Octavio Paz, uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos

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Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914-19 de abril de 1998) fue un poeta, escritor, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura en 1990. Se le considera uno de los más influyentes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos.

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Bitácora de vuelos, le hace este breve homenaje: textos, apuntes, videos, fotos, en torno a su trabajo literario.




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ACERCAMIENTOS Influencia de la literatura gótica en la obra de Julio Inverso | Julio César Aguilar

Julio Inverso

La obra literaria de Julio Inverso[1] ha sido relacionada, por diversos lectores críticos de su poesía, con la literatura gótica. La principal característica de la literatura gótica es el terror, por lo tanto la ambientación en los relatos tenderá a ser romántica: con paisajes sombríos, ruinas medievales y castillos con sótanos, criptas, pasillos con demonios, esqueletos, fantasmas, ruidos nocturnos y bosques tenebrosos. Los personajes suelen parecer insólitos, extraños, fascinantes, así como los elementos que se sugieren son sobrenaturales. Aunque el movimiento gótico surgió en Inglaterra, a finales del siglo XVIII, varios escritores de todas las latitudes han incursionado en el género, tales como Edgar Allan Poe y Gustavo Adolfo Bécquer, sólo por mencionar a los más conocidos. Dentro de la música rock, existe una versión también llamada “gótica”, entre la cual se encuentran grupos como Sisters of Mercy, que Inverso conocía y escuchaba; por lo que la influencia en la propia escritura y estilo de vida de Inverso procede asímismo de ese género musical, llegando el poeta incluso a imitar la imagen de los cantantes en algunos aspectos.[2]
            De Falsas criaturas,[3] primer libro publicado de Inverso, Luis Bravo ha expresado que “detenta una mezcla rara entre circunstancialidad histórica y lecturas malditas, haciendo del imaginario postmovida un nuevo tipo de rebeldía que, a lo largo de la década irá estilizándose hasta desembocar en un neogótico con ribetes paródico-fantásticos” (10). La circunstancialidad histórica a la que se refiere Bravo, es la dictadura cívico-militar uruguaya, período que abarcó de 1973 a 1985. Por otra parte, en la opinión de Daymán Cabrera las prosas de “Falsas criaturas atestiguan el telón de fondo militar, represivo —que está por detrás de su obra y la sostiene en lo que tiene de permanente alegato antiautoritario— aparte de ocuparse de los militares sarcásticamente en unos cuantos pasajes de su obra” (6). Sin duda, esa época represiva en muchos sentidos fue perfilando la personalidad contestataria del poeta.




En muchos de sus textos, Inverso firmaba con el nombre de Morgan, personaje heterónimo que, por otra parte, sufría de depresión clínica y por la cual era tratado médicamente. Cabría preguntarse entonces cuál es la relación existente entre el uso de los heterónimos y la personalidad múltiple o la esquizofrenia o la depresión, y en general de los trastornos mentales. Baste pensar en Fernando Pessoa, escritor enigmático, y en su escritura poética atestada de heterónimos. Ya en un texto de Falsas criaturas, el lector encuentra la existencia de Morgan, aunque todavía descrito de un modo tímido y velado, pues su nombre aparece abreviado con la letra inicial: “Soy el pirata M., que arrasó los mares y echó a perder a la gente porque le dio la gana. Soy un alma sensible y extravagante y ahora, mientras hay viento en cubierta y apoyo mi pie en la baranda, no puedo dejar de recordar cierto quinteto de Brahms, contemplando con mi ojo parchado a una candorosa doncellita que, a mis pies, repta” (35). Con Morgan, su heterónimo, se alude en este caso a Henry Morgan (1635-1688), gobernante, marinero y corsario galés, hijo de un rico labrador que tenía antecedentes militares.
            Como bien ha dicho Daymán Cabrera en entrevista, “Julio usaba a Morgan como una excusa para referirse sin inhibiciones respecto a lo que él entendía eran sus máximas cualidades. Él las podía aplicar a Morgan sin ningún tipo de inhibición sobre la lectura de los libros”. A lo que se refiere Cabrera es que en los relatos en donde aparece Morgan como protagonista, es en realidad la voz de Inverso la que narra. Por lo tanto, cuando se menciona dentro del siguiente relato que Morgan es un gran escritor, es como si Inverso expresara eso de sí mismo. Así, en “Juan Morgan, poeta”, la voz narrativa puntualiza que Morgan                     
[h]abía elaborado un hermoso texto durante su estadía en el manicomio. Esta vez se trataba de las declaraciones más o menos íntimas de un soñador alocado, brillante, voluntarioso y audaz. Los críticos tuvieron que pronunciarse sobre las nuevas prosas de Morgan. No podía negarse que a través del cerebro de aquel joven estaba pasando la mejor poesía de Montevideo por aquellos años. Morgan, ahora invitado a vernisages y conferencias, concurría con un traje de buzo y hacía su aparatosa entrada ante las miradas cortadas de los circunstantes (28).[4]
Sin duda, Inverso se consideraba a sí mismo un gran escritor, aunque a veces como persona se sintiera un desdichado o un hombre disminuido. Cuando consumía drogas, como la cocaína, el efecto lo volvía megalomaníaco, pero después venían, tras la intoxicación, los episodios depresivos. Curiosamente en este mismo relato, “Juan Morgan, poeta”, el protagonista sostiene un noviazgo con Andrea, mujer que lleva el mismo nombre de la chica que idolatró Inverso por un tiempo. Al final del primer párrafo, el narrador cuenta que “[l]a novia de Morgan objetó que los editores no entienden nada y que muchísimo menos iban a entender la poesía ‘gótica’ de su novio” (27). Se entiende, por lo tanto, que Inverso estimaba que su obra tenía cierto parentesco con esa corriente, misma que lo obliga a escribir el siguiente poema que testimonia tal relación:

he visitado extrañas regiones del espíritu
habitadas por minotauros
                                      sirenas
                                                    elfos
poesía del arcón de la muerte (12).

Bajo una tensa atmósfera de misterio, el yo poético revela sus andanzas por territorios ignotos donde encuentra seres sobrenaturales, sitios de los que, además, la poesía procede, asciende, como si con naturalidad proviniera de la muerte. Tan sólo en este concentrado, brevísimo poema, se encuentran los componentes indispensables de la literatura gótica o neogótica. La influencia de esta corriente artística es evidente en la escritura de Inverso desde su primer libro publicado. Inverso pertenece, según lo consigna Luis Bravo, a “la nutrida tradición uruguaya de poetas oscuros, raros y rebeldes, como ángeles caídos en [esas] tierras más bien agnósticas[...]” (17).
A este respecto, Eduardo Espina afirma en su ensayo titulado “La muerte dijo ‘whisky’” y el cual forma parte de su libro Las ideas hasta el día de hoy, que Uruguay ha sido un “país de raros”, tal como lo expresara anteriormente Silvia Molloy en un artículo sobre Delmira Agustini. El ensayo de Espina, a propósito, discurre sobre la vida truncada de otro “raro”, Juan Pablo Rebella, cineasta uruguayo, director y guionista de dos largometrajes: 25 Watts y Whisky. Rebella se suicidó, disparándose con un arma de fuego en la sien, a los 31 años. Sin embargo, los raros en Uruguay cada vez son menos ya que, según Espina, en la actualidad “los artistas nacionales practican la ortodoxia ideológica y estética, porque se ha puesto de moda querer ser igual al resto, que hoy es mayoría, y sentirse más uruguayo que universal” (119). Pese a la declaración anterior, Inverso desde luego se suma a la lista que conforman los “raros”[5] de ese país.
            En un artículo publicado en 2005, Federico Rivero Scarani caracteriza la obra de Inverso como una poesía a veces gótica y de un estilo con tendencia romántica (23). Líneas antes en el mismo ensayo, Rivero Scarani opina que “además de ser una poesía pictórica adornada de imágenes al mejor estilo videoclips, es también ontológica, porque el ser de ese yo en ocasiones sufre por la presión existencial en un universo urbano en ruinas cuyos escombros también son morales propios de una sociedad montevideana resquebrajada desde los cimientos” (22). Pero también la poesía ontológica de Inverso a la que se refiere Rivero Scarani es autorreferencial, de una concentración lírica difícil de emularse, propia de los caballeros antiguos, trovadores y alquimistas, personajes con los que se identifica la voz poética, además de su impronta gótica, como se evidencia en “Baile de soñadores”, título de una sección de un poemario en el que se incluye el siguiente texto:

No me toques, estoy endemoniado. No puedo
dormir porque los condenados incendian mi cama,
noche tras noche. Tu infravida no podrá comprender
mi éxtasis:
un ángel que empuña un sueño
un sueño que es un arma
un arma que dispara a las tinieblas.

No me toques, mi luz te enceguecerá.
Soy un prestidigitador,
un caballero antiguo de místicos sigilos, un alquimista
con el corazón sobre la piel. Soy el que seré, ahora
mismo viviré mi futuro, mi más allá y mi abismo.

No me toques, estoy endemoniado. Seré la bengala
que rompe a llorar en tu cielo hecho añicos (39).

