieron vivir juntos en Los Cues, un rancho, que desde la época colonial contaba con una hacienda y tenía tierras propicias para la agricultura.



Hablo de mis abuelos y de la casa que construyeron juntos, con piedras, adobe y tejas como techo. En ese lugar nacieron sus ocho hijos. La casa que ahora recuerdo y veo en estas imágenes, la de cocina con fogón, un cuarto para las mujeres y un pasillo largo que servía como dormitorio para mis abuelos y los hijos varones. Ahí también se almacenaba el maíz y el frijol, además de las monturas de los caballos.

Hablo de la “interrupción del tiempo” que me permiten estas imágenes, las que –al leer con la mirada y la memoria– se convierten en un testimonio de ese entonces. En ellas, leo la vida de mis abuelos, aquella que me tocó presenciar desde pequeña y que disfrute a su lado: el olor de la madrugada, el rocío de la mañana, el canto de los gallos, los rayos de sol que se colaban por las tejas, la mirada de los caballos en el corral, el aire sereno de la tarde, el sonido de mi andar por las calles empedradas, la tierra húmeda y la noche oscura con historias de brujas que venían a chupar a los niños recién nacidos.


Hablo de las enseñanzas de mi abuela cuando me llevaba a cortar leña de los huizaches secos. De su paliacate en la cabeza, su suéter viejo para cubrirse las manos, su falda larga y sus calcetas de algodón para “atrapar” las espinas cuando subíamos el cerro. A su lado aprendí a “raspar” magueyes, montar a caballo, desgranar maíz en la oloteras, moler chiles guajillos secos para hacer salsa y a preparar champurrado para consentir a los seres queridos.


Hablo del velís café donde encontré esta fotografía, un “rastro almacenado” o “rastro-memoria”, como diría Joan Fontcuberta. Una huella de la infancia de Yolanda, mi madre, sentada ahí al lado de su hermana. Aún se distingue el atrezo del estudio y el moño que adorna el cabello de mi tía María Luisa. Dos niñas cuya infancia transcurrió entre labores domésticas y servir a los hombres de la casa. Dos mujeres que, más tarde, migraron a la ciudad de México buscando otra forma de vida.


Hablo del “fragmento congelado” que capturó esta imagen y que muestra mi pequeño árbol genealógico en línea materna: mi abuela, mi madre, yo y mi hija. Fotografía de cuatro generaciones, en la que estoy ausente, pero también presente detrás de la cámara. Tras la muerte de mi abuelo en el año 2001, mi abuela se había quedado sola, pero nunca quiso irse del pueblo donde habían hecho una vida juntos. Siguió tocando la armónica como una forma de espera o encuentro con él. En su espera, vi el cuerpo de mi abuela decaer, volver a ser niña y necesitar los mismos cuidado de un recién nacido, el mismo amor. El encuentro de mis abuelos se dio hace poco. Ella señaló un lugar y dijo que él había llegado. Ese día comenzó a tener problemas para respirar, ese mismo día murió.


Hablo de mi abuela y de su muerte, de la madrugada y del silencio. Del rebozo con el que la cubrimos y con el que siempre la recordaré. De las imágenes que de ella guardo en mi memoria poética y que son solo un testimonio, una huella de la historia que vivimos juntas. Hablo también de las raíces que dejó a su paso y que ahora continuan en las líneas de mis manos.


LAURA SAN (México, 1978). Historiadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Lectora de poesía y aficionada a la fotografía. Twitter @poesia_noerestu

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ESCAFANDRA La memoria de los vivos, esperanza de los desaparecidos | Blanca Vázquez


Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges
“Uno imagina cada noche que puede volver, escuchar su pasos, su risa, su voz pidiéndome agua… uno quiere que regrese, que le cuente de sus sueños, de lo que quiere ser de grande… uno quiere pensar que está con vida, que quiere volver, que pronto nos verá…uno quiere tanto y en ese tanto se nos está escapando la vida”.

