CUENTO Trilogía de Lunes | Eileen Truax, Armando Vega-Gil y Beatriz Rivas


Lunes

Natalia amaneció adormilada, aletargada, deprimida, abatida, desalentada. Sin ganas ni fuerzas para nada. Como si su cuerpo le estorbara y lo único que tuviera dentro fueran lágrimas.
Ayer vio una película en su casa, como cada domingo. Acostumbrada a vivir sola, es el día en que come con sus padres en algún restaurante del sur de la ciudad, después de ir juntos al concierto de la Sala Nezahualcóyotl. Por la tarde llega a su departamento, se pone una vieja piyama (siempre las compra grandes para sentirse cómoda, protegida por la tela de más) y se sienta en su sillón a elegir qué película verá. No está a la moda, como todos sus conocidos, que van de una serie de televisión a la otra. A ella le gusta que la historia comience y termine, a lo mucho, dos horas después. La película que escogió en esta ocasión, una comedia romántica bastante ligera que cualquier crítico rechazaría, la sumió en sueños extrañísimos, sueños violentos que nada tenían que ver con la historia de amor pero que probablemente sean los culpables de que hoy haya amanecido así: vacía. ¿O serán las hormonas? Una vez al mes son las hormonas. La maldita química del cuerpo que mueve las emociones a su antojo.
Ve la hora: 7 de la mañana. Debería levantarse a hacer ejercicio, desayunar lo que su nutrióloga le ha recomendado y dar su primera clase a las 10 de la mañana. No tiene ganas. Habla al Conservatorio y se reporta enferma. Y sí, está enferma. Se prepara un café y no resiste la tentación de ponerle un poco de whisky. Sólo un poco. Cuando tenga hambre se hará un par de quesadillas. Entonces se acuerda con precisión del nombre de la banda de Mateo: Quesadilla de Metal. Sonríe al recordar la sonrisa de Mateo y comienza a sentirse más tranquila. Quesadilla. Pesadilla. Cuando tiene pesadillas (que ahora no recuerda con precisión), siempre se despierta con desánimo. Ya pasará. Aprovechará la mañana para poner en orden sus ideas, su armario y sus cajones. También arreglará el librero, acomodará sus libros por orden alfabético como siempre ha querido hacerlo.
Se sirve otro café y piensa en la frase que escuchó ayer en la tele, que podía haberla escrito cualquier inexperto en vender libros de superación personal: “No es tan difícil: escoge al hombre con el que quisieras pasar el resto de tu vida”. Natalia, sin darse cuenta, repasa, una a una, sus historias de amor. ¡Qué deprimentes son los lugares comunes!, piensa. En realidad, con cada uno de sus novios o amantes, en un momento dado, quiso pasar el resto de su vida; juntos, hasta envejecer. Así de cursi. Cada uno fue “el amor de su vida” mientras duró. Y eso es lo bello de lo permanente, del “para siempre”, que sólo es una quimera.
Mientras acomoda los libros, todavía en piyama y con un par de quesadillas haciendo el recorrido obligado hacia el intestino, Natalia enciende la radio. Le gusta sentirse acompañada, aunque sea por voces extrañas. Hasta arriba a la izquierda, la A de Arreola, Arredondo, Azuela, Alberto. ¿Eliseo es el nombre y Alberto el apellido? ¿Miguel de Cervantes va en la D o en la C? Entonces escucha la noticia y se da cuenta que sus pesadillas fueron, en realidad, un presentimiento. Ahora entiende por qué amaneció devastada y ni el recuerdo de la sonrisa de Mateo, observándola tocar el violín, ni la sensación todavía fresca de las manos de Jérôme sobre sus senos han podido hacerla sentir mejor. El país, su país se está deshaciendo. Y no es que la violinista sea una luchadora social comprometida, una mujer politizada, ella ya lo dijo antes: se dedica a enamorarse y a tocar el violín, pero no puede permanecer indiferente ante lo que sucede en México. Ya sabía que habían desaparecido 43 normalistas del municipio de Ayotzinapa, pero ahora que han encontrado fosas clandestinas con cuerpos mutilados, la esperanza de que aparezcan con vida ha desaparecido. Uno de los cuerpos no tiene ojos y, al parecer, fue desollado vivo, dice el locutor, sin alterar el tono de su voz. Muchos están carbonizados. Y Natalia se deja caer sobre la alfombra, con un libro en la mano derecha: La condición humana. Ahora se escucha la voz de la madre de un estudiante de 19 años: “Sé que está vivo. Y quiero que él sepa que lo estaré esperando”. “¿Por qué a las personas malas no les hacen algo?”, pregunta la hermana de otro desaparecido. Después, el locutor cambia de noticia, cambia de página, cambia de historia. Corte comercial. Como si se le pudiera poner pausa a la barbarie.
Natalia siente náuseas y ganas de llorar, pero no puede. Piensa en sus alumnos del Conservatorio. Muchos tienen la misma edad de los asesinados y, como ellos, como muchos jóvenes, afortunadamente se expresan, gritan, se incorforman, conservan las esperanzas de que el mundo puede (debe) ser de otra manera. Son la conciencia social, la poca conciencia que nos queda. Se arrepiente de no haber ido a dar clases, de no estar con ellos. Y de pronto siente unas irremediables ganas de hablar por teléfono con Ágata y con Mateo.



