ACERCAMIENTOS Más allá de la novela | E. M. Cioran


En la época en que el artista movilizaba todas sus taras para producir una obra que le ocultase, la idea de entregar su vida al público no debía ni rozarle siquiera. No se imagina uno a Dante o a Shakespeare anotando los menudos incidentes de su existencia para ponerlos en conocimiento de los otros. Quizá incluso tendían a dar una falsa imagen de lo que eran. Tenían ese pudor de la fuerza que el deficiente moderno ya no tiene. Diarios íntimos y novelas participan de una misma aberración: ¿qué interés puede presentar una vida? ¿Y qué interés, libros que parten de otros libros o espíritus que se apoyan en otros espíritus? No he sentido una sensación de verdad, un estremecimiento de ser más que en contacto con analfabetos: los pastores, en los Cárpatos, me han dejado una impresión mucho más fuerte que los profesores de Alemania o los vivillos de París, y he visto en España mendigos de los que me gustaría ser hagiógrafo. No tenían ninguna necesidad de inventarse una vida: existían; lo que no le sucede al civilizado. Decididamente, nunca sabremos por qué nuestros antepasados no se atrincheraron en sus cavernas.

Cualquiera se atribuye a sí mismo un destino, luego cualquiera puede describir el suyo. La creencia de que la psicología revela nuestra ausencia debería apegarnos a nuestros actos, al pensamiento de que comportan un valor intrínseco o simbólico. Después vino ese snobismo de los «complejos» para enseñarnos a engrandecer nuestras naderías, a dejarnos deslumbrar por ellas, a gratificar nuestro yo con facultades y profundidades de las que está visiblemente desprovisto. Sin embargo, la percepción íntima de nuestra nulidad sólo en parte ha sido sacudida. Ante el novelista que hace hincapié sobre su vida, sentimos que finge tan sólo creer en ella que no tiene ningún respeto por los secretos que descubre: él no se engaña y nosotros, sus lectores, todavía menos. Sus personajes pertenecen a una humanidad de segunda clase, descarada y débil, sospechosa a fuerza de habilidades y maniobras. Es imposible concebir a un Rey Lear astuto... El lado vulgar, el lado arribista de la novela es el que fija sus rasgos: degradación de la fatalidad, Destino que ha perdido su mayúscula, improbabilidad de la desdicha, tragedia desplazada.


Junto al héroe trágico, colmado por la adversidad, su bien de siempre, su patrimonio, el personaje novelesco aparece como un aspirante a la ruina, un jornalero del horror, muy preocupado por perderse, muy tembloroso por no lograrlo. Inseguro de su desastre sufre por ello. No hay necesidad alguna en su muerte. El autor, tal es nuestra impresión, podría salvarlo: lo que nos da una sensación de malestar y nos echa a perder el placer de la lectura. La tragedia, por su parte, se desenvuelve en un plano me atrevería a decir que absoluto: el autor no tiene ninguna influencia sobre los héroes, no es más que su servidor, su instrumento; son ellos los que mandan y le intiman a redactar el acta de sus hechos y gestos. Ellos reinan hasta en las obras a las que sirven de pretexto. Y esas obras nos parecen realidades independientes del escritor y de los hilos de la psicología. Las novelas las leemos de una manera muy otra. Siempre pensamos en el novelista; su presencia nos obsesiona; le vemos debatirse con sus personajes; a fin de cuentas, sólo él nos requiere. «¿Qué va a hacer con ellos? ¿Cómo se librará de ellos?», nos preguntamos con una inquietud mezclada con aprehensión. Si ha podido decirse que Balzac reproducía a Shakespeare pero con fracasados, ¿qué pensar entonces de nuestros novelistas, obligados a inclinarse sobre un tipo de humanidad aún más deteriorada? Desprovisto de aliento cósmico, el personaje mengua y no llega a contrapesar el efecto disolvente de su saber, de su voluntad de clarividencia, de su falta de «carácter».

El fenómeno moderno por excelencia está constituido por la aparición del artista inteligente. No es que los de otras épocas fuesen incapaces de abstracción o sutileza; pero, instalados de un solo golpe en el centro de su obra, la realizaban sin reflexionar demasiado sobre ella y sin rodearse de doctrinas y de consideraciones de método. El arte, aun nuevo, les llevaba. Ahora ya no sucede lo mismo. Por reducidos que sean sus medios intelectuales, el artista es, ante todo, esteticista: situado fuera de su inspiración, la prepara y se restringe a ella deliberadamente. Si es poeta, comenta sus obras, las explica sin convencernos, y, para inventar y renovarse, imita el instinto que ya no tiene: la idea de poesía se ha convertido en su materia poética, su fuente de inspiración. Canta a su poema; grave desfallecimiento, sin sentido poético: no se hacen poemas con la poesía. Sólo el artista dudoso parte del arte; el artista verdadero saca su materia de otra parte: de sí mismo... Al lado del «creador» actual, de sus esfuerzos y de su esterilidad, los del pasado parecen desfallecer de salud: no estaban anémicos por causa de la filosofía, como los nuestros. Interrogad, en efecto, a cualquier pintor, novelista, músico: veréis que los problemas le prestan esa inseguridad que es su marca esencial. Tantea como si estuviese condenado a detenerse en el umbral de su empresa o de su suerte. A esta exacerbación del intelecto, acompañada de una disminución correspondiente del instinto, nadie escapa en nuestros días. Lo monumental, lo grandioso irreflexivo ya no es posible: por el contrario, lo interesante se eleva al nivel de categoría. Es el individuo quien hace al arte, no ya el arte quien hace al individuo, como ya no es la obra lo que cuenta, sino el comentario que la precede o sucede. Y lo mejor que un artista produce son sus ideas sobre lo que hubiera podido realizar. Se ha convertido en su propio crítico, como el vulgo en su propio psicólogo. Ninguna edad ha conocido tal conciencia de sí. Vistos desde este ángulo, el Renacimiento parece bárbaro, la Edad Media prehistórica, e incluso el último siglo parece un poquito pueril. Sabemos mucho nosotros mismos; por otra parte, no somos nada. Revancha de nuestras lagunas en ingenuidad, en frescura, en esperanza y en estupidez, el «sentido psicológico», nuestra mayor adquisición, nos ha metamorfoseado en espectadores de nosotros mismos. ¿Nuestra mayor adquisición? Dada nuestra incapacidad metafísica, lo es indudablemente, tal como es el único tipo de profundidad del que somos susceptibles. Pero si se trasciende la psicología, toda nuestra «vida interior» parece una meteorología afectiva cuyas variaciones no comportan ningún significado. ¿A santo de qué interesarse por los manejos de espectros, por los estadios de la apariencia? Y ¿cómo, tras el Temps retrouvé, reclamarnos de un yo, cómo apostar todavía por nuestros secretos? No es Eliot, sino Proust, quien es el profeta de los «hollow men», de los hombres vacíos. Quitad las funciones de la memoria por las que él se ingenia para hacernos triunfar sobre el devenir y no queda ya nada en nosotros más que el ritmo que marca las etapas de nuestra delicuescencia. Desde este punto, rehusarse al aniquilamiento constituye una descortesía para consigo mismo. El estado de criatura no conviene a nadie. Lo sabemos tanto por Proust como por el maestro Eckhart; con el primero, entramos en el goce del vacío por el tiempo; en el segundo por la eternidad. Vacío psicológico; vacío metafísico. El uno, coronamiento de la introspección; el otro, de la meditación. El «yo» constituye un privilegio sólo de aquellos que no van hasta el fondo de sí mismos. Pero ir hasta el fondo de sí mismo, es un extremo fecundo para el místico pero nefasto para el escritor. Es imposible figurarse a Proust sobreviviendo a su obra, a la visión que la concluye. Por otra parte, ha vuelto superflua e irritante toda búsqueda en la dirección de las minucias psicológicas. A la larga, la hipertrofia del análisis obstaculiza al novelista y a sus personajes. No se puede complicar infinitamente un carácter ni las situaciones en las que se encuentra implicado. Se las conoce todas, o por lo menos se las adivina.

Sólo hay una cosa peor que el hastío: el miedo al hastío. Y tal miedo es el que experimento cada vez que abro una novela. No sé qué hacer con la vida del héroe, no me apego a ella, no creo en ella en manera alguna. El género, que ya ha dilapidado su sustancia, carece de objeto. El personaje se muere y la intriga igual. En este aspecto no deja de ser significativo que las únicas novelas dignas de interés sean precisamente aquéllas donde, tras haber sido despedido el universo, ya no pasa nada. Incluso el autor parece ausente. Deliciosamente ilegibles, Sin pies ni cabeza, igual podrían detenerse en la primera frase que continuar decenas de millares de paginas. A propósito de ellas, se le ocurre a uno una pregunta: ¿puede repetirse indefinidamente la misma experiencia? Escribir una novela sin tema está muy bien, pero ¿para qué escribir diez o veinte? Planteada la necesidad de la ausencia, ¿por qué multiplicar esa ausencia y complacerse en ella? La concepción implícita de esta clase de obras opone al desgaste del ser la realidad inagotable de la nada. Sin valor lógico, tal concepción no es menos cierta afectivamente. (Hablar de la nada en otros términos que los de la afectividad es perder el tiempo). Postula una investigación sin referencias, una experiencia vivida en el interior de una realidad inagotable, vacuidad experimentada y pensada a través de la sensación, lo mismo que una dialéctica paradójicamente fija, sin movimiento, dinamismo de la monotonía y de la vacación. ¿No es esto dar vueltas sobre lo mismo? Voluptuosidad de la no-significación: supremo callejón sin salida. Servirse de la ansiedad no para convertir la ausencia en misterio, sino el misterio en ausencia. Misterio nulo, pendiente de sí mismo, sin trasfondo e incapaz de llevar a quien lo concibe más allá de las revelaciones del sinsentido.


A la narración que suprime lo narrado, el objeto, corresponde una ascesis del intelecto, una meditación sin contenido... El espíritu se ve reducido al acto por el que es espíritu, y nada más. Todas sus actividades le retrotraen a sí mismo, a ese desenvolvimiento estacionario que le impide aferrarse a las cosas. Ningún conocimiento, ninguna acción: la meditación sin contenido representa la apoteosis de la esterilidad y el rechazo.

