CUENTO Nefertiti en Berlín | Andrés Canedo


Hace unos días hablaba con una amiga alemana sobre Berlín y le conté algunas de mis impresiones sobre el Museo de Arte Egipcio de esa ciudad y sobre el busto de Nefertiti que se encuentra en ella. Esa Nefertiti que fue una obsesión extraña desde mi primera juventud. Le ofrecí a mi amiga un texto sobre aquella experiencia, el mismo que corresponde a mi segunda novela, largamente inconclusa. El mismo es fundamentalmente una reflexión sobre la belleza y la magia creadora del artista. Este es el texto:

En realidad es pequeño el Aegyptische Museum, pero vine hasta aquí no sólo por mi eterna fascinación por la cultura egipcia, sino porque sabía que acá, precisamente, encontraría a Nefertiti. Y ahí está, más bella y misteriosa que en las fotos que tantas veces observé. Es una escultura pequeña, un busto colocado sobre un pedestal, donde se revela ese rostro extraordinario de conmovedor encanto. Me acerco despacio, con respeto, con devoción y, mientras lo hago, siento que todo en mí se trastorna. Estoy frente a ella y me parece que me mira desde más allá de sus tres mil quinientos años, que, a través de ella, me observa la eternidad. Pero en realidad, son mis ojos los que la recorren y, a través de ellos, la agitación intensa de mi alma que se conmueve intuyendo a esa mujer viva en otros espacios, en otros tiempos, desde donde me asalta este presente para subyugarme en esta sala solitaria, en este lejano rincón de la tierra, tan lejos de nuestros orígenes. ¿Te hace justicia la mano del artista que transmutó tu forma humana en eternidad? ¿Es la calidad del arte la que te hace inmortal o es tu belleza aquí representada la que inmortaliza al arte? Hay en esta materia inerte resplandores de tu vida, mensajes, aromas, palpitaciones, sonrisas crueles.
          Me pregunto si te hicieron de memoria o si temblaron ante tu deslumbrante presencia como yo ahora, ante esta lejana representación. Me pregunto si es suficiente la combinación de formas de la nariz, de los labios, del mentón, del cuello, para exaltar mi noción más profunda de la belleza absoluta, o si es porque desde esas formas se insinúan actitudes, pasiones, rituales secretos. No imagino escenas, sino que me asaltan, como fulgores, instantes y espacios de su carne viva. No me basta sentir que ella debe haber sido la mujer más bella de todos los tiempos; no es el juicio estético el que me sacude, sino una honda sensación de que ella es todas las mujeres; la suma y la síntesis, la muestra de los dioses para hacernos intuir que siempre perseguiremos un sueño y que esa búsqueda inagotable es la condenación a través de la belleza que es inalcanzable.
         ¿Qué es lo que me subyuga de esta Nefertiti vulgarizada en millones de medallitas que cuelgan en el cuello de otras mujeres, no tan bellas, no tan inquietantes? Siento que todo razonamiento es insuficiente y me asalta una enorme inquietud. Hay en esa terrible armonía una emanación de poder. Pero no pienso en ejércitos imperiales sino en la magia que nutre las formas para que en una alquimia misteriosa de efluvios y moléculas la forma se haga mujer. Sé que no bastan las líneas, masas y proporciones para construir la belleza, sino que ésta se hace posible mediante el misterio que la pasión del espíritu creador agrega a la forma. Pero no sé si es mi espíritu el que agrega visiones, o si la mano que creó la forma pudo aprehender y plasmar algo que emanaba del alma de la que intentó imitar. La belleza verdadera no es sólo presente sino, sobre todo, promesa.
          La obra que está frente a mí, vive: debajo del barniz, del color, del estuco, se agitan risas, miradas, actitudes, andares. No soy sólo lo que ves, sino lo que a partir de tus ojos sientes e intuyes. Soy una diosa y es tu contemplación donde se instituye mi inmortalidad. ¿Cómo fue en realidad Nefertiti? ¿Por qué me dice tantas cosas inconclusas que son como un soplo de luces que reverberan fugazmente y se extinguen en mi corazón? La he mirado desde todos los ángulos: de adelante, en tres cuartos, de perfil, de atrás; la frente, la nariz, los labios, el ojo estrábico. Estoy anonadado, estoy arrasado, y noto latir mi corazón con enorme violencia. Me siento un poco triste porque la razón no me consuela con la limitada realidad de este espacio-tiempo en que transcurre mi vida: Berlín, Museo de Arte Egipcio, una bella escultura. Una sensación indefinible como de haber perdido algo me araña el espíritu.
          Al salir a la calle el sol de la tarde está todavía radiante y pienso que algo me llevo y que algo de mí se queda allí dentro. Me cruzo en la vereda con un grupo de muchachas jóvenes y hermosas pero me siento insatisfecho. Mariana, Amanda… Mariana, Amanda… También siento que se desata en mí algo parecido al hambre y la sed, pero que viene desde el alma. Y curiosamente, también, en la carne se me agita una necesidad de búsqueda. Hay un hueco en mi presente, hay una especie de honda nostalgia, hay un espacio antiguo e inagotable que debo procurar llenar.