Lunes

Mateo amaneció víctima de su insomnio. Es decir, no amaneció, pues ya estaba de ojos abiertos y conciencia cerrada al momento en que la alarma de su iPhone 6 estaba a seis minutos de plantear las 6 am de su alerta madrugadora.
No, lo que despertó de esa ausencia concreta que es el sueño fue la inminencia de que la luz, sangre del hermano sol, asomaría sus haces espías a través de los intersticios que se abrían como agujas de iglesia en las cortinas Moda In Casa, moradas, densas, regalo desmedido de Ágata durante aquella painting party que hicieron cuatro años atrás para renovar el viejo departamento, la linda casa heredada por el abuelo Ruperto, ese hombre generoso muerto en combate contra el fantasma del Alzheimer que, al final, le hizo olvidar a su yo más profundo que debía respirar.
Mateo, dado a la ociosa tarea de escudriñar el techo de su cuarto en la ceguera de la noche, seguía tras una solución matemática a esos tres días que llevaba despertándose a las 3 de la mañana en un continuum agotador, para ya no poder soñar más con los angelitos sino hasta el otro día, mal y en fragmentos, hasta las siguientes 3 am. Andrea era uno de esos angelitos. Le dio un beso en la mejilla y le dijo, sin palabras que la despertaran: No tengo que soñar contigo si estás aquí, en mi desvelo.
Mateo, más que ebrio, más que narcotizado por un agotamiento que le entumía la cara y el pecho, sentado en el borde de su cama, con un abismo soñoliento bajo sus pies, emulando uno de esos hoyos negros del cosmos al que, un día de angustia, decidió renunciar a cambio de las radiaciones y sus milagros teleterapéuticos, decide dejar en el pretérito su larga noche de sudor, jaqueca e inquietud y trae al ahora su tiempo verbal: presente, como cuando en la primaria pasaban lista y él gritaba lleno de ansiedad: ¡presente!
Mateo Burgos García, ¡presente!
Andrea Figueres Matadamas, ¡presente!
Sí, ella está más presente que nunca, duerme a su lado y ronca quedito: un suspiro de avecita en su nido, nido de ramas ligeras, piensa él, un cardenal de cabellos rojos, aunque Mateo sabe que los cardenales no tienen pelo, sino plumas, y que Andrea no tiene el cabello bermellón, sino castaño oscuro. Pero, ¿cómo llamar ronquido a este murmullo suave que le aviva a Mateo una ternura que, podría decirse, le es extraña? ¿Extraña? ¿Te extraño? No, aquí lo extraño soy yo. Soy el de siempre, dictamina Mateo en su ebriedad insomne, pero también soy otro: un desconocido, un ser incapaz de conciliar el sueño. Otro y el de siempre. Nadie se baña dos veces en el mismo río, le explicaría Herodoto; pero el río de los acontecimientos parece ser el mismo, inmutable: en menos de cinco minutos su esposa, Andrea, tendrá que levantarse, despertar a los niños, obligarlos a lavarse los dientes y llevarlos a la escuela. Imanol y Luisiana protestarán como siempre, pedirán, en un espejo de reacciones simultáneas —por algo son mellizos—, que los dejen dormir cinco minutos más, y la madre amorosa se meterá en la cama de Luisiana no cinco sino diez minutos para sentir el calor de su hija, sus volteretas, escuchar sus reclamos de cerquita y hacer el ritual de levantarse juntas como cada día escolar. El padre amoroso se meterá en la cama de Imanol no cinco sino quince minutos para hacerlo reír, frotándole en la nariz su conejo más mugre que peluche y luego jugar a las luchitas. Andrea tendrá listo el desayuno para los niños, que llevará con calma a la escuela; y tendrá listo el lunch de Mateo, quien, como siempre, oyendo el noticiero de Carmen Aristegui con esos audífonos en forma de mosca que Ágata le trajera de Pylones de su último viaje a París (sabía que la forma correcta de referirse a ese viaje era acotarlo como el «más reciente», pero a él le encantaba hablar de gentes y no de gente, de uñero de uñas y coágulos de sangre), saldrá disparado en su bicicleta al INN a revisar la lista de pacientes (qué conveniente era tener su casita tan al sur de la ciudad), calibrar su Terminator ExRay, comerse a intervalos el emparedado (le choca la palabra sándwich) de pechuga de pavo, pan de centeno, lechuga fresca, jitomate y queso panela que le hizo su esposa amiga, su amiga esposa, la madre de sus hijos. Mateo le llamará a su oficina de extensión cultural en la UNAM para saber si no tuvieron percances en el camino al colegio. Y, sin duda, estaba seguro, todo habría de fluir en un continnum controlado, seguro, como hasta ahora. ¿El río de los acontecimientos es el mismo? Él quisiera (desea, anhela) creer que sí, que La Vida, su vida, es inmutable, que su presente se mantendrá de una pieza ante las flacas certidumbres del mundo.
Pero el mundo se caía a pedazos, desollado, ardiendo en una pira de espanto.
El viernes anterior, en el salón improvisado por Mateo en su cubículo del Instituto de Neurología, no se había hablado de dosimetría ni de cantidades de electrones acelerados que debían controlar con parámetros predeterminados por las densidades de materia a destruir. Sus Chicos Radiactivos —como los llama con el cariño que siente un astronauta por la gravedad— le habían pedido abortar la clase e ir a apoyar a los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional que estaban por armar una manifestación gigantesca frente a la Secretaría de Gobernación. Encendido por sus memorias de activista del CEU, Mateo no dudó un instante en darles su apoyo total, irrestricto y feliz. La escuela del mundo, les dijo, la Universidad de la Vida (lugarcomuneó) está allá afuera, junto a lo que de verdad tienen que aprender. Estos hijos de la chingada (se refería al señor presidente, a los gobernadores, a los dueños del dinero y a sus siervos) quieren que seamos un gran rebaño de maquiladores, de ovejas asustadas que sólo curen su miedo comprando coches a crédito, paseando los fines de semana dentro de los centros comerciales, ligando y comiendo helado por los pasillos de los malls en lugar de ir al parque, nos quieren chateando desde el café y la sala de la casa, poniendo likes a las protestas airadas de los amigos de Facebook; pero salir en masas eufóricas a la calle y abrazar a sus hermanos del Politécnico para detener una reforma educativa perversa era la lección más grande a la que podrían aspirar en ese momento. Y si era necesario que también se fueran a la huelga en la UNAM, a un paro nacional, él les llevaría café, cigarros y conchas de chocolate a las guardias nocturnas. Más aún, les prometió darles todas las noches conciertos con Quesadilla de Metal para que no se quedaran dormidos.
¿De verdad el profesor tenía una banda de rock?