La novela que se sale del tiempo abandona su dimensión específica, renuncia a sus funciones: gesto heroico que es ridículo repetir. Acaso se tiene el derecho de extenuar sus propias obsesiones, de explotarlas, de reiterarlas implacablemente? Más de un novelista de hoy me hace pensar en un místico que hubiera superado a Dios. El místico que hubiese llegado ahí, es decir, a ninguna parte, no podría ya rezar, puesto que habría ido más allá del objeto de sus oraciones. Pero ¿por qué los novelistas que han superado la novela perseveran en ella? Tal es la capacidad de fascinación de ésta que subyuga a los mismos que se esfuerzan en deshacerla. ¿Quién podría expresar mejor la obsesión moderna por la historia y la psicología? Si el hombre se agota en su realidad temporal, es sólo un personaje, un argumento de novela y nada más. En resumen: nuestro semejante. Por otro lado, la novela hubiera sido inconcebible en un período de florecimiento metafísico: es imposible imaginársela prosperando en la Edad Media, ni en Grecia, India o China clásicas. Pues la experiencia metafísica, desertando de la cronología y las modalidades de nuestro ser, vive en la intimidad de lo absoluto, absoluto al que el personaje debe tender sin alcanzarle jamás: sólo con esta condición dispone de un destino, el cual, para ser literariamente eficaz, supone una experiencia metafísica inacabada, voluntariamente inacabada, añadiría yo. Esto apunta incluso a los mismos héroes dostoyevskianos: ineptos para salvarse, impacientes por decaer nos intrigan en la medida en que guardan una falsa relación con Dios. La santidad no es para ellos más que un pretexto para el desgarramiento, un suplemento de caos, un rodeo que les permite derrumbarse mejor. Si la poseyesen dejarían de ser personajes: la persiguen para rechazarla, para paladear el peligro de volver a caer en sí mismos. Es por su condición de santo fallido por lo que el príncipe epiléptico se sitúa en el centro de una intriga, pues la santidad realizada es contradictoria con el arte de la novela. En lo tocante a Aliocha, más próximo al ángel que al santo, su pureza no evoca la idea de un destino y no se imagina uno bien cómo Dostoyevsky hubiera podido hacer de él la figura central de una continuación de Los hermanos Karamasovi. Proyección de nuestro horror por la historia, el ángel es el arrecife, es decir, la muerte de la narración. ¿Será preciso deducir que el dominio del narrador no debe extenderse a los acontecimientos de la caída? Esto me parece singularmente cierto para el novelista, cuya función, mérito y única razón de ser es realizar pastiches del infierno.

No reivindico el honor de no poder leer una novela hasta el final; me insurjo simplemente contra su insolencia, contra el doblez que nos ha impuesto y el puesto que ha tomado entre nuestras preocupaciones. Nada más intolerable que asistir durante horas en torno a tal o tal personaje ficticio. Que no se me malentienda: los libros más conmovedores, si no los más grandes, que he leído eran novelas. Lo cual no me impide aborrecer la visión de la que procedían. Odio sin esperanza. Pues si aspiro a otro mundo, a cualquier mundo salvo el nuestro, sé, sin embargo, que nunca llegaré a él. Cada vez que he intentado establecerme en un principio superior a mis «experiencias», forzoso me ha sido constatar que éstas primaban para mí en interés sobre aquél, que todas mis veleidades metafísicas se estrellaban contra mi frivolidad. Errónea o acertadamente, he acabado por hacer responsable a todo un género, por envolverlo con mi rabia, por ver en él un obstáculo contra mí mismo, el agente de mi desparramamiento y del de los otros, una maniobra del tiempo para infiltrarse en nuestra sustancia, la prueba definitiva de que la eternidad nunca será para nosotros más que una palabra y una nostalgia. «Como todo el mundo, eres hijo de la novela», tal es mi estribillo y mi derrota.

No hay ataque no encierre una voluntad de liberarse de un embeleso o de castigarse por él. Nunca me perdonaré el estar interiormente más próximo del primer novelista que llega que del más fútil de los sabios de antaño. No se apasiona uno impunemente por los tejemanejes de la civilización occidental, civilización de la novela. Obnubilada por la literatura, concede al escritor poco más o menos el mismo crédito que se concedía al sabio en el mundo antiguo. Sin embargo, el patricio que compraba su estoico o su epicúreo debía, junto a su esclavo, elevarse a un nivel al que no sabría aspirar el burgués moderno que lee a su novelista. Si se me replicase que ese sabio, cuando no era un impostor, discurría sobre temas tan trillados como el destino, el placer o el dolor, yo respondería que ese tipo de mediocridad me parece preferible a la nuestra y que incluso en el charlatanismo de la sabiduría hay más verdad que en la actividad novelesca. Y, además, si de charlatanismo se trata, no olvidemos ese otro, más digno, más real, de la poesía.

Evidentemente no se puede hacer poesía con cualquier cosa. No se presta a todo. Tiene escrúpulos y un cierto... standing. Robarle su bien comporta ciertos riesgos: nada más inconsistente que ella cuando se la trasplanta al discurso. Conocido es el carácter híbrido de la novela de la inspiración romántica, simbolista o surrealista. Efectivamente, la novela, usurpadora por vocación, no ha dudado en apoderarse de los medios propios de movimientos esencialmente poéticos. Impura por su misma adaptabilidad, ha vivido y vive del fraude y del pillaje y se ha vendido a todas las causas. Ha sido la prostituta de la literatura. Ninguna preocupación por la decadencia le supone un obstáculo, no hay intimidad que no viole. Con igual desenvoltura hurga en los basureros y en las conciencias. El novelista, cuyo arte está hecho de auscultación y cotilleo, transforma nuestros silencios en chismes. Incluso misántropo, siempre tiene la pasión de lo humano: Se abisma en ello. ¡Que lamentable papel hace junto a los místicos, sus locuras y su «inhumanidad»! Y, además, Dios tiene en cualquier caso más clase. Se concibe que se ocupen de él. Pero no comprendo que se apegue uno a las personas. Sueño con las profundidades del Ungrund, fondo anterior a las corrupciones del tiempo, y cuya soledad, superior a la de Dios, me separaría por siempre de mí, de mis semejantes del lenguaje del amor, de la prolijidad que arrastra la curiosidad por otro. Si la tomo con el novelista es porque, trabajando con una materia vulgar, con todos nosotros es y debe ser más prolijo que nosotros. Hagámosle al menos justicia sobre un punto: tiene el valor de la disolución. Es el precio de su fecundidad y su potencia. No hay talento épico sin una ciencia de la banalidad, sin el instinto de lo inesencial, de lo accesorio y de lo ínfimo. Páginas y páginas: acumulaciones de naderías. Si el poemarío supone una aberración, la novelarío está inscrita en las leyes mismas del género. Palabras, palabras, palabras... Hamlet leía, sin duda, una novela. Reflejar la vida en sus detalles, degradar nuestras estupefacciones en anécdotas, ¡qué suplicio para el espíritu! El novelista no experimenta este suplicio como tampoco siente la insignificancia y la ingenuidad de lo «extraordinario». ¿Acaso hay un solo acontecimiento que valga la pena de ser relatado? Pregunta poco razonable, pues yo mismo he leído tantas novelas como cualquiera. Pero cuestión sensata, a poco que el tiempo vuele de nuestras conciencias y no quede en nosotros más que un silencio que nos arrebata de entre los seres y de esa extensión de lo inconcebible sobre la esfera de cada instante por la que se define la existencia.


***


El sentido comienza a hacer pasar de moda. El cuadro cuya intención es inteligible no es mirado largo tiempo el fragmento musical de carácter perceptible, de contornos definidos, nos cansa; el poema demasiado claro, demasiado explícito, nos parece... incomprensible. El reino de la evidencia toca a su fin: ¿Qué verdad clara vale la pena de ser enunciada? Lo que puede ser comunicado no merece la pena de que nadie se detenga en ello. ¿Deduciremos de esto que sólo el misterio debe retenernos? Es no menos fastidioso que la evidencia. Entiendo aquí el misterio pleno, tal como ha sido concebido hasta nosotros. El nuestro, puramente formal, no es más que un recurso de espíritus decepcionados por la claridad, una profundidad hueca, correspondiente con esta etapa del arte en que ya nadie se engaña, en la cual, en literatura, en música, en pintura, somos contemporáneos de todos los estilos. El eclecticismo, si bien daña la tradición, ensancha en contrapartida nuestro horizonte y nos permite aprovecharnos de todas las tradiciones. Libera al teórico, pero paraliza al creador, a quien descubre perspectivas demasiado vastas; ahora bien, una obra se hace dejando de lado o fuera del saber. Si el artista de hoy se refugia en lo oscuro es que ya no puede innovar con lo que sabe. La masa de sus conocimientos ha hecho de él un glosador, un Aristarco desengañado. Para salvaguardar su originalidad no le queda ya más que la aventura de lo ininteligible. Renunciará, pues, a las evidencias que le impone una época sabia y estéril. Si es poeta, se encuentra ante palabras de las que ninguna, en su acepción legítima, está cargada de futuro; si las pretende viables, deberá romper su sentido, correr tras la impropiedad. En las Letras en general asistimos a la capitulación del Verbo, el cual, por extraño que ello pueda parecer, está todavía más gastado que nosotros. Sigamos, pues, la curva descendente de su vitalidad, concertémonos con su grado de «surmenage» y decrepitud, desposeamos al caminar de su agonía. Cosa curiosa: jamás fue más libre; su dimisión es su triunfo: emancipado de lo real y de lo vivido, se permite al fin el lujo de no expresar nada más que el equívoco de su propio juego. De esta agonía, de este triunfo, el género que nos ocupa debía resentirse.

La llegada de la novela sin materia ha dado un golpe de muerte a la novela. No más fabulación, ni personajes, ni intrigas, ni casualidad. Excomulgado el objeto, abolido el sucedido, sólo subsiste todavía un yo que se sobrevive, que se acuerda de haber sido; un yo sin mañana que se aferra a lo indefinido, le da vueltas y revueltas, lo convierte en tensión y esta tensión no tiene más desenlace que sí misma: éxtasis en los confines de las letras, murmullo incapaz de desvanecerse en grito, letanía y soliloquio del vacío, llamada esquizofrénica que rechaza al eco, metamorfosis en un punto extremo que se hurta y que no persigue ni el lirismo de la invectiva ni el de la oración. Aventurándose hasta las raíces de lo vago, el novelista se convierte en un arqueólogo de la ausencia que explora las capas de lo que no es y no podría ser, que horada lo inaprehensible y lo desenvuelve ante nuestras miradas cómplices y desconcertadas. ¿Un místico que se ignora? Ciertamente, no. Pues el místico, si bien nos describe los trances de su espera, ésta desemboca en un objeto en el cual llega a echar el ancla. Su tensión se dirige fuera de sí misma o se mantiene tal cual en el interior de Dios, donde encuentra un apoyo y una justificación. Reducida a sí misma, sin la subyacencia de una realidad, sería dudosa o no intrigaría más que a la psicología. Admitamos, sin embargo, que esta realidad que la sostiene y transfigura sea ilusoria: en sus accesos de acedía, el místico conviene en ello. Pero tales son sus recursos, tal es el automatismo de su tensión que, en lugar de entregarse a lo indefinido y fundirse con ello, lo sustancializa, le presta su espesor y un rostro. Tras haber abjurado de sus caídas y convertido sus noches en camino y no en hipóstasis, penetra en una región en la que ya no conoce esa sensación, la más penosa de todas, de que el ser os está vedado, que nunca podréis hacer un pacto con él. Y de ese ser no conoceréis más que la periferia, las fronteras: por eso es uno escritor. El no man's land que se extiende entre estas fronteras y las de la literatura es recorrido, en sus mejores momentos, por el novelista. Llegada a ese punto, falta de contenido y de objeto al que aplicarse, la psicología se anula, puesto que ha entrado en una zona incompatible con su ejercicio. Imaginaos una novela en que los personajes no viviesen en función los unos de los otros, ni de sí mismos, un Adolfo, un Iván Karamazof o un Swann sin acompañantes: comprenderéis que los días de la novela están contados y que, si se obstina en durar, deberá satisfacerse con una carrera de cadáver.

