CULTURA DIGITAL David Wojnarowicz


David Wojnarowicz nació en Red Bank, Nueva Jersey, en 1954. A causa de una niñez difícil, provocada por una vida familiar llena de abusos y la naciente conciencia de su homosexualidad, Wojnarowicz abandonó la escuela y vivió en la calle. Para 1971 había ahorrado suficiente dinero para pasar el resto de la década viajando; pasó la mayor parte de esos años vagando por México, Canadá, y Europa. Finalmente se estableció en Nueva York en 1979.

Wojnarowicz murió a la edad de 37 años, a causa de una enfermedad relacionada con el SIDA, en la ciudad de Nueva York en 1992. Fue el autor de cinco libros. Sus obras forman parte de varias colecciones privadas y públicas, incluyendo las del Museo de Arte Moderno de Nueva York y la del Museo Whitney de Arte Americano.

Más de Wojnarowicz:
1. https://en.wikipedia.org/wiki/David_Wojnarowicz
2. https://www.visualaids.org/artists/detail/david-wojnarowicz
3. http://www.queer-arts.org/archive/9902/wojnarowicz/wojnarowicz.html

Su fotografía más emblemática retrata a un rebaño de búfalos que se precipita por un acantilado (Sin título, 1988-89), imagen que fue tomada de un diorama en el Museo Nacional de Historia Natural de Washington, DC.

"Untitled" [Falling Buffalo], 1988-89.
Gelatin-silver print, 27 1/2” x 34 1/2”.
Courtesy of the Estate of David Wojnarowicz.

Sobre la imagen, recomendamos leer el texto "John Sevigny: Twenty Years later: David Wojnarowicz’ buffalo photograph" de John Sevigny, en donde el también fotógrafo y escritor, nos explica por qué es una de las poderosas fotografías de protesta tomada en los 80's.










"Arthur Rimbaud in New York" (Duchamp, Pier), 1978-79.
From a series of twenty-four gelatin-silver prints,
10” x 8” each. Private collection













"The Death of American Spirituality", 1987.
Mixed media on plywood (two panels), 81” x 88” overall.
Collection of John Carlin and Renee Dossick, Edgewater, New Jersey.







"Water", 1987.
Acrylic, ink, and collage on masonite, 72” x 96”.
Collection of Steven Johnson and Walter Sudol, New York.














"Fuck You Faggot Fucker", 1984.
Black-and-white photographs, acrylic, and collage on masonite
48” x 48”.
Collection of Barry Blinderman, Normal, Illinois.





