CRÓNICA Santa | Juan Eusebio Valdez Villalobos

Uno de ellos aseguraba que santa Claus empezaba temprano a entregar, obvio, sino nunca terminaría, concluimos. Entonces nos encontrábamos mirando el cielo, ya que era probable verlo pasar en su trineo.
Es común escuchar la pregunta: ¿a qué edad es conveniente decir a los niños que no existe santa Claus?  Aquí se divide el mundo; hay quien dice que debe ser desde pequeños para que acepten la realidad lo más pronto posible. Esto les evitará sufrimiento futuro. La contra parte expresa que es hasta que el niño entre a la pubertad, argumentando que al estar interesados en otras cuestiones, la misma idea de un barbón bonachón desaparecerá por sí sola. No intentaré responder nada, sólo contaré mi experiencia.

La primera vez que escuché que el habitante del polo norte, era solo una mentirilla que nuestros padres usaban para justificar la falta o la aparición de regalos debajo de nuestro pino. Fue una ocasión en que yo en tono caprichoso repudiaba el videojuego recibido; justificando mi rabieta con “eso no era lo que quería”. Mi padre solo se limitó a decir que San Nicolás se le había olvidado el encargo, yo desde mi lógica infantil pensaba: pues claro, si son regalos nacidos desde la buena voluntad, era injusto pensar que se fuera a poner a cumplirle a los millones de chamacos sus caprichos. Lo mejor sería aceptar las palabras de mi progenitor y continuar comiendo tamales recalentados.

Vuelvo a la historia de mi creencia del dador de regalos. Era una nochebuena: fría, helada, yo tenía alrededor de 8 años, grande para mi edad, donde se le mirara. Solo mi voz chillona me devolvía a mi niñez, ya que siempre aparenté ser un adolescente desde muy pequeño.  Estaba en una típica posada, en esas que la cera caliente te cae en las manos, pero te aguantas porque a nadie ves que se queje. Me encontraba junto con otros niños, en la parte exterior de la casa de nuestra vecina, soportando el frío, debido a que una gran multitud abarrotaba la sala. Todos con la esperanza de que les tocara un chocolate caliente y un par de tamalitos.

Adentro las viejecillas cantoras guiaban el rosario. Mientras, mis primos y yo hablábamos de nuestros posibles regalos. Uno de ellos aseguraba que santa Claus empezaba temprano a entregar, obvio, sino nunca terminaría, concluimos. Entonces nos encontrábamos mirando el cielo, ya que era probable verlo pasar en su trineo.

Estábamos en la búsqueda del barrigón. De pronto de las penumbras, un primo ya mayor nos lanza una bomba “Santa no existe”. Todos  desorientados e incrédulos, preguntamos el motivo de su negativa. Lo cual responde con soberbia; “si, no existe, es más yo fui a comprar los regalos con mi tía y los tienen guardados en tu casa” dirigiéndose  hacia mí. Una tristeza me invadió, a la vez  que la curiosidad aparecía. Al terminar el ritual, me escabullí rápidamente a tomar mi respectivo bolo, lo merecía después de las quemaduras. En casa, ya con mi madre, abordándola antes de salir a poner la mesa para la cena,  pregunté si en realidad Santa Claus existía. Lo cual ella contesta con un contundente “sí”. Aún no satisfecho, comenté el suceso antes narrado. Un silencio, y al fin mi madre confiesa: que era cierto lo de los regalos, pero, el responsable de otorgarle el dinero para los presentes había sido el gordito vestido de rojo y que si lo había hecho de esa forma era debido al exceso de trabajo.

He de confesarles que creía en Santa todavía hasta los 11 años. Después pasó lo que decían algunos. Se me hizo estúpido seguir creyendo. Hoy no les guardo rencor a mis padres por decir la verdad o por sostener una mentira. Al contrario agradezco a mis progenitores cuidar hasta el extremo mi inocencia. Atribuyo a esto, mis constantes ensoñaciones diurnas. Donde la esperanza me abraza cuando el frío invernal llega, donde al voltear al rincón de mi sala veo el nacimiento y me recuerda un nuevo comienzo.

Fotografía | Imágenes de Google 

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