Es preciso, sin duda, ir todavía más lejos: desear, más allá del final de un género, el de todos los otros, el del arte. Privado de todas sus escapatorias, el hombre tendría el buen gusto, proclamando su desasistimiento, de suspender su carrera, aunque no fuera más que durante unas cuantas generaciones. Antes de comenzar de nuevo le sería preciso regenerarse por el estupor: a lo cual lo incita todo el arte contemporáneo en la medida en que éste suscribe su propia destrucción.

No es que haya que creer en el porvenir de la metafísica ni en ninguna clase de porvenir. Lejos de mí tal locura. No por ello es menos cierto que todo final oculta una promesa y despeja el horizonte. Cuando en los escaparates de las librerías no veamos ya ninguna novela, se habrá dado un paso —quizá hacia adelante o quizá hacia atrás... Por lo menos toda una civilización basada en la prospección de futilidades sucumbirá. ¿Utopía, divagación o barbarie? No lo sé. Pero no puedo impedirme pensar en el último novelista.


Cuando, al final de la Edad Media, la epopeya comenzó a debilitarse, para desaparecer a continuación, los contemporáneos de este declinar debieron experimentar cierto alivio: seguramente respirarían con mayor libertad. Una vez agotada la mitología cristiana y caballeresca, el heroísmo, concebido al nivel cósmico y divino, cedió su puesto a la tragedia: el hombre se apoderó, en el Renacimiento, de sus propios límites, de su propio destino y llegó a ser él mismo hasta ponerse al borde del estallido. Después, no pudiendo soportar por más tiempo la opresión de lo sublime, se rebajó a la novela, la epopeya de la era burguesa, epopeya sustitutoria.

Ante nosotros se abre una vacante que llenarán los sucedáneos filosóficos, las cosmogonías de simbolismo nebuloso, visiones dudosas. El espíritu se ensanchará con ello y englobará más materias que las que suele contener. Pensemos en la época helenística y en la efervescencia de las sectas gnósticas: el Imperio, con su vasta curiosidad, abrazaba sistemas irreconciliables y, a fuerza de naturalizar dioses orientales, ratificaba numerosas doctrinas y mitologías. Lo mismo que un arte extenuado se hace permeable a las fuerzas de expresión que le eran extrañas, del mismo modo un culto ya sin recursos se deja invadir por todos los otros. Tal fue el sentido del sincretismo antiguo, tal es el sentido del sincretismo contemporáneo. Nuestro vacío, en el que se amontonan artes y religiones dispares, llama a ídolos de otras partes, ya que los nuestros están demasiado caducos como para seguir velando por nosotros. Especializados en otros cielos, no sacamos empero ningún provecho de ellos: salido de nuestras lagunas, de la ausencia de un principio de vida, nuestro saber es universalidad de superficie, dispersión que presagia la venida de un mundo unificado en lo grosero y lo terrible. Sabemos de qué modo, en la antigüedad, el dogma puso fin a las fantasías del gnosticismo; adivinamos en qué certeza se acabarán nuestros desvaríos enciclopédicos. Quiebra de una época en la que la historia del arte sustituye al arte y la de las religiones a la religión.

No seamos inútilmente amargos: ciertas quiebras pueden ser fecundas. Por ejemplo, la de la novela. Saludémosla, pues; incluso lleguemos hasta celebrarla: nuestra soledad se encontrará de este modo reforzada, robustecida. Privados de una de nuestras salidas, acorralados finalmente en nosotros mismos, podremos interrogarnos mejor sobre nuestras funciones y nuestros límites, sobre la inutilidad de tener una vida, de convertirse en un personaje o de crear uno. ¿La novela? Es un veto opuesto al estallido de nuestras apariencias, el punto más alejado de nuestros orígenes, artificio para escamotear nuestros auténticos problemas, pantalla que se interpone entre nuestras realidades primordiales y nuestras ficciones psicológicas. Nunca admiraremos bastante a todos los que, imponiéndole técnicas que la niegan, una atmósfera que la invalida, exigencias que la superan, colaboran a su ruina y a la de nuestro tiempo, del que es juntamente el rostro, la quintaesencia y la mueca. Traduce todos sus rostros, acapara todas sus posibilidades de expresión. Muchos la adoptan, aunque su naturaleza no les disponía nada a ello. Hoy Descartes sería, probablemente, novelista; Pascal, casi seguro. Un género se hace universal cuando seduce a los espíritus que nada inclinaba hacia él. Pero la ironía quiere que sean ellos precisamente los que lo subviertan: introducen en él problemas heterogéneos a su naturaleza, lo diversifican, lo pervierten y lo recargan hasta hacer quebrarse su arquitectura. Cuando no se tiene gran afecto por el futuro de la novela hay que alegrarse de ver a los filósofos escribirlas. Siempre que éstos se infiltran en el mundo de las Letras es para explotar su desazón o precipitar su bancarrota.

Que la literatura esté llamada a desaparecer, es posible e incluso deseable. ¿Para qué sirve la farsa de nuestras interrogaciones, de nuestros problemas, de nuestras ansiedades? ¿No sería preferible, después de todo, orientarnos hacia una condición de autómatas? A nuestras tristezas individuales, demasiado gravosas, les sucederían tristezas en serie, uniformes y fáciles de soportar; no más obras originales o profundas, no más intimidad, luego no más sueños ni más secretos. Dicha desdicha perdería todo su sentido porque no tendrían de dónde emanar; cada uno de nosotros sería, por fin, idealmente perfecto y nulo: nadie. Llevados al crepúsculo, a los últimos días del Albur..., contemplemos nuestros dioses a la deriva: valían lo mismo que nosotros, los pobres. Quizá les sobreviviremos, quizá volverán disminuidos, disfrazados, furtivos. Para ser justos reconozcamos que, si bien se interpusieron entre nosotros y la verdad ahora que se van no estamos más cerca de ella que en la época en la que nos prohibían mirarla o afrontarla. Tan miserables como ellos, continuamos trabajando en lo ficticio y sustituyendo, inevitablemente, una ilusión por otra: nuestras más profundas certezas no son más que mentiras que actúan...

Sea como fuere, la materia de la literatura se adelgaza y esa otra, más limitada, de la novela, se desvanece ante nuestros ojos. ¿Está verdaderamente muerta o solamente moribunda? Mi incompetencia me impide decidirlo. Tras haber sostenido su acabamiento, me asaltan los remordimientos: ¿Y si viviese? En tal caso, a otros, más expertos, corresponde establecer el grado exacto de su agonía.


La tentación de existir es el segundo libro de Cioran que se publicó en España en 1973, traducción del original La tentation d´exister publicado por Gallimard en 1972 y traduccido por Fernando Savater. El pensamiento de Cioran ácido y escéptico, con su estilo incisivo, se convierte en éste libro -dividido en once capítulos, el décimo con grupos de aforismos- en una experiencia intelectual imprescindible.

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TEXTOS CARDINALES Persuasión | Jane Austen