ANDRÉS CANEDO. El año pasado, en junio, presentó en la Feria Internacional del libro de Santa Cruz de la Sierra, la segunda edición de su novela Pasaje a la Nostalgia (Editorial Kipus, Cochabamba, Bolivia). Tiene, además, algunos cuentos publicados en diversos libros: Sara, Sara, Ciudad Íntima (Gobierno Municipal de Santa de la Sierra) y en la antología Una Mirada al Sur (Pasión de Escritores, Buenos Aires, Argentina); Cartas de Amanda (Editorial La Hoguera, Serie Medusa de Fuego, Santa Cruz, Bolivia). Actualmente presenta semanalmente Relatos y Crónicas en su página de Facebook y con los que tiene la idea de hacer un libro. Es profesor de literatura universal en Cambridge College (Santa Cruz).

Imagen | Google 

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CRÓNICA La Ciudad de México: La Invencible | Ignacio Ballester Pardo

Desvencijada y mínima, sus puertas batientes han renunciad
a la dignidad amenazada del vidrio. […]
Con sus veinte metros cuadrados, La Invencible tiene dimensiones de camarote. Su barra, el aspecto de muelle en que vienen a recalar navíos perdidos.
Vicente Quirarte, La Invencible (2012)
La Ciudad de México es mayúscula, como su Historia.
         Entro en la cantina que da nombre a este texto. Así se llama también el penúltimo libro de Vicente Quirarte en honor a su padre, el historiador Martín Quirarte. Estudiarlo me ha traído hasta esta República. Pido un tequila Herradura blanco y respiro la humedad del ambiente.
         De la UNAM a Dr. Gálvez −en San Ángel, donde se encuentra esta morada de desamores−, atravesamos Chimalistac, un pequeño pueblito de adoquines y casitas de colores. En una de ellas, junto a la iglesia de San Sebastián, vive Elena Poniatowska: testimonio nuestro.


«México se quiebra pero no se dobla», podríamos decir parafraseando a Melchor Ocampo: político liberal del siglo xix que da nombre a una de las calles que conecta el Jardín Centenario de Coyoacán con la mancha urbana. Sus coyotes se inclinan como la iglesia del fondo. Los arcos presiden la plaza. Por ahí pasean, en festivo, las familias y, un día común, los organilleros y los vendedores de ilusiones que les hicieron olvidar el hambre y el agua. Cuando ambos coinciden, ociosos y negociantes colapsan el paso. Si volteamos hacia Miguel Ángel de Quevedo, luego luego, nos encontramos con 3 Cruces 10, donde vivió Luis Cernuda. El poeta sevillano exiliado en México perdió la vida tres días después de la noche de muertos. De este modo Quirarte lo lee cada 5 de noviembre sobre su tumba del Panteón Jardín, en la Delegación Álvaro Obregón. El sur de la ciudad, que lleva las tres sílabas del país, se rompe a cada rato. Sus árboles agrietan las aceras. Sus troncos obligan a bajar de la banqueta y sus hojas impiden que la luz aclare las leyendas de quienes fueron y son sus vecinos: Frida Kahlo, Diego Rivera o León Trotsky, entre otros.
         El cruce de Francisco Sosa con Privada Reforma alberga la casa que rentamos para iniciarnos en este rito de paso que supone el DF. A los tres días, un taxista («ellos saben muchas cosas», dicen los policías) nos informa de que ahí vivió Jorge Ibargüengoitia. Su escritorio y las pinturas de su mujer, Joy Laville, dan prueba de ello.