Vivimos apresurados, pendientes de seguir existiendo, preocupados por el alza de precios, cansados de escuchar tanto y tantas veces que México se ha convertido en una gran fosa, que somos ciudadanos privados de derechos, custodiados noche y día por fuerzas públicas que en lugar de inspirar confianza nos han  convertido en una sociedad temerosa de todo y de nada. Vemos sin ver, escuchamos sin escuchar; parece que no sentimos y sólo sabemos de números, 43, 31, 240, 39… números y números que han dejado atrás los rostros, las personas, las historias de vida que no podrán narrarnos. ¿En qué momento nos hemos descubierto ante una realidad tan cruda que no queremos tomarla en cuenta? ¿Cuándo nuestra memoria hizo un velo para dejar de sorprenderse?

“Debajo de su cama quedaron sus huaraches con los que iba a la milpa, esa tarde salió a jugar a la cancha y ya no regresó. Los otros chamacos dicen que de una camioneta se bajaron unos más grandes que ellos y se lo jalaron a la fuerza. Yo lo sigo esperando”.

Los seres humanos tenemos derecho a la memoria; José Saramago[1] comentaba que Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir. Sin embargo, parece que no queremos darnos cuenta o lo hacemos, pero el Estado a generado un miedo constante con el ánimo de paralizar no sólo acciones, sino también a los recuerdos. Es la familia de los desaparecidos, de los violentados quienes se han levantado a buscar, a hurgar en la tierra, a clamar por aquello que no pidieron y que están padeciendo. El miedo como estrategia del Estado ha buscado desencantar a la protesta y sin embargo, seguimos viendo madres y padres que no han cesado. ¿Cuándo nosotros nos posicionaremos? ¿Esperaremos a que a alguno de nuestros seres que amamos no lleguen? Pensemos que es la memoria lo que les mantiene vivos, la que les permite conformar una lucha diaria. Ellos configuran una memoria individual pero al mismo tiempo nos otorgan una memoria colectiva, una construcción identitaria que lucha contra la represión porque ella trae olvidos, silencios y destrucciones.

Cierro los ojos para ver más hondo
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo: la memoria.
Ángel González[2]

El arte ha sido fundamental para poder perpetuar la memoria, aún cuando ésta genere un dolor insoportable, porque ayuda a continuar la memoria, a informar (aunque éste no sea su fin inmediato) a procurar que el olvido no inunde las humanidades, porque si eso sucede, esos cuerpos desaparecidos, esos cuerpos violentados, esos cuerpos arrancados de la vida no tendrán esperanza; y es la esperanza lo que no ha vuelto estéril la lucha, la búsqueda de aquellos a quienes les han robado su voz, a quienes les han desaparecido.

Para leer: 
José Saramago. Las pequeñas memoria. (2007). México: Alfaguara.
* Sergio Aguayo. De Tlatelolco a Ayotzinapa. (2016). México: Ediciones Proceso.  
Jesús Bartolo Bello López. No es el viento el que disfrazado viene. (2004) México:
   Centro Toluqueño.
* Leonardo Sciascia. Para una memoria futura. (2013).  México: Tusquets.

Recomendamos que escuchen:
*Pedro Guerra y Ángel GonzálezLa palabra en el Aire.

Itasavi1@hotmail.com
________

[1] José Saramago es un fuerte referente de la literatura, pero sobretodo de la memoria. Poeta, novelista,  periodista y dramaturgo portugués; merecedor del Premio Nobel de Literatura. Autor de Caín, El evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres entre algunos de sus títulos.
[2] Ángel González Muñiz formó parte de la Generación del 50. Fue un poeta español que encontró en la palabra la herramienta de mostrar el dolor y la solidaridad de la humanidad.

Imagen | Douglas Coupland

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POESÍA La frontera | Frida Leal


La frontera se emblandece a la hora del surrealismo.
     Olvidamos las palabras y sólo nos oímos respirar. Hay nuevas marcas en la arena de tu piel y un sabor agridulce en tu boca. En la frontera hay un remolino sin viento, un huracán de saliva que tremebundo se inserta en la llana y obtusa parte de mi cuerpo. Ahí estás tú: petricor gestado en todos los vértices del paisaje, a lo largo y ancho de este mundo, en lo hondo de la regadera.
     En la frontera somos quienes somos sin saber a dónde vamos, ahí se olvidan prejuicios, se sudan las dudas. Cada oleaje de sábanas se mezcla con el retintín de tu carne, cada movimiento sigue al pie la partitura de mi voz.
     Los runruneos de tus ojos temblequean la Frontera, mi lengua tiene microscópicas ventosas, que sobre la superficie correcta, siembran pedazos de luz y euforia del minuto antes de la muerte.
     Sólo somos tu y yo gritándole a los muros, haciéndolo como animales.
     En la frontera hay días que amanezco portentosa, lasciva. Otros más soy piedra olor a fango, una raya más. Pero hoy, para el arrastre, voy de un lado a otro furiosa de existir.