En este poema de elocuente autorreferencialidad, el sujeto lírico establece una distancia de un hipotético tú para demarcar su reino en el que los demonios —que a su vez pretende exorcizar Inverso mediante su escritura—, lo poseen. Si como dice Percy Walker, “[e]l lenguaje, la simbolización, es el material del que están hechos nuestros conocimientos y la concienciación del mundo, el medio a través del cual vemos el mundo” (151),[6] por el poema anterior se deduce entonces de un modo simplista que el autor vive, en un sentido figurado, en el infierno. Brutal ha sido, por consiguiente, la caída desde los paraísos artificiales. Esa posesión demoníaca a la que se alude en el texto, la cual históricamente representa a la locura, puede referirse sin embargo a un estado de melancolía pues, como señala Hilaire Kallendorf en su libro sobre el exorcismo, en la época isabelina y jacobina se pensaba que la melancolía era causada por los demonios (154). Por lo tanto, el poeta melancólico que es Julio Inverso, ese visionario de estirpe gótica, ese ángel maldito que empuña el arma de su escritura creativa ha de cantar forzosamente, porque ésa es su misión ineludible.


Bibliografía

1. Bravo, Luis. “Julio Inverso: Tiniebla y resplandor.” Escrituras visionarias: (Ensayos sobre literaturas iberoamericanas). Montevideo: Fin de Siglo, 2007. Impreso.
2. Cabrera, Daymán. Entrevista personal. Montevideo. 12 agosto 2012.
3. ----------. “Prólogo.” Falsas criaturas: Diario de un agonizante y Vidas suntuosas. De Julio Inverso. Montevideo: Vintén Editor, 2004. Impreso.
4. Espina, Eduardo. Las ideas hasta el día de hoy. Montevideo: Planeta, 2013. Impreso.
5. Inverso, Julio. Falsas criaturas: Diario de un agonizante y Vidas suntuosas. Montevideo: Vintén Editor, 2004. Impreso.
6. ----------. Milibares de la tormenta. Montevideo: Ediciones Imaginarias, 1996. Impreso.
7. ----------. Papeles de Juan Morgan: Narrativa y otras prosas. Montevideo: Estuario Editora, 2011. Impreso.
8. Kallendorf, Hilaire. Exorcism and Its Texts: Subjectivity in Early Modern Literature of England and Spain. Toronto: University of Toronto Press Incorporated, 2003. Impreso.
9. Rivero Scarani, Federico. “El lado gótico de la poesía de Julio Inverso.” Anales de la literatura hispanoamericana. Madrid. 34 (2005): 19-27.
10. Walker, Percy. The Message in the Bottle: How Queer Man Is, How Queer Language Is, and What One Has to Do with the Other. New York: Farrar, Straus, 1975.

______
[1] Nació en Montevideo, Uruguay, en 1963, y se suicidó a los 36 años de edad en la misma ciudad. Fue un poeta y narrador prolífico, entre cuyas obras destacan Falsas criaturas (1992), Agua salvaje (1995) y Más lecciones para caminar por Londres (1999). Cursó la carrera de Medicina hasta el quinto año.
[2] Inverso vestía de negro y consumía drogas recreativas y alcohol, como muchos de sus admirados rockeros.
[3] Compuesto de 36 prosas poéticas.
[4] Resulta interesante observar el paralelismo entre Morgan e Inverso, ya que tanto el personaje como el autor eran jóvenes, de Montevideo y habían estado hospitalizados en instituciones psiquiátricas.
[5] En la contraportada de Falsas criaturas, se lee: “Este es el libro de quien sin duda constituye una excepción en la literatura uruguaya. Julio Inverso es un raro de 29 años, cuyas imágenes sorprendentes tienden un puente entre el romanticismo alemán y el video clip de nuestro tiempo…”.
[6] La traducción del inglés al español de esta cita es mía.


Julio César Aguilar (Jalisco, México). Poeta y traductor de inglés. Es médico por la Universidad de Guadalajara; cursó una maestría en Artes en Español en la Universidad de Texas en San Antonio y un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Texas A&M. Su obra se ha traducido a varios idiomas y ha sido publicada en diversos países. Es autor, entre otros títulos, de Rescoldos, 1995; Brevesencias, 1996; El desierto del mundo, 1998; Orilla de la madrugada, 1999; La consigna y el milagro, 2003; El yo inmerso, 2007; Barcelona y otros lamentos, 2008; Alucinacimiento, 2009, y Aleteo entre los trinos, 2014. Traducciones suyas son Con ansia enamorada, de Irving Layton, 2004; Camino del ser. Antología: 24 poetas anglosajones, 2006; Pintando círculos, de Luciano Iacobelli, 2011; La costurera y el muñeco viviente, de Beatriz Hausner, 2012, y Pascal va a las carreras, de Janet McCann, 2015.

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POESÍA VISUAL La poesía concreta de Felipe Boso


La aparición de Felipe Boso en el precario panorama de la poesía experimental en España de los años setenta, fue un auténtico premio de lotería. Su temprana muerte (a los 56 años) en 1983, una desgracia irreparable. En ambos casos, la historia discurrió por caminos bien distintos de los que, en apariencia, estaban prefijados. En el verano de1970, Boso fue una inyección de energía, de sentido común, racionalidad y eficacia. (Fernando Millán)

Felipe Boso (Villarramiel de Campos, 1 de junio de 1924 - Meckenheim, Alemania, 3 de febrero de 1983), es el seudónimo utilizado por el poeta español Felipe Segundo Fernández Alonso

Obras
T de trama, Ed. La isla de los ratones Col. Poetas de Hoy nº 58, [Santander (Cantabria)|Santander] (Cantabria), 1970.
La palabra islas, Editorial Garsi, Col. Metaphora, Madrid, 1981.
Poemas concretos, libro póstumo, Ed. La Fábrica. Arte Contemporáneo, Abarca de Campos (Palencia), 1994.





Bibliografía
1. Felipe Boso: La palabra islas, prólogo de José Luis Puerto, Universidad de Leon, Col. Plástica & Palabra, 2007. ISBN 978-84-9773-326-7
2. Felipe Boso: Una palabra menos, selección e introducción de José Luis Puerto, portada de José-Miguel Ullán, Col. Cuatro Cantones, 3, Palencia, 2007. Dep. Legal: P-285/2007
3. Alonso, Julián y Reumann, Antje: Felipe Boso, poesía concreta, Editorial Mediterrània 2008. ISBN 978-84-8334-915-1
4. Felipe Boso: T de trama, introducción de José Luis Puerto, Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2014. ISBN 978-84-942650-3-7

Para saber más
Campal, Boso, Castilejo: La escritura como idea y transgresión
Apuntes sobre escritores radicales: Felipe Boso

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CULTURA DIGITAL Yayoi Kusama, reinventar las obsesiones


Yayoi Kusama nació en la ciudad de Matsumoto, Japón en 1929. Después de crear obras poéticas y semiabstractas en papel en la década de 1940, comenzó su célebre serie Infinity Net (Red infinita) a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Estas pinturas extraordinariamente originales se distinguen por la repetición obsesiva de pequeños arcos pintados que siguen patrones rítmicos mayores. Su traslado a Nueva York en 1957, donde conoció a Donald Judd, Andy Warhol, Claes Oldenburg y Joseph Cornell, constituyó un parteaguas en la carrera de la artista.


Kusama dejó la pintura y empezó a crear esculturas blandas conocidas como Accumulations (Acumulaciones): objetos cotidianos como bolsos, sillas, escaleras de mano y zapatos, cubiertos con elementos rellenos de tela que se asemejan a falos [la serie conocida como Sex Obsession (Obsesión por el sexo)] o con pasta seca [la serie Food Obsession (Obsesión por la comida)].

Estos objetos siniestros de elementos casi idénticos comparten la seriación y la repetición que caracterizaron el minimalismo y el arte pop, pero al mismo tiempo son expresiones auténticas de la compulsión de la artista por repetir sus obsesiones psicológicas, las cuales marcaron el principio de un proceso de radicalización de su trabajo que continuó con la instalación fundamental Aggregation: One Thousand Boats Show (Conglomerado: Espectáculo de mil botes, 1963), en la que en una sala construida ex profeso se exhibió un bote de remo con incrustaciones fálicas, rodeado de 999 imágenes fotográficas idénticas y estampadas en serigrafía en papel tapiz; y con Infinity Mirror Room – Phalli’s Field (Sala de espejos del infinito – Campo de falos, 1965), el primero de una serie de ambientes inmersivos en los que la participación del espectador activa y completa el significado de la obra.

La radicalización y la desmaterialización progresivas del trabajo de Kusama —lo que ella denominó “autoborramiento”— continuaron en performances en vivo, happenings, acciones e intervenciones que se convirtieron en elemento básico de la subcultura del downtown neoyorquino y le ganaron a la artista la atención y notoriedad del gran público. Una presentación enfocada en materiales de archivo da vida a sus múltiples actividades como artista, diseñadora de modas, empresaria y emprendedora.




Kusama’s Self-Obliteration (1967), un filme formalmente experimental que funciona como una especie de cine ampliado, documenta las inspiradas actividades participativas de la artista (Kusama estaba intuitivamente en sincronía con el antinómico Zeitgeist que prevalecía en Estados Unidos a finales de la década de 1960) y presenta un resumen de su arte hasta ese momento.

