POESÍA El blanco tras la ceniza | Cristina Arreola Márquez


en el convento nos prohibían los espejos
en el convento no se conocen los baños con agua tibia
en el convento todo es frío, cada rincón expide un ambiente gélido
en el convento todas las religiosas duermen en celdas
se llaman celdas porque son pequeñas
viven como en un panal
en el convento todas despiertan a las 5 de la mañana al ritmo de un tintineo
todas se enfilan a las regaderas de hielo
en el convento se prohíbe tener un despertador
en el convento sólo se ven estampas de santos tratando de ocupar un pequeño espacio
                                                                                         /en toda aquella blanquietud
siempre debe haber una foto del Papa en turno
las religiosas tienen prohibido quejarse
o hablar del amor en su pasado
ellas son siervas de su marido
pasan días en vela para adorarlo
todas portan un anillo de bodas y el cabello cubierto
a las religiosas se les escapa el alma si su cabello asoma la vista al sol
las religiosas tienen prohibido el maquillaje, el pintauñas
las religiosas sólo pueden reír estruendosamente ante una noticia divina
en los conventos se respira una paz que duele
–una paz que se mete hasta el hueso
que nos recuerda hasta el mínimo pecado cometido en la inocencia
en los conventos está prohibido saludar a la religiosa que tiene voto de silencio
el voto de silencio lo hacen quienes incumplen las leyes de Dios
a veces, también, lo ofrecen por algún alma en pena
las religiosas abrazan, y cuando abrazan te derriten los demonios atorados hasta el
                                                                                                                             /hueso
–todo en ti palpita cuando te sonríen
las religiosas son blancura tras las cenizas
cuando las religiosas lloran, los templos se desploman
y te encuentras ahí, viendo hasta el más fuerte pilar partido en dos
–balanceándose un Cristo
el polvo se ahuyenta cuando una monja llora
te sabes reducido, todo en tu interior se desploma como los pilares del templo
las religiosas usan su tiempo libre para bordar
ellas preparan todas las pequeñas telas que acompañan el ritual del sacerdote
procuran la pulcritud
las religiosas limpian lo ya limpiado
ellas se hincan como si las rodillas no dolieran nunca
como si un exceso cárnico les rodeara las piernas
en el convento se nos prohibía desechar los alimentos
en el convento, decían, todas lavan los trastes
excepto el sacerdote
él sólo recibe las atenciones que requiere
en el convento regalaban agua a los sedientos
aún lo hacen
también guardan comida para los necesitados
en el convento recibían donaciones de caridad
fruta a punto de estallar en madurez
pero las religiosas siempre tienen manos santas para crear comida a partir del
                                                                                                        /desperdicio
las religiosas, en ocasiones, tienen un día libre
y lo utilizan para rezar
toda religiosa lleva consigo un rosario
hay algunas que llevan dos, pero no lo confiesan
pensarían de ellas lo peor, que la avaricia las ha dominado
cuando una religiosa camina por la calle con las manos juntas entre el pecho y la
                                                                                                         /mirada baja
es señal que lleva el cuerpo de Cristo
para entregar a algún anciano o enfermo
hay algunas que atienden a los desvalidos
a mi bisabuela la visitaba una religiosa, le cortaba las uñas de los pies
a nadie le gustaba cortarle las uñas de los pies a mi bisabuela
–sus uñas eran extensión del hueso
su grosor se confundía con una mutación genética
en el convento nos prohibían correr
incluso ante una emergencia
nadie corre
lo máximo son pequeño trotecillos que simulan comparsa de ajuares oscilantes
aquel convento era de tres pisos
en el techo se asoleaban las prendas recién lavadas de las religiosas
–sólo el sol era testigo de aquellos tipos de fondillo
por el techo se llegaba a la cúspide del templo
ahí aguardaba la torre del campanario
las religiosas son las encargadas de hacer los llamados a la iglesia
siempre puntuales
debe haber al menos una campana más pequeña para acompañar a la grande
el sonido de la campana mayor puede dejar inconsciente
–su vibración retumba en la garganta
a veces vomitas cuando te envían a dar el aviso de la misa próxima
todas las religiosas cantan
quizá sea un requisito antes de ordenarse
hay algunas religiosas que incluso, saben latín
en el convento hay algunos libros
ningún libro del convento se muestra apetecible
las religiosas a veces hacen fiestas para ellas
a veces celebran sin fecha específica
