CUENTO Son otros rumbos | Alejandro Arras


Corrimos rumbo a las verdes faldas del cerro que se veía al fondo. El automóvil quedó estacionado en el acotamiento de la carretera México-Cuernavaca. Cansados de tanto correr caímos detenidos entre un viento fresco y un cielo nublado que insistía en las nostalgias. En un arrebato reíamos como si nos estuvieran haciendo cosquillas. Faltaba poco para llegar a la punta donde me abrazó como pocas veces. Revoloteaba su cabello por encima de mi rostro, su diminuto lunar debajo del ojo, esa blusa blanca que solo usaba cuando nadaba en casa de sus padres. Irene y yo reíamos como niños.
         Sonaban a lo lejos los rugidos de los coches apareciendo ante nosotros como el aullido de animales desesperados. Allá arriba, mirando con una paciencia extraña la delgada línea que conlleva a la ciudad. Hacíamos bromas sobre las particularidades de cada coche, sus distintas personalidades, graciosas, chatas. Les poníamos apodos o profesión especifica: las Tsubames parecían profesoras de informática a diferencia de una camioneta Honda que simulaba a Miss Norma: la vieja copetuda directora del colegio al que asistimos en la secundaria; un Cross Fox, por mencionar otro ejemplo, nos producía pensar en un roedor gigante o algo así como el archi enemigo de las tortugas ninjas. Consagrábamos algunos coches como los reyes de la autopista, otros cruzaban más bien tímidos e inseguros. Después me acarició la cabeza recogiendo mis cabellos. Prendimos un cigarro y me lo colocó entre los labios como en la película que vimos una noche antes para luego besarme la nariz y mirarme con esos ojos de tristeza y ternura infantil a lo Harriet Andersson en “Un verano con Mónica”. Pienso que sí: Bergman había predeterminado aquel momento de algún modo. No se trataba de un acto puramente ordinario, estábamos imitando inconscientemente la película de la noche anterior. A Irene le fascinaba hacer este tipo de rarezas que con el tiempo se volvían cosas gentiles que remitían al acto de decir más adelante ¡ah, qué feliz fuimos en aquella ocasión! cuando realmente la situación surgía incomoda e insoportable como la vez del berrinche en año nuevo o las vacaciones con infección en el estomago. Pero el tiempo transformaba este tipo de cosas, el paso de los años nos hacía mentir y eran más complacientes estas afirmaciones. En este caso, estando en la punta del cerro con Irene,  todo resultaba placentero. Hasta entonces no había reproches de por medio. Vaya, me encontraba naturalmente contento.
         Un silencio se ocupaba de nosotros. Con una sonrisa extraña me miró como a punto de llorar.
         -Siempre me daban muchas ganas de bajar y caminar por estos rumbos. Desde chiquita me lo imaginaba, Juan.
         Prestaba yo atención a su cabello lacio, a sus ojos aceitunosos.  Inusuales circunstancias -reflexionaba yo-, fuera de nuestra cotidianidad cantinflescas. Alegre volvió su rostro indicando el paisaje.
         -Mira hacia allá, Juan. Ve que pequeño se ve el pueblo del fondo. Apenas y se alcanza a ver la iglesia. Se ve que no tiene mucho que la construyeron. ¿Cómo se llama por allá?
         -No lo sé. No ubico a qué altura andamos.
         -¿Y entonces?
         -¿Y entonces…?
         - Y si nos quedamos y armamos una cabañita en algún terreno cerca. Sería increíble. Seguro el metro cuadrado anda bien barato por estos rumbos. Acá se viviría en paz, sin tanto alboroto.
         -¡No es así de fácil!
         No había sido enserio, era solo un comentario más. Sus reales deseos tenían una tendencia parecida pero no concreta: distanciarse de no se qué. La fugitiva trataba de encontrar un mundo muy fuera del suyo. Ficticio como las películas que coleccionábamos.
         Se paró y reanudamos nuestra caminata. Distantemente se oían los ladridos de algún perro. El viento movía el pastizal produciendo una sensación de temblor en el suelo, la hierba nos llegaban por arriba de las espinillas, danzaba con ritmo, en un lenguaje de códigos y claves incompresibles, como la sincronía de esos pájaros que anuncian la caída de la tarde. Nos dirigimos luego hacia un pino viejo y solitario que muy a lo lejos destacaba raquítico. Descendimos con agilidad y natural delicadez de aquella colina abismada en armonía por los últimos rayos que atravesaban con insistencia el cielo nublado. Me acordé de Toluca, de la triste Toluca, de los sauces llorones de Toluca. De pronto una sensación de escalofrío me irrumpió por completo. El malestar me recordaba las pesadillas que frecuentaban mis sueños en la infancia. Mi madre lo solucionaba con un vaso de leche que mágicamente terminaba por acabar con la demencia suscitada dentro de mi imaginación. Soñaba como suelen soñar todos los niños. Me preguntaba las cosas con mucha seriedad, con esa seriedad filosófica que solo un niño posé pero eran abismos colosales que me asustaban. Cuestiones sobre Dios. Figuraba la muerte como un silencio eterno. Mentalmente se esfumaba el terror y aquellas figuras movedizas se largaban con un trago de la receta mágica. Fue un escalofrío fugaz, un recuerdo de mi niñez que se manifestó eterno por algunos segundos, así que caminé hacia aquel árbol como si nada hubiera sucedido. Ya eran por eso de las siete, había transcurrido una hora desde que nos bajamos del carro. Al otro lado notamos la cercanía que teníamos con el pueblo vecino. Irene repentinamente apuntó con el dedo hacia una dirección donde se podía mirar algunas casas distantes: casas grises con ropa de colores chillones tendida en la azotea, una barda tricolor promocionando al partido político de los masoquistas. Dos hombres morenos y correosos, armados con un firme y sólido machete se distinguían al final de una cerca con púas que delimitaba el pequeño poblado. Tenían amarrado de las patas a un perro que lloraba funesto. Colgado de las ramas se balanceaba el pobre animal. Ya lucia la trufa maltrecha. Ya le habían puesto varios madrazos.
         -¡Ya mátalo chingada madre! ¡Pa’ que ya no ande chingando! ¡Que aprendan estos pinchis perros,  Martin!
         Detenidos un momento Irene y yo, pasmados por la escena, nos frenamos taciturnos. Los dos hombres no percataron nuestra presencia. Julio dio un pasito y dio muerte al canino propinándole un apresurado revés en la cabeza. Fue impactante e inesperado. Dimos media vuelta y retornamos velozmente. Ella se dejo llevar por mí, que en ese momento, viéndola de reojo, se miraba sorpresiva y confusa. La otra realidad tampoco le gustaba. El coche estaba estacionado en medio de la carretera, podían robarle algo, decía. ¿Seguirá allí?, repetía preocupada. La sujete de la muñeca y caminamos de regreso al otro lado del cerro. Tengo que estar cenando con mis papas a las ocho, me recordaba. Insistía en que nos apuráramos e Irene se rió pero ya sin alegría.


ALEJANDRO ARRAS (México D.F, 1992). Ha publicado en las revistas Opción Itam, Circulo de Poesía, Re Crítica, entre otras. Actualmente es estudiante de la carrera en Ciencias Políticas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Ilustración | Australian Gum trees

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