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Sólo un día había pasado desde la conversación de Ana con Mrs. Smith, pero ahora tenía un interés más inmediato y se sentía poco afectada por la mala conducta de Mr. Elliot, excepto porque debía aún una visita de explicación a Lady Russell, que de nuevo debió postergar. Había prometido estar con los Musgrove desde el desayuno hasta la cena. Lo había prometido, y la explicación del carácter de Mr. Elliot, al igual que la cabeza de la sultana Scherazada, tendría que dejarse para otro día.
     Sin embargo, no pudo ser puntual; el tiempo se presentó malo y se lamentó de ello por sus amigos y por ella antes de intentar salir de paseo. Cuando, llegando a White Hart, se encaminó a la casa encontró que no sólo había llegado tarde, sino que tampoco era la primera en estar ahí. Los que habían llegado antes eran Mrs. Croft, que conversaba con Mrs. Musgrove, y el capitán Harville, que conversaba con el capitán Wentworth, y de inmediato supo que María y Enriqueta, sumamente impacientes, habían aprovechado el momento en que la lluvia había cesado, pero volverían pronto, y habían comprometido a Mrs. Musgrove a no dejar partir a Ana hasta que ellas volvieran. No le quedó más remedio que acceder, sentarse, adoptar un aspecto de compostura y sentirse de nuevo precipitada en todas las agitaciones de penas que había probado la mañana anterior. No había tregua. De la extrema miseria pasaba a la mayor felicidad, y de ésta, a otra extrema miseria. Dos minutos después de haber llegado ella, decía el capitán Wentworth:
     —Escribiremos la carta de la que hemos hablado ahora mismo, Harville, si me proporciona usted los medios para hacerlo.
     Los materiales estaban a mano, sobre una mesa apartada; allí se dirigió él y, casi de espaldas a todo el mundo, comenzó a escribir.
     Mrs. Musgrove estaba contando a Mrs. Croft la historia del compromiso de su hija mayor, con ese tono de voz que quiere ser un murmullo, pero que todo el mundo puede escuchar. Ana sentía que ella no era parte de esa conversación, y sin embargo, como el capitán Harville parecía pensativo y poco dispuesto a hablar, no pudo evitar oír una serie de detalles: «Como Mr. Musgrove y mi hermano Hayter se encontraron una y otra vez para ultimar los detalles; lo que mi hermano Hayter dijo un día, y lo que Mr. Musgrove propuso al siguiente, y lo que le ocurrió a mi hermana Hayter, y lo que los jóvenes deseaban, y como lo dije en el primer momento que jamás daría mi consentimiento, y como después pensé que no estaría tan mal», y muchas más cosas por el estilo; detalles que aun con todo el gusto y la delicadeza de la buena Mrs. Musgrove no debían comunicarse; cosas que no tenían interés más que, para los protagonistas del asunto. Mrs. Croft escuchaba de muy buen talante y cuando decía algo, era siempre sensata. Ana confiaba en que los caballeros estuvieran demasiado ocupados para oír.
     —Considerando todas estas cosas, señora —decía Mrs. Musgrove en un fuerte murmullo—, aunque hubiéramos deseado otra cosa, no quisimos oponernos por más tiempo, porque Carlos Hayter está loco por ella, y Enriqueta más o menos lo mismo; y así, creímos que era mejor que se casaran cuanto antes y fueran felices, como han hecho tantos antes que ellos. En todo caso, esto es mejor que un compromiso largo.
     —¡Es lo que iba a decir! —exclamó mistress Croft—. Prefiero que los jóvenes se establezcan con una renta pequeña y compartan las dificultades juntos antes que pasar por las peripecias de un largo compromiso. Siempre he pensado que…
     —Mi querida Mrs. Croft —exclamó Mrs. Musgrove, sin dejarla terminar—, nada hay tan abominable como un largo compromiso. Siempre he estado en contra de esto para mis hijos. Está bien estar comprometidos si se tiene la seguridad de casarse en seis meses, o aun en un año… pero ¡Dios nos libre de un compromiso largo!
     —Sí, señora —dijo Mrs. Croft—, es un compromiso incierto el que se toma por mucho tiempo. Empezando por no saber cuándo se tendrán los medios para casarse, creo que es poco seguro y poco sabio, y creo también que todos los padres debieran evitarlo hasta donde les fuera posible.
     Ana se sintió de pronto interesada. Sintió que esto se podía aplicar a ella. Se estremeció de pies a cabeza y en el mismo momento en que sus ojos se dirigían instintivamente a la mesa ocupada por el capitán Wentworth, éste dejaba de escribir, levantaba la pluma y escuchaba, al mismo tiempo que volviendo la cabeza cambiaba con ella una rápida mirada.
     Las dos señoras continuaron hablando de las verdades admitidas, y dando ejemplos de los males que la ruptura de esta costumbre había acarreado a gentes conocidas, pero Ana no pudo oír bien; solamente sentía un murmullo y su mente daba vueltas.
     El capitán Harville, que nada había escuchado, dejó en este momento su silla y se acercó a la ventana; Ana pareció mirarlo aunque la verdad es que su pensamiento estaba ausente. Por fin comprendió que Harville la invitaba a sentarse a su lado. La miraba con una ligera sonrisa y un movimiento de cabeza que parecía decir: «Venga, tengo algo que decirle», y sus modales sencillos y llenos de naturalidad, pareciendo corresponder a un conocimiento más antiguo, invitaban también a que se sentara a su lado. Ella se levantó y se aproximó. La ventana donde él estaba se encontraba al lado opuesto de la habitación donde las señoras estaban sentadas y más cerca de la mesa ocupada por el capitán Wentworth, aunque bastante alejada de ésta. Cuando ella llegó, el gesto del capitán Harville volvió a ser serio y pensativo como de costumbre.
     —Vea —dijo él, desenvolviendo un paquete y sacando una pequeña miniatura—, ¿sabe usted quién es éste?
     —Ciertamente, el capitán Benwick.
     —Sí, y también puede adivinar quién es el autor. Pero —en tono profundo— no fue hecho para ella. Miss Elliot, ¿recuerda usted nuestra caminata en Lyme, cuando lo compadecíamos? Bien poco imaginaba yo que… pero esto no viene al caso. Esto fue hecho en El Cabo. Se encontró en El Cabo con un hábil artista alemán, y cumpliendo una promesa hecha a mi pobre hermana posó para él y trajo esto a casa. ¡Y ahora tengo que entregarlo cuidadosamente a otra! ¡Vaya un encargo! Mas ¿quién, si no, podría hacerlo? Pero no me molesta haber encontrado otro a quien confiarlo. Él lo ha aceptado —señalando al capitán Wentworth—; está escribiendo ahora sobre esto.
     Y rápidamente añadió, mostrando su herida:
     —¡Pobre Fanny, ella no lo habría olvidado tan pronto!
     —No —replicó Ana con voz baja y llena de sentimiento—; bien lo creo.
     —No estaba en su naturaleza. Ella lo adoraba.
     —No estaría en la naturaleza de ninguna mujer que amara de verdad.
     El capitán Harville sonrió y dijo:
     —¿Pide usted este privilegio para su sexo?
     Y ella, sonriendo también, dijo:
     —Sí. Nosotras no nos olvidamos tan pronto de ustedes como ustedes se olvidan de nosotras.
     Quizá sea éste nuestro destino y no un mérito de nuestra parte. No podemos evitarlo. Vivimos en casa, quietas, retraídas, y nuestros sentimientos nos avasallan. Ustedes se ven obligados a andar. Tienen una profesión, propósitos, negocios de una u otra clase que los llevan sin tardar de vuelta al mundo, y la ocupación continua y el cambio mitigan las impresiones.
     —Admitiendo que el mundo haga esto por los hombres (que sin embargo yo no admito), no puede aplicarse a Benwick. Él no se ocupaba de nada. La paz lo devolvió en seguida a tierra, y desde entonces vivió con nosotros en un pequeño círculo de familia.
     —Verdad —dijo Ana—, así es; no lo recordaba. Pero ¿qué podemos decir, capitán Harville? Si el cambio no proviene de circunstancias externas debe provenir de adentro; debe ser la naturaleza, la naturaleza del hombre la que ha operado este cambio en el capitán Benwick.
     —No, no es la naturaleza del hombre. No creeré que la naturaleza del hombre sea más inconstante que la de la mujer para olvidar a quienes ama o ha amado; al contrario, creo en una analogía entre nuestros cuerpos y nuestras almas; si nuestros cuerpos son fuertes, así también nuestros sentimientos: capaces de soportar el trato más rudo y de capear la más fuerte borrasca.
     —Sus sentimientos podrán ser más fuertes —replicó Ana—, pero la misma analogía me autoriza a creer que los de las mujeres son más tiernos. El hombre es más robusto que la mujer, pero no vive más tiempo, y esto explica mi idea acerca de los sentimientos. No, sería muy duro para ustedes si fuese de otra manera. Tienen dificultades, peligros y privaciones contra los que deben luchar. Trabajan siempre y están expuestos a todo riesgo y a toda dureza. Su casa, su patria, sus amigos, todo deben abandonarlo. Ni tiempo, ni salud, ni vida pueden llamar suyos. Debe ser en verdad bien duro   —su voz falló un poco— si a todo esto debieran unirse los sentimientos de una mujer.
     —Nunca nos pondremos de acuerdo sobre este punto —comenzó a decir el capitán Harville, cuando un ligero ruido los hizo mirar hacia el capitán Wentworth. Su pluma se había caído; pero Ana se sorprendió de encontrarlo más cerca de lo que esperaba, y sospechó que la pluma no había caído porque la estuviese usando, sino porque él deseaba oír lo que ellos hablaban, y ponía en ello todo su esfuerzo. Sin embargo, poco o nada pudo haber entendido.
     —¿Ha terminado usted la carta? —preguntó el capitán Harville.
     —Aún no; me faltan unas líneas. La terminaré en cinco minutos.
     —Yo no tengo prisa. Estaré listo cuando usted lo esté. Tengo aquí una buena ancla sonriendo a Ana; no deseo nada más. No tengo ninguna prisa. Bien, miss Elliot —bajando la voz—, como decía, creo que nunca nos pondremos de acuerdo en este punto. Ningún hombre y ninguna mujer lo harán probablemente. Pero déjeme decirle que todas las historias están en contra de ustedes; todas, en prosa o en verso. Si tuviera tan buena memoria como Benwick, le diría en un momento cincuenta frases para reforzar mi argumento, y no creo que jamás haya abierto un libro en mi vida en el que no se dijera algo sobre la veleidad femenina. Canciones y proverbios, todo habla de la fragilidad femenina. Pero quizá diga usted que todos han sido escritos por hombres.
     —Quizá lo diga… pero, por favor, no ponga ningún ejemplo de libros. Los hombres tienen toda la ventaja sobre nosotras por ser ellos quienes cuentan la historia. Su educación ha sido mucho más completa; la pluma ha estado en sus manos. No permitiré que los libros me prueben nada.
     —Pero ¿cómo podemos probar algo?
     —Nunca se podrá probar nada sobre este asunto. Es una diferencia de opinión que no admite pruebas. Posiblemente ambos comenzaríamos con una pequeña circunstancia en favor de nuestro sexo, y sobre ella construiríamos cuanto se nos ocurriera y hayamos visto en nuestros círculos. Y muchas de las cosas que sabemos (quizá aquéllas que más han llamado nuestra atención) no podrían decirse sin traicionar una confidencia o decir lo que no debe decirse.
     —¡Ah —exclamó el capitán Harville, con tono de profundo sentimiento—, si solamente pudiera hacerle comprender lo que sufre un hombre cuando mira por última vez a su esposa y a sus hijos, y ve el barco que los ha llevado hasta él alejarse, y se da vuelta y dice: «Quién sabe si volveré a verlos alguna vez»! Y luego, ¡si pudiera mostrarle a usted la alegría del alma de este hombre cuando vuelve a encontrarlos; cuando, regresando de la ausencia de un año y obligado tal vez a detenerse en otro puerto, calcula cuánto le falta aún para encontrarlos y se engaña a sí mismo diciendo: «No podrán llegar hasta tal día», pero esperando que se adelante doce horas, y cuando los ve llegar por fin, como si el cielo les hubiese dado alas, mucho más pronto aún de lo que los esperaba!
     —¡Si pudiera describirle todo esto, y todo lo que un hombre puede soportar y hacer, y las glorias que puede obtener por estos tesoros de su existencia! Hablo, por supuesto, de hombres de corazón —y se llevó la mano al suyo con emoción.
     —¡Ah! —dijo Ana—, creo que hago justicia a todo lo que usted siente y a los que a usted se parecen. Dios no permita que no considere el calor y la fidelidad de sentimientos de mis semejantes. Me despreciaría si creyera que la constancia y el afecto son patrimonio exclusivo de las mujeres. No creo que son ustedes capaces de cosas grandes y buenas en sus matrimonios. Los creo capaces de sobrellevar cualquier cambio, cualquier problema doméstico, siempre que… si se me permite decirlo, siempre que tengan un objeto. Quiero decir, mientras la mujer que ustedes aman vive y vive para ustedes. El único privilegio que reclamo para mi sexo (no es demasiado envidiable, no se alarme) es que nuestro amor es más grande; cuando la existencia o la esperanza han desaparecido.
     No pudo decir nada más, su corazón estaba a punto de estallar, y su aliento, entrecortado.
     —Tiene usted un gran corazón —exclamó el capitán Harville tomándole el brazo afectuosamente   —. No habrá más discusiones entre nosotros. En lo que se refiere a Benwick, mi lengua está atada a partir de este momento.
     Debieron prestar atención a los otros. Mrs. Croft se retiraba.
     —Aquí debemos separamos, Federico —dijo ella—; yo voy a casa y tú tienes un compromiso con tu amigo. Esta noche tendremos el placer de encontrarnos todos nuevamente en su reunión —dirigiéndose a Ana—. Recibimos ayer la tarjeta de su hermana, y creo que Federico tiene también invitación, aunque no la he visto. Tú estás libre, Federico, ¿no es así?
     El capitán Wentworth doblaba apresuradamente una carta y no pudo dar una respuesta como es debido.
     —Sí —dijo—, así es. Aquí nos separamos, pero Harville y yo saldremos detrás de ti. Si Harville está listo, yo no necesito más que medio minuto. Estoy a tu disposición en un minuto.
     Mrs. Croft los dejó, y el capitán Wentworth, habiendo doblado con rapidez su carta, estuvo listo, y pareció realmente impaciente por partir. Ana no sabía cómo interpretarlo. Recibió el más cariñoso: «Buenos días. Quede usted con Dios», del capitán Harville, pero de él, ni un gesto ni una mirada. ¡Había salido del cuarto sin una mirada!
     Apenas tuvo tiempo de aproximarse a la mesa donde había estado él escribiendo, cuando se oyeron pasos de vuelta. Se abrió la puerta; era él. Pedía perdón, pero había olvidado los guantes, y cruzando el salón hasta la mesa de escribir, y parándose de espaldas a Mrs. Musgrove, sacó una carta de entre los desparramados papeles y la colocó delante de los ojos de Ana con mirada ansiosamente fija en ella por un tiempo, y tomando sus guantes se alejó del salón, casi antes de que Mrs. Musgrove se hubiera dado cuenta de su vuelta.
     La revolución que por un instante se operó en Ana fue casi inexplicable. La carta con una dirección apenas legible a «Miss A. E.» era evidentemente la que había doblado tan aprisa. ¡Mientras se suponía que se dirigía únicamente al capitán Benwick, le había estado escribiendo a ella! ¡Del contenido de esa carta dependía todo lo que el mundo podía ofrecerle! ¡Todo era posible; todo debía afrontarse antes que la duda! Mrs. Musgrove tenía en su mesa algunos pequeños quehaceres. Ellos protegerían su soledad, y dejándose caer en la silla que había ocupado él cuando escribiera, leyó:

No puedo soportar más en silencio. Debo hablar con usted por cualquier medio a mi alcance. Me desgarra usted el alma. Estoy entre la agonía y la esperanza. No me diga que es demasiado tarde, que tan preciosos sentimientos han desaparecido para siempre. Me ofrezco a usted nuevamente con un corazón que es aún más suyo que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. No se atreva a decir que el hombre olvida más prontamente que la mujer, que su amor muere antes. No he amado a nadie más que a usted. Puedo haber sido injusto, débil y rencoroso, pero jamás inconsciente. Sólo por usted he venido a Bath; sólo por usted pienso y proyecto. ¿No se ha dado cuenta? ¿No ha interpretado mis deseos? No hubiera esperado estos diez días de haber podido leer sus sentimientos como debe usted haber leído los míos. Apenas puedo escribir. A cada instante escucho algo que me domina. Baja usted la voz, pero puedo percibir los tonos de esa voz cuando se pierde entre otras. ¡Buenísima, excelente criatura! No nos hace usted en verdad justicia. Crea que también hay verdadero afecto y constancia entre los hombres. Crea usted que estas dos cosas tienen todo el fervor de 
F. W.

Debo irme, es verdad. Pero volveré o me reuniré con su grupo en cuanto pueda. Una palabra, una mirada me bastarán para comprender si debo ir a casa de su padre esta noche o nunca...


***
Persuasión es la última novela escrita por Jane Austen. La empezó a escribir poco tiempo después de haber terminado Emma, la terminó de escribir en agosto de 1816. Austen murió a la edad de 41 años en 1817, no obstante Persuasión fue publicada como trabajo póstumo en 1818.

Persuasión está conectada con La abadía de Northanger no solamente por haber sido publicada junto a ésta en un solo tomo dos años más tarde, sino también porque ambas historias toman lugar en Bath, balneario al que Jane acudía en aquella época.

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CULTURA DIGITAL Geometric Animals, proyecto de Allison Kunath

"Durante un segundo su memoria giró en el vacío. En un cuadro, tal vez. El vacío se fue llenando, adquirió tonalidades azules, rosadas. Jacinta apartó los ojos del espejo y vio abrirse ante ella un balcón sobre un fondo nocturno, vio ánforas, perros extáticos, más animales: un pavo real, palomas blancas y grises. Era Las dos cortesanas, del Carpaccio". (Sombras suele vestir. José Bianco, escritor argentino).


La cita anterior justifica la aventura de conocer el trabajo de Allison Kunath. No esperemos más. Aquí podemos entrar.


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EL TELAR DE ANGÉLICA Pearl Buck en 'La buena tierra' | Angélica López Gándara

Imagen que hace alusión a La buena tierra (The good earth) novela de Pearl S. Buck y publicada en 1931. Fue con esta obra que la autora obtuvo un Premio Pulitzer en 1932. Enlace de imagen.

Pearl Sydenstricker Buck (Estados Unidos 1892 – 1973) fue hija de Absabm Sydenstricker y Carolyn Stulting, ambos misioneros que se dirigieron a China cuando Pearl tenía unos meses de edad. Pearl Buck aprendió así a balbucear las palabras chinas aun antes que las inglesas y jugó con niñitas de las que más tarde se enteró que no eran de su propia raza. Se entiende pues el gran conocimiento de la cultura china en su magnífica novela La buena tierra.

Parecería poco que de ciento once Premios Nobel de Literatura otorgados, únicamente catorce hayan sido a mujeres, pero tomando en cuenta la escasez de escritoras, hasta hace poco, es un hecho esperado. Uno de esos premios fue obtenido por la norteamericana Pearl S. Buck en 1938. Una mujer blanca que vivió entre amarillos la mitad de su vida. Buck tiene una extensa obra que habla de la cultura china. Esto se refleja en La buena tierra, novela escrita con la belleza de la sencillez.

En China se desarrolla la historia, allí encontramos dolores de mujer, dolores de hombre que hacen suspirar, ambiciones ingenuas y otras perversas. Una prosa limpia donde pude ver lo hermoso de la primavera con los cerezos y duraznos en flor, de donde se obtiene la sensación del aire tibio en la cara y se percibe el deslumbramiento de un dorado atardecer. Se siente la tierra, que es la madre, algunas veces seca, otras húmeda.

Es perfecta la recreación de los dolores de  parto y de la inigualable sensación de amamantar a un hijo, con el correr de la leche por los conductos galactóforos a la boquita ávida de una criatura.
En esta novela la moral se da la vuelta cuando se siente hambre y pude confirmar lo que nuestra naturaleza siempre pide:
“Si el humano ya satisfizo sus necesidades de comida y vestido para su cuerpo, buscará comida y vestido para su ego”.
Es la historia de Wang Lung y su familia. Wang, quien vivía con su anciano padre a quien diariamente debía atenderlo. Luego se iba a labrar la tierra, pero “estaba en edad de mujer”  y su padre le hizo saber que iría a la casa grande a pedir una esclava como su esposa; sólo pidió que no estuviera picada de viruela ni tuviera el labio partido. Y así Wang Lung ese día lavó su cuerpo y cepilló su trenza y fue por su mujer. Le decepcionaron sus grandes pies, pues era de buen gusto tener una mujer de pies pequeños que hubieran sido vendados. Sin haberla visto antes, regresó con O Lan. Por la noche él y ella se recostaron en su cama; él no pudo acercarse pero lo hizo ella. Desde que se casó con O Lan, Wang Lung empezó a vivir en la abundancia y a comer la buena comida que ella sabía preparar. Le ayudaba en la siembra y cosecha de su grano.Él pensó que había sido bueno tener aquella mujer que a veces sonreía, con una sonrisa que no subía a los ojos. O Lan parió cuatro hijos sin ayuda de nadie. Pero vino la sequía y no hubo qué sembrar ni qué cosechar. La gente se moría de hambre; los vivos se comían a los muertos y a los perros. O Lan en esas fechas amamantaba a una niña, pero dejó de hacerlo por otro embarazo y, cuando dio a luz, igual que siempre, pidió estar sola. Wang Lung oyó sólo un chillido y luego el silencio. O Lan le dijo: “Nació muerta”, pero tenía dos moretones en el cuello.

El retrato de la miseria en las comunidades chinas a principios de Siglo XX, así lo explica la autora: “La familia entra en un sopor, tirados en sus camas con la piel pegada a los huesos. No había nada qué comer, ni siquiera raíces. De vez en cuando comían un poco de tierra para calmar su estómago, que después ya no pedía. Pensaban que así morirían”. Salvados también por la venta de sus muebles y el medio de la limosna.

Como siempre, queda el recurso de la migración, y se fueron a la gran ciudad donde Wang Lung trabajó tirando de una carreta que transportaba hombres, bajo el frío, bajo la lluvia y sobre piedras, que eran sus enemigos personales; paso a paso se le clavaban en sus pies haciéndolo sangrar.

Uno de los pasajes que más me impresionó de esta obra fue el contacto por primera vez de Wang Lung con la figura de Cristo crucificado pintada en un cuadro, donde algo extraño pasó, pues le trajo consuelo, pensando: “Éste sufrió más que yo”. Y se preguntaba: ¿Qué habrá hecho este hombre para merecer semejante muerte?”, pues él no sabía que se trataba del Dios de otros. En su desesperación por volver a su tierra, cruzaba por su mente la idea de vender a su pequeña hija, pero se decía a sí mismo: “Si no la hubiera estrechado contra mi pecho…”. Y no pudo.


Vino una revolución, porque dice Buck que: “Esas cosas suelen suceder cuando los ricos son muy ricos y los pobres son muy pobres”. Las casas de los ricos fueron saqueadas. O Lan y Wang Lung obtuvieron oro y joyas. Regresaron a su tierra. Él compró más y más tierra. Fue un hombre rico y respetado. Entonces reparó en la mujer fea que poseía, y pensó que ahora merecía algo mejor. Por lo que fue a una casa de té y conoció a Loto, la más hermosa, de piel suave y joven, de ojos de almendra, con cuerpo frágil y pies tan pequeños que la hacían caminar con saltitos. Y él fue su esclavo. Le complacía en todo. Y O Lan sufría, pero no hablaba. Sólo su padre de vez en cuando le gritaba a Loto: “¡Ramera!”