Los Chicos Radiactivos aplaudieron y salieron en tropel, como una recua de caballos locos, entre bromas y risas. Óscar, su alumno estrella, no por brillante sino por ser gigante y roja, se le acercó. ¿No viene con nosotros, prof? Mateo moría de ganas de acompañarlos, pero había acordado con Andrea armar una cenita rica en casa con los niños para que todos se acostaran tarde y yacer en la cama al día siguiente viendo pelis de Chaplin y Tom y Jerry entre palomitas con salsa Valentina, sin prisas, con modorra, sin tablets ni celulares a la mano. Mateo sabía que si le llamaba a Andrea para decirle que iría con sus Chicos a apoyar al IPN, ella no sólo lo entendería, sino que aprobaría con entusiasmo su decisión (¿una forma de darle la vuelta a la frustración que de cualquier manera la atacaría?). Pero Mateo decidió que la mejor forma de apoyar a sus alumnos y a los muchachos insurrectos del Poli era cerrando un abrazo de amor con sus hijos y Andrea. Como cuando, hacía tres años, murió Rita Guerrero, la genial cantante de Santa Sabina, devorada por un cáncer que dejara huérfano a un chico de apenas cinco años: él, Mateo, necesitaba ir al rito funerario que se había organizado para ella, de cuerpo presente, en el Claustro de Sor Juana, ¡cuánto dolor, cuánta maldita estupidez de la puta muerte! Él quería ver en un instante de adiós radical el descomunal halo apagado de aquella artista que fue más allá de su música y sus letras apasionadas y oscuras, cantarle en silencio esa canción de Santa Sabina que ahora tanto le dolía: Qué importa la muerte si la vida no es vida, qué importa la vida si la muerte es la vida. Necesitaba estar allí, con ella, pero supo que la mejor manera de celebrar a esta mujer hermosa era estar con doña Lui, Imanol y Andrea, reír, jugar lotería y contar chistes tontos: celebrar la vida trunca de Rita Guerrero con la vida misma. Así que Mateo le dijo a su estrella roja que no podía acompañarlos a Gobernación porque necesitaba estar en su casa por un asunto urgente, y no, no mentía, así que montó en su bicicleta y corrió a casa a abrazar a sus hijos.
Después de velar tangencialmente a Rita entre juegos y canciones, a media noche, ya que todos dormían, Mateo le llamó a Ágata para cantar a dueto: Qué importa la muerte si la vida no es vida, qué importa la vida si la muerte es la vida. Lloraba cuando colgaron, y se volvió para descubrir, recargada en el quicio de su estudio, a Andrea. En su mirada bullía lo que la trastocaba: una cubetada de tristeza por la tristeza de él, un golpe de dolor por no compartir ese dolor con ella, un acceso de celos que manejó con calma, con la serenidad de quien sabe que lo que ha atestiguado es profundo y ajeno. Y Mateo supo que este marasmo entero cruzaba por el corazón y las entrañas de Andrea. Se fueron de la mano a la cama en silencio e hicieron el amor con calma y cariño, cuando ella le preguntó: ¿Seguimos siendo amigos?
Pero hace apenas unos minutos, al 6 para las 6, sentado en el borde del abismo que era el salto de la cama a la duela, con un cargamento de dinamita en su cabeza, sentía pena por ese fin de semana que había quedado atrás, a la deriva en el río imparable de los acontecimientos; pensó con melancolía en ese domingo en La Marquesa, las garnachas de flor de calabaza y la sopa de hongos; la visita a la abuela Evelia, la mamá de Andry; la noche del sábado con el Chipote, Quique y Manolo. ¡Vaya!, se había quedado con unas ganas inquietantes de invitar a Natalia a cruzar en las arcadas de su violín a Quesadilla de Metal, quizá repetir el beso en la comisura de sus labios; pero decidió no jugar con ese fuego incipiente por causa de un pudor que le incomodaba, o mejor dicho, dos pudores: uno por Natalia, el otro por Andrea.
El pasado.
El presente.
Mateo sonríe, ¿qué estupidez era esa de buscar una explicación teórica al insomnio, si la respuesta estaba en el revoltijo que se agitaba dentro de su cabeza adolorida? Le aterroriza saber que, una vez más, será el adivino de las vidas ajenas, de sus fechas de término. Tiene ganas de desmayarse, de caer fulminado en su cama. Dormir, dormir; pero, ¿cómo dormir? Sin reflexionarlo más de una vez, Mateo apaga su celular antes de que anuncie el regreso a la vida diurna y pone en función de silencio el de Andrea. Va a la recámara de los chicos (¿ya había llegado la hora de cambiar al cuarto de servicio su estudio y hacer una nueva habitación para que Imanol y Luisiana tuvieran sus propios espacios?) y uno por uno, como bultos soñolientos a prueba de cataclismos, los mete en la cama familiar con cuidado de no despertar a Andrea. Mateo se vuelve a meter en las cobijas y se envuelve en el calor de sus hijos, en el de su esposa que de golpe, en un acto reflejo de madre entrenada en la supervivencia de lo cotidiano, despierta extrañada, casi con un espasmo de susto, casi. Mateo, en el delirio de un sueño que ya le arrastra la conciencia al abismo que se abre a los pies de su cama, se lleva el índice a los labios y le pide a Andrea, en medio de la tímida claridad que se cuela por las cortinas moradas y le esboza el rostro, que aguante, que se vuelva a dormir. Él le sonríe, cierra los ojos y, como si un fantasma le diera un mazazo en la nuca, comienza a roncar. Y ese sí que es un ronquido. Las pastillas que le recetara Tomás por fin están haciendo efecto.
Con un esfuerzo lleno de complicaciones especiadas en un regusto de molestia y perplejidad, Andrea, sin ruido ni aspavientos, logra sacar a Luisiana e Imanol del cuarto para hacer que se bañen, se arreglen y desayunen lo más callados que puedan, pues papá está enfermo. El ritual del día a día se ha roto por la locura insomne de Mateo, y ella se siente atravesada por una flecha de intranquilidad. Cuando está lista para llevar a los chicos a la escuela y manejar después, de prisa, hasta la Puerta 3 del estacionamiento de la UNAM (la jugada de Mateo ha desestabilizado todo), Andrea regresa a su recámara: Mateo sigue dormido a lo profundo, en un estado alfa, soñando que sueña, como la mariposa de Chuang Tse. Ella acerca su rostro al de él, lo gira con delicadeza hacia sí, y, con una mezcla de miedo y enojo, de ternura impaciente, le pregunta por segunda vez en su vida: ¿Seguimos siendo amigos? Mateo está atrapado en un pantano pegajoso, en una ecuación de exponenciales indeterminadas que tienden del infinito a cero, donde las f(x) no existen porque son un conjunto vacío, y no sabe si se trata de una pesadilla o de un loco sueño dunsaniano. A lo lejos, detrás de una montaña de ecuaciones, siente el tacto de Andrea, agita las manos como un ave que intenta salir de un océano de gelatina que lo jala de los pies hacia abajo, y el abajo se vuelve el arriba. ¿Por qué estoy soñando esto? Y la voz de su esposa se cuela por el cedazo rojo de una sonata para violín: ¿Seguimos siendo amigos? Con un esfuerzo denostado, Mateo logra abrir los ojos un segundo, un segundo y medio a lo mucho. Se encuentra de frente y a diez centímetros de distancia con los ojos de su compañera de paternidad, su amiga esposa, su esposa amiga y, sin poder articular palabra, asiente con la cabeza. Andrea sonríe con tristeza, está herida, y le da un beso en la frente. A ver qué invento en Neuro para decirles que estás indispuesto hasta medio día. ¡Qué bueno, qué coincidencia que hoy le estén dando mantenimiento al Linac! Mateo vuelve a asentir y, rendido, se abisma en el mar rojizo de aquella música que ya lo espera, impaciente, para aliviarlo.