Twitter: @contreras_nadia
Leer más

TEXTOS CARDINALES «Las tres Gracias» | Soledad Puértolas



Cuando mi familia se mudó a vivir a Madrid, dejando atrás la vida amable y conocida de una capital de provincias, la impresión de desmesura, teñida de miedo, me acompañaba en los recorridos por la ciudad. Era un miedo mezclado con curiosidad, un miedo excitante. Imaginaba que habría secretos reservados para mí. Las rutinas de mi vida eran casi las mismas, pero el escenario era inmenso y absolutamente desconocido. Miraba a las personas que se movían por las calles y las envidiaba un poco, pisaban con mucha seguridad aquel territorio en el que yo acababa de caer. Parecían vivir allí desde hacía cientos y cientos de años. Sabían cómo era Madrid, dónde estaban los mercados, las iglesias, las plazas. Pero yo tenía que tener una misión, de lo contrario no me encontraría allí. Aún vivía, como tantos adolescentes, en una nube de fantasía. Aún aguardaba, con impaciencia temblorosa, placentera, la historia extraordinaria que me tocaría protagonizar.
     Mi tío Felipe, a quien hasta el momento sólo conocía de sus esporádicas y cortas visitas a su ciudad natal, que también era la nuestra, vivía en Madrid, y contribuyó de forma activa a hacer que la ciudad se convirtiera para mí en un territorio cada vez más familiar, aunque lleno de misterios, de cosas por descubrir. Era un paseante acérrimo y se conocía al dedillo las calles, travesías, plazas y plazuelas del centro. Trabajaba en una empresa de seguros, no sé exactamente cuál era su cometido, porque jamás hablaba de su trabajo. Sea como fuere, no le ocupaba mucho espacio en su cabeza ni quizá, tampoco, mucho tiempo. Yo tenía la impresión de que se dedicaba a pasear, a acudir a tertulias y reuniones de amigos, a hablar de historia, arte o literatura, de cosas, en general, que no eran exactamente la vida cotidiana. Cuando estaba en su casa, se retiraba a un cuarto que todos llamaban la biblioteca y se sentaba en su sillón con un libro en las manos. Estaba casado con la tía Gloria, una mujer que había sido muy guapa, según decían todos, aunque a mí me costaba creerlo. No era nada delicada, como yo creía que debían ser las mujeres más guapas. Mi ideal de belleza iba unido a cierta idea de fragilidad. Se decía que los tíos no se llevaban bien. No tenían hijos.
     El tío Felipe no tenía buena relación con mi padre, que era su hermano mayor y que lo consideraba una especie de parásito, un inútil. Un día supe que, además, tenía miedo de que el tío Felipe enloqueciera. El estigma de la locura perseguía a la familia. Era la mía, de manera que también me perseguía a mí, pero, inconsciente como era, por aquel entonces eso no me preocupaba mucho. Casi añadía alicientes a la vida.
     La única que parecía sentir simpatía hacia el tío Felipe era mi madre. Algunos atardeceres, mi tío se dejaba caer por nuestra casa, siempre con un ramo de flores para mi madre, como si fuera un pretendiente. Compraba las flores en la floristería de la esquina. Le habían educado así: cuando se iba de visita a una casa donde había mujeres había que llevar algo, un detalle. Además, la floristería le salía al paso, el esfuerzo que había que realizar era mínimo.
     Di algunos paseos por el viejo Madrid de la mano de mi tío Felipe. Me iba indicando edificios, rincones, iglesias, mientras me contaba historias. Era una fuente inagotable de historias. No era un hombre muy mayor, pero a mí me parecía un anciano. Tenía el pelo blanco y usaba bastón. Me daba la impresión de que todas esas historias que me contaba tenían mucho que ver con él, que eran cosas, en suma, que le habían pasado a él. No lo decía expresamente, pero algo te hacía pensar que esas historias no habían llegado a sus oídos de forma casual. Alguna vez pensé que se las inventaba, que eran sueños o deseos.
     Una tarde de invierno, me llevó al Museo del Prado. Aquel inmenso espacio donde una sala se sucedía a otra y donde no había otra cosa que cuadros –salas vacías, paredes llenas de cuadros– me pareció lúgubre y excesivamente solemne. Me sobrecogió. Era como una gran iglesia, algo intermedio entre una iglesia y un palacio. No olía a incienso ni a cera, pero sí a humedad, a oscuridad, a polvo. Nadie vivía allí, se utilizaba para eso, para las visitas, para que la gente se paseara por las salas y contemplara los cuadros. Mi tío hablaba en voz baja, como se habla en las iglesias. Había muy pocas personas por allí, nadie hacía ruido. Habíamos entrado en un reino de susurros y sombras.
     Nos deteníamos delante de algunos de los cuadros –los que escogía mi tío– y él me contaba cosas. Me empezó a entrar un gran cansancio. Le pregunté si nos podíamos sentar. Asintió, mientras entrábamos en otra sala. Nos dirigimos hacia el banco de madera que había en el centro. Me solté de la mano de mi tío y me senté. Nos encontrábamos en una de las salas dedicadas a Rubens. El banco quedaba justo enfrente de Las tres Gracias. Me quedé estupefacta. Aquellas mujeres desnudas, tan blancas, que tendían los brazos para entrelazarse, formando un corro, mirándose unas a otras, como si ignorasen que no llevaban ropa o como si la carne blanda, algodonosa, que las cubría no fuera carne sino ropa, me dejaron con la boca abierta.
     –Las tres Gracias –dijo mi tío Felipe–. Un cuadro magnífico, ¡qué gran pintor es Rubens! Fíjate cómo se destacan las figuras dentro del marco oscuro, un árbol a un lado, una fuente al otro. Están perfectamente enmarcadas, luminosas, plenas.