El sabor del tequila me es idéntico al que me produce un mordisco en la lengua. Las botellas de la cantina bien podrían haber salido de la bodega de una carabela (des)armada. En sus estantes, los caballitos y las herraduras (de a de veras) solapan las miradas de quienes difícilmente cruzan los brazos. Los clientes de La Invencible se conocen. ¿Coincidieron con Martín Quirarte? Le pregunto al mesero por qué se llama así la cantina. “No, pues ya ves que no se vence. Un español le puso el nombre”, contesta, mostrando las herraduras de su boca. La bandera tricolor tras la barra combina con el verde del limón, el blanco de la sangre del agave y el rojo del jitomate que en su jugo juega con su junco trunco.
          Las ojeras en esta ciudad son medallas que imponen los gritos de «a diez pesos le vale», las imágenes discontinuas, los olores a maíz junto al Metro y los sabores a incordio. La ciudad de México es una hazaña colectiva: es sufrirla y es gozarla. La familia de La Invencible está perdida, pero no derrotada.


IGNACIO BALLESTER PARDO (Villena, Alicante, 1990). Es filólogo hispánico. Cursa el Doctorado en Filosofía y Letras con la tesis «La dimensión cívica en la poesía mexicana desde 1960. Herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte», dirigida por la catedrática de Literatura Hispanoamericana, Carmen Alemany Bay, gracias a un Contrato predoctoral de la Universidad de Alicante. Ha participado en distintos congresos internacionales sobre poesía tanto en España como en México. Recientemente ha publicado «Arte poética en Vicente Quirarte: decálogo entre el cielo y la tierra» en Artes poéticas mexicanas (De los Contemporáneos a la actualidad) (Guadalajara, 2015). En Facebook, Twitter y Blogger comparte su trabajo.

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POESÍA VISUAL Serie Pronombres | Silvia Lissa








EN PRIMERA PERSONA

A pesar de dedicarme al Grabado y Técnicas de impresión, mantengo también una relación amorosa y apasionada con la Poesía Visual, el Arte Correo y los Libros de Artista, ya que desde que los encontré quedé enganchada de una manera que sólo los grandes amores lo logran…..Eso sucedió en el 2003 cuando tuve mi primer contacto en unos cursos que fui hacer a Buenos Aires (capital), de Poesía Visual, Arte Correo, Libro de Artistas.
          Los cursos eran organizados por XYLON (Sociedad de Grabadores) y se realizaron en la Barraca Vorticista, allí conocí a Hilda Paz y fue a través de ella donde descubrí todo un mundo de magia poética en el circuito artístico que era para mi nuevo y mágico: el intercambio de obras, palabras, diferentes historias y culturas por medio del correo postal, sin salones de por medio, sin premios, sin "aceptados" o "rechazados", sin competencias, de comunicación alternativa, solo por el hecho de intercambiar, de mandar, de recibir, acercando las distancias, asincrónico, libre.
           En el año 2006 comencé a editar la revista LA HOJA M, fue el disparador para “engancharme” del todo con esta manera de expresarme, fue a través de la revista que empezó mi contacto “internacional”, internet ayudó mucho en ello, y hubo gente que sin conocerme me brindó el apoyo, la información y el aporte creativo para poder seguir en lo que estoy, que por ahí suele hacerse un poco cuesta arriba, más que nada por cuestiones económicas, que nada tienen que ver con el tema y con baches, sobresaltos políticos, campo y gobierno de por medio (en mi país) uno sigue adelante.
           A pesar de no conocernos físicamente y con distancias fantásticas me han brindado su amistad y su información: Miguel Jiménez Zenón, Clemente Padín, César Reglero, Antonella Prota Giurleo, Agustín Calvo Galán, Norberto José Martínez, Juan Carlos Romero, Fernando García Delgado y de manera permanente: Hilda Paz, Claudio Mangifesta, Nelda Ramos y Gabi Alonso. Este año sale la Revista La Hoja M, número 7: HOMENAJE A Edgardo Antonio Vigo.

