Azúcar limpio (fragmento) | Patricia Medina


Yo amaba de mis ojos ese vínculo de aguas
que cambiaban el rumbo:
del fango a los cristales.

Algo andaba de prisa en las miradas:
aquel doble presagio
de los niños nombrándose en las cosas
por los cuartos baldíos
y su pericia
en los ríos temblorosos de la carne.

Mis ojos de estación, siempre de paso
en viajes del altar hasta la ciénaga
los amaba
como se aman las ebulliciones.

Pero he quedado ciega.


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El llamado de la sangre (fragmento del libro Artefatuo) | Romina Cazón


I

La sangre llama a través de la sombra y de la tierra. Grita desde lejos con sus pájaros peregrinos   y deja todo el miedo en la frente.

La sangre abruma, deja recintos inacabados.


II

¿Qué haré con tanta sangre?



Obedecer el llamado con los ojos moribundos.

Tapar el oído soberbio

o naufragar sin pedir explicaciones.


III

A lo lejos está una pocilga de  almas con gusanos.

Voy hacía ahí, pero no al Sur, más allá.


IV

Hacia donde voy está el hogar de mis  ancestros. ¿Cuál manía la de ir a molestarlos?


V

La casa está  en algún lugar que nadie recuerda, porque nadie volvió, ni Eva con su manzana y su desnudez, ni Adán  agarrándose del sexo en un terreno precario, lleno de vergüenza.


VI

Ha llegado la hora  del juicio. Hay que extender los pies y cruzar las manos  en un cofre. Nunca gritar que somos culpables porque nadie se va limpio. La suciedad viene del origen y nadie ha podido hacer nada, ni siquiera el Hijo que se baña en aguas santas.

Ha llegado la hora del olvido.  Hay que borrar a todos de la mente y después a uno mismo  para yacer en armonía. Nunca decir que no cargamos a nadie  en los hombros porque nadie se va solo. Siempre hay alguien  en la  espalda.


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Pavana del hoy para una infanta difunta que amo y lloro | Olga Orozco


A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.


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ACERVO Poesía visual y experimental. Estudios, comentarios, sugerencias | Nadia Contreras

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La mordaza | Esther M. García


Me dijo "quédate callada" y eso hice. El amor se pudrió en mí. Me nacieron flores muertas de los oídos, de la boca. De cualquier orificio del cuerpo brotaba una rosa marchita, un tulipán seco, una gladiola enfermiza. Sin amor las cosas se mueren pero yo ya estaba muerta antes de eso. Por fuera la piel lozana brilla, los ojos ven, la boca conserva su color. Por dentro la muerta cuenta los días, las horas para florecer completa al mundo.


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Algunas consideraciones sobre eBooks y cómo leerlos

Fuente (contenido e imágenes): Informática hoy

Los libros electrónicos definitivamente son el futuro de las editoriales, ya que debido a su naturaleza digital, para su distribución y venta no es necesario imprimir ni una sola hoja de papel, con lo cual no son necesarios ni talar árboles ni usar tintas contaminantes para plasmar lo escrito en el papel, tintas que tardan años en biodegradarse. Además los libros electrónicos son mucho más baratos que su contrapartida en papel, sin mencionar que también son mucho más cómodos de leer y transportar.

Sin embargo, para poder gozar de todos los beneficios que aportan los libros electrónicos, es necesario un dispositivo de lectura que se encargue de mostrarnos el texto en una pantalla y nos ofrezca las opciones necesarias para pasar las hojas, hacer anotaciones o resaltar algún texto, tal como lo hacemos con los libros tradicionales. Estos dispositivos por supuesto que existen, y son llamados eBooks Readers, eReaders o en español Lectores de libros electrónicos.



En este sentido, son mucho los lectores de libros en el mercado, estando a la cabeza de popularidad los dispositivos producidos por Amazon, los Kindle, seguidos de cerca por otras marcas como Nook de Barnes & Noble; Noble o los manufacturados por Sony. Ahora, y como en algunos mercados este tipo de dispositivos aún tienen un precio demasiado elevado para la función que cumplen, también podemos leer libros electrónicos mediante cualquier tablet a través de aplicaciones como Aldiko, lo que también nos ofrecerá una excelente experiencia. Aquí el lector se preguntará ¿Entonces para qué leer libros en un eBook Reader si puedo hacerlo en una tablet que además me sirve para hacer muchas más cosas?



Si bien es cierto que el eReader sólo sirve para leer libros electrónicos, lo cierto es que está perfectamente preparado para ello, ya que incluyen tecnologías relativas a sus pantallas que posibilitan una lectura sin cansancio y fluida, además de que la duración de su batería puede llegar, en determinadas circunstancias, hasta los dos meses, en contrapartida a las 5 o 6 horas de duración de las tablets. Otro aspecto a considerar es el peso de los lectores de libros, mucho más livianos que la más liviana de las tablets.



Otra de las características que nos ofrecen los libros electrónicos es la de la portabilidad, ya que en mucho menos del tamaño de un libro tradicional de papel, podremos transportar miles de libros, todos ellos preparados y listos para una inmediata lectura.

Leer libros electrónicos sin lector ni tablet


Tan de bueno es el libro electrónico que hasta nos permite leerlos sin necesidad de tablets ni lectores de eBooks. En este sentido, las alternativas disponibles son muchas, incluyendo la posibilidad de hacerlo a través de un lector específico de libros electrónicos para PC o desde el navegador.