Lunes

Ágata amaneció, como pasaba con frecuencia, con la mirada perdida en el cielo de Los Ángeles, ese cielo azul absurdo. No es del azul que brota después de las tardes de lluvia en la Ciudad de México, un azul clarito de cielo recién lavado que dura un par de horas hasta el atardecer. En Los Ángeles, el azul intenso, cegador, va acompañado de un resplandor que se cuela por las cortinas apenas amanece y no cesa hasta que la puesta del sol sobre el mar empieza a pintarlo todo de rosas, anaranjados y malvas.
Esa combinación, la del cielo azul con la luz que te levanta antes de tiempo, cura la nostalgia de Ágata por Oaxaca. El resplandor mañanero que tanto molesta a Aaron, y que ha convertido su habitación en un búnker de cortinas cerradas por las noches, ayuda a combatir la homesickness de Ágata: un recuerdo de que, estemos donde estemos, hay constantes en el mundo para aferrarnos a ellas.
En estos días, esa idea es cada vez más difícil de sostener. Para Ágata, la vida fuera de México es sólo una gran aventura, un periplo que le permite acumular pequeños tesoros en forma de sensaciones y experiencias, con los cuales podrá volver a su país, a la Ciudad de México que trae tatuada en el alma, a la Antequera donde está enterrado su ombligo. Para Ágata, México no es viaje, es retorno. Pero en estos días, es difícil pensar en el sitio a donde volver.
Esta vez sus ojos se abrieron unos segundos antes de que empezara el baño de luz. Las cortinas dejaron una línea descubierta y el halo matutino —bianí le dicen en zapoteco a esa luz que se filtra por una rendija— empezó a avanzar como reloj de sol. Movió un poco los pies bajo las sábanas para sentir los de Aaron y recorrió con la vista el relieve de su figura ahí, a un lado. La presencia física de Aaron, el ancla de Ágata en una realidad que por momentos se vuelve tan irreal.
Con los ojos demasiado abiertos para esta hora —aún no ha sonado la molesta alarma del teléfono de Aaron, ese tono metálico de un celular viejo que su marido insiste en conservar para que le funcione únicamente como despertador—, Ágata extiende una mano y toma su propio teléfono. Como ocurre con esta generación de conectados, antes de pensar siquiera en el café, Ágata empieza a revisar las alertas de noticias, las redes sociales, los mensajes de correo. Los Ángeles tiene una diferencia de menos dos horas con respecto a México, de manera que a esta hora, cuando en su ciudad adoptiva apenas se empieza a mover la información, su patria ya esta en ebullición.
Las fotos de los chicos la miran desde las mantas y carteles compartidos en Facebook: Everardo, Cutberto, César Manuel, Doriam, Jonás, Carlos Iván. Los rostros, esa plasta de tinta sobre papel en que se convierte cada desaparecido, podrían parecerse un poco entre sí, pero no. Cada nombre tiene una historia en pausa. Por cada uno hay una familia en espera. Por cada silencio hay un grito que se empieza a levantar como una marea circular por las calles. Por cada voz acallada —¡cómo joden a los periodistas de un tiempo para acá!—, miles prestan la suya para que las palabras no se pierdan bajo la estulticia que inunda el horario triple A.
Los rostros colocados en las paredes con la leyenda “desaparecido” le parecen la forma más gráfica de deshumanizar. ¿“Desaparecido”? Si no es acto de magia. Cuando alguien “desaparece” se desvanecen los responsables, las cosas ocurren sólo porque sí. No es así: cada acto tiene un autor, y eso lo aprendió muy bien en 2006, cuando Oaxaca se estremecía entre un grupo de maestros disidentes, un liderazgo sindical legítimo infiltrado por provocadores a sueldo y un gobernador de tufo caciquil que representaba todos los vicios de décadas de revolución institucional —¿hay una contradictio in terminis más aberrante que la institucionalización de una revolución?—. Entonces Ágata supo que en las sociedades no hay buenos y malos, porque del mal que aqueja a una sociedad son responsables todos sus miembros. ¿“Desaparecidos”? No: secuestrados, levantados, amagados, madreados, ensangrentados, torturados, apaleados, fracturados, arrastrados, desollados. Ninguna de esas acciones se realiza sola.
Ágata no aguanta las imágenes por mucho tiempo. Apaga la luz de la lamparita de noche, se levanta al baño, se dirige al balcón y abre la puerta corrediza, se acerca a descubrir la jaula de los canarios —¡Aaron es como un canario, con la jaula cubierta por la noche!—. A ningún vecino le hace gracia que haya una jaula en un balcón de un apartamento de un condominio de West Hollywood, pero esta es una de las constantes en su vida a la cual insiste en aferrarse: desde la muerte de su madre, la jaula con aves se ha convertido en un símbolo de origen y resistencia.
Sobre la duela impecablemente abrillantada, los pasos de Ágata parecen flotar hasta la cocina. Se acerca a la mesita del café, abre la lata y vierte dos medidas en el molinito que le regaló Mateo. Le pone el filtro a la cafetera, vacía el polvo aromático que suele traer de Oaxaca cuidadosamente guardado en la maleta, y espera.
Cuarenta y tres muchachos. 43. Un número cualquiera. Como 72, como 22 mil, como 60 mil, como 0.56%. ¿La gente entenderá que son 43?
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres. Un dolor por cada número. Un mundo de dolor.
El “bip, bip” de la cafetera suena. Ágata toma la taza que le trajo Natalia de París, que de tanto café ya está manchada por dentro. Eso la reconforta; algo de tranquilizador tienen las marcas que deja la rutina. Vierte el líquido y lo deja enfriar, mientras con la mano derecha sigue recorriendo mensajes en la pantalla del teléfono. Entre la lista de correos, encuentra el mensaje que la invita a hacer early check-in; el vuelo sale a las seis de la tarde de acá y llega a las once y media de allá, así que empieza la semana en Los Ángeles, pero también en el DeEfe.
Con lo que Ágata odia volar en lunes.


Del libro Fecha de caducidad de Beatriz Rivas, Eileen Truax, Armando Vega-Gil (Alfaguara, 2015). 
Libro disponible en Librería Gandhi


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POESÍA Al vientre de las cosas reales | Gabriela M. Guido

Agnès Mateu

RECUERDOS ANDADOS

La hojarasca se cuela hasta mi sien
evitando las filas mentales,
y su crujido,
naciente de mi prisa y el pavimento,
me obliga a frenar mi inercia un instante
– quizás dos –
ahí, en donde el tiempo no corre,
para estamparme
cara a cara
contra aquella reminiscencia:
tus huellas digitales impresas en los toppers,
la danza de un holograma que se llama a sí mismo pintura,
el eterno ritual de compartirnos el pan
(y el espagueti, y los nopales con queso)
y la llovizna
que rasga con puntas de afecto
y un sabor a ausencia
mi supuesta armonía.


EL DELITO DE LOS SOLES

Me acusan de cursi
porque yo gusto de esos minúsculos placeres
que el viento trae entre los dedos
como una palabra con pequeñas alas en los talones
que suavemente se postra en la memoria de la piel.

Se me tacha de muy cursi
porque aún anhelo esos ligeros detalles,
donde un chasquido labial desciende en curvas
como una pelusa que trae la semilla
a plantar cariño en la médula.

Quizás es una enfermedad de los nervios
donde se encuentra la escalinata
que conduce al vientre de las cosas reales
a sus perfumes, a sus cantos
a sus colores,
y no a las cosas efímeras
pesadas,
que succionan de la vida
para rellenar su huecura
porque no tienen vientre
ni piel, ni huesos;
o quizás sólo soy culpable:
mi delito es ser insensible a la escarcha,
a sus sombras y a su indiferencia.



GABRIELA M. GUIDO (Edo. de México, 1991). Artista escénica, escritora, profesora, terapeuta y creadora multidisciplinaria. Egresada de la Licenciatura en Artes Escénicas con línea terminal en Danza Contemporánea por la Universidad Autónoma de Querétaro, ha participado en compañías como 7 danza, Danza del Sol y Maat –Sharia como creadora e intérprete. Con la creación de la corriente multidisciplinaria Profetistas: el arte como profecía en el año 2015, busca intervenir espacios, mentes y espíritus para generar consciencia social a través del arte que se crea a sí mismo por medio del vehículo llamado artista.