     Yo tenía doce años y mi conocimiento del cuerpo femenino estaba envuelto en rubor, vergüenza, pudor. Esas mujeres que no le daban ninguna importancia a la desnudez de sus cuerpos no encajaban en mi mundo, ¿qué clase de mujeres eran? Yo no había visto totalmente desnuda a ninguna mujer. Yo no era una mujer, aún era una niña. ¿Sería mi madre así?, no quería ni pensarlo. ¿Cómo podían estar desnudas, con aquella carne blanca que las arropaba blandamente, en mitad de un paisaje? ¡Desnudas al aire libre!, ¿estaban jugando a algo?
     Pero no podía echarle la culpa al tío Felipe de que fuera ése y no otro el cuadro que quedaba enfrente del banco, porque era yo quien, sin decirme él nada, me había sentado en él.
     Sin embargo, le eché la culpa. Porque el tío Felipe no me sacó de allí. Hubiera debido darse cuenta de que ése no era el lugar más apropiado para que se sentara una niña. Por el contrario, mi tío se sentó a mi lado y empezó a hablar. Habló y habló. Yo no podía escucharle. Mi cerebro borró –más bien, almacenó en una parte muy escondida– todas y cada una de las palabras que pronunció mi tío. Evidentemente, me estaba explicando el cuadro con todo detalle, porque su mano se movía en el aire señalando hacia él.     
     Pero yo no oía nada ni veía nada. Caí en un estado de parálisis, de horror. Algo me decía que aquello no tenía que estar sucediendo. De hecho, no estaba sucediendo, puesto que parte de mis sentidos se habían detenido.
     En determinado momento, el tío Felipe debió de darse cuenta de mi estado, porque, poco después, estábamos en la calle, bajo los árboles del paseo del Prado.
     Empezaron a pasarme cosas así, aunque me llevó unos años tomar conciencia de ello y poder después contárselo a los demás. Creía que aquello era parte de la vida, como cuando, nada más despertar, se olvidan los sueños de la noche. Además, la gente, de vez en cuando, decía esas cosas: «De eso no me acuerdo, se me ha borrado por completo.» A todos les pasaba. Y no era algo que me sucediera con mucha frecuencia, sólo cuando surgían asuntos que me inquietaban sobremanera, asuntos, de eso sí me daba cuenta, relacionados con la sexualidad. Como yo no sabía nada de eso, y nadie me explicaba nada, hasta cierto punto me parecía lógico sentirme así. Eran asuntos raros. No sólo para mí. Hasta que, ya en edad de conocer todo eso algo más de cerca, se me hizo evidente que aquellos asuntos podían ser raros, o complicados, o difíciles para todo el mundo, pero que para mí lo eran mucho más. Era yo la rara, algo había en mi interior, una extraña lente deformante, que convertía ese universo desconocido en algo excesivamente perturbador, angustioso.
     Mientras yo trataba de lidiar con mis problemas, de convertirme, en la medida de lo posible, en una persona normal, el tío Felipe fue dando cada vez más señales de locura. Hubo que ingresarlo en una residencia. La tía Gloria no podía hacerse cargo de él. Así desapareció de mi vida, sin un acto de despedida. En casa, algunas veces se hablaba de él, pocas. La misma tía Gloria también desapareció. Fue engullida, al parecer, por su propia familia, que había permanecido en un segundo plano mientras el tío Felipe vivió a su lado. Yo oía esos comentarios sin prestarles mucha atención. Vivía centrada en mis asuntos, de los que mis padres no sabían gran cosa.
     Años después, cuando yo ya había comprendido que, a pesar de que nunca podría ser una persona normal –entre otras cosas, porque las personas normales no existen–, sí podía aspirar a cierta clase de felicidad, incluso a la que tiene que ver con lo más físico y material –ni más ni menos que con el sexo–, me ocurrió algo muy extraño.
     Había oído hablar, incluso había leído sobre ello, de ciertos fenómenos neurológicos relativos al olvido. Personas que, en la vejez, recuerdan perfectamente canciones infantiles que creían olvidadas. Escenas sepultadas bajo innumerables capas de la memoria que, inesperadamente, salen a la luz.
     Iba caminando por el paseo de Prado, bajo los árboles. Era un día de luces y sombras, de nubes de algodón en el cielo azul. Pensaba en ellos, en mi marido y mis hijos, que habían convertido mi vida en un hogar, un dulce refugio. Me sentí invadida por una oleada de felicidad que traspasó los límites de mi cuerpo. Era un sentimiento cósmico. La sensación de pertenecer a un mundo superior, casi ilimitado y tremendamente hermoso. Me senté en un banco. Me parece que lloré. No estoy segura. Creo que permanecí un rato con la mente en blanco, sin ningún pensamiento, sin nada dentro de mí.
     De pronto, advertí que había una voz en mi interior. Era la voz del tío Felipe. Escuché, una por una, las palabras que me había dirigido frente al cuadro de Rubens, aquella tarde lejana en el Museo de Prado. Allí estaba el museo, por lo demás, enfrente del banco donde me había sentado. Al otro lado de los árboles, de los bancos, de la gente que paseaba o cruzaba al otro lado y de los coches que recorrían la ancha avenida.