En 1973 Kusama regresó a Japón y desde 1977 vive por voluntad propia en una institución psiquiátrica. El marcado carácter psicológico de su obra siempre ha tenido como contrapeso toda una gama de innovación y reinvención formal que le permite compartir su singular visión con un público amplio a través de un espacio reflejado hasta el infinito y los lunares obsesivamente repetidos que la volvieron famosa. 


Con información de Museo Tamayo y Museo Reina Sofía.
Página de Yayoi Kusama


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Poetas latinoamericanas, para celebrar el Día Internacional de la Poesía

Kate Louise Powell

Ramillete de voces, de búsquedas, de encuentros, pero también de aproximaciones / definiciones sobre las condiciones históricas individuales y colectivas que responden a cada país. Ramillete - Prisma. Es una lectura subjetiva, como lo es siempre que se antóloga o se selecciona. No obstante, lo que se pretende a través de esta muestra, es motivar la lectura o relectura de cada una de estas poetas. Es una propuesta nueva, por supuesto, si partimos del concepto de Claudio Guillen: “La antología es una forma colectiva intratextual que supone la reescritura o reelaboración, por parte de un lector de textos ya existentes mediante su inserción en conjuntos nuevos”. Esta recolección germina con voces necesarias para conocer la poesía actual, voces necesarias desde la perspectiva de lectores que merecen verse reflejados en las representaciones de dicha poesía. Este caleidoscopio de figuras y formas ofrecen para la posteridad, una muestra fehaciente de la pluralidad y fuerza de la poesía femenina latinoamericana, una poesía que encauza nuestra primavera.

SELECCIÓN 
Rossy Evelin Lima 
Nadia Contreras


AIXA A. ARDÍN PAUNETO
(Puerto Rico)

Se ríen las máscaras

Las máscaras me miran desde sus pedestales
como sombras que han estado ya en mi vientre
y se ríen
porque aún no las veo a tiempo
aunque las reconozca
aunque muchas veces haya dicho nunca jamás.

El árbol

El árbol casi estatua
casi silogismo
apertrechado contra la intemperie
aferrado al estiércol,
marimpuñado
con un ardor soroco
cimentándolo a su madre.
Todo verdor.
El árbol.


Aixa A. Ardín Pauneto. Poeta nacida en San Juan, Puerto Rico en 1967. Recibió el grado de bachiller en Estudios Generales en la Universidad de Puerto Rico. En 1998 publicó su primer recopilatorio de poesía, Batiborillo (out of print). En el 2007 publica junto a otros 43 autores en la antología Los otros cuerpos, antología de temática gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora. En el 2008 sale a la luz su segundo poemario, Epifonema de un amor (out of print), un libro objeto con edición limitada de 200 ejemplares. Su tercer libro, La mano izquierda, se elabora en el 2010 en edición guerrillera artesanal como una antología personal de poesía social y cotidiana. Este tercer libro se hace disponible también bajo el formato de ebook, Kindle en Amazon. Su trabajo poético y narrativo aparece en la edición 2010 de Cachaperismos junto a la obra de 13 otras escritoras puertorriqueñas.


ANA CECILIA BLUM
(Ecuador)

Voces de aguas

Río parido del deshielo,
acunado en el vértice de la roca,
en la boca de la roca, en el muslo de la roca.

Río que llevas la memoria del invierno,
la saliva del oso, el salto del salmón,
la reverencia del venado.

Río que hablas en tu lenguaje de glaciares.
Yo entro en ti y mi pie se sirve de tu beso frío.

Río que pierdes tu cuerpo bajando por los pueblos,
te encarcelan, te asesinan, te consumen.

Río que ya no eres río, nunca más río,
río que ya no llegas al mar.


Ana Cecilia Blum. Poeta y ensayista peruana nacida en 1972. Licenciada en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Laica Vicente Rocafuerte. Fue tallerista de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Estudió teoría literaria en la Universidad Católica de Guayaquil y sobre autores contemporáneos en la Universidad Andina de Quito. Colaboró con los suplementos dominicales Semana de Diario Expreso y Matapalo del Telégrafo; también fue reportera para la sección cultura de Diario Hoy. Desarrolló una intensa actividad literaria en su país no solo como escritora joven sino más aún como promotora cultural, por su labor fue nombrada Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y de la Asociación de escritoras Contemporáneas del Chimborazo. Textos poéticos de Blum se incluyen en diversas antologías nacionales y extranjeras. Ha sido ganadora de varios premios y menciones. Sus libros publicados: Descanso sobre mi sombra y La que se fue.


ANTONIETA VILLAMIL
(Colombia)

Poiesis de la sed

Por todas las cosas pequeñas
apostadas a su pequeña existencia
tiradas por ahí guijarro
en el zapato pelusa en el ojo
exceso de polvo sobre
grandes trazos que podrían
juntar un universo y todas
las grandes grandiosas formas
entorpecidas por todo este arsenal
de pequeñeces de naderías
en boca de alguien que tal vez
nunca será escuchado Aquí está
su sed picando el pie cegando
el ojo enviando la insistente
mano a desplumarse a escribir
algo por ellas por esas cosas
tan pequeñas y tan letales.

Esta es la zaga
del pasto

Aire verde de horizontes internos
claro de luz en oscuros troncos
hongo de esporas que caducan erguidas
entre la espesa cabellera de una indómita tierra

Cubre este cráneo nutriente
esponja que absorbe la savia y se peina

al viento cierne
al agua invade

Hojas de pasto que plantadas crecen
velocidad de campos extensiones
que te acercan a las raíces que te
ancestran Los dedos te rozan oh pasto
alimento de sí mismo

lecho de un Orfeo
sonámbulo


Antonieta Villamil (Bogotá, Colombia 1962). Poeta bilingüe, editora y traductora. Premio internacional en 2011 al “Libro Latino de Poesía” en Los Estados Unidos: “2011 International Latino Book Awards / Poetry Book” al libro Acantilados del Sueño. En junio del 2001 fue galardonada con el “Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero” en Madrid, por Los acantilados del sueño. Ha publicado: Acantilados del sueño, Fénix muisca, En lugar de los sueños, Diálogo de las ínfimas cosas, Soluna en bosque, Monólogos de transgresora, Brebaje de lo invencible, País al viento, Trueque de malinche, Golondrina de papel, Lamentación por el poeta, Una herida por otra, Casa al sur con luna, Adorada Bacatá y otros 13 libros inéditos incluyendo tres libros escritos originalmente en inglés.

Kate Louise Powell


CARMEN BERENGUER
(Chile)

Afuera sobre los llampos

Marcial lamento de las horas
transito por un rostro
sin marcas ni pliegues
simulando tus labios
ese gesto

Los ojos vueltos
en el viento escrito: Ondas
La mar pues bramando: Llama
al ojo que le sonríe
por el ojo que dice
al otro ojo
porque los ojos fueron sacados
mamita
para que nunca vieran


Carmen Berenguer nació en Santiago de Chile en 1946 y pertenece a una generación que ha dado importantes nombres en lo que a poesía se refiere; cultiva la lírica y también la crónica y en varias ocasiones sus poemas han formado parte de antologías chilenas y latinoamericanas. En su labor como cronista ha colaborado con las revistas Hoja X Ojo y Al Margen y con notas esporádicas en diversos medios de comunicación de su país. Además, fue una de las fundadoras del Congreso de Literatura Femenina, espacio donde se debaten cuestiones sobre el papel de la mujer en el mundo de las letras. Entre sus obras más importantes, se encuentran Huellas de siglo, Naciste pintada y La gran hablada, y muchas de ellas han sido galardonadas con importantes premios; sin ir más lejos, por su última obra, se le otorgó en el 2008 el Premio Iberoamericano Pablo Neruda, convirtiéndose así en la primera mujer en recibirlo.


CORAL BRACHO
(México)

Oigo tu cuerpo

Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila
de quien se impregna (de quien emerge,
de quien se extiende saturado, recorrido de esperma) en la humedad
cifrada (suave oráculo espeso; templo)
en los limos, embalses tibios, deltas,
de su origen; bebo
(tus raíces abiertas y penetrables; en tus costas
lascivas -cieno brillante- landas)
los designios musgosos, tus savias densas
(parvas de lianas ebrias) Huelo
en tus bordes profundos, expectantes, las brasas,
en tus selvas untuosas,
las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas;
(ábside fértil) Toco
en tus ciénegas vivas, en tus lamas: los rastros
en tu fragua envolvente; los indicios
(Abro a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz)
Oigo en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios
-siglas inmersas; blastos-. En tus atrios:
las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas),
los hervideros.

Coral Bracho. Nació en la ciudad de México el 22 de mayo de 1951. Poeta. Estudió lengua y literaturas hispánicas. Poemas suyos han aparecido en revistas y suplementos culturales de México, como Fractal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Periódico de Poesía, Vuelta, entre otros, así como en revistas y antología publicadas en España, Francia, Italia, Finlandia, Canadá, Estados Unidos, Brasil y otros países de Latinoamérica. Becaria de la Fundación Guggenheim. Miembro del SNCA. Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes 1981 por El ser que va a morir. Premio Xavier Villaurrutia 2003 por Ese espacio, ese jardín. Su poemario El ser que va a morir se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1978-1987, Joaquín Mortiz / Gob. del Edo. de Aguascalientes / INBA, 1997.