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POESÍA Fragmentaciones | Andrea Rojas Vásquez

BERLIAC

12:45

                                                         Pequeñas maldiciones
                                                         son arrojadas
con furia a través de mis dedos
                                                         y  mi boca.
  La casa está vacía
y el aire se condensa en mis pulmones mientras bebo leche.
 [No hay glorificación en los actos cotidianos]
 pienso.
                                     Entonces guardo mi frasecilla inconexa en mi libro de anotaciones.
                                           -Soy una cazadora de frases-
 me digo.
                                        Acto seguido, me abrazo al lomo oscuro
de un libro del que nada comprendo.
Escribir acerca de escribir
resulta irrisorio.

      Escribir es exhibirse como un muñeco de plástico
   y ser manoseado por niños de manos siniestras
 para no ser comprado.
Pero quién entiende…
Tu texto es muy suave,
me dicen.
Espera un poco
<< lo salpicaré de sangre>>
 respondo.

                                  Me doy autoconsuelo,
                                  mientras tanto mi perro lame su muñón de carne
                                  y me mira a la cara
     buscando todo aquello que no puedo darle.



13:15

Me gustaría poder caminar como la gente
 siendo más animal que gente,
sin rostro,
sin paisaje en la espalda,
sin membrete ni aparente esperanza.
                                         Me gustaría caminar despacito, sola.
 Vacía
y sola.



14:55

Cuando se me quite
la costumbre de andar envejeciendo,
cuando deje de pensar en los hijos
que no vendrán y en el gato
que no tendré,
                                                      mi predilección será
mirar complacida
 la caída del agua de la llave
en la fuente.



15:00

A través de los nuevos lentes
veo delatada mi adultez.
Los rostros:
manchas desencajadas
y sin cuerpo,
transitan menos grises por las calles.

Pero la ciudad sigue siendo gris.
Y el humo negro de las fotografías
 inmuta pero no detiene
el fluir de la muerte.
 [Eres destructiva]
sentencia la voz de quien ha parido
mi vida para ser  una metáfora funesta.



16:00

 Una dosis de café amargo
despierta mi pulsión animal más recurrente:
la huida.
                                                                             Pienso en irme.
Luego pregunto a dónde
y guardo silencio.


16:16

Esta es una época de desencuentros
y te pido que me abandones
creo que la soledad que me concederá un rostro propio.

/
m i s l u c e s
 n o e n c i e n d e n




Andrea Rojas Vásquez (Loja, 1993). Escribe desde el día en que una maestra le preguntó quién era y no supo responder. No tiene ninguna publicación previa. Actualmente trabaja en sobrevivir al caos para hacer nacer su obra. Tiene como predilección los placeres de la cotidianidad como por ejemplo: quedarse en pijama o remojar el pan en café con leche. Nació desprovista de nombre, de rostro, de tiempo. Por eso escribe. Siendo oscuridad, las palabras son ángulos de luz. Escribir es la única forma en la que consigue reflejarse. 


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COLUMNA La isla del Quetzal | Daniela Albarrán

Mujer con rebozo

Hace poco tiempo mi profesora de francés me contó que cuando llegó de Francia a México, se sentía encerrada, le pregunté el por qué, y jamás hubiera adivinado lo que ella contestó: “Siento que México es una isla, estamos rodeados por el océano, ya sea a la izquierda o a la derecha; arriba está Estados Unidos, y abajo está Centro América, por eso creo que para un mexicano es difícil viajar a otro país; cuando yo vivía en Francia me iba de fin de semana a Italia y de verdad que eran como tres horas, sino es que menos. Aquí, viajas tres horas en auto y no llegas a otro país llegas a otra ciudad”. Y es ahí donde está lo interesante, los mexicanos son tan diversos que cada ciudad es diferente, tanto que pareciera que estás visitando otro país.

Si mi francés fuera lo suficientemente bueno, le hubiera contado que tiene razón, cada estado en México es como un país, todo es bien distinto, la comida, el color de la gente, las costumbres, el clima, el idioma y en este punto podría hacer una enorme lista de las cosas que hace diferente a la gente de una ciudad a otra, y eso no es lo verdaderamente difícil, sino responder a la pregunta que tantos estudiosos se han hecho ¿qué significa ser mexicano?, ¿qué es lo mexicano? ¿Cuál es su identidad?

Definitivamente no hay una sola respuesta, eso es obvio, por cuestiones geográficas, históricas, sociológicas y hasta demográficas, somos diversos, pero la pregunta que yo me hago es ¿de verdad no hay identidad nacional? Haciendo uso del DLE,  la identidad es “el conjunto de rasgos propios de un individuo o una colectividad que los caracterizan frente a los demás” es decir, deberíamos tener un conjunto de rasgos que nos diferencien de todas las demás personas del mundo.

En Tiempo mexicano (1971), Carlos Fuentes dice que la identidad del mexicano fue sustraída cuando los españoles llegaron; eliminaron su cultura, la arrancaron de raíz e impusieron una cosmovisión. México se quedó con la cicatriz del conquistador.

Después de la Independencia, donde se supone nos quitamos el yugo extranjero, continuamos faltos de una “identidad nacional propia”. Carlos Monsiváis en su ensayo titulado “La identidad nacional ante el espejo”, se refiere a la fusión entre Halloween y Día de muertos, un sincretismo que es per se innegable. Con esta metáfora es posible dialogizar los dos mundos que hay en México.

Hablemos de la influencia gringa que hay en México. Basta citar la taquería de la esquina llamada “John cecinas”; el famoso Taco In o el hijo de Juan que se llama Brayan para darse cuenta que el mexicano mientras llame a su hijo Charlie González o le ponga un nombre en inglés a su negocio, el hecho repercutirá en ganancias y oportunidades. O peor aún, buscan que sus hijos sean lo más “güeritos” que se pueda y si la genética no los apoya pues qué mejor que pintarse el cabello a lo Violeta Schmidt y de paso, tener el sueño del mexicano promedio: vivir en Estados Unidos.

Bien lo dice Monsiváis cuando escribió que, para el mexicano, lo moderno va de la mano con la piel clara y los ojos azules, y lo ancestral, lo antiguo, es el color moreno. El mexicano se avergüenza de ser mexicano, por eso no puede construirse una identidad, por eso no quiere ser independiente, no quiere aceptar que es diverso, que su identidad está en el sincretismo, y no en los estereotipos, como lo explica Roger Bartra.

No, lo mexicano no es el charro con su guitarra y sombrero que sólo se encuentra cantando en las plazas públicas, tampoco es el “macho mexicano”, ese hombre fornido que le pega a su mujer porque no le ha planchado la camisa, ni la esposa sumisa que se queda a cuidar a sus hijos ni la imagen de Frida Kahlo en los suvenires de los puestos turísticos.