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ESCAFANDRA Te quiero y te odio | Blanca Vázquez

Los celos nacen del amor, pero no mueren con éste.
François de La Rochefoucauld
Tal vez en alguna ocasión han sentido celos; podemos notar que existen en nuestras reacciones. Recordemos que los celos son una emoción, y son producto de inseguridades y miedos al pensar o imaginar que podemos perder la conexión con la persona en la que hemos basado esa idea del amor. Parece extraño, pero par que se produzcan debe existir en la pareja una relación de confianza, porque se puede comentar que se saldrá, platicará o visitará a alguien más y los focos rojos empiezan a parpadear al interior del celoso porque se piensa en el tercero como un rival.

Son celos cierto temor
tan delgado y tan sutil,
que si no fuera tan vil,
pudiera llamarse amor. [1]

El cómo se reacciona ante los celos puede de ir a una escala de gravedad con acciones agresivas o comportamientos de indiferencia que tienen como principal idea disimular la molestia y comienza la idea del cómo proteger lo que consideramos es nuestro. El novelista del Siglo de Oro español, Miguel de Cervantes Saavedra, escribía que "si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta".

No te amo, amo los celos que te tengo
son lo único tuyo que me queda,
los celos y la rabia que te tengo,
hidrófobo de ti me ahogo en vino. [2]

Un dolor se agolpa dentro del cuerpo, un dolor que va acompañado de enojo, y en muchos de los casos ese miedo se basa en meras imaginaciones, de situaciones de las que no se tienen certeza o que se exacerban las situaciones de amabilidad, cariño o atenciones que se tienen con los que nos rodean. La celotipia[3] puede llegar a ser grave cuando atenta contra la integridad de la persona sobre la cual se ejerce violencia emocional y en muchos casos física.

¿Cómo sé que siento celos?

  • El "yo" se siente desprotegido, con temor al abandono y el olvido.
  • Muestra de baja autoestima.
  • Tristeza constante al pensar que no se es merecedor del amor de la pareja.
  • Adelanto al dolor que sabe le provocará la infidelidad, lo cual le lleva a un sinfín de imaginaciones negativas.
  • Intranquilidad continua que provoca reacciones verbales o físicas en contra de la pareja.

En nombre del amor se llevan a cabo actos de violencia que en la mayoría de los casos pasan como invisibles porque se disfrazan de cotidianidad, como muestras de cariño pero que sin duda son acciones controladoras. La idea del amor romántico y la constante exposición del amor ideal de los medios de comunicación distorsionan el acto amatorio; los celos matan el amor pero no el deseo. Este es el verdadero castigo de la pasión traicionada.[4]

Para leer:
1. William Shakespeare. Otelo. (2013). México: Porrúa.
2. Eurípides. Medea. (2013). Francia: Minimal
3. Miguel de Cervantes Saavedra. (2001). El viejo celoso. Alicante
4. Emilia Pardo Bazán. (2017) El zapato.

Itasavi1@hotmail.com

[1] Fragmento de Lope de Vega
[2] Armando Uribe Arce, poeta chileno
[3] Enfermedad que convierte al pensamiento en una paranoia u obsesión que consume a quien lo padece con el temor de ser sustituido por otro ser, con la sospecha enajenada de que se nos  miente.
[4] Carlos Fuentes, escritor mexicano.

Imagen | euroresidentes

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CUENTO La visión correcta (Machu Picchu) | Patricio Peralta


