ESCAFANDRA* En medio de balas y otras cosas | Blanca Vázquez


La escuela culturalista define cultura como todos los esquemas producidos históricamente explícitos o implícitos, racionales, irracionales o no racionales, que existen en un determinado momento como guías potenciales del comportamiento humano. Todos quienes formamos parte de un grupo social poseemos cultura. Una cultura que nos distingue y que se va enriqueciendo con lo que observamos y aprendemos cada día. Los que formamos parte de la generación X (individuos que nacimos entre 1961 y 1981) experimentamos una serie de acontecimientos que hoy están haciendo mella en las generaciones que nos han sucedido. Vimos llegar la globalización y su consumismo desmedido, entendimos nuevas maneras de hacer familia (en clase de natación tenía una compañera que sólo vivía con su papá y su abuela), la televisión se convirtió en nuestro eje modelador de conductas (casi todos esperábamos los videos de Video Éxitos o el recién inaugurado MTV) y temíamos por la incesante amenaza de una tercera Guerra Mundial. Crecimos alrededor de una bonanza económica al lado de las inseparables tarjetas plásticas, vimos nacer el bipper y el teléfono celular (que pesaba más que un tabique) creíamos en el neoliberalismo y nos imaginábamos dueños de nuestras empresas. Sentíamos todo tan colorido, casi como los colores fosforescentes de la falda de Cindy Lauper que no teníamos signos de protesta, un stand by que no permitió visualizar lo que se nos venía encima.

A la británica Jane Deverson es a quien le debemos que nuestra generación lleve esa espantosa X como dijera Chabelo. Sus investigaciones le mostraron que en diversos espacios del planeta los jóvenes vivíamos situaciones parecidas con algunas variantes en el contexto. El cine nos presentó escenarios decadentes: Sérpico, Papillon, El discreto encanto de la burguesía, Naranja Mecánica, The Warriors, Masacre en Texas, El Resplandor, El club de los cinco, La sociedad de los poetas muertos, Mad Max, Blade Runner, Pelotón, Adiós muchachos.
“Somos heterosexuales por defecto, no por voluntad propia. Depende de lo que te guste. Es todo una cuestión de estética, sin una puta mierda que ver con la moral.” (Renton en Transpoitting)
Y aún con ese desencanto no queremos cambiar de gustos, nos pegan los años, seguimos anhelando el Mario Bross viejito, consumimos de todo y llevamos a cabo conversaciones someras y hasta simples; somos pensadores del yoísmo y guardamos en el cajón los miedos, aquellos que mientras no dañen lo que hacemos todo está bien. Todo es una generalidad y me he atrevido a escribir sobre esto porque creo que lo importante es renovarse o morir.

Esta nueva generación llamada Zeta (compuesta por individuos nacidos entre la mitad de la década de 1990 y los primeros años de la del 2000, aunque aún persiste cierto debate sobre este punto), recuperaron algo que nosotros dejamos ir, la creencia de saber qué es lo que quieren (tanto en lo familiar, lo académico y lo sexual). Mantienen sus cerebros conectados a todas las redes sociales posibles, tienen la información en la palma de la mano y se les ve caminando por la ciudad tomados de la mano y mostrando sus preferencias sexuales, tienen la oportunidad de hablar con más apertura de métodos anticonceptivos o del aborto. Viven convencidos de la posibilidad de cambio a través de la lucha civil y convocan a marchas y mítines, protestas que van desde lo rural, urbano o hasta lo artístico. Una generación que arrastra cantidad de problemas y que revira para pensar como el poeta Hölderlin “Donde crece el peligro también crece aquello que salva”. Desde un pensamiento utópico, acaso, proponen nuevas leyes para la protección del medio ambiente, los derechos humanos o para los procesos de conveniencia.

Es tiempo de caminar con ellos y pensar que el terrorismo no está sólo en Medio Oriente (como los medios de comunicación dicen). El terrorismo es cualquier acción que lesiona a los otros porque son diferentes a nosotros y a los cuales se les tiene miedo. El miedo ha provocado la muerte de una parte de la comunidad lésbico gay en una ciudad norteamericana y en el estado de Veracruz, México, nos ha puesto contra la pared. ¿Qué se requiere para comprender que estamos entretejidos en la cultura y, aunque parezcamos iguales, somos diferentes? Sí, tan semejantes dentro de nuestras propias diferencias. La palabra, en estos casos, nos exhorta a mirarnos con ojos de iguales.



BLANCA VÁZQUEZ nació en el Distrito Federal, en 1973. Su vida ha transcurrido en el estado suriano de Guerrero. Estudió Literatura Hispanoamericana y es maestra en Estudios Socioterritoriales y doctorante de Literatura. Ha publicado Los letargos de Artume (La Tarántula Dormida); Ojos de lechuza (Rojo Siena) y El corazón en la mano (Editorial Fridaura). Imparte clases en la Universidad Autónoma de Guerrero.

Ilustración de Gabriel Pacheco

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*ESCAFANDRA. Estoy guarecida del mundo. Mi mundo: ese caos que transita por todas partes y me lleva contracorriente. Llevo mi escafandra puesta, como Cíclope observó todo. Lo guardo en mi ojo que son tres si lo pienso a través del cristal. Respiro. Creo que respiro entre el hedor de la muerte y la indiferencia. Escribo. Escribo de manera acelerada, los dedos no paran, siguen. Siguen porque quieren guardar la memoria, ese momento que aunque doloroso existe y se desaparece en el paisaje cultural.

Somos la suma de todas las partes, ¿en qué canon se guarda la cultura, qué es y por qué se aleja cada vez más del entramado colectivo? Respiro. Observo a mi alrededor. Seres culturales: artesanos, peatones, escritores, ingenieros, antropólogos, campesinos, niños y niñas, ancianos, jóvenes. ¿En qué momento se estableció que quienes van a la Universidad sólo pueden ser hacedores de cultura? ¿Cuándo los títulos reemplazaron la sensibilidad y la mirada de convivencia?

La escafandra me ayuda y exploro, me veo hacía dentro. Un vuelo de pájaros deja estelas de voces, de palabras, de sitios que reconstruyen y ayudan a ser. Ser siempre ha sido una convulsión. No soy sólo yo. Somos todos. Pero a veces no somos nadie. Las aves se elevan en parvada, vuelan libres queriendo abarcar el cielo. Se ayudan contra el viento, se  esperan… La espera puede ser eterna. La pantalla es ventana de otras escafandras. Ojos que miran mostrando otros ojos.


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