KAREN VILLEDA
(México)

II. ISLA DE MAURICI

Isla de Mauricio. Catorce brazos rivales llegan sanos y salvos. Juegan como albatros. Catorce brazos se agitan pausadamente, catorce sobacos que cortan dientes de león al ras. Mauricio eructa huesos. Mauricio abraza al hombre de manos toscas. Está rodeado por seis marineros, doce puños.

◊ ◊ ◊

Seis marineros le pisan los diestros talones. “Era el único descalzo en el Güeldres.” Seis marineros que desean cercenarle los tobillos. Una navaja desafilada. Mauricio baila con El Almirante, manos toscas que se imponen sobre sus anchas caderas. Esteatopigia de arena. Manos toscas, luto, El Almirante jamás resbala.

◊ ◊ ◊

Harina de trigo sarraceno, sal por puños. Tanta sal sin cuarenta y nueve sacos. Astillas de a montones, una pinaza orillada. Manos toscas tapándole la boca a Mauricio. No llueve, podemos quedarnos encallados en él. Rezamos con más fe ahora que nunca. El Almirante orina, dientes caen de bruces.


Karen Villeda (Tlaxcala, 1985). A la fecha, ha publicado un libro para niños, Cuadrado de Cabeza. El mejor detective del mundo o eso cree él (Edebé Internacional, 2015), y cuatro poemarios: Dodo (Conaculta, 2013), Constantinopla (Posdata Ediciones, 2013), Babia (UNAM, 2011) y Tesauro (Conaculta, 2010). Es Escritora Residente Honoraria del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa y ha sido Miembro Destacado de The Ragdale Foundation. Ha merecido, entre otros reconocimientos, el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil “Juan de la Cabada” 2014 y el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino” 2013. Ha sido becada por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Open Society Foundations y el Departamento de Estado de Estados Unidos. En POETronicA explora la relación entre la poesía y multimedia así como otros recursos tecnológicos. Poemas suyos han sido traducidos al árabe, francés, inglés y portugués. Ha publicado poemas también en Argentina, Brasil, Colombia, España, Estados Unidos, Guatemala y Venezuela. Su traducción del poema largo “Lamia” de John Keats será publicada este año por la Secretaria de Cultura y la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Kate Louise Powell


MARÍA AUXILIADORA ÁLVAREZ
(Venezuela)

La casa de mi madre

mi madre vive en su casa aún
la lágrima es la casa de mi madre
mi madre le dio una parte de la casa
a cada hijo
mi hermano mayor se llevó un cuarto
todos tenemos casa
en la lluvia de mi madre
a veces arrecia la lluvia de nuestra madre
con la ventolera
nosotros le mandamos a decir
que no preocupe del viento
madre
que llueva tranquila
o entonces le decimos:
Madre ría
reír es igual que llorar
reír viene de río
riendo
madre
formamos ríos
carcajada es tempestad
carcajada es catarata
de nuestra propiedad
reparta de nuevo el río
madre
reparta de nuevo el mar


María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956). Poeta, traductora, artista plástico. Estudió Letras Hispánicas en Estados Unidos y Artes Plásticas en Colombia y Venezuela. Ha dado clases en varias universidades norteamericanas y en México. Ha hecho crítica literaria y cultural, y expuesto en diferentes ocasiones su trabajo plástico. Es miembro del Consejo de Latin American Studies Association (Sección Venezuela). Actualmente es profesora de literatura en Miami University (Ohio, Estados Unidos). Su obra poética se da a conocer en España, primero a través de la antología Diez de ultramar, de Ramón Cote, que publicara Visor, y después por los poemas recogidos en Las ínsulas extrañas (Fidalgo). Entre algunos reconocimientos obtenidos: el Premio de Poesía del Consejo Municipal de Cali (1974), el Premio Fundarte de Poesía (Caracas, 1990), y el Internacional Award María Pia Gratton (USA, 1999). Obras publicadas: Mis pies en el origen (1978), Cuerpo (1985), Ca(z)a (1990), Inmóvil (1996), Pompeya (2003), El eterno aprendiz y Resplandor (2006), Las nadas y las noches. Antología (que reúne casi toda la obra poética de Álvarez, 2009), Lugar de pasaje (Antología, 2009), Paréntesis del estupor (2009), La visita (2010).


MATILDE CASAZOLA
(Bolivia)

Los cuerpos

Amo mis huesos
su costumbre de andar rectos
de levantar un semicírculo
para abarcar el cielo
de encadenarse en filigranas diminutas
para favorecer el movimiento;
amo mis huesos con sus curvas
sus salientes
y sus cuevas profundas.

Si hubiera sido insecto,
también hubiera amado mis antenas
como amo ahora mis ojos con sus cuencas
y mis manos inquietas
y toda esta estructura
en la cual vivo
en la cual soy completa.

Y le doy gracias al discutido Dios
de creación perfecta o imperfecta
de existencia absoluta
o no existencia,
le doy gracias
en uso
de mi cuerpo y su esencia.

Al menos, comprendo su intención:
sé que era buena.


Matilde Casazola. Nacida en Sucre, Matilde Casazola ha cultivado desde temprana edad la poesía y, posteriormente, la música, entrelazando ambas artes en la composición de canciones enraizadas en la tradición musical boliviana. Tiene hasta el momento publicado trece libros de poesía, y paralelamente nueve entregas en discos y casetes, interpretaciones en canto y guitarra de sus propias composiciones. Entre sus publicaciones más importantes se pueden citar Obra poética (Sucre, 1996, Imprenta Jurídica), que comprende doce de sus libros de poemas, y Canciones del corazón para la vida (Ediciones Gráficas E.G., La Paz, 1998).


MAYRA SANTOS FEBRES
(Puerto Rico)

Espero mi pasado

Espero mi pasado
al pie de la escalera.
La luz choca en mis hombros
crece y se regala
a mi intersección encogida.
Todos los polvos suaves
de todos los caminos se congregan en mis pupilas
para deliberar sobre mi caso desahuciado.
No hay órbitas, ni eclipses, ni palomas grises.
Sólo estoy yo
sentada al pie de la escalera
con el universo revertido en mi cintura,
con el sol hinchándome las axilas,
con la soledad mamándome del seno.


Mayra Santos - Febres. Escritora nacida en Carolina, Puerto Rico, 1966. Comenzó a publicar poemas desde 1984 en revistas y periódicos internacionales tales como Casa de las Américas de Cuba, Página doce de Argentina, Revue Noire de Francia y Review: Latin American Literature and Arts, en Nueva York. En 1991 aparecen sus dos poemarios: Anamú y manigua, libro seleccionado como uno de los 10 mejores del año por la crítica puertorriqueña y el El orden escapado, ganador del primer premio para poesía de la Revista Tríptico en Puerto Rico. En el 2010 la editorial Trilce de México publicó Tercer Mundo, su tercer poemario. Además de poeta, Mayra es ensayista y narradora.


ROCÍO CERÓN
(México)

La sucesión de las cosas espléndidas

a.
Comencé los días sin Padre. En lo simple de las cenizas había sed, hartazgo de cosas ordinarias. Atragantado de tanta bilis supe que el tiempo era un mosaico de memoria y deudos:
                                      en el claro de este día el silencio es hermosura que habita entre mis dientes.

b.
Rendí a los hundidos —sepulcro— una reliquia de sombras, la habitual llamada de rabia del doliente. Alguien reconocible sobre el lecho me recuerda ahora que la ausencia —nudo— es una patria (cimiento, hoguera donde ya clarea, ya abre sitio, ya no arde la herida sobre el párpado):
                                                        enlazadas las manos, el milagro deja de ser artificio.

c.
Es él, el que da, retribuye los afectos. Él. Acumulándose en su fe. Él, suplantando la hoguera. Abreva de la desdicha: es un hombre sitiado. Un Dios sin rostro (acuérdate de mí Padre, acuérdate del balanceo y la infancia, acuérdate de la flecha y lo infinito), un hombre rehén de su memoria. Su cuerpo es presagio —mancha— vertiente atravesada por un lazo de sangre (acuérdate Padre, los hombres son sombra, la fe, guillotina).

d.
Es sei. La luz vacía. La masa delirante, arrastrada hacia el habitar, hacia tierra de lastras. La tarde —nunca en abril— donde una palabra (minúscula, intacta, sólo tres letras) establezca su reino. El tiempo donde los nombres regresen / yazcan / y salgan hombres al encuentro de hombres. La llegada de la raíz, la hora en que florezcan las sílabas y las piedras vuelvan a su lugar entre los muros de las casas. Un yo, un tú, un nuestro, un aquí, un fulgor profundo, una patria. Sea.

e.
Coloqué vestigios en las aguas (visibles sólo a los ciegos). En la oración escrita no había manos tendidas sólo un templo destruido / petrificada palabra que cortaba el rostro / un puño de tierra llevado por el viento:
                                                                        Era resaca, hábito de malestar afincado, angustia encadenada al cuerpo. Era hecho, trazo de aire entre brezales (si herida o mansedumbre / regazo o camposanto):

                               Era mi Padre quien sonreía. Era la sangre de vuelta en casa.