I

Se levantó con el aroma del café y le contó a su esposa que había soñado con una paloma que le vaciaba la cloaca en su camisa. Los detalles se diluían trago a trago.
          —Eso significa que necesitás una camisa nueva, son todos viejas las que tenés. Comprate una ahí al lado del puente.
          No le hizo caso.
          Llegó al trabajo y se enteró que el portugués Gonzales se retiraba a fin de año, que algunos puestos se reacomodaban y que él era candidato a un ascenso. El otro nominado era Funes, un compañero de toda la vida, un amigo que él mismo había recomendado a la empresa.
          Aunque no dijo nada, le pareció injusto que estuvieran compitiendo pues él tenía más antigüedad. Esperaba un gesto por parte de Funes y esa espera podría ser larga.
          Cuando regresaba le aparecieron aquellas imágenes como una visión. Fue justo antes del estruendo del puente de metal, donde cerraba los ojos en una práctica meditativa inventada, procurando no dormirse por temor a que lo roben. Las imágenes fueron breves; confusas en el orden pero nítidas y únicas. Le recordó la época de las travesuras inocentes en la cual él también  jugaba con la maquinaria.
          Revisó su billetera y se decidió. Ingresó a uno de los comercios de la avenida y se compró una camisa. Tardó bastante en elegirla, no le gustaban demasiado. Finalmente optó por una de color gris oscuro. No era la camisa soñada, pero el logo de la marca se le parecía. Los detalles habían reaparecido.

II

—Linda camisa —le dijo Funes en aquella mañana tibia.
          —Si, y baratita, vos…
          —Vení que conseguí una máquina de café y la estamos probando —interrumpió su amigo casi arrastrándolo del brazo.
          Funes nunca había llegado tan temprano y no le preguntó por qué venía del segundo piso (recordó esta escena tiempo después, cuando con la familia acordó postergar el viaje a Machu Picchu por un año).

III

Y fue el siguiente lunes, el día que ve a su compañero jugando con el autoelevador en el otro extremo del complejo. Funes es así, impetuoso, habilidoso y también irresponsable. Y al igual que en aquella visión antes del puente de metal, Funes estaba haciendo piruetas con el aparato, compitiendo con alguien más, haciéndolo recular para luego volcarlo y quebrarse unas falanges. Se le trasponen las imágenes de su mente con las de la realidad y se confunde. Y ve que no vale la pena gritarle, que está un poco lejos, y que no puede explicar en un sólo grito el destino conocido. Luego sale del shock y las imágenes se reordenan. Ve a Funes sonriente y al otro pibe de apellido raro. Es ese otro muchacho el que había volcado la máquina y con el dolor en la mano en esta realidad.

IV

Tiempo después vino la otra visión. Fue en esos viernes que son más viernes que los demás, cuando los músculos se desinflan al contacto con el primer asiento. El grito de Funes lo exaltó, reaccionó con una sacudida hípnica, como las que parecen provocar el miedo de caernos de la cama. Una sección derrumbada. Retrasos y pérdidas para la empresa. Funes el responsable.
          Abrió los ojos al mundo real. Frente a él, una mujer con un ojo blanco contenía su risa, lo señala a la cara y luego al hombro y le dice sin tapujos: Te cagaron.
          Miró la camisa manchada y comprendió que la no linealidad no implicaba menor certeza y que debería permanecer atento.
          La imagen de Machu Pichu no encajaba con las restantes.

V

Otro lunes como todos en la oficina de siempre. Cuando vio la orden impresa se dio cuenta. El formulario celeste era inconfundible. Gracias a que le hacía caso a las instrucciones sabía lo que iba a pasar. Gracias a que sabía algo de estructuras, lo del centro de gravedad, de la necesidad de ir reacomodando los contenedores pues al encastrarse proporcionaban rigidez y todas esas cosas.
          Lo mejor era echar un vistazo o impedirlo.
          Y cuando fue, lo verificó. Efectivamente era el B3 y la mitad inferior había sido saqueada. Luego el roce desataría aquel dominó que había visionado. Evaluaba las opciones frente al grito del futuro que ya había escuchado y la sangre vista.
          Tenía tiempo suficiente y sabía lo que tenía que hacer.
          Él sabía que era lo correcto.
          Pero lo correcto para el otro, no siempre es lo correcto para uno.