FRIDA LEAL. Licenciada en Letras Latinoamericanas por la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha publicado en revistas impresas y electrónicas como: la revista Perfiles de la UAEMéx, en la Gaceta iconoclasta del FES Zaragoza de la UNAM, la revista Dislexia número 2 y 3, Revista A buen puerto, entre otras. Fue delegada ante la Rednell de UAEMéx Amecameca 2014-2016 Tiene participación activa en encuentros literarios nacionales. Intervino en el programa radiofónico Soy Poeta luego existo de la SOGEM. Actualmente coordina la dirección de la Revista literaria Prólogo.

Imagen | Pinterest

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MINIFICCIÓN De las tantas transformaciones | Ricardo Alberto Bugarín


CAMBIO DE PLANES

Le inyectamos lidocaína y comenzó a hincharse y a hincharse. De un color normal pasó a ponerse violáceo y, en el peor de los momentos, empezó a arquearse, a zigzaguear, se nos quiso tirar al piso. Para contenerlo, le hicimos un tajito y lo metimos en agua purificada. Casi se nos ahoga. La velocidad cinética de la metabolización no funcionaba. Le agregamos sal y se nos quedó duro. Nos le quedamos mirando y decidimos limpiarlo, secarlo bien, y lo volvimos a su caja. Le cambiamos la etiqueta y lo enviamos para otro sector.

ÚLTIMO CUMPLEAÑOS

Se venía destejiendo. Yo la vi desde lejos y noté que algo le sucedía. Avanzaba con rapidez pero observé que iba dejando como una extraña estela detrás de sí. Al llegar a mí y abrazarme ya era un montón de lanitas enruladas. Igualmente le agradecí tanto esfuerzo y una sonrisa silenciosa fue su última presencia.

CONSECUENCIAS DEL FRÍO

Este invierno hace un frío estrepitoso, con decir que se nos hiela hasta la escasa sombra que logramos proyectar con este sol tan débil y melancólico que tenemos.
         Las gárgolas parecen como entristecidas en la altura y más de una se hubiese tirado al vacío si no fuera que conservan conciencia turística y recuerdan que son uno de los atractivos mayores del pueblo. Pero una de ellas se hizo la loca y se bajó una noche y se acomodó en la izquierda del ábside.
         Hoy nos conocen como la iglesia de las diecisiete gárgolas. La número dieciocho se sigue haciendo la loca en su nuevo emplazamiento y no hay tu tía de que se vuelva a su lugar. “Al menos hasta que pase el frío”, nos dijo.

PLAN FAMILIAR

En la aseguradora le dijeron que el plan cubría a toda la familia. Satisfecho volvió a casa, tomó los fósforos y quemó todos los retratos.

EL SUEÑO DEL HÉROE

El héroe duerme. Un lienzo amarillo tiene la misión de cubrir tan lozana y legendaria anatomía. Gira para un lado. Gira para el otro. Se coloca boca abajo y todo un muslo queda al descubierto. Se arremolina. Se toca. Se acurruca. Se enfeta, se lleva el pulgar derecho hacia la boca. Succiona. Una nalga queda al desnudo y vemos que allí lleva grabado el signo de la estrella. Gime. De repente observamos que un líquido abundante va humedeciendo el catre. El héroe sueña. En todo hombre hay un niño, suponemos.