O Lan murió y Wang Lung la conoció entonces, y sintió remordimientos por no haberla amado. La extrañaba. Vistió de luto a toda la familia con ropa blanca, que es el luto de los chinos. Vivió sorprendiéndose de sus hijos, sufriendo y enorgulleciéndose de ellos. Envejeció cuando Loto, a fuerza de tanto regocijarse en la comida, se hizo una mujer gorda y no quedó señal de su belleza. Wang Lung tuvo la chispa de juventud que a los viejos les da; tomó otra mujer joven. Luego quiso morir en su tierra y escuchó a sus hijos decir que venderían todo y enfureció. Sólo para no hacerlo enojar le prometieron no venderla.
“La voz de Wang Lung oyéndola, no la escucharían más”.
Pearl S. Buck

La buena tierra, una novela escrita con una prosa extraordinaria. Será por eso que aquí en México se popularizó y fue una de las más leídas hace cuarenta años, cuando Yolanda Vargas Dulché la recreó con dibujos en la revista semanal, Lágrimas y risas, dentro de la serie que llamó “Grandes Novelas”. También fue llevada al cine.



Angélica López Gándara. Autora del libro El peor de los pecados, es colaboradora permanente de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón, donde también se ha desempeñado como editorialista. Ha publicado sus textos en las revistas Estepa del Nazas, La Manzana Cultural de Veracruz, Intermezzo, Edukt y Acequias, al igual que en los libros colectivos Enseñanza Superior, Voces del desierto, Sinfonía a dos voces, Cien puertas de Torreón y Coral para Enriqueta Ochoa. Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo Cultural "Armando Fuentes Aguirre", en el 2000 y 2015. Ha participado en diferentes foros literarios y culturales de la región, como presentadora de libros y conferencista, principalmente; de igual forma ha colaborado con las principales instituciones culturales de la Comarca Lagunera.


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DI(VAGACIONES) Volver a los clásicos | Marisol Vera Guerra

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Hace algunos años alguien del mundo cultural me preguntó por qué sólo me gustaba leer a escritores muertos, en alusión a que, ante la común pregunta “y qué estás leyendo ahora”, en lugar de hacer gala de conocimientos sobre literatura contemporánea, solía responder algo como La Odisea o El Quijote. Simplemente dije algo muy parecido a lo que diría hoy: no me parecía que las obras de arte pertenecieran al tiempo, ni que un autor muriera mientras se le siguiera leyendo.

Claro que una obra no puede ser entendida fuera de su contexto –de por sí, una pieza literaria permite tantos matices en la lectura como lectores haya–; sería ridículo asomarnos a La Odisea sin tomar en cuenta la época en que se escribió (S. VIII a.C.), pero si ha sobrevivido cerca de tres milenios es porque en cada generación este libro tiene algo que aportar.


La Real Academia de la Lengua Española define el término “clásico” de la siguiente manera: “Dícese del autor o de la obra que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte”.

En el sentido aquí expuesto, los clásicos son nuestros modelos a seguir. La Iliada sigue vigente porque es un retrato universal de la naturaleza humana, porque trata todos los grandes temas: la vida, el amor, la muerte, ¿qué se puede decir fuera de ellos? Cualquier otro tema no será más que una variación de éstos.

Leer los clásicos, especialmente los escritos en nuestra lengua, solía ser un consejo muy escuchado por los escritores en formación, hasta hace unas cuantas décadas. Estamos ahora –he oído decir, en más o menos estas palabras– en la primera generación que no tiene que recurrir a los clásicos porque éstos ya permean toda la vida, todas las obras de arte. Así, por ejemplo, si yo leo a Vargas Llosa, quien es un gran lector de Cervantes, será como haber leído a Cervantes. Por ende, si leo a otro autor, lector de Vargas Llosa, será como haberme leído a ambos –a Vargas Llosa y a Cervantes– a través de este método ahorrativo.

En la era de la información se produce un fenómeno sin precedentes, cada dos o tres años producimos en el mundo una cantidad de información equivalente a toda la producida en la historia de la humanidad hasta antes de 2003. Nadie tiene tiempo de leer todos los libros –impresos o electrónicos– que se producen al año. Por otra parte, la vida práctica nos obliga a invertir la mayor parte de nuestro tiempo en actividades utilitarias, ¿quién, con una familia qué mantener y un trabajo al cual responder, se da el lujo de acabar las obras completas de Tolstoi?

Celebro la forma en que muchos autores de nuestros días transfiguran la obra de autores clásicos y de este modo hacen que Homero y Virgilio lleguen al cine, al Twitter y a las regiones más insospechadas del orbe. Sin embargo, a mi gusto, nada sustituye la riqueza de una lectura de primera mano –o hasta donde sea posible aproximarse, tomando en cuenta las traducciones. 


Sí, los clásicos están presentes, incluso, en nuestro lenguaje cotidiano y aunque no recurramos intencionalmente a ellos estaremos dentro de ellos. Pero, en mi caso, y aunque ahora ya leo con frecuencia literatura contemporánea, no puedo imaginarme sin Dante o Cervantes en mi cabecera.



Marisol Vera Guerra. Escritora, editora y dibujante empírica. Su obra abarca los géneros de poesía, ensayo, narrativa y dramaturgia. Además experimenta con el videopoema y el performance. Coordinadora de talleres de escritura creativa y de fomento a la lectura. Ha publicado seis poemarios; sus libros más actuales son Canciones de espinas, Poetazos (2014) yGasterópodo, Ediciones El Humo (2014), incluidos en la Enciclopedia de la Literatura en México, ELEM. Obra suya aparece en siete antologías, la más reciente: LA LUNA E I SERPENTI, prima antologia di landai ispanoamericani, Progetto 7Lune (2015). Becaria del ITCA en 2010 con la investigación literaria sobre la Huasteca: Imágenes de la fertilidad: canciones al hijo del viento. Su columna “Páginas de tierra” se publica en el periódico La Razón, de Tampico.

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CRÓNICA La rutina | Jorge Jaramillo Villarruel


¿Que por qué te haces esto? Buena pregunta.

Todos los días te levantas cuando aún estás cansado y te vas al trabajo. El transporte público es una auténtica tortura. El microbús viene atestado y la avenida resulta intransitable. No importa si hay rutas alternativas, todas ellas son igualmente imposibles de recorrer. Digamos que puedes pagar un taxi, por lo menos hasta el metro. Cincuenta pesos, sesenta, según el humor del taxista en turno y con quién haya llevado a que le alteraran el taxímetro. Viajas cómodamente, al menos para los estándares del transporte de tu ciudad, lo que en la práctica significa que vas sentado y nadie te mete el codo en las costillas. Pero nadie puede pagar taxi todos los días. No con estos sueldos. Además, ir sentado sería el único beneficio, porque el taxi circula sobre las mismas avenidas que los microbuses, o sea que tampoco podrá avanzar. El microbús al que te subiste tiene asientos de poca altura, y el espacio entre un asiento y el de enfrente es tan reducido que no podrías ir sentado, aunque hubiera un lugar disponible. Son asientos para chaparros, para personas de metro y medio de altura, máximo. Por la noche, el microbús no lleva luces interiores, no es posible leer. La opción que queda es ponerte los audífonos, pero las cumbias o el reguetón que escucha el operador a cien mil decibeles, se filtran por tus chícharos de veinte pesos (no te alcanza para más) y no escuchas ni madres.

Pasan los minutos, los baches, los semáforos. Lo único que se agota y no puedes recuperar es el tiempo. Todo lo demás, los bocinados, los gritos, hasta las canciones vulgares e idiotas que se te meten al cerebro por más intentos que hagas de bloquearlas y dejarlas fuera, jamás se termina.


Has llegado al metro. El metro es un lugar difícil. Los trenes tardan en pasar, y cuando llegan, vienen llenos. Sólo consiguen abordar dos o tres personas en cada parada, cuando mucho. No es suficiente, hay unas doce o quince esperando abordar en cada puerta. En algunas estaciones, pueden llegar a ser cien. Los más listos, o más bien los menos educados, te empujan, te meten el pie o los brazos para impedirte el paso, mejor ellos que tú, piensan, y ahí van, cuando el metro se marcha. Y tú te quedas. Hay que esperar otro tren. Cinco, siete, doce minutos. Ahí viene al fin. Con un poco de suerte, has conseguido colarte al interior del vagón, pero las puertas no cierran; hay que esperar a que aquel gordo logre meter la panza, o a que ese asalariado trajeado meta los zapatos de medio metro de largo (quizá para compensar los diez centímetros de largo de allá abajito, piensas para aligerarte el disgusto). Aplastado contra el vidrio de la puerta, viajas mirando a la nada, recibiendo empujones y el odio de los demás viajeros. Te queda el consuelo de que el sentimiento es mutuo. Si tuvieras un genio de los deseos, en ese momento todos los pasajeros, excepto tú y quizá aquella muchacha de lindos ojos, caerían muertos.

"Por su seguridad, la marcha de los trenes será lenta". Siempre es lenta, pero con la lluvia, se pone peor. La gente es cobarde, le tiene pánico a la lluvia. Cuando llueve, todo es un poco peor. O mucho. Los trenes se hallan en tan mal estado que si aceleraran por encima de los tres kilómetros por hora, podrían perder el control y salirse de las vías, matando a cientos de personas, lo que no estaría tan mal si no fueras tú en ese tren.

Llegas al trabajo un poco tarde, todos llegan siempre un poco tarde. La amenaza de perder el trabajo no es suficiente para acudir a tiempo. La puntualidad es imposible en una ciudad así. No a estas horas.

Otra jornada inicia. Más plática vacía con unos compañeros de trabajo tan idiotas como para comprender de lo que hablas. Se necesita a alguien como tú para compartir la emoción de descubrir que las palabras sobresdrújulas no siempre llevan acento. ¿No siempre? En la primaria te enseñan que sí, pero ahora que te has librado de la secretaría de educación, descubres que no, que eso era mentira, que hay excepciones y jamás te lo dijeron porque te consideraban demasiado estúpido para entenderlo, o a la información demasiado irrelevante como para transmitirla, o simplemente tus profesores eran tan ignorantes que no lo sabían. ¿Qué más te enseñaron que resultó no ser verdad? ¿Qué otra cosa pensaron que no podrías entender y te lo negaron? ¿Qué verdades ignoraban ellos? No hay forma de saberlo. Y en un trabajo de sol a sol, no queda tiempo para averiguarlo. Cuando hay horas muertas, estás tan agotado, desanimado y deprimido, que ya no te importa. Has abandonado tus sueños, los has vendido por un par de salarios mínimos, con la esperanza de que en el futuro las cosas mejoren. Pero, hay que creerlo, no mejorarán. Tal vez seas uno de esos pocos afortunados que consiguen un trabajo con un sueldo un poco más alto, o un horario un poco más corto, o una ubicación un poco más cercana, pero lo más probable es que te quedes con el resto, rumiando el deseo de un futuro que no llegará.