México es una isla, la isla del Quetzal que se va desgarrando mientras otros vienen a robarle, a ultrajarle su oro, su jade, su historia, mientras en la lejanía, donde venden discos piratas retumba sin cesar la letra: “Yo la conocí en un taxi, en camino al club, me lo paró, el taxi, me lo paró, el taxi, me lo paró… Y ¿nuestra identidad nacional?



Daniela Albarrán. Vive en Toluca, Estado de México. Estudia el octavo semestre de la licenciatura en Letras Latinoamericanas. Ha participado en diferentes coloquios, tanto de su facultad como en otras ciudades de México. En 2016 ganó el primer lugar en modalidad de ensayo literario en el concurso “Motívate a leer” por el Gobierno del Estado de México.

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CRÓNICA Una vida por delante | Annel Borque Reyes

Imágenes de Sarah Bochaton

1

Se podría decir que mi vida ha sido muy feliz, sin embargo, he pasado por procesos difíciles. Uno de ellos ocurrió cuando estaba en cuarto de primaria. Era un pequeño derrame en el ojo izquierdo. Me llevaron con varios oftalmólogos, pero no le daban importancia. Pasaron seis meses y el derrame se convirtió en carnosidad. En la quinta visita al médico me dijeron que tendrían que operarme.
No sabía cuándo iba a ocurrir, pero sí sabía que no sería nada agradable.
Estaba en la fiesta de cumpleaños de Rubí. Llegó mi mamá antes de lo planeado, se acercó y me dijo: “Nos vamos, mañana te operan”. Esas fueron las palabras más aterradoras que he escuchado hasta ahora. Me despertaron temprano y me llevaron al hospital. Entré al quirófano, donde me pusieron anestesia. Luego me dijeron que contara hasta diez y lentamente cerré los ojos.
Hubo algunos cambios significativos. No fui a clases durante un mes. Era desesperante no ver a mis amigos y estar en casa todo el día. Sufría mucho cuando me ponían el medicamento, quería tener mi ojo libre de nuevo. El doctor nos indicó que tendría que usar lentes de sol por el resto de mi vida. Al principio era incómodo porque iba a clases y todos me preguntaban por qué traía los lentes. Después de dos semanas me acostumbré y hasta la fecha no puedo estar en el sol sin usar protección.
A pesar de todo, esto trajo cosas positivas. Una de ellas fue mi primera visita a Disney. Estaba recién operada y mis papás, en lugar de la playa, optaron por ir a Orlando. Ese viaje fue toda una aventura para mí. En el momento en que entré al parque sentí que la felicidad invadía todo mi cuerpo.

2

Para mi viajar es uno de los más grandes placeres de la vida. Desde pequeña mis papás me han llevado a muchas partes. Lo que más me gusta de viajar es conocer nuevos lugares, culturas y personas. Al viajar me doy cuenta de lo grande que es el mundo y de las tantas historias que oculta cada lugar.
Sin duda, adoro estar en Disney. En lugar de fiesta de quince años, elegí un viaje. Me acompañó mi familia, Sandy, Pau y Annie. Cada día aprendí diferentes lecciones de vida, pero la más emocionante ocurrió en Island of Adventure.
Se hizo costumbre recorrer el parque en grupo, comer y después cada quién se iba a donde quería. En ese momento nos quedamos Pau, Miguel y yo solos. En uno de los juegos de Harry Potter, no tenía tanta fila debido a su rudeza, mientras esperábamos se unió alguien más, un muchacho guapo de nombre Mason.
Platicamos durante la espera y durante el juego. Nos volvimos a subir pero esta vez a él le tocó en otra fila. Cuando su dragón de la montaña rusa avanzaba me volteó a ver y dijo: “You’re so pretty, I was lucky to meet you”. Y esa fue la última vez que lo vi. Si algo me dejó ese viaje fue optimismo. Siempre tendré la esperanza de encontrarme con él.

3

Al verme ante un espejo me visualizo como una persona segura de sí misma. Como todo ser humano tengo virtudes y defectos. Soy una persona que lucha por lo que quiere, me gusta ayudar a las personas y me gusta que me den un trato amigable. Actualmente mi meta es ser feliz sin importar las situaciones que esté viviendo. Esas son algunas de mis virtudes.
Por el otro lado, también soy una persona con un carácter muy fuerte, demasiado desesperada y autoritaria. A raíz de una conversación con mi madre sobre el control de las emociones, trato de ser lo más tranquila que se pueda. La vida se disfruta más sonriendo.
Me encanta pasar el tiempo con mi familia y amigos. Para mí, la familia es joya muy valiosa. Ellos han estado conmigo en cada momento de éxito y de fracaso. Siempre he pensado que una persona sin familia no logrará encontrar la felicidad. Mis amigos me alegran los días.
Mi mayor sueño es cambiar al mundo, mi gran preocupación es el medio ambiente. Por eso quiero hacer una ingeniería química ambiental. Pienso que esa profesión me puede abrir muchas puertas en empresas importantes. Además, me motiva a seguir con mis estudios y superarme día a día.


4

Actualmente tengo dos nacionalidades. Mi mamá es mexicana y mi papá es de padres españoles por lo tanto yo soy ambas. Quisiera hablar de las dos pero no he tenido la oportunidad de visitar España. Como siempre he vivido en México, hablaré de este magnífico lugar.
Mucha gente piensa que la única ciudad de México es Cancún; están equivocados. Mi país es un lugar hermoso lleno de cultura y de secretos. He tenido la oportunidad de conocer muchos lugares. Entre mis favoritos se encuentran San Miguel de Allende y San Cristóbal de las Casas. Quisiera visitar Puebla y Michoacán en un futuro.
También amo la comida mexicana, mi platillo favorito son las enchiladas o los tacos. Su cultura y sus paisajes son bellísimos. Los mexicanos me hacen sentir como si todos fuéramos amigos. A pesar de todas las cosas buenas que tiene México, la política siempre ha sido su punto débil. Me molesta mucho que, quienes nos gobiernan, hagan lo que quieran con nuestro dinero y no lo inviertan en proyectos como mejor alumbrado, pavimento, nuevas escuelas, etc. Si tuviera la oportunidad de ser presidente por un día, lo primero que haría sería despedir a todos los políticos corruptos que han robado millones. Para mí, el cambio es ahora, no esperaré a que esté grande. Ojalá que buena gente nos gobierne y que crezcamos al punto en que los demás países nos reconozcan como gente trabajadora y honesta.

5

Soy católica. Fui bautizada al año y a los diez años hice la primera comunión. Estuve mucho tiempo en catequesis, donde me enseñaron muchos sobre Dios. Actualmente pienso que la iglesia nos miente en muchos sentidos. Una vez mientras viajaba en carretera con mi papá, discutíamos sobre un libro llamado las mentiras fundamentales de la iglesia. Él me explicó que la fe no se trata de ir todos los domingos a la iglesia y rezar el credo. La fe es aprender a vivir en armonía con el prójimo y consigo mismo.
Hay tantas cosas que quiero aprender y la lectura puede ser la mejor maestra. Yo no leo por seguir modas o para decirle a la gente que lo hago. Yo leo para viajar a otros mundos. Le agradezco a mis papás por inculcarme ese hábito desde pequeña y porque todo lo que me han enseñado me ha hecho la persona que soy en este momento. Otra cosa que aprendí al leer es que los valores son lo más importante en una sociedad. Sin valores el individualismo aumentaría de forma alarmante.