entonces alguna va al exterior y regresa con un bastimento de comida mundana
en el convento a veces se comen, incluso, golosinas
en ocasiones, a las religiosas las trasladan a otros estados o países
ellas no pueden manifestar su desconsuelo
todos los días, las religiosas, confiesan sus pecados
a veces cometen alguna falta para tener qué confesar
las religiosas no lo aceptan, pero compiten por rezar más padres nuestros que la otra
en el convento había una televisión vieja
las religiosas reproducen películas antiguas como Marcelino Pan y Vino, Juliancito
                                                                                                        / Bravo y Pedrito Fernández
cuando cumplí catorce años, las religiosas me regalaron una gelatina
tenía forma de Mickey Mouse
–me gustaba el sabor del rostro blanco
en el convento se hacen obsequios el día del cumpleaños
a veces se regalan pequeños libros de cantos
de algún lugar las religiosas sacan papel de regalo amarillento
–en el convento aguardan millares de secretos
en el convento está prohibido pensar en muchachos
yo llevaba conmigo la foto de aquel amor platónico
terminó echa trizas
las religiosas pueden ser muy severas
las hay también consecuentes
en el convento se puede llegar para siempre
o como aquella joven, a probar para luego casarse
hay que esperar el llamado, decían siempre
el único llamado en mi mente era el de mi bisabuela
a mi bisabuela había que hacerle los mandados de la calle
ella no podía caminar
mi bisabuela tenía un ojo de vidrio
–espeluznante
a mi bisabuela le aplicaban las gotas en los ojos tres veces al día
ella no podía hacerlo sola
sus brazos ya no alcanzaban la altura suficiente, la gravedad se prendía de ella
en el convento me insistían en amar a mis mayores
yo amaba a mi gato negro
y a la foto que siempre traía conmigo, bajo la blusa
en el templo se debe cantar con todas las fuerzas
ahí se hincan todas las religiosas, sin importar el dolor persistente
y aunque no necesitan una guía para las canciones
llevan en su mano izquierda el libro de cantos
en la derecha siempre el rosario
si las religiosas sufren de calor bajo aquellas toneladas de tela, no lo dicen
si sienten frío, se visten de un abrigo del color del ajuar, por debajo
–en el convento siempre hace frío
excepto al limpiar las inmensas salas de oración
yo siempre mentí, nunca trapeaba todo
en el convento siempre huele a incienso
nunca descubres el origen de ese olor
en el templo debes detenerte cada que pasas frente a la Cruz
hincarte
–persignarte
en el templo debes evitar hacer ruido cualquiera
las religiosas parece que flotaran
nunca escuchas sus pasos hasta que están detrás tuyo
a las religiosas las presientes por su halo de blancura
el convento aguarda más paz que la necesaria para un cuerpo virginal
–en el convento crece el deseo
las velas se encienden ante la imagen erótica
cuando ocurre un temblor, las religiosas se hincan a rezar desde su sitio
nunca buscan refugio
–en el convento está prohibido tocarse
por eso siempre el agua es fría
en aquel convento había un pequeño jardín en el centro de todo
a veces contrataban a un jardinero anciano
nadie podía tener trato con él, excepto la madre superiora
la madre superiora tenía una mirada inquietante
reveladora de pecados
nunca la miré a los ojos
yo me robaba las uvas al pasar por la cocina
en el convento siempre tenía hambre
–la fruta robada tiene un sabor más dulzón
el primer beso nunca es dulce
mi primer beso dolió hasta la médula
las religiosas siempre que me encuentran en la calle me saludan
–yo las evito
no pueden mirar en mis ojos el pecado de haber besado
en el convento escondí un espejo bajo mi almohada
por mi espejo conocí lo oculto entre el monte de hierba oscura
–él me guió, la última noche de mi encierro
las religiosas no entendían por qué las velas se encendían a mi paso
el olor del espejo nunca se perdió
igual que en mis dedos
las religiosas a veces también me evitan
–mi halo excede las carnes
las religiosas usan hasta las pantaletas de color blanco
su pureza se transpira
ellas tienen prohibido usar perfumes
por eso es que huelen a paz
mi olor es a ceniza
–ellas lo advierten

CRISTINA ARREOLA MÁRQUEZ (Colima, 4-julio-1988). Egresada de la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana (UdeG). Se ha desempeñado en el periodismo, edición y corrección de estilo, así como en la promoción cultural. Ponente en diversos encuentros de literatura. Su obra aparece en antologías y en más de una docena de revistas y suplementos culturales. Jefa de redacción de la revista Monolito.


Ilustración | Nocturno 29 (Pere Portabella, 1968). Fotografía tomada de elumiere.net

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