PATRICIO PERAL R. Autor de las novelas cortas Hiperhistorias y Validación (disponible en Amazón), y Desdoblamiento y El héroe de los sueños (inéditas). Ganador del certamen de microrrelatos de la Revista Guka y 4° premio del certamen Guanusacate letras, en homenaje a A.M. Shua de Jesús María. Obtuvo menciones con la correspondiente inclusión en varias antologías de certámenes españoles y publicaciones en antologías en papel y digitales de Argentina. Twitter: @peraltaPtr Página web: https://patricioperaltar.wordpress.com/

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POESÍA El flamboyán de la memoria | David Anuar González Vázquez


al maestro
Joaquín Bestard

No me arrebates, viento,
las palabras;
aún mi voz florece.
Deja que el corazón madure
y luego
dáselo a los pájaros.
Ramón Iván Suárez Caamal


Joaquín
ave en pos de la sequía
te deshaces en plumas
               recorriendo el cielo
en canora voz de tinta

nube que resuena
                               címbalo que retiñe
en la pira de las primaveras
en el fuego de las ramas
desciendes
una vez más
para incendiar
nuestra memoria

II

Tu sonrisa tiembla
          como las cerezas a punto de caer
grávido de memoria
          se desgaja el tamarindo de tus labios
en esta tierra blanca
          sacbé de letras germinado
incendiada vaina
flamboyán de minúsculas historias
resuena tu quijada de plumas
hilando sonidos dispersos por el viento
en esta nuestra misma herida

III

Flama por las flores
rebelión contra el olvido
en el casco principal
alguien levanta una orla de incienso

copal vejado
se amotina en el bajareque
el humo nos invade
como rumor de vientos malos
como resplandor siniestro
flor de flamboyán
incendio

IV

Nos alimentamos de ti
Joaquín
tuvimos que asesinarte
para robar éstas tus palabras
y no obstante
se deshacen como caireles
de árboles invisibles

enredaderas de jade
cubren tus huesos
de símbolos extraños

Nos alimentamos de ti
Joaquín
como pájaros sedientos
devoramos
el néctar
la flor de mayo
el flamboyán
el agua flamígera
de
            tus
             letras

Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra. Antología poética
La selección del material poético presentado en este libro estuvo a cargo de Ingrid Valencia, Esther M. García y Nadia Contreras. La convocatoria Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra fue promovida por la revista Bitácora de vuelos y convocó a poetas en habla española. La convocatoria circuló en redes sociales en los meses de septiembre, octubre y noviembre de 2015. El título retoma un verso de Efraín Bartolomé, contenido en su libro Música solar, 1984.

Libro disponible para leer en línea o descargar AQUÍ

DAVID ANUAR GONZÁLEZ VÁZQUEZ (Cancún, Q. Roo, 1989). Licenciado en Literatura Latinoamericana por la UADY. Estudiante de la Maestría en Español en la ENSY. Becario del PECDA en 2012 por el Estado de Quintana Roo y en 2015 por el Estado de Yucatán. Ganador del Concurso de Cuento Corto “Juan de la Cabada” (2011). Autor de la plaquette de poesía Erogramas (Catarsis Literaria-El Drenaje, 2011); del libro Cuatro Ensayos sobre Poesía Hispanoamericana (CONACULTA - Ayuntamiento de Mérida - Libros en Red, 2014); y de los libros de poemas Bitácora del tiempo que transcurre (CONACULTA-Ayuntamiento de Mérida, 2015) y Memoria de Gabuch (en edición, Letramar).

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CUENTO Cuatro historias breves | Varios autores


LA VIDA Y LA MUERTE
María de los Ángeles Alcántar

La Muerte se sentó en su trono: un macabro asiento hecho de huesos y calaveras. Mirando a su reino, se sonrió. Aunque su trabajo era triste y lleno de lágrimas, le gustaba lo que hacía. Le daba lástima cuando las personas morían tan jóvenes. Las muertes de niñas y niños le causaban melancolía. Era su esposa la Vida quien le sacaba sonrisas. Entre todas las sombras y malas obras, un rayito de luz alumbraba el lugar. Era ella. Hace años, ellos eran enemigos, se odiaban más que la oscuridad odia a la luz. No se podían ver ni en pintura. Eso cambió cuando los dioses ya no pudieron aguantar más sus bromas tontas. Ellos le dieron la vida a un huérfano, la Vida se enamoró del infante. A la Muerte le dieron un trabajo, vigilar al niño, que algún día sería un malvado tirano. A los diez años, la Muerte fue a cobrar la vida del niño, triste porque se tenía que ir tan joven. Allí se encontró a la Vida, jugando con el niño, disfrazada de mujer. Era bella, algo que la Muerte no había notado. La Vida estaba tan distraída con el niño que no vio a la Muerte. Cuando se dio cuenta que estaba a su lado, le volteó la mirada. La Muerte miró la situación. El niño tenía que morir y ella lo mantenía vivo. Con cualquier roce de la piel, le fortalecía la salud y le aumentaba el tiempo de vida. El reloj que flotaba al lado del niño, el que contaba lo que le quedaba de vida, ya estaba por decir cero, pero en ese momento ella lo abrazó, dándole cinco minutos más. La Vida lo miró, tenía lágrimas en sus ojos y, en ese instante, la Muerte no tuvo la valentía de verla a los ojos. Tocó el hombro del niño y lo vio caer al suelo. Los dos lloraron. Él, porque ella lloraba, y ella por la muerte del niño. Se dieron cuenta de lo difícil que eran sus trabajos; se siguieron viendo, sólo como amigos. Después de tiempo, en sus manos, aparecieron anillos. Al fin, eran la Vida y la Muerte.