     –Es una alegoría –escuché–, ¿sabes lo que es una alegoría? Una especie de representación, como un símbolo. Viene de lejos, de la antigüedad. Son ideas a las que, para que se comprendan mejor, les han dado forma humana. Estas mujeres representan la generosidad, por eso están desnudas. El generoso está desnudo, no necesita esconderse de los demás, quiere dárselo todo, no se guarda nada para sí. Pero el generoso lo tiene todo, no es pobre. Si fuera pobre, no tendría ningún mérito. Estas mujeres son ricas, mira sus peinados, con hileras de perlas, sus pendientes. Son cabezas de damas que tienen a su servicio doncellas que las peinan. Viven en palacios, con sirvientes de todas clases. Están muy bien alimentadas, duermen bien, no tienen problemas, son perfectamente felices. Y son serenas, eso es lo más importante. Por eso pueden dar. La serenidad es una de las cualidades más admirables que se puedan tener. Fíjate, sobre todo, en la expresión de la mujer que queda a nuestra derecha, ¿a quién dirías que está mirando, a la del centro o a la de la izquierda?
     »No se sabe bien –prosiguió la voz–, yo creo que está mirando a la del centro, quien, por su parte, mira a la otra, a la de la izquierda, pero es una mirada opaca, sin expresión. Una mirada pensativa, ensimismada. Está colmada. Fíjate, además, que está un poco más separada de las otras dos. Hay más espacio entre su cuerpo y el cuerpo de la del centro que entre la del centro y la de la izquierda. Hay un árbol, ¿no lo ves?, y la gasa que cae y una sombra bastante grande en el suelo. En cambio, al otro lado, la tela de gasa, más que para separarla de la otra Gracia, sirve para unirla a ella. Y se miran a los ojos. La de la izquierda sonríe y la mira abiertamente, posa una mano sobre el hombro derecho de la otra y retiene el brazo izquierdo con la mano derecha, ¡qué juego de manos y de abrazos!
     »La generosidad en tres fases –siguió, tras una breve pausa–, según definió Séneca: dar, recibir y devolver. La Gracia que da está de espaldas, ¡con qué suavidad se vuelve hacia la izquierda, manteniendo a la ensimismada en un abrazo cálido, tan abierto, tan esencialmente generoso! Pero ya ves, su pulgar se hunde en el brazo de la rubia. Su medio perfil se dirige hacia ella, se lo está dando todo, por eso la Gracia rubia sonríe. Es la Gracia que recibe y agradece. Es la más favorecida por el destino. Su única misión es recibir. Es la más pasiva. El moño se le está deshaciendo, pero ¡qué importa! Unos caballos retozan en el prado, al fondo. Todo está en paz. Yo creo que esta Gracia es algo más joven que la que está de espaldas, la que da. Y creo que la que está de espaldas es una mujer casada y con hijos. La rubia, la que recibe, es recién casada, aún no tiene hijos. Debe de prepararse para recibir. La otra Gracia, la morena, es la que devuelve, de forma que está preparada para todo, pero aún no ha entrado en el círculo sagrado. La que devuelve está en otro nivel. Es más dependiente del mundo, menos autónoma. No, aún no ha formado una familia. Las dos Gracias de la izquierda se entienden muy bien entre ellas, ya sospechan de qué va la vida. La morena aún no lo sabe, sólo se ha marcado una meta: devolver. Es la imagen de la justicia, a la vez. Y la justicia no puede casarse con nadie. Es, por naturaleza, imparcial.
     »¿Has visto que ninguna de las tres tiene los dos pies posados enteramente sobre el suelo? –inquirió la voz–. Las tres se apoyan en uno solo. Todas se apoyan sobre el pie izquierdo, ¿qué significa eso? Cierta despreocupación, me parece a mí. No están aferradas a nada, no han echado raíces en ninguna tierra, andan, danzan sobre ella. El otro pie, en los tres casos, toca el suelo casi de puntillas, apenas rozándolo.
     »¿Qué representan estas mujeres? –siguió preguntando–, ¿qué nos dicen? Quizá sean las tres mujeres que hay en la vida de todo hombre. Tres mujeres, sí. La primera, la madre. La segunda, la que se convierte en parte de ti, la que será madre de tus hijos, tu destino. El complemento, la otra mitad. Y, en fin, la tercera es el sueño.
     »Las tres Gracias son finalmente, para mí, una alegoría del arte, porque el arte implica generosidad –dijo, concluyente, la voz–. Si no das, no recibes. En el arte, en cualquier arte, hay que darlo todo sin esperar nada a cambio, ninguna clase de recompensa o reconocimiento. El arte, mucho más que el amor, es generoso.
     La voz, al fin, desapareció.
     Abrí mi cuaderno y lo anoté todo. Eso era lo que mi doctora me había recomendado, que anotara las cosas que me parecieran raras, o que me gustaran o me disgustaran por algo, y los sueños, todo lo que no acabara de entender.
     Ahora lo veía. El tío Felipe, aquella tarde de invierno en el Museo del Prado, me había dado una lección de arte, pero yo no había podido acceder a ella. Fui presa de una intensa desconfianza. Me separé de mi tío, lo rechacé, me causó horror y miedo, mucho miedo.
     ¡Qué alivio!, ya había salido de todo aquello. El que hubiera recordado de pronto las palabras de mi tío, aquella especie de lección magistral que, quien sabe por qué, necesitó darme frente al cuadro de Rubens, era, indudablemente, un signo de curación. ¡Me había convertido, finalmente, en una persona casi normal! La vida estaba hecha de muchas cosas, de muchos momentos, de discursos, de lecciones, de cuadros, de alegorías. ¡Había tanta belleza en esa mezcla! Todo se elevaba dentro de ella. Todo quedaba incluido.
     Me vi, sentada en el banco del museo, con el abrigo de lana sobre mi cuerpo de niña abrochado hasta el cuello, frente al cuadro, cansada, mareada. ¡Ay!, sí, todavía estaba eso, ese instante en que prevalece la confusión, en que la corriente de la vida, sus bellos discursos y sus ambiciones más nobles se paralizan, y se intuye algo inaceptable y siniestro.