6

Estos últimos tres años se pasaron volando. Parece que ayer entré a primero de secundaria. En estos tres años conocí a nuevos amigos, profesores y personas que han marcado mi vida. He aprendido nuevos valores que día a día se van fortaleciendo.
En primero todo era diferente. Tenía miedo de no ser aceptada por mis compañeros. Tuve un novio a finales del ciclo, más que nada lo hice porque me dejé llevar y quería experimentar nuevas sensaciones. Fue muy lindo, pero sabía que no era correcto.
En segundo y tercero ya me había acostumbrado a la rutina. Iba al colegio en la mañana, entrenaba basquetbol por la tarde y en la noche hacía la tarea que me faltaba. Esa fue la rutina por mucho tiempo hasta que empezó tercero. Un día antes de entrar a clases mi papá recibió una llamada urgente. Tuvimos que salir de la ciudad por casi dos meses. Cuando regresamos nos cambiamos de casa; como la casa estaba muy lejos del colegio me salí del equipo de básquet.
En el periodo de los últimos seis meses mi rutina cambió por completo. Al principio fue difícil acostumbrarme, pero el tiempo arregló todo. He aprendido que en la vida hay muchas altas y bajas, amigos van y vienen. Mi vida es el resultado de mis decisiones. Todavía me queda una vida por delante y un camino que recorrer.



Annel Borque Reyes. Alumna de tercero de secundaria del Colegio Alemán Torreón. Escribir una autobiografía corresponde al penúltimo proyecto de la materia de Español. "Una vida por delante", es resultado de este ejercicio.   


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ACERCAMIENTOS Actualidad de su figura (sobre Stendhal) | Stefan Zweig



Je serai compris vers 1900.

Stendhal se saltó todo un siglo, el XIX. Su vida comienza en el dieciocho, en el burdo materialismo de Diderot y Voltaire, y aterriza en medio de nuestra era de la psicofísica, de la exploración del alma devenida ciencia. Como dijo Nietzsche, «fueron necesarias dos generaciones para alcanzarlo de algún modo, para desentrañar algunos de los enigmas que lo fascinaron». Son asombrosamente muy pocos los casos de obras de Stendhal que hayan envejecido o hayan quedado anquilosadas, una buena parte de sus anticipados descubrimientos son desde hace mucho patrimonio común, y algunas de sus profecías fluyen todavía vivas hacia el estuario donde habrán de cumplirse. Durante mucho tiempo rezagado en relación con sus contemporáneos, terminó por superarlos a todos, con excepción de Balzac; porque por muy en las antípodas que pudieran estar en cuestiones artísticas, sólo ellos dos, Balzac y Stendhal, fueron capaces de recrear su época más allá del tiempo. El primero, en la medida en que agrandó hasta lo monstruoso, por encima de las circunstancias vigentes entonces, los estratos sociales y los cambios en la escala de la sociedad, el poder desmedido del dinero y los mecanismos de la política; Stendhal, por su parte, al diseccionar y matizar al individuo «con su anticipado ojo de psicólogo y su comprensión de los hechos». El desarrollo de la sociedad le ha dado la razón a Balzac; la nueva psicología, se la ha dado a Stendhal. La revisión del mundo emprendida por Balzac avizoró la llegada de la era moderna; la intuición de Stendhal, la del hombre de hoy.

Porque los hombres de Stendhal somos los hombres de hoy, entrenados en la autoobservación, instruidos en la psicología, satisfechos por conocer nuestra conciencia, sin prejuicios morales, con los nervios entrenados, llenos de curiosidad por nosotros mismos, cansados de todas esas frías teorías epistemológicas y sólo ávidos por conocer nuestra propia esencia. Para nosotros, el hombre diferenciado ya no es un monstruo, ningún caso especial —tal y como se sentía Stendhal, un hombre solitario entre románticos—, ya que las nuevas ciencias de la psicología y el psicoanálisis nos han puesto en las manos desde entonces toda suerte de instrumentos sofisticados para iluminar lo misterioso y desentrañar lo más recóndito. Sin embargo, cuántas cosas que ahora nosotros sabemos, sabía ya este «hombre extrañamente visionario», como también lo llamara Nietzsche. ¡Asombra ver cómo su antidogmatismo, su temprano europeísmo electivo, su rechazo al desencanto mecánico del mundo, su odio contra el pomposo heroísmo de las masas nos hablan con las mismas palabras que emplearíamos nosotros, a pesar de ser oriundos de una época en que todavía se viajaba en diligencias y se lucían uniformes del ejército de Napoleón! ¡Qué justificada parece su lúcida altivez frente a las flatulencias sentimentales de su época! ¡Qué bien reconoció que su hora en la tierra se correspondía con la nuestra! Son incontables los senderos y caminos que abrió con sus inusitados experimentos literarios: el Raskolnikov de Dostoyevski sería impensable sin su Julien Sorel; la batalla de Borodino descrita por Tolstói no existiría sin su clásico modelo, la primera descripción fidedigna de Waterloo; y en pocos hombres se refrescó tan absolutamente el placer de pensar de Nietzsche como en sus palabras y en sus obras.

Fue así como acudieron a él, por fin, esas «âmes fraternelles», esos «êtres supérieurs» que buscó en vano a lo largo de su vida, esa patria tardía, la única que reconoció su libre alma cosmopolita, es decir, los «hombres que se le asemejan», la única que le otorgó para siempre, además, el derecho de ciudadanía y la corona del ciudadano. Porque nadie de su generación, salvo Balzac —el único que lo recibe fraternalmente—, nos parece tan cercano y contemporáneo en el espíritu y en el sentimiento: a través de su psicología impresa, a través del frío papel sentimos cercano su aliento y nos resulta familiar la figura de ese hombre insondable (aunque él mismo sondó su alma como pocos), oscilante en sus contradicciones, fosforescente en su enigma, dando forma a lo más secreto y preservándolo, en sí mismo perfecto y, no obstante, todavía inconcluso, pero siempre vivo, más que vivo. Porque son precisamente los más relegados de su tiempo a los que la hora siguiente acoge con preferencia en su seno. Porque, precisamente, son las vibraciones más delicadas del alma las que tienen la mayor longitud de onda en el tiempo.