CORRER POR EL AVISO

Leímos el aviso y salimos corriendo. Cada cual pilló al voleo lo que tenía a mano y salimos para la calle. Cuando llegamos al descampado nos la encontramos. Estaba ahí redonda, gigante, inmensa, azul y callada. No se veía nada por los alrededores. Nos fuimos juntando a prudente distancia y cada cual comenzó con sus exclamaciones y comentarios. Algunos decían de acercarse, otros de tirarle piedritas a distancia, otros de hablar por altavoces, otros agarrar un avioncito del aéreo club y mirarla desde arriba, otros de remolcarla hasta la plaza para estudiarla. Se nos fue la tarde completa en disquisiciones y al final nos regresamos cuando ya era noche cerrada. Y allí quedó en el campo, redonda, gigante, inmensa, azul y callada.

TRIÁNGULO AMOROSO

Íbamos de lado en lado. Nos abrazábamos en los ángulos. Nos acurrucábamos en los vértices. Éramos un jolgorio. Al final, nos fuimos por la hipotenusa.

SIMPOSIO DE SONIDOS

Armamos un simposio de sonidos. Los gritos de mamá, los rezongos de mi hermana, el gruñido de mi padre, la flatulencia de mi tío, los eructos del padrino y los ronquidos de la abuela. Agregamos, para darle un poco más de majestuosidad y de intriga, el chirrido de las puertas y el ahogo de las canillas. Toda la casa y la familia acompañaron de manera académica. Después entregamos certificados de asistencia y distribuimos menciones al mérito. Mi responsabilidad de ceremonial y protocolo estuvo lucidísima.

A LA HORA DEL TÉ

La jalea de frambuesa nos negó la entrada diciendo que éramos muy poca cosa, cinco rodajitas de mala cara para una mesa tan oronda. Y nos quedamos afuera, mirando por la ventana, y nos contentamos mordiéndonos las unas a las otras.

CONSECUENCIAS DE LA POBREZA

Éramos tan pobres que lo único que teníamos para comer eran hostias fritas en grasa de velas. Mamá las traía el domingo y las racionaba para toda la semana. Después, en el tiempo de las brevas, mejorábamos la dieta. De ahí, dicen las tías, nos viene esta piel traslúcida y nacarada que nos da caritas de ángeles, esta esmirriada figura que parecemos muñequitos de altar, estas dulces miradas que nos dan un aire celestial. ¡La languidez tiene tantas transformaciones!

***

RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural. Publicó Bagaje (poesía, 1981). En microficciones ha publicado: Bonsái en compota (Macedonia, Buenos Aires, 2014), Inés se turba sola (Macedonia, Buenos Aires, 2015) y Benignas insanias (Sherezade, Santiago de Chile, 2016). Diversas publicaciones periódicas y revistas especializadas han publicado trabajos suyos tanto en Argentina como en Ecuador, España, Italia, USA, Venezuela, Chile, México, Perú, Colombia y Uruguay. Textos de su libro Bonsái en compota han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Imagen | Juan Osorno 

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POESÍA Mar Océano | Adán Echeverría



Hace muchos años
en el inicio de todo
los días no eran tan nublados como hoy
el sol no parecía estar tan enojado como hoy
y la tierra no era tan seca
como la que solemos pisar hoy

Todo era oscuridad
nos dicen
¿y por qué habríamos de creerles
a esos magos del viento
que no supieron cuidar nuestro planeta?

Mejor será
comer pan tostado con mermelada
viendo la televisión
y escuchar historias de marineros
de vientos que mueven las velas
y canciones saladas
que nos llevan hacia el Mar

El Mar que todo se lo come
el Mar que todo lo ve
el Mar como esa caricia
la espuma sobre nuestra piel

¡Súbanse que nos vamos a la playa!
Por el camino por la carretera
la voz de papá y sus instrucciones siempre serias
y los ojos de Larissa
en el retrovisor:
¡habrá que sacarle la lengua!

Tienes que sentir cómo cambia la brisa
mientras nos alejamos de la ciudad
Salimos al campo rumbo a alguna playa
para corretear un poco
y perseguir a las olas
que nos quieren morder los dedos de los pies

Papá dice:
Un fantasma se llamaba Ramón
sabía de asustar niños
pero con las niñas
siempre tenía pendiente
porque le faltaban dos dientes
y siempre perseguía un ratón
Mi papá tan ocurrente
siempre sabe sonreír


"Mira Diana ya se ve el Océano"
Tengo que sacar las manos de los bolsillos
o se me pegará la arena por tanta mermelada que llevo en los dedos
"Diana querida no saques las manos del auto"
Mi abuela sonríe
mis hermanos se hacen gestos
mientras juegan videojuegos

¡Oh qué profundo tan azul
de ese Mar que me contempla!