Rocío Cerón. Nació en la ciudad de México, el 19 de junio de 1972. Poeta, ensayista y editora. Estudió historia del arte en la Extensión Universitaria de la Universidad Anáhuac. En 2004, coordinó y produjo, junto con Carla Faesler, el CD de poesía y música electrónica Urbe Probeta. Becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en la emisión 1998-1999. Colaboradora —con poemas y ensayos sobre literatura y artes visuales— de Biblioteca de México, Casa del Tiempo, Complot, Crítica, Crónica Dominical, El Ángel, Etcétera, Generación, La Gaceta del FCE, Letras Libres, Origina, Ovaciones en la Cultura, Pauta, Periódico de Poesía; y las revistas chilenas Cyber humanitats de la Universidad de Chile y Matadero. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2000, en el género de poesía, por Basalto. Ha sido antologada en diversas publicaciones, entre ellas El decir y el vértigo: panorama de la poesía hispanoamericana reciente, 1965-1979, Filodecaballos, 2005.


TILSA OTTA
(Perú)

Alumbramiento

Una puerta abierta alumbra
Sensualmente
Una fiesta durante 25 horas
Departo
Acércate
¿Me puedes explicar qué estamos haciendo aquí?
Porque no sé qué estoy haciendo
Toma mis manos
¿Eso es una persona?
¿Y esto?
¿Qué hay de aquello?
Respiración redecorando el invernadero
Flores arrancadas de tus manos por el suelo
Pero eso no es lo que importa

1-2

Mi cabello se desenredaba ascendiendo por la cascada
Tu rostro aparecía cada 11 segundos en un satélite de navegación
Dios se pixeleaba en la repetición de nuestros movimientos
1-2 era la secuencia
1-2
Tú y yo contraídos como un músculo contra el mundo
Yo y tú: un sonido atronador
Diseño inteligente
Para un mismo movimiento:
1-2 constante elástica
La secuencia es 1-2


Tilsa Otta Vildoso (Lima, Perú, 1982). Ha publicado los poemarios Mi niña veneno en el jardín de las baladas del recuerdo, Indivisible y el libro de cuentos Un ejemplar extraño. Ha escrito crítica cinematográfica, columnas de opinión para diarios y colaborado con el blog alemán Superdemokráticos. Forma parte de antologías en diversas partes del universo, además de la antología Venus ataca - 10 historietistas peruanas. Estudió Dirección de cine y fotografía. Ha participado en exposiciones colectivas de video y festivales de cine aquí y allá. Ha realizado cortometrajes como Dios es niña, 5 breves intervenciones, El amante sin cuerpo y Vale la pena vivir.

Kate Louise Powell


XANATH CARAZA
(México / Estados Unidos)

Ocelocíhuatl

Sigilosa anda entre cristalina hierba
pasos verdes acechantes se confunden
con el cálido viento de la mañana

Rugido tenue brota del bermejo corazón
camina entre la jungla húmeda
Ocelocíhuatl, intoxicante, mujer jaguar

Ocelocíhuatl, mujer que siente en la selva
observa y cautelosamente muerde
al palpitante corazón desprevenido

Mirada penetrante de Ocelocíhuatl
traspasa con placer la bronceada piel
registra lo que otros no ven

Lame el cuerpo de selva verde
torrenciales lluvias de verano
y frondas con la lengua absorbe

Sus manos alcanzan letras de la aurora
desgarran el denso vapor nacarado de las páginas
piel erizada ante la poesía, rayos de sol

Respira profundamente Ocelocíhuatl
mujer jaguar de selva negra
el aroma de quien ya no está
         

Xánath Caraza es viajera, educadora, poeta y narradora. Su poemario Sílabas de viento recibió el 2015 International Book Award de poesía. También recibió Mención de Honor en la categoría de poesía en español para los 2015 International Latino Book Awards. Su poemario Conjuro y su colección de relatos Lo que trae la marea han recibido reconocimientos nacionales e internacionales. Sus otros poemarios son Ocelocíhuatl, Noche de colibríes, Corazón pintado, Tinta negra (para mayo de 2016), Donde la luz es violeta (para noviembre de 2016) y su segunda colección de relatos Pulsación (en progreso). Enseña en la Universidad de Missouri - Kansas City y da talleres de creación literaria en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Caraza recibió la Beca Nebrija para Creadores de 2014 del Instituto Franklin, Universidad de Alcalá de Henares en España. Es columnista de La Bloga, Smithsonian Latino Virtual Museum, Periódico de Poesía y Revista Zona de Ocio. Caraza es juez desde el 2013 para los José Martí Publishing Awards, The National Association of Hispanic Publications (NAHP). Desde el 2012 organiza el National Poetry Month (NaPoMo) para Con Tinta.


YOLANDA PATTIN
(Venezuela)

Cuesta abajo

Algunas mujeres a las diez de la mañana
casi tan limpias como rosa / rocío
como una gota desinfectante
abren al unísono las hojas de las puertas
(un apartamento deslumbra por la teca)
miran al cielo olfateando al aire
a los muchachos propensos al catarro
a la tos asmática
Saludan Sol
Palmeras Aves Violáceas
sonríen mientras bajan la cuesta
hasta el kiosko de revistas
Ellas claman por un cartón clandestino de huevos
y un periódico llevan
a la sombra de sus brazos
                                      cochecitos
a duras penas sostienen
una voz tan dulce que se llora
Arriban sigilosamente
Goznes Puertas Aldabas
de la sala - comedor
donde orden reluce y espejea
                       un mantelito plástico
souvenirs de un vuelo
rasante por Mayami
donde un punto de hombre
dice adiós con su pañuelo
            Claridad
Altas Casas Palomas
una gallarda altiva
su nevera
que algunas mujeres se rasuran las piernas
beben café humanamente hablando
                                           divagan
al abrazo furioso de las telenovelas
como un ósculo prohibido
cuesta abajo en la rodad.


Yolanda Pantin. Nació en Caracas 1954. Ha publicado una decena de libros de poesía: Casa o lobo (Monte Ávila, Caracas, 1981), Correo del corazón (Fundarte, Caracas, 1985), La canción fría (Angria, Caracas, 1989), Poemas del escritor (Fundarte, Caracas, 1989), El cielo de París (Pequeña Venecia, Caracas, 1989), Los bajos sentimientos (Monte Ávila, Caracas, 1993). La quietud (Pequeña Venecia, Caracas, 1998), La épica del padre (La nave va, Caracas, 2002), Poemas huérfanos (La liebre libre, Maracay, 2002) y El hueso pélvico (Eclepsidra, Caracas, 2002). En 2004 su obra fue recopilada en Poesía reunida 1981-2002 (Otero ediciones, Caracas, 2004). Sus relatos para niños son Ratón y Vampiro se conocen (1991) y Ratón y Vampiro en el castillo (1994). Su única obra de teatro hasta el presente es La otredad y el vampiro (1994). Es además coautora, junto a Ana Teresa Torres, de El hilo de la voz (Fundación Polar - Angria, Caracas, 2003), antología crítica de literatura venezolana del siglo XX escrita por mujeres.


YRENE SANTOS
(Republica dominicana)

Sigilosamente

se paró de la cama
hurgó en los anaqueles
misterios
quejidos
esperanzas deshechas

Aprovechó la quietud
las huidas del alma

Buscaba algo que solo sentía
donde se estiran los huesos
para liberar a un inocente
quizás genio
tal vez esclavo
algo que solo sentía en sus senos enormes y libres
en el púlpito agigantado de su útero
Algo que solo sentía donde no puede explicar.


Yrene Santos. Estudió Arte Escénico en el Palacio de Bellas Artes y tiene una Licenciatura en Educación mención Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tiene una maestría en Literatura Hispanoamericana en City College en la ciudad Nueva York (CUNY) donde reside desde 1992. También enseña en St. John’s University. Fundadora de la Tertulia de Escritoras Dominicanas en Nueva York, que dirige la Dra. Daisy Cocco de Filippis y Latino Artists Round Table (LART) dirigida por la escritora Sonia Rivera - Valdés. Textos suyos han sido traducidos al italiano y al inglés. Libros publicados: Desnudez del silencio (1988), Reencuentro (1997), El incansable juego (2002). Co-autora del libro: Desde la Diáspora, Cuentos y poemas de niños y niñas dominicanas (2005) y Por si alguien llega (Nueva York, 2009). En 1997 fue premiada en el concurso de poesía organizado por The National Library of Poetry de Maryland. En 2001 grabó un CD de poesía junto al poeta colombiano Carlos Aguasaco.

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TEXTOS CARDINALES La jaula | Bertram Chandle

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Dentro de una cierta línea de pesimismo crítico muy típica de la ciencia ficción, Chandler consigue con este relato un pequeño clásico: el viejo tema de la naturaleza de la inteligencia, o más bien de su «diagnóstico» (¿cómo descubrir si un ser completamente extraño es inteligente?, o, viceversa, ¿cómo demostraría un hombre a seres completamente extraños que es inteligente?), tiene sin duda en The Cage una de sus versiones definitivas.