El jefe es un pendejo, no cabe duda. No sabes cómo logró ser jefe. O sí, sí lo sabes. Con el dinero de alguien más, explotando a algunos que, como tú, necesitan de esos pocos centavos para librarla por unos días, hasta la próxima quincena. Para abusar de ti y de todos, no salió tan pendejo. Pero para las cuestiones técnicas del trabajo, es casi un retrasado mental. Sólo dice pendejadas. Y cuando las cosas salen mal, se lava las pinches manos diciendo que "ustedes la cagaron, no yo". Con esas ganas de mandarlo a la mierda, te vas a comer. Todo está muy caro en esta zona, así que siempre traes algo de casa. Buscas un lugar cómodo dónde sentarte, pero todos están ocupados y terminas tomando tus alimentos en tu área de trabajo, ese pequeño espacio que se ha convertido en casi todo tu mundo. Ya ni siquiera te asomas a la ventana. ¿Para qué? Sabes lo que verás. Un edificio de oficinas, y en el interior, personas que ya nunca miran por la ventana.


Te sientes terrible. Estás cansado, quisieras dormir, vas por otro café. No te quita el sueño, y en realidad no te gusta, preferirías un agua de frutas o un licuado de plátano, pero te da algo que hacer, en qué perder un poco el tiempo, tímida venganza de oficinista. El trabajo es rutinario, no implica emoción alguna. Varios compañeros fingen disfrutar lo que hacen pero no se esfuerzan demasiado en parecerlo. Tú no los juzgas ni los culpas. Es como cuando viajas en el metro y te imaginas que eres prisionero de guerra rumbo a los campos de exterminio sólo para no darte cuenta de que estás ahí por tu propia voluntad. Es lo mismo. No hay diferencia.


Al salir, quince minutos tarde, sientes el desánimo causado por la conciencia de volver a realizar la travesía diaria del trabajo a la casa. El transporte lleno, la gente grosera o abusiva, el ruido, el tedio, la lentitud, la imposibilidad de leer, la imposibilidad de escuchar buena música, la imposibilidad de relacionarte con nadie, la imposibilidad de huir. Perdido en un bosque de rostros. Todos son iguales, pero todos son diferentes. ¿Qué podrías tener en común con el señor aquél que se esfuerza por que no se note que lleva un peluquín? Nada, sólo el infierno, y eso no es un buen tema para entablar una conversación. "Buenas noches, ¿y a usted quién le jodió el día?" No, así no se puede. Así no.

Finalmente, llegas a tu casa. Cansado y sin tiempo. Sólo te quedan unos minutos que usarás para cenar, para hablar con tu esposa o tus hijos. O quizá ellos ya estén dormidos. Y por la mañana no te atreverías a despertarlos, pobrecillos.

Te sientas a cenar. Comes solo y en silencio. Tu mujer ya había cenado antes. A veces sospechas que sólo te lo dice para que no te preocupes, pero no lo piensas demasiado, ya no te quedan fuerzas para ello. Se sienta frente a ti y te mira. Sabes que algo la perturba. No quieres que lo diga, no quieres más preocupaciones en tu vida, quieres acostarte y dormir y no despertar jamás. "La maestra de Jorgito me mandó llamar". Era inevitable. Ella está todo el día trabajando en casa, lidiando con los problemas propios de mantener un hogar y la crianza de los muchachos. Ella necesita alguien con quien hablar, alguien en quien apoyarse. Te necesita. Y tú la necesitas. Tal vez deberías contarle tus problemas. Quizá no sea una buena idea, después de todo, pues a pesar de todos los años y caídas, o tal vez debido a eso, la quieres, y prefieres ahorrarle el fastidio de hacerla escuchar cómo Gutiérrez se llevó el crédito de una idea que tú pensaste o que en el baño alguien se está robando el papel y tuviste que comprar un rollo de tu bolsillo porque recursos humanos no te escuchó. No, ella no necesita saber nada de eso. Mejor que te cuente qué pasa con Jorgito.

Te acuestas. Cierras los ojos y sientes cómo te vas quedando dormido. Un instante después, despiertas. La noche se escurrió por las manecillas del reloj en un breve momento de distracción. No has conseguido descansar, ojalá pudieras envolverte de nuevo en las cobijas y quedarte ahí hasta tarde. Pero no puedes hacerlo. ¿No puedes hacerlo? ¿Por qué no? ¿Qué te lo impide? Pero no. Sabes que no lo harás. Y en lugar de ello, volverás a realizar la travesía de todos los días, con el microbús lento, el metro atestado, la oficina tediosa, el regreso agotador, el sueño insustancial. Y ahí, en medio de todo ese infierno, volverás a preguntarte, en silencio, casi sin prestarle atención a tu pregunta, por qué te haces esto cada día de tu vida.

Pero esta mañana ya tienes una respuesta. Miras el rostro tranquilo de tu esposa mientras te plancha la camisa. Ves las caras de Jorgito y Luisita, que duermen ajenos a todas las tragedias del mundo, ves esa casa que les ha costado tanto trabajo y años levantar, y la respuesta suena en tu cabeza: Lo haces porque los amas.


Jorge Jaramillo Villarruel es psicólogo, corrector de estilo y escritor. Colaboró en Bolivia tres punto cero con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones, y ya prepara su siguiente libro, de cuentos. Su blog es Amor y cohetes, y también está en Twitter, vía @UnEteronef.

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POESÍA Algo más que la suma de tus huesos (fragmento) | Juan Marcelino Ruiz

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SUCEDE QUE A VECES

Me basta la certidumbre de tu piel
para sortear el curso de  los días;
me resulta más que suficiente
la silueta armónica y precisa
de tu cuerpo flotando sobre el mío
para sentir la vida entre las manos.

Tengo tu voz
tu aroma
tu sonrisa,
para darle sentido a cada verso,

aunque en algunas ocasiones
se me espanta la risa y me vuelvo taciturno;

perdóname amor
no es culpa tuya,
sucede que a veces
se nos cuela el dolor por la ventana.



GRAJOS Y CUERVOS 

El sol
es una gota de sangre derramada
frágil quimera sobre la tierra en ruinas.

Río abajo
palomas blancas han descarrilado,
grajos y cuervos
picotean los ojos y la lengua
de lo que alguna vez llamamos esperanza.

No mires más allá de la ventana
el mundo se pudre poco a poco
como se me pudren a mí los adjetivos.

Bésame amor
antes que del abismo irrumpan las hormigas
a carcomer el sueño que habitamos,
antes que el llanto
inunde con la sal este futuro
y el cielo y el mar se desmoronen.

Bésame amor
parece que aún estamos vivos.


SINFONÍA 

El viento
la rama que se mece
el terso sigilo de las horas
la soledad trepando por los muros
el maullido de un gato en la azotea
el rumor de autos cruzando la avenida
la canción de cuna que olvidamos
el verso tachado cuatro veces
la ceniza esparcida por la mesa
el frágil contorno de la nada
la esperanza -si es que existe-
el vino a medias

simples pretextos
para entonar
la terca sinfonía del insomnio.



Juan Marcelino Ruiz. Nace en Cd. Juárez en 1963 y radica en Cd. Cuauhtémoc desde hace más de 25 años, donde se desempeña como profesor en una escuela de educación primaria. Ha pertenecido a diferentes talleres literarios, cursó un Diplomado en Creación Literaria. Ha publicado cuento y poesía en diversas revistas y diarios del norte y centro del país. Es autor de los libros: Derrepentes (1998), poesía, UACH; Quinteto para un Pretérito (2000), poesía, ICHICULT; Del Aleph a Guernica (2010) cuento, Ficticia Editorial; El Hormiguero (2012), novela, Doble Hélice; Delitos Menores (2014), varia invención, Abaleo Ediciones. Tiene en preparación el poemario Algo más que la suma de tus huesos, Universidad de Nuevo México en Las Cruces.

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PUERTABIERTA EDITORES 'Casa de adobe' de Armando Salgado



Puertabierta Editores publicó Casa de adobe, segundo libro de narrativa de Armando Salgado y por el cual recibió el Premio Nacional de Narrativa "Mariano Azuela" 2014. El escritor Dante Medina opina sobre éste:

En un universo donde las mujeres tienen “el rebozo puesto para taparse las penas”, y “las piedras son los sueños duros que el hambre tiene”, el árido calor de la Tierra Caliente debe hacer milagros: “A veces toca arrancar esperanza donde no crece ni el polvo”.
Allá es adonde nos lleva este magistral libro de cuentos, montados en el brío de una palabra de aliento antiguo, épica y novedosa a la vez. Si en la imaginación nos queda un mundo donde “El tiempo es otra cosa”, en los oídos se nos sedimentarán resonancias del Popol-Vuh, La Biblia, y El Corán, incluida la tragedia intemporal de un pueblo que atesora en su memoria la no perdida luz de su futuro. Cuentos preñados de recuerdos en busca de agua para florecer.
De la escritura de Armando Salgado, el Jurado del Premio Nacional de Narrativa “Mariano Azuela”, destacó la calidad de su factura y la madurez lingüística, y asentó en el acta este mérito: el “abordamiento de temas del campo, la tierra, y la imaginería popular de nuestras raíces mexicanas, con una prosa moderna”.

La literatura es tierra para fertilizarnos la memoria; el lector verá, en las páginas de este libro, renacer sus añoranzas, injertadas de una nostalgia niña que le devolverán, simultáneamente, las más hermosas y pesadillescas rememoraciones oníricas de su infancia fabulosa.

Imagen tomada de la revista Bistró, poesía y otras maravillas

Armando Salgado (Uruapan, Michoacán, 1985). Egresado de la Normal Rural Vasco de Quiroga de Tiripetío, Michoacán. Maestro en Educación Básica por la Universidad Pedagógica Nacional. Candidato a Doctor por parte del Instituto McLaren de Pedagogía Crítica. Autor de los libros: Cofre de pájaro muerto (Ediciones Punto de Partida, 2014; Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza, 2015 otorgado por el Colegio de México a través del Fondo Xirau Icaza), Fiebrerías (Diablura Ediciones, 2014), Estancia de ánimas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013; Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal, 2013. Elegido por la revista Siempre! y el periódico La Razón como uno de los mejores libros del año publicados en México), Azogue Suite (ICA, 2013; Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, 2012, poesía), Corvus Suvroc (Mantis Editores/H. Ayuntamiento de Hermosillo, 2012; Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, 2011) Liturgias (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2011; Premio Michoacán de Ópera Prima de Poesía, 2011), y Variaciones de una vida rota (SECUM, 2011; Premio Michoacán Ópera Prima de Narrativa, 2011). Entre otros galardones ha recibido el Premio Estatal de Poesía Carlos Eduardo Turón 2015, el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela y el Premio Michoacán al Mérito Juvenil en la categoría de Expresión Artística, ambos en 2014. Actualmente se dedica a la docencia en la ciudad de Morelia.