¡Atraparé un delfín
para montarlo!
"Mira las gaviotas. Vamos por ellas"
¡Espérenme que se me caen
las chancletas!

Aquella caracola
que traes en el pecho
el hogar sería de todos mis secretos
si la malvada ola
no la hubiera dejado
escondida en esta arena

Los barquitos de concha que se ven tan silenciosos
extrañan seguramente sus tesoros de almejas
con sus granitos de perlas
ahora prendidas de alguna oreja

Cuántos niños corren por la playa
¡Mira esa montaña! ¿Es la arena?
No. Es un pobre manatí que ha muerto
por el aspa de una lancha
que ha cortado su cabeza
He querido llorar

Los brillos de sol en el mar
parpadean sus ojitos en la espuma
¿Has perdido el traje de baño Esteban?
Corriendo siempre corriendo
Ese niño no se queda quieto
sus huellas borra la mar

No me pueden atrapar. "Eres una estrella de mar"
Larissa no me alcanzas. "Eres un hipocampo"
Eres una aguja. Un bagre bigotudo
Eres una anguila. Anguila no. ¡Y eléctrica!
No llores Larissa. No es verdad.
No eres una anguila
"Ven acá pequeña. ¡Soy un tiburón!"

Esta peluca de sargazos. ¿Me queda bien?
"Solo si quieres parecerte al monstruo del pantano "
Del mar. El monstruo del pantano pareces tú
¡Larissa! Me está diciendo cosas Elí
"Acabemos ya pequeño"
La monstruo del Mar Océano
"Si tú lo dices"

Y el Mar Océano que se come a los piratas
y el Mar Océano que se traga a los turistas
Préstame unos tiburones Mar Océano
No hice la tarea y mañana vendré a verte otra vez
nuevamente. Estirado como un plato
¿dónde han ido tus oleajes? ¡El Mar Océano no puede contenerse!

Soy el Mar Océano    dice la péqueña Diana
Soy el Mar Océano con cabello de sargazo
y el viento viento viento sopla que sopla en mi espalda
¿Dónde están todos tus piratas Mar Océano?
Quiero esa luna        dámela

La monstruo del Mar Océano
que todo lo puede que todo lo devora
como dice mi papá
Devoraré las corcholatas
¡Guácala saben a óxido!
"Ya deja de decir tonteras Diana Luz"

¿A dónde vas pequeño marinero?
"Déjame Diana"
¿Sigues molesto porque te regañaron?
Ya no estés molesto. Te perdono
Soy el Mar Océano y te regalo mis gaviotas
"Las gaviotas no son tuyas Mar Oceáno
o como quiera que te llames"

Soy la Monstruo del Mar Océano
y tú tienes que obedecer ¡Quiero mis gaviotas!
"Pues corre tú para atraparlas"
Corre corre que ahí viene la arena
El hombre de arena nada puede
contra La monstruo del Mar Océano
¡No me eches arena en la cabeza!

Querido Mar Océano quiero ser como tú
guardar la luna en cada parpadeo
y jamás dejar de ronronear.
Quiero llenarme la cara con el naranja del atardecer
y en cada beso de arena y agua olvidar la prisa de todos los días





Saber de todos los ciclos naturales
que van y vienen como las olas: abajo, arriba, de nuevo para abajo
¡Esta agua que no se queda quieta!
Todo pasa a través de ti
las lluvias los ciclones el frío los enamorados
y esos  barcos que siempre se van
¿Tráeme un beso de alta mar?

Mis queridos marineros no quise hundirlos se los juro
ustedes que no ceden en se empeño
y siempre quieren pescar de más
"Mira los peces Diana" ¿Dónde dónde?
"Ven con nosotros Mar Océano"
Está muy fría esta agua. No quiero meterme.