LA HORMIGA SUBATÓMICA 
Jorge Jaramillo Villarruel

Una pequeña y laboriosa hormiga, violando los protocolos de seguridad más avanzados, logró colarse en el Gran Colisionador de Hadrones. Los científicos a cargo del proyecto, a través del vocero oficial, informaron que no existía ningún riesgo de que la hormiga hubiera liberado un hoyo negro. Lo que olvidaron explicar fue que la pobre criatura, al ser irradiada por rayos cósmicos artificiales, había dejado de existir en el tiempo y ahora sólo existía en el espacio. Era visible a simple vista pero, para todo propósito, inmortal. Además, desde el incidente se alimentaba exclusivamente de las partículas subatómicas, de las que obtenía la energía casi inagotable requerida para existir a nivel cuántico. Aunque la hormiga no experimentaba el transcurso del tiempo, el resto del universo sí, y con el paso de los días, el pequeño insecto terminaría por comerse hasta el último quark, neutrino y bosón.

LABIOS MOJADOS

Daniel Bernal Moreno

Tanto tiempo la deseé que no podía creer que estuviera desnuda frente a mí. Tiene el pelo empapado y la mirada ausente. ¿Puede alguien envejecer tan rápido? Sus labios están mojados, las yemas de las manos arrugadas. Era tan bella y su rostro hoy lucía inflamado. Mantuvo esa expresión de horror mientras la ahogaba.

GAME OVER

Cástulo Aceves Orozco

Había jugado toda la tarde. La noche entera. Se da cuenta de que amanece porque un rayo del sol le quema el cachete. Falta sólo un nivel para terminar el videojuego. Sus ojos duelen, sus dedos empiezan a hincharse aferrados al control de quince botones y tres palancas de mando. El séptimo ángel de la revelación hace un movimiento inesperado y ataca al protagonista en la pantalla. Pierde su última vida. Quince horas de juego ininterrumpidas para nada. Le sorprende que su madre no lo mandara a dormir. Le extraña no escuchar sonidos en la casa ni en la calle. Se levanta. Recorre todas las habitaciones, abre la puerta al exterior. Sólo cenizas, edificaciones semidestruidas y una calma que duele en sus sentidos acostumbrados a las multitudes. No queda nadie en el mundo. Vuelve a su cuarto. Toma los controles y reinicia la máquina.

Cuerpos rotos, antología virtual de minificción (Bitácora de vuelos ediciones, 2017). 
Textos que resultaron seleccionados de la convocatoria para la antología virtual que en el mes de agosto de 2016 promovió la revista Bitácora de vuelos. La selección corrió a cargo del escritor Jaime Muñoz Vargas.

Libro disponible para leer en línea o descargar en formato epub AQUÍ.