El fin, Ed. Anagrama, Col. Narrativas hispánicas, 2015.
Texto tomado de las páginas 51-57


Leer más
CULTURA DIGITAL James Joyce lee algunos episodios de Ulises (1922)

CULTURA DIGITAL James Joyce lee algunos episodios de Ulises (1922)


From the “Aeolus” episode of Ulysses (1924). Joyce made this recording in Paris at the HMV studios at the insistence of Sylvia Beach (the woman behind Shakespeare and Company, the publisher’s of Ulysses), although HMV would only loan out their equipment at a cost and would have as little to do with the recording as possible.


This recording of Joyce reading was made in 1929 by C.K. Ogden (the linguist, philosopher, and inventor of Basic English) in the studio of the Orthological Society in Cambridge. Ogden boasted of the two biggest recording machines in the world and wanted to do a better recording of Joyce than the Ulysses recording of 5 years earlier which he regarded as being of very poor quality.




EPISODIOS GRABADOS

He began:
      —Mr Chairman, ladies and gentlemen: Great was my admiration in listening to the remarks addressed to the youth of Ireland a moment since by my learned friend. It seemed to me that I had been transported into a country far away from this country, into an age remote from this age, that I stood in ancient Egypt and that I was listening to the speech of some highpriest of that land addressed to the youthful Moses.
      His listeners held their cigarettes poised to hear, their smokes ascending in frail stalks that flowered with his speech. And let our crooked smokes. Noble words coming. Look out. Could you try your hand at it yourself?
      —And it seemed to me that I heard the voice of that Egyptian highpriest raised in a tone of like haughtiness and like pride. I heard his words and their meaning was revealed to me.

FROM THE FATHERS

It was revealed to me that those things are good which yet are corrupted which neither if they were supremely good nor unless they were good could be corrupted. Ah, curse you! That’s saint Augustine.

      —Why will you jews not accept our culture, our religion and our language? You are a tribe of nomad herdsmen: we are a mighty people. You have no cities nor no wealth: our cities are hives of humanity and our galleys, trireme and quadrireme, laden with all manner merchandise furrow the waters of the known globe. You have but emerged from primitive conditions: we have a literature, a priesthood, an agelong history and a polity.
      Nile.
      Child, man, effigy. By the Nilebank the babemaries kneel, cradle of bulrushes: a man supple in combat: stonehorned, stonebearded, heart of stone.
      —You pray to a local and obscure idol: our temples, majestic and mysterious, are the abodes of Isis and Osiris, of Horus and Ammon Ra. Yours serfdom, awe and humbleness: ours thunder and the seas. Israel is weak and few are her children: Egypt is an host and terrible are her arms. Vagrants and daylabourers are you called: the world trembles at our name.
      A dumb belch of hunger cleft his speech. He lifted his voice above it boldly:
      —But, ladies and gentlemen, had the youthful Moses listened to and accepted that view of life, had he bowed his head and bowed his will and bowed his spirit before that arrogant admonition he would never have brought the chosen people out of their house of bondage, nor followed the pillar of the cloud by day. He would never have spoken with the Eternal amid lightnings on Sinai’s mountaintop nor ever have come down with the light of inspiration shining in his countenance and bearing in his arms the tables of the law, graven in the language of the outlaw.