Ay estos océanos que se tragan tantas cosas
se tragan las historias se tragan los rencores
se tragan los pasados se tragan los trajes de baño
y si se tragan los visores, díganme: 
¿por qué entonces vomitan a mi hermano Esteban?
¿no pueden tragárselo? "Diana, no digas eso."
Solo bromeaba

¡Soy el Mar Océano!
¿Otra vez? Pero si te da frío meterte al mar
Soy el Mar Océano que canta toda la noche
"El Mar Océano que agita toda la tarde y no se calla"
Me trago el sol y enciendo las estrellas
y en toda profundidad de cristalinas aguas
mi voz solo es submarino que volverá a tierra alguna vez

¡Oh cuántos delfines esta noche hay entre las olas!
¡cuántas sardinas van brincando!
Papá no quiero que los pesques Pobrecitos
Papá súbeme a tus hombros Vamos papi
alcanza a los delfines
"No puedo Diana Luz. No soy tan rápido"

¿Acaso no eres marinero?
Soy biólogo marino pero…
Yo creí que papá era amigo de los delfines
amigo de Neptuno
Es catastrófico para esta monstruo Mar Océano
una familia tan terrestre

Mi hermano Elí ama comer pescado
Mi hermano Esteban ama los castillos de arena
Yo amo las gaviotas cuando comen de mis manos
Adoro hundir mis pasos en la arena
que el viento juegue con mi cabello
y perseguir con la vista esas olas que nunca jamás se quedan quietas






Esta noche en la fogata papá y Larissa han ido a caminar
Esteban y Elí juegan al soccer en la arena
Abuelita está sentada junto a mí
y el sonido de las olas me besa las orejas
Arriba millones de estrellas
el fósforo abre sus ojitos entre las olas
¿qué quieres contarme lucecita?

Nada como seguir en esta playa
mirando aquel oleaje repetido
que siempre me habla de mi misma
Cuando crezca seré una navegante
"Serás lo que quieras, preciosa Diana Luz"
Papá sí que sabe divertir a los Monstruos.
Dame un beso querida Mar Océano.

Mira este cadáver de pez abuelita
Mira mis huellas en la arena
La fría arena la húmeda arena
Esa lengua de mar que se lo come todo
Ese sol que desapareció ¡qué tímido!
No te da miedo el Mar, Dianita
Yo nací del Mar querida abuela

Cuando crezca seré una navegante
iré por todos los océanos del mundo
"Para eso tienes que estudiar mucho Diana"
Para ir por el Océano solo tengo que embarcarme
y para embarcarme tengo que tener mucha arena en la cabeza
mucha espuma en los ojos mucha sal en el pecho mucho aire en los labios
mucha noche en los cabellos Para navegar necesito luz en la mirada
Solo eso

¿Dónde ha quedado la noche? 
¿Qué cosa dices repetido oleaje?
Amanece. Duermen los niños
La mar está quieta
En la oscuridad una sonrisa de espuma
viene a contemplar el campamento

Diana Luz sigue en la orilla
"Pero niña te va a dar una pulmonía
¿No tienes sueño?"
Abuelita. El Mar Océano estuvo despierto toda la noche
¿Nunca duerme? ¿No se aburre de la monotonía?
Su canción es tan relajante

Nunca duermen las sirenas
los tiburones sí duermen
también las manta rayas
a pesar de tanto movimiento
duermen también los barcos
en sus motores y velas

Yo soy la Monstruo Mar Océano
y siempre que voy ya vuelvo
en estas aguas encendidas de luz
mi espuma es la bienvenida
a todos los que me traen sus sueños
Es este Mar risueño tan lleno de carcajadas
Esta luna que no se quiere esconder
y el sol ya va saliendo

Corran hacia el agua corran niños
"¡Vamos Diana vamos a nadar!
Cárgame en tus hombros papá
tan sólo tengo cinco años
y del Océano
ya me he llenado el alma


ADÁN ECHEVERRÍA. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Nacional El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva 2008, Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007), Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Becario del FONCA en Novela (2005-2006). Poemarios: El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008) y Tremévolo (2009); Cuentos: Fuga de memorias (2006) y la novela: Arena (2009). Compiló en Disco Compacto Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México. Autores nacidos en el período 1960-1989 (2008).

Ilustración | Xanthippe Tsalimi

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