En el caso de que deseemos explorar este terreno, la mejor herramienta es Calibre, la cual además nos permite crear una colección de libros bien catalogada y ordenada, como podremos ver más adelante. Si el exceso de características nos entorpece, entonces podemos probar aplicaciones mucho más simples como Sumatra PDF, el cual a pesar de haber sido diseñado para ver PDF, recientemente le añadieron la capacidad de leer ePubs, tarea que cumple a la perfección.

Asimismo, en el caso de que deseemos leer libros electrónicos desde un navegador, podemos hacerlo tranquilamente mediante la instalación de algún complemento o extensión de navegador. Si optamos por este tipo de modo de lectura, entonces MagicScroll eBook Reader es una de las mejores alternativas disponibles para Google Chrome para esta tarea. Esta pequeña aplicación de lector de libro electrónico nos permitirá leer y gestionar nuestra colección de libros electrónicos sin salir de Chrome.




Si queremos leer eBooks desde Firefox, entonces ePUBReader es una de las mejores alternativas para el navegador de la Fundación Mozilla. Este complemento se ha convertido en una de las mejores herramientas de lectura de libros electrónicos gracias a la importante cantidad de características y opciones que ofrece, lo que nos permitirá leer sin ningún tipo de problemática.

Ahora, y en el caso de que deseemos convertir cualquier página web en un ePUB podemos hacer uso de dotEPUB, una espectacular herramienta disponible para Chrome y Firefox, y que es capaz de crear un ePUB de una página web tan sólo presionando sobre su icono.

Con respecto al formato que aceptan este tipo de soluciones generalmente es ePUB, pero si tenemos libros en otros tipos de formatos es importante aclarar que el formato de los mismos puede ser convertido con mayor o menor éxito a ePUB, de acuerdo a la complejidad del mismo, lo que podremos hacer cómodamente con Calibre, como podremos ver más adelante. Si quieres saber algo más acerca de formatos de libro electrónico, sigue leyendo.

Formatos de libros electrónicos


En la actualidad, son muchos los formatos de libros electrónicos, expandiéndose de acuerdo a la popularidad del dispositivo que los admite. Algunos de ellos son PDF, Mobi y AZW para los eReaders de Amazon y BBeB para los de Sony, todos ellos propietarios y sujetos a algún tipo de restricción de derechos. Sin embargo, existen otros formatos, también muy populares, y que son mayormente aceptados debido a que son libres, con todo lo que ello conlleva. En este sentido, el más extendido es el formato ePub, desarrollado por IDPF (International Digital Publishing Forum), pero también podemos encontrar en el mercado publicaciones en formatos HTML, Doc, DJVu, CBR/CBZ y FB2, por citar sólo algunos.

Calibre: La herramienta fundamental

 



Más arriba en este artículo hemos mencionado a Calibre como la mejor solución “Todo en uno” del mercado para todo lo que tenga que ver con libros electrónicos, y esto es absolutamente cierto, ya que brinda una completa serie de herramientas con las cuales trabajar con ellas.

Si bien existen otras aplicaciones como Sigil o ePub Fixer, lo cierto es que la característica más sobresaliente de Calibre es que reúne todo lo necesario en una misma interfaz, y además muy cómoda y sencilla de utilizar.

Con Calibre, además de poder contar con todos nuestros libros electrónicos bien ordenados y catalogados, también podremos convertir entre múltiples formatos de libros, incluyendo la posibilidad de convertir desde HTML, PDF, RTF, TXT, CBC, FB2, LIT, MOBI, ODT, PRC, PDB, PML, RB, CBZ y CBR hacia ePub y desde ePub hacia FB2, OEB, LIT, LRF, MOBI, PDB, PML, RB.3. Asimismo, ofrece perfiles de exportación y conversión para los más populares lectores de libros como el Nook Simple Touch, Papyre, tablets con Android o Kindle DX y muchos otros, con los cuales podremos lograr que el resultado de la conversión sea lo más precisa posible.

Pero además ofrece otras importantes como la posibilidad de catalogar los libros de la colección en campos como Título, Autor, Fecha, Editor, Clasificación, Tamaño, Colección y otros, con lo cual gestionar nuestros libros será una tarea realmente sencilla.

Hay mucho más, pero citar todas las características de Calibre se escapa del propósito de este artículo, lo mejor en este punto es descargarlo y probarlo por nosotros mismos.


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TEXTOS CARDINALES La pantera | Sergio Pitol


Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y bestialidad. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje.

Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos iba siendo evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras, me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.

Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y con sagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarnizados entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.

Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel bello, enorme animal cuya negrura brillante desafiaba la noche trazó un elegante rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego.

Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No sólo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.

Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el jadeo de un animal que penetraba en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese mohoso conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos cánones con que intentamos detener el vuelo de nuestras intuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo producía la entrada del gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, su presencia.

Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos sólo habían logrado modificar el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: como si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, con fundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado permanecí en espera de su mensaje.

Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido, describiendo pequeños círculos; luego, con un breve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; Me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.

Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados, efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me produjo el efecto logrado por el mensaje.

La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas en hierro, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.

Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.

Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias. No; algo en su mirada, sobre todo en la voz, hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.

Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.

[México, mayo de 1960]

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