Para conocer más del autor: Entrevista a Armando Salgado, revista Bistró, poesía y otras maravillas. 

Más información:
Puertabierta Editores

Adquirir el libro: 
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POESÍA Algunos poemas de 'Canto de perro' | Armando Martínez Orozco

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I

Reconozco que te amo. La paz
que sola tú me ocasionas
la reconozco.
¡Ahí está el campo de alegría,
esa parota de carne bondadosa,
la yerba fina para los dos!
Todas esas cosas que nacen
cuando estaba contigo.
El momento tranquilo en que recuerdo
la energía que muere
si conmigo has de quedarte.
Y empiezo a pensar
que tal vez
el amor sí mueve montañas
que el amor sí es magia
y brincan conejos y aves cándidas
sobre el amor
se han dicho tantas cosas
como tanto amor espero
cada día de ti.
Hermosa es tu danza verde de amor
mansa eres en tu andar
eres hermosa
como una madre quieta y contenta
ante la fotografía de su hijo recién graduado.
Y aquí me tienes y aquí estaré
como un perro,
esperando mucho tu ternura
tus palabras
música simple de caracol feliz.
Y por ti soy también el aire,
sincera piedad de brisa
a tus pies, sobre tu espalda y para tus piernas.
Esperando estoy entonces
porque vengas y te abras para mí
tan dulcemente
tan tierna y húmeda sobre la cama
como si una boca temerosa
que conoce
el magnífico señorío de un beso



II

He aquí esta humildad de versos
para el genio anónimo y distante,
allí nomás
en el frío de la madrugada lacandónica
que ignorará por siempre
su genialidad,
pero aprenderá primero
con su cabeza ceniza,
la malasaña de los piojos
que se reproducen rápidamente
y que muerden con alevosía y ventaja
la cabeza llena de dolores de cabeza.
Para quien escribo
este dolor sensible al tacto,
entenderá segundo
que el hambre
de las lombrices puede más
que las bienintencionadas metralletas,
o los rifles caducos, o las resorteritas de plástico,
o las piedras los palos la gasolina y los gritos apopléjicos.
Nace, “como es debido” dicen algunos, el alba en la esperanza poca
y caen debidamente las hojas del otoño siempretriste
y llega el invierno loco tiritante de miedo
porque ve más lejos cada día la dulce primavera.
¿El verano? Del verano ni hablar.





Autor: Armando Martínez Orozco
Editorial: Puertabierta Editores (2015)
Género: Poesía
Núm de páginas: 118
Encuadernación: Rústica

Armando Martínez Orozco. Periodista y escritor colimense.

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NOTICIAS José Emilio Pacheco, a dos años de su fallecimiento


Fuente El Siglo de Durango

El poeta, narrador, ensayista y traductor mexicano José Emilio Pacheco, considerado figura clave de la literatura mexicana del siglo XX, es recordado a dos años de su fallecimiento ocurrido el 26 de enero de 2014.


El escritor José Emilio Pacheco Berny, quien acumuló durante su vida un sinfín de reconocimientos y distinciones por sus aportaciones a la cultura y las artes, nació el 30 de junio de 1939 en la Ciudad de México.

Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y allí comenzó su carrera en las letras en la revista “Medio Siglo”, de acuerdo con el sitio en línea de El Colegio Nacional, www.colegionacional.org.mx.

Fue un destacado profesor en universidades de México, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra, refirió el portal web del Instituto Cervantes.

En narrativa, el autor destacó por su compromiso social con su país, su preocupación social e histórica de México y por retomar temas como el paso del tiempo, lo efímero, que retrató a través de un lenguaje engañosamente sencillo, el humor negro y la ironía.

En cuanto a poesía sobresalió con Los elementos de la noche (1963), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Los trabajos del mar (1984), Miro la tierra (1986) y Ciudad de la memoria (1989).


Premio Ciudad y Naturaleza “José Emilio Pacheco” 2016

Debido a la importancia del legado que dejó el escritor, durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara 2015, se convocó a la primera edición del Premio Ciudad y Naturaleza “José Emilio Pacheco”, en cuento y poesía, que recibirá propuestas hasta el 30 de junio de este año.

Los autores interesados deben enviar 10 o más poemas inéditos o publicados en los últimos cinco años con temas referentes a la naturaleza, la sustentabilidad urbana, la armonía socio ecológica y el cuidado ambiental, informó el Comité Organizador de la FIL.

El premio al primer lugar consiste en 10 mil dólares y la publicación del material participante por parte de la editorial de la Universidad de Guadalajara, que se entregará en la FIL Guadalajara 2016.

Bitácora de vuelos les comparte algunos de sus poemas y enlaces para descargar parte de su obra. 


A QUIEN PUEDA INTERESAR

Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía
A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo
La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.


MISERIA DE LA POESÍA

Me pregunto qué puedo hacer contigo
Ahora que han pasado tantos años,
Cayeron los imperios,
La creciente arrasó con los jardines,
Se borraron las fotos
Y en los sitios sagrados del amor
Se levantan comercios y oficinas
(con nombres en inglés naturalmente).
Me pregunto qué puedo hacer contigo
Y hago un pseudo poema
Que tú nunca leerás
―o si lo lees,
En vez de una punzada de nostalgia,
Provocará tu sonrisita crítica.


EL MAR SIGUE ADELANTE

Entre tanto guijarro de la orilla
No sabe el mar en dónde ha de romperse.
¿Cuándo terminará su infernidad que lo ciñe
A la tierra enemiga,
Como instrumento de tortura,
Y no lo deja agonizar,
No le otorga un minuto de reposo?
Tigre entre la hojarasca
De su absoluta impermanencia.
Las vueltas
Jamás serán iguales;
La prisión
Es siempre idéntica a sí misma.
Y cada ola quisiera ser la última,
Quedarse congelada
En la boca de sal y arena
Que está diciendo siempre: adelante.


EL FUEGO

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada,
Luego en silencio y humo que se pierde,
Miraste deshacerse con silencioso estruendo la vida.
Y te preguntas si habrá dado calor,
Si conoció alguna de las formas del fuego,
Si llegó a arder e iluminar con su llama.
De otra manera todo habrá sido en vano.
Humo y ceniza no serán perdonados
Pues no triunfaron contra la oscuridad,
Leña que arde en una estancia desierta
O en una cueva que sólo habitan los muertos.


Enlaces:
Los trabajos del mar
Arte poética
Algunos poemas
Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco para niños
Muestra poética



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EDICIONES O Poemas de Melbin Cervantes, apuesta de Ediciones O


Ediciones O, proyecto editorial de la revista Bistró, pone en línea el libro Las huellas que dejó el silencio, de Melbin Cervantes.

Los poemas reunidos en este volumen, se fundan en la exploración del «yo» y en una serie de cuestionamientos de corte existencial. Observador y riguroso, el poeta busca en el Silencio una porción de la vida que se traduce en un ruido, que por su naturaleza muda, resulta violento y caótico, plagado de muerte y poesía. A través de un diálogo entre el Malditismo y la contemporaneidad, Cervantes nos entrega esta prometedora ópera prima, así como una particular visión del mundo.

Melbin Cervantes (Cancún, Quintana Roo, 1991), obtuvo Mención Honorífica en los concursos de poesía Flores a Cozumel, 2014 y Memorias de una Isla, 2015. Ha publicado en las revistas digitales Bistró, Hoy Lo Leo, FACTUM  y Revista Sak-Ha, de la Escuela de escritores de Yucatán. Actualmente radica en Cozumel, Quintana Roo. Las huellas que dejó el silencio (Ediciones O, 2016) es su primer libro.

Bitácora de vuelos les comparte un fragmento de este libro.

AL NACER SENTIMOS el ahogo
y el presagio de un vacío
para declararnos la semilla
de la Salamandra.
Las raíces pulverizadas nos perfuman de luto,
el cielo se va aclarando ante nuestra visión,
apenas polvo, y no creemos en el final de la vida.
Tanta claridad es misterio, una mano luminosa
que no asimos para guiarnos.
Somos el espejismo de lo cincelado por el aire, por un hechizo,
del cual no podremos huir, y continuará golpeándonos hasta
derrumbar nuestro espíritu.
Somos apenas de polvo, y deseamos acallar el más
armonioso canto de los cuervos.
Apagada lámpara, en el olvido de la noche, es la esperanza.


SIGO LAS HUELLAS QUE DEJÓ EL SILENCIO,
atiendo en suspenso las voces de la playa
que llamean entre el fuego líquido del Caribe.
Es Leviatán quien desea jugar en estas aguas,
trayendo cantos y sollozos.
La gran serpiente baja sofocada de los muros
blanquecinos del cielo,
conmoviendo la marea; en su vientre,
nacen de espuma: golondrinas blancas.
Veo caras en la linfa agitada de los cangrejos de pardo flabelo,
devorados por la clara serpiente.
Soy tan sólo un rostro de brillo que dura un instante
en el vientre azul vertido en el mar.
Entre piedras y silencios, la oscura noche vuelve,
paseando un vestido de marismas y vientos,
la marea me regresa a los restos calcinados de la playa.
Puedo seguir buscando, el cuerpo derrocado del silencio.
Puedo, lo encuentro, agitando, borrando las huellas,
repartidas en la médula de la arena.


SALÍ AL ENCUENTRO de mi sueño,
porque era fresca y ligera la noche,
cuando el triste oro de la luna llena
cayó sobre la charca de mi mente.
Todo se agitó en el reflejo de los árboles;
entre sombras balbuceaban las lechuzas,
y las orugas murmuraron tras el paso de
las golondrinas.
Se encendió de pronto el paisaje con los ecos
de la floresta otoñal.
¡Sesenta watts, recorrieron mi cuerpo, abriendo
mis parpados aceitados!
«Bienvenido hijo mío, al bullicio citadino», dijo mi abuela de hojalata,
abrazando sus enmarañados circuitos.
Yo como androide he rechazado el «0» y el «1», para soñar con largos
caminos de translucidas montañas acariciadas por las manos de latón
del sol. Sentir la frescura de aires sonrosados, en lugar de malditos focos
de tungsteno; admirarme de las magras carnes de los salmones saltando
en las cristalinas cascadas, en lugar de placas terroríficas de bronces que
niegan de las saladas brisas del Atlántico. ¡Ay, el asfalto oxida nuestros pasos
hacia la Libertad! Se han trastornado con electrónica basura los riachuelos
de los tritones de mármol. ¡Heme aquí soñándome con corazón de humano!

Las huellas que dejó el silencio - en línea
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