El encarcelamiento siempre es una experiencia humillante, por mucha filosofía que tenga el preso. El encarcelamiento por otra persona de la misma raza ya es malo en sí, pero al menos el preso puede hablar con sus captores, logrando que le comprendan; incluso puede abogar por su causa.
El encarcelamiento es doblemente humillante cuando los aprehensores, con toda honestidad, le tratan a uno como a un animal inferior.
El grupo de la nave de reconocimiento tenía, quizá, una excusa al no considerar a los supervivientes del crucero interestelar Lode Star como seres racionales. Habían transcurrido al menos doscientos días desde su aterrizaje en el planeta sin nombre, aterrizaje forzoso cuando los generadores Ehrenhaft de la nave, funcionando muy por encima de su capacidad normal por culpa de un fallo del regulador electrónico, apartaron a la nave de su rumbo regular hacia una región inexplorada del espacio. La Lode Star aterrizó sin problemas, pero poco después (los males nunca vienen solos), su batería se descontroló y el comandante ordenó al contramaestre que evacuase a los pasajeros y a los miembros de la tripulación que no fuesen necesarios para reparar la avería, llevándoles a todos lo más lejos posible de la nave.
Hawkins y sus evacuados estaban ya muy lejos cuando se produjo el luminoso desprendimiento de energía, con una explosión poco violenta. Los supervivientes pretendieron volverse a contemplar el siniestro, pero Hawkins continuó obligándoles a caminar, mediante maldiciones y algunos golpes. Por suerte, se habían alejado mucho de la nave y no sufrieron los efectos de la radiactividad.
Cuando los fuegos artificiales parecieron haber terminado, Hawkins, acompañado por el doctor Boyle, cirujano de la nave, volvió al lugar de la catástrofe. Los dos hombres, temerosos de la radiactividad, tomaron precauciones y permanecieron a prudente distancia del cráter, poco hondo y aún humeante, que señalaba el sitio donde había estado la nave. Resultó obvio para ellos que el comandante, junto con sus oficiales y técnicos, no eran ya más que una parte infinitesimal de la nube incandescente que había formado una seta sobre la penumbra inferior.
Después, los cincuenta y pico de hombres y mujeres, los supervivientes de la Lode Star, fueron degenerando. No fue un proceso rápido, puesto que Hawkins y Boyle, ayudados por un comité compuesto por los pasajeros más responsables, ofrecieron una fuerte resistencia a la degeneración, pero era una lucha sin esperanzas. El clima estaba en contra de ellos, para empezar. El calor era excesivo, siempre fluctuando alrededor de los 30 grados centígrados. Y había humedad: una llovizna caliente que caía de manera constante. El aire contenía abundantes esporas de hongos, que, si bien no atacaban la piel humana, sí se alimentaban con la materia orgánica muerta, con la ropa. También corroían, aunque en menor grado, los metales y las telas sintéticas que llevaban muchos de los náufragos.
El peligro, un peligro exterior, habría ayudado a mantener la moral. Pero allí no había animales peligrosos. Sólo unas criaturas de piel lisa, parecidas a ranas, que saltaban por entre la maleza y, en los numerosos riachuelos, unos animales acuáticos cuyos tamaños iban desde el del tiburón al del renacuajo, si bien todos poseían la belicosidad del primero.
La comida no fue problema después de las primeras horas de hambre. Los voluntarios probaron un hongo grande y suculento que crecía en las hojas de unos árboles semejantes a helechos. Anunciaron que eran sabrosos. Al cabo de cinco horas, ninguno había muerto ni se quejaba de dolores abdominales. Aquellos hongos se convirtieron en la dieta única de los náufragos. Unas semanas más tarde encontraron otros hongos, así como moras y raíces, todos comestibles, que aportaron una variación muy bien recibida.
El fuego, a pesar del calor que todo lo invadía, era lo que más echaba de menos aquella gente. Con él habrían podido enriquecer su dieta atrapando y cociendo lo que parecían ranas del lluvioso bosque y los peces de los ríos. Algunos más valientes se comieron en crudo a esos animales, pero los demás miembros de la comunidad les miraron con el ceño fruncido. Además, el fuego habría ayudado a disipar la oscuridad de las largas noches, y la sensación de frío producida por las incesantes gotas de agua que caían de cada hoja, de cada rama.
Al huir de la nave, casi todos los supervivientes poseían encendedores de bolsillo, pero éstos se perdieron cuando los bolsillos, junto con toda la tela que les rodeaba, se desintegraron. De todos modos, los intentos de hacer fuego en los días en que aún poseían encendedores habían fracasado, pues, como masculló Hawkins, no existía un solo sitio seco en todo el maldito planeta. Ahora era imposible ya hacer fuego, puesto que aunque hubiese estado presente un experto en el arte de frotar dos palos secos, no habría encontrado material con que trabajar.
Construyeron un refugio permanente en la cresta de una loma. (Por lo que habían visto, no había montañas en el planeta.) Allí, el terreno estaba menos arbolado que en las llanuras circundantes, y el suelo no era tan pantanoso. Consiguieron cortar ramas de los supuestos helechos y fabricaron unas chozas muy toscas, más por gozar de cierta intimidad personal que por las escasas comodidades aportadas. Se aferraron con desesperación a las formas de gobierno del mundo que habían abandonado, eligiendo un consejo. Boyle, el cirujano, fue nombrado presidente. Hawkins, ante su sorpresa, fue elegido miembro del consejo por una mayoría de sólo dos votos. Al meditar sobre ello comprendió que muchos náufragos todavía debían de estar enojados contra el personal de la nave por su situación actual.
La primera asamblea del consejo tuvo lugar en una choza, si así podía llamarse, construida con tal propósito. Los miembros del consejo se acuclillaron en círculo. Boyle, el presidente, se puso lentamente en pie. Hawkins sonrió torvamente al comparar la desnudez del médico con la pomposidad que parecía haber asumido con el rango adquirido, al comparar su dignidad con el aspecto andrajoso ofrecido por su cabello gris, sin cortar ni peinar, y su barba enmarañada.
—Damas y caballeros —empezó Boyle.
Hawkins contempló a su alrededor los cuerpos desnudos y pálidos, las cabelleras polvorientas, despeinadas, las uñas largas y sucias de los hombres, y los labios sin pintar de las mujeres.
«Supongo que yo —pensó— tampoco ofrezco el aspecto de un oficial, de un caballero.»
—Damas y caballeros —repitió el doctor Boyle—, hemos sido elegidos, como sabéis, para representar a la comunidad humana de este planeta. Sugiero que en esta primera asamblea discutamos nuestras posibilidades de sobrevivir, no como individuos, sino como raza…
—Me gustaría preguntar al señor Hawkins cuáles son las probabilidades de que nos rescaten —dijo uno de los dos miembros femeninos, una mujer seca, solterona, con las costillas y las vértebras muy visibles.
—Pocas —repuso Hawkins—. Como saben, no es posible la comunicación con otras naves ni con las estaciones planetarias mientras funciona el impulso interestelar. Cuando lo cerramos, dispuestos a aterrizar, mandamos una llamada de socorro…, pero sin poder fijar nuestra situación. Además, no sabemos si alguien recibió la llamada…
—Señorita Taylor —le interrumpió Boyle—, señor Hawkins, debo recordarles que yo soy el presidente electo de este consejo. Más tarde iniciaremos una discusión general. Como la mayoría de nosotros sabrá ya, la edad de este planeta, biológicamente hablando, corresponde más o menos a la de la Tierra en la era carbonífera. Como todos sabemos, no existe aún ninguna especie que pueda desafiar nuestra supremacía. Cuando surja esta especie, o sea, algo análogo a los lagartos gigantescos de la era triásica de la Tierra, deberíamos ya estar firmemente establecidos…
—¡Estaremos muertos! —exclamó uno de los asistentes.
—Estaremos muertos —concedió el médico—, pero nuestros descendientes vivirán. Por tanto, hemos de decidir cómo podemos ofrecerles un comienzo lo mejor posible. Hemos de inculcarles un lenguaje…
—El lenguaje no importa, doctor —gritó la otra mujer miembro del consejo. Era una rubia delgada, de rostro duro—. Yo estoy aquí para tratar de la cuestión de la descendencia. Represento a las mujeres en edad de concebir, pues, como saben, somos quince. Todas las chicas han sido hasta ahora muy, pero que muy cuidadosas. Y tenemos razón para serlo. ¿Puede usted, como médico, garantizar (considerando que no tenemos medicinas ni instrumentos) unos partos seguros? ¿Puede garantizar que nuestros hijos vivirán?
Boyle dejó de lado su pomposidad como un traje raído.
—Seré sincero. No tenemos, como usted ha dicho, señorita Hart, ni medicinas ni instrumentos. Pero puedo asegurarle, señorita Hart, que las posibilidades de un parto seguro son mucho mejores que las existentes en la Tierra en, digamos, el siglo XVIII. Y le diré por qué. En este planeta, por lo que sabemos (y llevamos ya el tiempo suficiente para conocer todos sus problemas), no existen microorganismos nocivos para el hombre. De haber existido, los cuerpos de todos los supervivientes serían, en este momento, unas masas de supuración. Naturalmente, la mayoría ya habría muerto hace mucho de septicemia. Y creo que esto contesta a sus dos preguntas.
—Todavía no he terminado —exclamó ella—. Hay algo más. Entre hombres y mujeres somos cincuenta y tres. Hay diez parejas casadas… de modo que no las contaremos. Esto deja a treinta y tres personas, de las cuales veinte son hombres. Veinte hombres y trece mujeres (¿verdad que siempre tenemos mala suerte las mujeres?). No todas somos jóvenes… pero somos mujeres. ¿Qué clase de matrimonio estableceremos? ¿Monógamo? ¿Poliándrico?
—Monógamo, claro —opinó con sequedad un individuo alto y delgado.
Era el único de los presentes que estaba vestido… o algo por el estilo. Las ramas formaban como un taparrabos desde su cintura, con un cinto hecho de tallo de enredadera, aunque tal prenda apenas servía para su propósito.
—De acuerdo —asintió la señorita Hart—. Monógamo. Yo también lo prefiero. Pero les advierto que de esta manera habrá conflictos. Y en todo asesinato pasional o por celos, la víctima suele ser la mujer… y en ciertas ocasiones, el hombre. Y esto no interesa.
—Entonces —quiso saber el doctor Boyle—, ¿qué propone usted?
—Esto, doctor. Cuando se trate del apareamiento, hemos de prescindir del amor. Si dos hombres quieren casarse con la misma mujer, que luchen. El mejor se llevará a la chica… y la conservará consigo.
—Selección natural —murmuró Boyle—. Me gusta. Propongo que se ponga a votación.