THE “ANNA LIVIA PLURABELLE” SECTION FROM FINNEGANS WAKE (1929)

Well, you know or don’t you kennet or haven’t I told you every telling has a tailing and that’s the he and the she of it. Look, look, the dusk is growing. My branches lofty are taking root. And my cold cher’s gone ashley. Fielhur? Filou! What age is at? Its saon is late. ‘Tis endless now senne eye or erewone last saw Waterhouse’s clogh. They took it asunder, I hurd thum sigh. When will they reassemble it? O, my back, my back, my bach! I’d want to go to Aches-les-Pains. Pingpong! There’s the Belle for Sexaloitez! And Concepta de Send-us-pray! Pang! Wring out the clothes! Wring in the dew! Godavari, vert the showers! And grant thaya grace! Aman. Will we spread them here now? Ay, we will. Flip! Spread on your bank and I’ll spread mine on mine. Flep! It’s what I’m doing. Spread! It’s churning chill. Der went is rising. I’ll lay a few stones on the hostel sheets. A man and his bride embraced between them. Else I’d have sprinkled and folded them only. And I’ll tie my butcher’s apron here. It’s suety yet. The strollers will pass it by. Six shifts, ten kerchiefs, nine to hold to the fire and this for the code, the convent napkins twelve, one baby’s shawl. Good mother Jossiph knows, she said. Whose had? Mutter snores? Deataceas! Wharnow are alle her childer, say? In kingdome gone or power to come or gloria be to them farther? Allalivial, allalluvial! Some here, more no more, more again lost alla stranger. I’ve heard tell that same brooch of the Shannons was married into a family in Spain. And all the Dunders de Dunnes in Markland’s Vineland beyond Brendan’s herring pool takes number nine in yangsee’s hats. And one of Biddy’s beads went bobbling till she rounded up lost histereve with a marigold and a cobbler’s candle in a side strain of a main drain of a manzinahurries off Bachelor’s Walk. But all that’s left to the last of the Meaghers in the loup of the years prefixed and between is one kneebuckle and two hooks in the front. Do you tell me that now? I do in troth. Orara por Orbe and poor Las Animas! Ussa, Ulla, we’re umbas all! Mezha, didn’t you hear it a deluge of times, ufer and ufer, respund to spond? You deed, you deed! I need, I need! It’s that irrawaddyng I’ve stoke in my aars. It all but husheth the lethest zswound. Oronoko! What’s your trouble? Is that the great Finnleader himself in his joakimono on his statue riding the high horse there forehengist? Father of Otters, it is himself! Yonne there! Isset that? On Fallareen Common? You’re thinking of Astley’s Amiptheayter where the bobby restrained you making sugarstuck pouts to the ghostwhite horse of the Peppers. Throw the cobwebs from your eyes, woman, and spread your washing proper. It’s well I know your sort of slop. Flap! Ireland sober is Ireland stiff. Lord help you, Maria, full of grease, the load is with me! Your prayers, I sonht zo! Madammangut! Were you lifting your elbow, tell us, glazy cheeks, in Conway’s Carrigacurra canteen? Was I what, hobbledyhips? Flop! Your rere gait’s creakorhueman bitts your butts disagrees. Amn’t I up since the damp dawn, marthared mary allacook, with Corrigan’s pulse and varicoarse veins, my pramaxle smashed, Alice Jane in decline and my oneeyed mongrel twice run over, soaking and bleaching boiler rags, and sweating cold, a widow like me, for to deck my tennis champion son, the laundryman with the lavandier flannerls? You won your limpopo limp from the husky hussars when Collars and Cuffs was heir to the town and your slur gave the stink to Carlow. Holy Scamander, I sar it again! Near the golden falls. Icis on us! Seints of light! Zezere! Subdue your noise, you hamble creature! What is it but a blackburry growth on the dwyergray ass them four old coldgers owns. Are you meanem Tarpey and Lyons and Gregory? I meyne now, thank all, the four of them, and the roar of them, that draves that stray in the mist and old Johnny MacDougal along with them. Is that the Poolbeg flasher beyant, pharphar, or a fireboat coasting nyar the Kishtna or a glow I behold within a hedge or my Garry come back from the Indies? Wait till the honeying of the lune, love! Die eve, little eve, die! We see that wonder in your eye. We’ll meet again, we’ll part once more. The spot I’ll seek if the hour you’ll find. My chart shines high where the blue milk’s upset. Forgivemequick, I’m going! Bubye! And you, pluck your watch, forgetmenot. Your evenlode. So save to jurna’s end! My sights are swimming thicker on me by the shadows to this place. I sow home slowly now by own way, moyvalley way. Towy I too, rathmine.
      Ah, but she was the queer old skeowsha anyhow, Anna Livia, trinkettoes! And sure he was the quare old buntz too, Dear Dirty Dumpling, foostherfather of fingalls and dotthergills. Gammer and gaffer we’re all their gangsters. Hadn’t he seven dams to wive him? And every dam had her seven crutches. And every crutch had its seven hues. And each hue had a differing cry. Sudds for me and supper for you and the doctor’s bill for Joe John. Befor! Bifur! He married his markets, cheap by foul, I know, like any Etrurian Catholic Heathen, in their plinky lemony creamy birnies and their turkiss indienne mauves. But at milkidmass who was the spouse? Then all that was was fair. Tys Elvenland! Teems of times and happy returns. The seim anew. Ordovico or viricordo. Anna was, Livia is, Plurabelle’s to be. Northmen’s thing made southfolk’s place but howmulty plurators made eachone in person? Latin me that, my trinity scholard, out of eure sanscreed into oure eryan. Hircus Civis Eblanensis! He had buckgoat paps on him, soft ones for orphans. Ho, Lord! Twins of his bosom. Lord save us! And ho! Hey? What all men? Hot? His tittering daughters of. Whawk?
      Can’t hear with the waters of. The chittering waters of. Flittering bats, fieldmice bawk talk. Ho! Are you not gone ahome? What Thom Malone? Can’t hear with bawk of bats, all thim liffeying waters of. Ho, talk save us! My foos won’t moos. I feel as old as yonder elm. A tale told of Shaun or Shem? All Livia’s daughtersons. Dark hawks hear us. Night! Night! My ho head halls. I feel as heavy as yonder stone. Tell me of John or Shaun? Who were Shem and Shaun the living sons or daughters of? Night now! Tell me, tell me, tell me, elm! Night night! Telmetale of stem or stone. Beside the rivering waters of, hitherandthithering waters of. Night!