De Tres poetas de sus vidas: Casanova, Stendhal, Tolstói de  Stefan Zweig (Planeta, 2013).
Libro disponible en Casa del libro



Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz de seducirnos desde las primeras líneas. En su primera obra importante, el poema dramático Jeremías (1917), denunciaba apasionadamente lo que él consideraba como la locura suprema de la guerra. Después de la guerra Zweig se estableció en Salzburgo y escribió biografías, por las que se hizo famoso, narraciones y novelas cortas y ensayos. Entre estas obras destacan: Tres maestros (1920), estudios sobre Honoré de Balzac, Charles Dickens y Fedor Dostoievski y La curación por el espíritu (1931), donde da cuenta de las ideas de Franz Anton Mesmer, Sigmund Freud y Mary Baker Eddy. El ascenso del nazismo y el antisemitismo en Alemania llevó a Zweig, que era judío, a huir a Gran Bretaña en 1934. Emigró a los Estados Unidos en 1940 y después a Brasil en 1941, donde se suicidó llevado por un sentimiento de soledad y fatiga espiritual. Como escritor, Zweig se distinguió por su introspección psicológica. Omitiendo detalles no esenciales, fue capaz de hacer sus biografías tan entretenidas como una novela. Los últimos escritos importantes de Zweig incluyen las biografías Erasmus de Rotterdam (1934) y María Estuardo (1935), la novela El juego real (publicada póstumamente en 1944), y su autobiografía El mundo de ayer (1941).


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POESÍA Jueves | Fernando Carabajal

Fernando Carabajal

La sombra del jueves se extiende hasta tocar la claridad del viernes.
Así, siendo Jueves un nombre que te aparece sin cesar, cada titilación, cada palabra es tuya en determinados momentos del día  y puntos cardinales de la mina que exploro.
De hoy en adelante te llamarás Jueves, y serás la muerte que nunca soy ni alcanzo.

§

Y hay una casa abandonada a los caballos
y a las flores de pasto,
y fantasmas visibles      trituran los cristales
y congelan los restos
y preservan las viandas.
Doblada la escalera y los espejos
escondidas las camas
el fuego en una gota de latón.
Cada hoja es la hoja siguiente
del eterno nogal   y sus frutos imposibles desaparecen al contacto del suelo
(y la voz del viento canta arrullando al riego      
para que mudos vegetales pigmenten insectarios).
Reflejos y sombras tenebrosas
polvos de sol que nada centellean
-el dibujo posible está prohibido
y las palabras condenadas a un ruido.
Subterráneo crece un agujero
que da a la calle en forma de humedad,
los muros alzan el vuelo a pedazos.
Y un olor a espanto resguarda la cocina
(atrincherados utensilios, gas enfermo)
Metros y metros cuadrados coloreados de casa.
Cierro el flujo -ni hablar del agua-
y los árboles que rechazan a la muerte.

§

Visto con uniforme a diario:
zapatos azules    tu suéter gris.
Al acecho de un tigre
miro mi propio cuerpo como extraño.
Cabeza a la que se le ha caído el rostro
y a sus espaldas ha crecido un fantasma.
¿Quién ha erguido este muro de agua
que nos reparte en dos el mundo?

§

Sin ser de palo        no soy de carne:
soy de árbol,
y descubro la oscuridad que circuncida mis raíces.
Detenidas por la tierra      entre la tierra
esqueleto para mis pulmones
madrigueras del sol
                                         y termiteros del silencio,
mi inamovible peso que se derrumba para arriba,
permaneciendo incógnita la hoja última que dormita en mi copa.
Saber entonces que la semilla  
                                   sólo es sembrada una vez,
y pedir un deseo por cada pájaro que llegue
                                                       o que se vaya.

§

Jueves descansa.
Sus brazos, más cortos pero más fuertes que los remos, languidecen luego de una jornada de vaivenes a todo lo largo de la isla.
Depositaria de montañas de tierra, provenientes de los agujeros que yo aparezco, sin saberlo cumple con los efectos de las causas.
Por ello tejo ahora una red, mientras ella pesca un sueño para que ambos comamos.
Cuando Jueves recupere las fuerzas, yo habré de no pensar.
La isla se desgaja por uno de sus flancos.
Así sé que el bote soportará la estridente marea de cada día, y su mudo salitre que seco lo preserva.

§

En la mudanza empacamos         velozmente
para no perder nada.
Utensilios,
trabajo a medio realizar,
fotos del tiempo.
Y aún así,
cada día se agranda el inventario de desapariciones.
Ayer encontramos lo extraviado hace meses,
y hoy, sin lugar a dudas,
miro lo que mañana no estará.

En la mudanza es la tierra la que se mueve.

Es por ello que Jueves volverá.
Encimará la punta de sus pies en los míos,
y nuestra huella será más honda
y servirá para sembrar.
Viernes crecerá como una planta etc.

§

[Alumbramiento]

Jueves está gravemente enferma.
Señor, ahora lo sé:
se escribe siempre para que alguien no se muera.

§

Y mi demonio recorre sus dominios
mientras ejecuta una maroma que aparece
un dibujo en la arena.

Tras él, yo recojo las líneas
las organizo en escritos que ejecuto
en el nivel indicado de la mina:
dinamitar aquí,       socavar allá,
acordonar tal o cual derrumbe.

Toca una flor y hace una sombra de cenizas,
mira una mariposa y crea un antifaz,
sonríe y a mí me brotan lágrimas.

Sin embargo, somos como hermanos:
provenientes de los mismos altos hornos
resonamos en la misma frecuencia
y nos hundimos a la par.
(No disgustándonos las salidas de emergencia
mas sí las fáciles y sin alarma previa).

En el extremo final de la isla
que juntos habitamos
levantamos un muelle para los cataclismos.
Y cada cual ha escondido una mitad del mapa
para que ninguno de los dos sobreviva.

Su demonio recorre, entonces, sus dominios
Mientras él desperdicia los días vaticinando.
Así Jueves sólo distingue a uno,
Desencajado,             roto,
aspirante a cartógrafo o suicida.

(El no señor de una isla.
El señor de una isla irrepetible).

§

Jueves y yo levantamos un escenario en el que representamos la cotidianidad; el Lunes y no el Domingo, el Martes y no el Miércoles.
La hora de comer requiere de una escenografía mínima, apenas una mesa para dos, la vajilla pertinente, platillos recalentados previamente.
La iluminación como de sol en descendencia, simulando las cinco treinta de la tarde; y música de fondo para la correcta ingestión de las palabras que, por tratarse de una escena entreactos, son de pronta caducidad, sirviendo sólo para no olvidarnos demasiado de los diálogos, de esa capacidad de digerirnos lentamente y sin gases.



Fernando Carabajal nació en Chicago en 1973. Naturalizado mexicano es egresado de la ENPEG La Esmeralda y, a la par de las artes visuales, se dedica a la poesía, la reseña y la crítica de arte.  Ha expuesto y es coleccionado en diversos museos y galerías de todo el mundo y publicado los libros Fragmentos de circo (UAM-1999) y Cuadernos y márgenes (Ediciones Acapulco-2011). Ha sido becario del FONCA-Jóvenes Creadores en 2006 y del Sistema Nacional de Creadores 2011-2014. Es fundador del Colectivo "Viernes" a partir de su interés y profunda relación con la figura y distintas versiones de Robinson Crusoe, a partir de la cual ha desarrollado parte de su obra y Jueves, del que aquí se muestran unos cuantos fragmentos. Vive y trabaja en Hamburgo, Alemania y la Ciudad de México.


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