En la cumbre de la loma había una depresión superficial, un coso natural. En torno al reboorde se sentaron los náufragos… menos cuatro de ellos. Uno de éstos era el doctor Boyle, que había descubierto que sus deberes de presidente comportaban el de árbitro. Habían sostenido que él podría juzgar mejor cuándo uno de los contendientes estaba a punto de sufrir lesiones permanentes. Otro de los cuatro era la señorita Hart. Había encontrado una ramita aserrada con la que se peinaba el cabello, y también había confeccionado una guirnalda de flores amarillas para el vencedor.

        ¿Sería, se preguntó Hawkins al sentarse con los miembros del consejo, un encuentro de acuerdo con las ceremonias nupciales de la Tierra, o retrocederían a algo mucho más antiguo y oscurantista?
—Lástima que esos malditos mohos hayan destruido nuestros relojes —se quejó el hombre sentado a la derecha de Hawkins—. De haberlos tenido, podríamos cronometrar los asaltos, organizando un combate perfecto.
Hawkins asintió. Contempló a los cuatro que estaban en el coso: la mujer altanera, bárbara; el pomposo anciano, los dos jóvenes barbudos de cuerpos blancos y relucientes. Los conocía bien a ambos: Fennet había sido cadete mayor de la desdichada Lode Star, y Clemens, al menos siete años mayor que Fennet, era un pasajero, prospector de los mundos de la frontera.
—Si pudiéramos apostar algo —continuó el otro— yo lo haría por Clemens. Ese cadete no tiene la menor probabilidad. Le entrenaron para luchar limpio… y Clemens sabe luchar sucio.
—Fennet está en mejores condiciones físicas —replicó Hawkins—. Se ha ejercitado, mientras que Clemens se ha limitado a comer y dormir. ¡Fíjese en su panza!
—No hay nada malo en un cuerpo gordo, sano y musculoso —objetó su interlocutor, acariciándose su propia barriga.
—¡Nada de atacar a los ojos, nada de mordiscos! —advirtió el cirujano—. ¡Y que venza el mejor!
Retrocedió, apartándose de los luchadores, colocándose junto a la mujer.
Los dos antagonistas se contemplaron un poco cohibidos, con los puños colgando a sus costados. Ambos parecían lamentar que las cosas hubiesen llegado a tal punto.
—¡Adelante! —gritó al fin Mary Hart—. ¿No me queréis? ¡Aquí viviréis muchos años… y sería horrible sin una mujer!
—Mary, siempre podrán esperar hasta que tus hijas sean mayores —se oyó la voz de una de sus amigas.
—¡Si las tengo alguna vez! —respondió Mary—. ¡A este paso nunca las tendré!
—¡Adelante! —rugió la multitud—. ¡Adelante!
Fennet esbozó un ataque. Avanzó con desconfianza y alargó el puño derecho hacia el rostro descubierto de Clemens. No fue un golpe fuerte, pero debió resultar doloroso, porque Clemens se llevó una mano a la nariz, la retiró y miró la sangre que la manchaba. Gruñó, y se precipitó hacia adelante con los brazos abiertos, para abrazar y aplastar a su contrincante. El cadete saltó hacia atrás, amagando dos veces más con la derecha.
—¿Por qué no le pega? —preguntó el vecino de Hawkins.
—¿Para romperse los huesos de los dedos? —sonrió Hawkins—. No llevan guantes…
Fennet decidió plantar cara. Se mantuvo firme, con los pies ligeramente separados, y volvió a poner en movimiento su derecha. Esta vez no apuntó al rostro de su contrario, sino al vientre. Hawkins se sorprendió al ver que el prospector aceptaba los golpes con aparente ecuanimidad. Debía de ser mucho más resistente de lo que parecía.
El cadete se hizo a un lado con presteza… y resbaló en la húmeda hierba. Clemens cayó pesadamente sobre su rival; Hawkins oyó el ¡ufff! cuando el aire salió de los pulmones del joven. Los gruesos brazos del prospector le rodearon… y la rodilla de Fennet subió con malas intenciones hacia la ingle de Clemens. El prospector chilló, pero no soltó su presa. Tenía una de sus manos en tomo a la garganta de Fennet, y la otra, con los dedos engarfiados, apuntando a los ojos del cadete.
—¡Nada de sacar los ojos! —gritó Boyle—. ¡Nada de sacar los ojos!
Se dejó caer de rodillas y asió con aunabas manos la gruesa muñeca de Clemens.
Algo obligó a Hawkins a levantar la vista. Se trataba de un sonido, aunque era dudoso. Los espectadores se estaban comportando como los fanáticos de un encuentro de boxeo. Pero no se les podía reprochar… ya que era la primera situación excitante a la que asistían desde la pérdida de la nave. Pudo ser un sonido lo que hizo que Hawkins levantase la mirada, pudo ser el sexto sentido que poseían todos los astronautas. Lo que vio le hizo chillar.
Planeando sobre el coso se hallaba un helicóptero. Había algo extraño en su forma, una rareza sutil, que le dio a entender a Hawkins que no era un aparato terrestre. De pronto, de su vientre liso y brillante cayó una red de un metal opaco. La red envolvió a los dos contendientes del suelo y atrapó a Boyle y a Mary Hart.
Hawkins volvió a gritar…, un simple alarido. Se puso en pie y corrió para ayudar a sus atrapados compañeros. La red parecía viva. Se enredó sola en torno a las muñecas y tobillos del ex contramaestre. Otros náufragos se dispusieron a ayudarle.
—¡Apártense! —gritó él—. ¡Dispérsense!
El zumbido del helicóptero aumentó estridentemente. El aparato se elevó. En un tiempo increíblemente breve, el coso fue a los ojos de Hawkins sólo un platillo verde pálido en el que correteaban alocadamente unas hormigas. Luego, la máquina voladora subió más, atravesó la base de las nubes bajas, y Hawkins ya sólo distinguió una infinita blancura.
Cuando por fin descendió, Hawkins no se sorprendió al divisar la torre plateada de una enorme nave espacial que estaba entre los arbustos de una meseta nivelada.
El mundo al que habían sido trasladados habría sido mucho mejor que el que habían abandonado, de no ser por el amable error de sus captores. La jaula en la que los tres hombres fueron metidos imitaba, con notable fidelidad, las condiciones climáticas del planeta sobre el que había aterrizado la Lode Star. Era de cristal, y de unas duchas del techo caía una constante llovizna de agua caliente. Un par de helechos proporcionaban protección contra aquel leve aguacero. Dos veces al día se abría una escotilla al fondo de la jaula, hecha de una especie de cemento armado, y pedazos de hongo similares a los que les habían alimentado en el otro planeta les iban siendo entregados. En el suelo de la jaula había un agujero, que los prisioneros supusieron era para propósitos sanitarios.
Al lado había otras jaulas. En una estaba sola… Mary Hart. Ella podía hacerles gestos, saludarles… pero nada más. La jaula del otro lado contenía a un animal parecido a una langosta con cierta mezcla de calamar. AS otro lado del amplio camino había otras jaulas, aunque los presos no veían qué albergaban.
Hawkins, Boyle y Fennet se sentaron sobre el suelo mojado y miraron a través del grueso cristal y las rejas de los que, a su vez, les miraban desde fuera.
—Si al menos fuesen humanoides —rezongó el doctor—. Si tuvieran la misma forma que nosotros, podríamos tratar de convencerles de que somos seres inteligentes.
—No tienen la misma forma —replicó Hawkins—. Y a nosotros, de ser la situación al revés, nos costaría mucho convencernos de que esos barriles de cerveza, con seis patas son hombres y hermanos nuestros… Prueba otra vez el teorema de Pitágoras —le ordenó al cadete.
Sin gran entusiasmo, el joven rompió unas ramas del helecho más próximo. Las rompió en pedazos más pequeños, y luego los dispuso sobre el suelo en forma de un triángulo rectángulo, con cuadrados en los tres lados. Los extraterrestres, uno grande, otro más pequeño y uno casi enano, le miraban sin curiosidad con sus ojillos planos, opacos. El mayor metió la punta de un tentáculo en un bolsillo, pues llevaban ropas, y sacó un paquete brillantemente coloreado, que entregó al enano. Este le quitó la envoltura y empezó a meter trozos de algo azul dentro de la ranura de su costado, en la parte superior, que sin duda le servía de boca.
—Ojalá alimentaran así a los animales —suspiró Hawkins—. Ya estoy harto de éstos malditos hongos.
—Recapitulemos —propuso Boyle—. De todos modos, no podemos hacer nada más. Nos sacaron de nuestro campamento por helicóptero… a seis de nosotros. Nos llevaron a la nave de reconocimiento…, que en manera alguna parecía superior a nuestras naves interestelares. Usted nos aseguró, Hawkins, que la nave utilizaba el impulso Ehrenhaft o algo tan igual como su hermano gemelo.
—Correcto —asintió Hawkins.
—En la nave nos metieron en jaulas separadas. No hubo malos tratos, nos alimentaron y nos mojaron a intervalos frecuentes. Aterrizamos en este extraño planeta, del que nada hemos visto. Y nos encajonaron en jaulas como al ganado en un camión. Sólo sabíamos que nos llevaban a alguna parte. El camión se para, se abre la puerta y un par de esos barriles de cerveza animados introduce unos palos con una edición más pequeña de aquella red en sus extremos. Cogen a Clemens y a la señorita Taylor, y se los llevan. No hemos vuelto a verles. Los demás pasamos la noche y todo el día siguiente en jaulas individuales. Y al día siguiente nos traen a este… zoológico.
—¿Cree que les habrán matado para su estudio anatómico? —preguntó Fennet—. Clemens no me gustaba, pero…
—Temo que sí —repuso Boyle—. Gracias a esto, nuestros carceleros deben de haber aprendido las diferencias de nuestros sexos. Por desgracia, por medio de la vivisección no es posible determinar el grado de inteligencia.
—¡Los muy brutos! —exclamó el cadete.
—Calma, hijo —le aconsejó Hawkins—. No podemos censurarlos. Nosotros hemos viviseccionado a animales mucho más parecidos a nosotros de lo que nosotros nos parecemos a esos… bichos.
—El problema —continuó el médico— es convencer a esos… bichos, como usted les llama, Hawkins, de que somos seres racionales como ellos. ¿Cómo deben definir a un ser racional? ¿Cómo definimos nosotros a un ser racional?
—Lo es el que conoce el teorema de Pitágoras —repuso el cadete, malhumorado.
—Leí no sé dónde —terció Hawkins— que la historia del hombre es la historia del animal que usa herramientas, que hace fuego…
—Entonces, hagamos fuego —sugirió el cirujano—. Fabriquemos herramientas y usémoslas.
—No sea tonto. Ya sabe que no tenemos nada aquí. Ni siquiera una dentadura postiza ni un diente de metal. Y con todo… —hizo una pausa—. Cuando yo era joven, hubo entre los cadetes de las naves interestelares una resurrección de las viejas artes y artesanías. Nos considerábamos descendientes en línea directa de los antiguos marineros a vela, de forma que aprendimos a empalmar cuerdas y cables, a hacer nudos marineros y todo lo demás. Luego, a uno se le ocurrió confeccionar cestos. Estábamos en una nave de pasajeros y confeccionábamos los cestos secretamente, pintándolos con colores chillones, que vendíamos a los pasajeros como auténticos souvenirs de los planetas de Arturo VI. Hubo un poco de alboroto cuando el comandante y el contramaestre lo descubrieron…
—¿Qué insinúa? —se interesó el cirujano.
—Sólo esto. Demostraremos nuestra destreza manual trenzando cestas… Les enseñaré de qué modo.
—Podría dar resultado —opinó Boyle, lentamente—. Podría darlo… Por otra parte, no olvide que algunas aves y animales hacen lo mismo. En la Tierra tenemos el castor, que construye estupendas presas. Y el pájaro tinolorinco, que fabrica enramadas para su cónyuge como parte del ritual nupcial.
El jefe carcelario debía conocer seres cuyos hábitos conyugales se parecían a los del tinolorinco terrestre. Al cabo de tres días de fabricar cestos febrilmente, lo cual despojó de todas sus ramas a los helechos, al tiempo que les dejó sin camas, sacaron a Mary Hart de su jaula y la pusieron junto a los tres hombres. Una vez se le hubo pasado su histérico placer por tener alguien con quien hablar otra vez, se mostró indignada.
Era agradable, pensó Hawkins amodorrado, que Mary estuviese con ellos. Unos días más de encierro solitario seguramente habrían acabado con los nervios de la joven. Pero tener a Mary en la jaula también ofrecía algunos inconvenientes. Hawkins tenía que vigilar a Fennet. Y también a Boyle… ¡el viejo chivo!
Mary chilló.
Hawkins se despertó por completo. Veía la forma pálida de Mary (en aquel planeta nunca era totalmente de noche) y, al otro lado de la jaula, las formas de Fennet y Boyle. Se levantó apresuradamente y se tambaleó hacia la joven.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Yo… no sé… Algo pequeño, con garras afiladas… Corrió sobre mí…
—Ah —sonrió Hawkins—, era Joe.
¿Joe? —repitió ella.
—No sé exactamente qué es —respondió él.
—¡Pero decididamente es un macho! —aseguró el médico.
—¿Y quién es Joe? —insistió Mary.
—Debe de ser lo equivalente al ratón de este planeta —explicó Boyle—, aunque no se le parece en nada. Atraviesa el suelo, no sé cómo, en busca de restos de comida. Estamos intentando domesticarlo…
—¿Domesticar a ese monstruo? —gritó Mary—. ¡Exijo que hagan algo! ¡Al momento! ¡Que lo envenenen o lo atrapen! ¡Ahora mismo!
—Mañana —decidió Hawkins.
—¡Ahora!
—Mañana —volvió a decir Hawkins con firmeza.