Información de http://publicdomainreview.org/collections/james-joyce-reading-his-work-19241929/

Twitter: @contreras_nadia


Leer más

TEXTOS CARDINALES Poemas | Saúl Rosales

Calipso y Odiseo
NOCTURNO DE LA SOLEDAD IRREMEDIABLE 

Qué hago con esta soledad 
si no la puedo disfrazar de poesía
de sexo comparado
ni de alcoholismo. 
No la sé pasear por discotecas ni por bares
es más paupérrima, tímida, cobarde. 
No puede salir a disiparse, 
la asustan la noche, el riesgo, su pobreza. 
Qué se puede hacer con una soledad
lastradas con atonía que no la deja redimir. 


Esquinas domésticas


INCLINACIÓN DE DIOSA

La diosa Eos
primera que en el día
entrega la luz a los mortales
no entre los dioses infinitos
sino entre los hombres
escogió a Orión
para que fuera su dichoso amante. 

Démeter, diosa que preside
la ingente labor de los agricultores
no entre los dioses del Olimpo
sino entre los hombres
escogió a Jasón 
para entregarle la dulzura de su cuerpo. 

Calipso, en Homero diosa ilustre
"no menor en hermosura
ni en espíritu a Penélope"
no entre los dioses sus iguales
sino entre los hombres
escogió a Odiseo como cautivo de su amor. 

Por qué entonces 
si algunas diosas prefieren a los hombres
no voy a creer 
que tú puedas escogerme a mí. 