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ENSAYO Una breve definición de ficción | Gotham Writers’ Workshop


Comencemos por una pregunta sencilla: ¿qué es la ficción? En su sentido más amplio, una ficción es simplemente una historia inventada.
         El negocio de inventar historias existe desde hace mucho tiempo. En algún momento de nuestro sombrío pasado nuestros ancestros cavernícolas empezaron a imaginar historias y a contárselas unos a otros. La tradición creció y algunas de aquellas historias llegaron a ser bestsellers convirtiéndose en mitos, narraciones que se transmitieron de generación en generación, atravesaron continentes y dieron forma al pensamiento humano. En un momento dado, algunas de esas historias se empezaron a escribir para ser leídas. Hace unos cuatro mil años, un emprendedor escritor de Mesopotamia cinceló La epopeya de Gilgamesh en unas tablas de piedra, y si te acuerdas de lo difícil que era revisar un texto escrito en una máquina de escribir…
         Todo esto nos lleva a una definición más precisa de lo que es la ficción: historias inventadas que se cuentan en prosa y utilizando únicamente palabras.
         Solo palabras.
         Éste es el singular desafío y la maravilla de la ficción escrita. No hay actores ni narradores que hagan gestos o inflexiones de voz. No hay pintores ni directores que nos muestren decorados o primeros planos. Todo se hace con esos pequeños símbolos que llamamos letras que se fusionan en palabras y se multiplican para crear frases y párrafos. Por algún proceso químico, esas palabras interactúan con la imaginación del lector de tal manera que le hacen sumergirse en la realidad de la narración —como Alicia al atravesar el espejo— y, una vez allí, experimentar, sentir y preocuparse por esa realidad con la misma intensidad que lo haría por los problemas y desengaños de su propia vida.
         Para nosotros, los seres humanos, este proceso es curiosamente importante. La ficción o, lo que es lo mismo, cualquier tipo de historia, parece constituir una necesidad básica que está tan profundamente arraigada en nosotros como la de comer, tener cobijo o compañía.
         Pienso que esto se debe a dos razones. La primera es la diversión, el entretenimiento. Necesitamos divertirnos, entretenernos y las historias son muy eficaces para satisfacer ese deseo. La segunda es la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Nuestra curiosidad, y tal vez nuestra inseguridad, nos llevan a explorar de manera constante el quién, el qué, el dónde, el cuándo y el porqué de nuestra existencia. Algunos llaman a esta elevada meta la búsqueda de la verdad.
         Una buena obra de ficción satisfará una o ambas necesidades de manera brillante y con una tecnología milagrosamente simple. En realidad, lo único que la ficción necesita son algunas palabras que interactúen con la imaginación del lector, una combinación que para muchas personas produce la forma de contar más potente que existe, por no decir, también, la más portátil.

Escribir ficción 
Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York
Gotham Writers' Workshop
Colección: Guías del escritor
Traducción: Jessica L. Lockhart
Encuadernación: Rústica
ISBN: 97884-84287810
Páginas: 416
Fecha de publicación: 2012
Adquirir libro: Alba Editorial

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POESÍA Crepúsculo cómplice y discreto | Juan Marcelino Ruiz

  
MERECIMIENTOS


Merecemos un poco más que esto
a lo que por la razón y la costumbre
hemos venido llamándole existencia,
nos debemos un vino alguna tarde
alguna noche,
           no sé,
           alguna vida,

Nos hace falta
una charla partida por la lluvia,
un crepúsculo cómplice y discreto
donde soñar
con trenes cruzando la pradera,
una orquesta de estrellas y de gatos
titilando en el limbo de tus ojos.

DISTANCIA

Ya no estabas ahí,
         y en tu lugar
         se levantaba un muro de distancias,

y donde antes
flotara tu risa cantarina
se abría un capullo de silencios.

Entonces
            ya no éramos nosotros.

SALUD Y ADIÓS


Si llevamos el alma ya vacía
¿qué nos pueda costar vaciar la copa?
No te molestes
en apagar la luz cuando te marches
yo ya estoy muerto.




JUAN MARCELINO RUIZ. Nace en Cd. Juárez en 1963 y radica en Cd. Cuauhtémoc desde hace más de 25 años, donde se desempeña como profesor en una escuela de educación primaria. Ha pertenecido a diferentes talleres literarios, cursó un Diplomado en Creación Literaria. Ha publicado cuento y poesía en diversas revistas y diarios del norte y centro del país. Es autor de los libros: Derrepentes (1998), poesía, UACH; Quinteto para un Pretérito (2000), poesía, ICHICULT; Del Aleph a Guernica (2010) cuento, Ficticia Editorial; El Hormiguero (2012), novela, Doble Hélice; Delitos Menores (2014), varia invención, Abaleo Ediciones, entre otros. 

Imagen | Google 

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