    La captura de Joe fue sencilla. Dos cestos planos, unidos como las valvas de una ostra, formaron la trampa. Dentro había un cebo… un gran pedazo de hongo. Y había un muelle hábilmente colocado, de modo que al menor tirón al cebo caería. Hawkins, que yacía insomne en su mojado lecho, oyó el débil chasquido que significaba que la trampa había funcionado. Oyó los indignados chillidos de Joe, que arañaba dentro de la trampa.

        Mary Hart dormía. La despertó.
—Lo hemos atrapado —le comunicó.
—Entonces, mátenlo —dijo ella, adormilada.
Pero no mataron a Joe. Los tres hombres le tenían simpatía. Al día siguiente, lo trasladaron a una jaula confeccionada por Hawkins. Incluso la joven calló cuando vio la indefensa bola de pelaje multicolor saltando con indignación en su cárcel. Mary insistió en alimentar al animal, y gritó alegremente cuando los tentáculos del bicho se alargaron para coger de entre sus dedos el fragmento de hongo.
Durante tres días casi lo amaestraron. Al cuarto día, los seres a los que consideraban sus carceleros entraron en la jaula con sus redes, inmovilizaron a los ocupantes y sacaron a Joe y a Hawkins.
—Creo que no hay esperanza —se lamentó Boyle—. Hawkins ha seguido el mismo camino que…
—Los habrán disecado a todos, exhibiéndolos en algún museo —añadió tristemente Fennet.
—¡No! —gritó Mary—. ¡No se atreverían!
—Oh, sí —suspiró el médico.
Bruscamente, se abrió la escotilla de la jaula.
Antes de que los tres amigos pudieran retroceder en busca de la inútil protección del rincón, llamó una voz:
—¡Todo va bien! ¡Salgan!
Hawkins entró en la jaula. Estaba afeitado, y el comienzo de un saludable bronceado oscurecía la palidez de su piel. Llevaba un taparrabos confeccionado con una tela de un rojo vivo.
—¡Salgan! —repitió—. Nuestros anfitriones se han disculpado sinceramente, y nos han preparado un alojamiento más adecuado. Después, tan pronto como tengan una nave a punto, recogeremos a los otros supervivientes.
—No tan de prisa —suplicó el cirujano—. Cuéntelo todo, ¿quiere? ¿Qué les dio a entender que éramos animales racionales?
El rostro de Hawkins se ensombreció.
—Sólo los seres racionales —contestó— meten a otros seres en jaulas.


Arthur Bertram Chandler (Inglaterra, 1912-1984), escritor de ciencia ficción, presenta una historia de sobrevivientes humanos en su cuento "La jaula" (1957) de un viaje estelar que se adaptan al ecosistema de un planeta remoto, hasta que sus líderes son secuestrados por una especie extraterrestre en forma de pulpos, que estudia a dos miembros sacrificándolos para hacerles vivisección, pero ofrece rescatar a los náufragos restantes del planeta precario para dotarles de un mejor ambiente en su planeta. Este cuento presenta el universo como un espacio mezclado de tecnología y primitivismo. La nave Lode Star encalla en un planeta que ofrece algo de comida y abrigo, sin embargo pasado el tiempo la mayoría de estos humanos quedan desnudos y tienen que cuestionarse sobre como poblar ese mundo, distribuir en parejas a los solteros, desarrollar la técnica para dominar el ambiente y hacer de la especie humana la líder para cuando surjan especies terribles como los dinosaurios en ese planeta. (Información tomada de: árealibros).


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