Condominio de poemas  
Leer más

ACERCAMIENTOS Vicisitudes de un parto | Juan de Dios Rivas Castañeda


La medicina y la literatura tienen una estrecha relación desde hace siglos. No son pocos los escritores que han fraguado narrativa en cuya trama figuran personajes que ostentan la profesión de Hipócrates. ¿Cómo olvidar El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson? ¿Cómo olvidar al Dr. Watson, compañero, amigo y narrador de peripecias de Sherlock Holmes, el famoso detective creado por la pluma de Arthur Conan Doyle? Estos son sólo dos casos célebres y populares de los muchos personajes con el título de médico que deambulan entre las páginas escritas por monstruos de la letras de todo el orbe, entre los que también se encuentran Molière, Balzac y Bernard Shaw. Además, existe un importante grupo de literatos: los médicos escritores. Algunos de los más destacados son Antón Chéjov, el mismo Arthur Conan Doyle, William Somerset y Pío Baroja. En nuestra región se encuentra un médico escritor con una obra narrativa que muestra la vida de los habitantes de nuestro entorno y sus situaciones existenciales, tanto conocidas como desconocidas; situaciones que muchos se niegan a aceptar como parte de la realidad.
   
El parto de los cerros es una novela escrita por José Alberto Estrada Retes, médico pediatra originario de la Ciudad de México que toda su vida ha radicado en La Laguna. La novela está ambientada casi en su totalidad en Torreón a finales de los años ochenta, donde se encuentran y desencuentran una variedad sin par de personajes que a la vez son una muestra certera de los habitantes que podemos encontrar en un recorrido por las calles de la ciudad, sus plazas, sus diferentes colonias, dependencias gubernamentales y particulares, oficiales y no oficiales, lugares que reconocemos al leer la narrativa del Dr. Estrada.

Debido a que el autor no encontró una sola puerta abierta en México para la publicación de su obra, el libro fue editado y publicado hace dos años por PR-Ediciones, una editorial afincada en Madrid, España. Es muy grato y estimulante saber que en el Viejo Mundo aún se interesan por las letras de nuestro continente y nuestro país.
   
La pluma de Estrada Retes describe de forma precisa la personalidad de cada uno de los pobladores de las páginas de El parto de los cerros. Llega el momento en que creemos conocer tan bien a los personajes, que es como si los hubiésemos tratado  de cerca toda la vida.

La trama de la novela parte, gira y se desarrolla en torno al nacimiento del “Innominado” –nombre con el que identifican al bebé los doctores del hospital a donde éste va a parar con casi nulas esperanzas de sobrevivir–. El “Innominado” nace a través de un parto séptico no asistido de Ruth, una adolescente de apenas 13 años de edad. El parto, el cual ocurre en el jacal de una colonia situada en las faldas de La Sierra de las Noas, termina por costarle la vida a la joven madre. Los vaivenes del "Innominado", quién después se llamará Abel por indicación del abuelo adoptivo y padre biológico a la vez, nos presentarán a todos los protagonistas de la historia en la que las decisiones que tome cada uno de ellos, afectarán el destino del niño y su vida.

En El parto de los cerros confluyen niños de las colonias embonadas en las pendientes del cerro, policías, comerciantes, doctores titulares y residentes, enfermeras, trabajadoras sociales –varias indiferentes y por lo tanto mediocres, sin faltar una muy eficiente y obstinada por realizar su trabajo de una forma perfecta–, secretarias, funcionarios públicos, una asistente de dirección con un irrefutable código moral y una perspectiva laboral de amplia envergadura, guardias de seguridad, un mendigo adicto al alcohol sin el más mínimo sentido de la responsabilidad y con una indiferencia sin igual, la directora y las empleadas de una casa hogar, un matrimonio sin hijos conformado por un pintor y una intelectual, ambos de clase media; tarahumaras y algunos más. A través del avance en las páginas del libro nos adentramos no sólo en la vida y personalidad de cada uno de ellos, sino también en su entorno particular, el cual algunos viven, otros sobreviven, unos padecen y muy pocos disfrutan.

La novela descubre las vicisitudes de un parto sin futuro, al menos en apariencia y probabilidad y nos lleva a las entrañas mismas de nuestra ciudad, a los lugares más profundos de la metrópoli, lugares en los que conoceremos y reconoceremos todo lo que adolece, pero también las virtudes que ostenta.


Torreón, Coahuila, 1976. Miembro del taller “Apreciación y creación literaria” impartido en el Icocult Laguna en 2006 y 2007. Mención honorífica en el Premio Estatal de Cuento San Antonio de las Alazanas 2007, convocado por el Icocult Saltillo. Es autor del libro Carlos Magallanes. La seducción de las musas (Dirección de Cultura de Torreón, Col. Trayectorias, 2013). 

Leer más