LETRONAUTA Mi vecino ha extraviado a su elefante | Wilberto Palomares


Mi vecino ha extraviado a su elefante. Es la tercera vez este mes. Antes no era un problema, pero ahora me preocupa ser embestido por el paquidermo mientras camino hacia mi trabajo.

Javier, un hombre sencillo. Con un trabajo de oficina de nueve horas más dos y media que le toma el camino, de ida y vuelta. No tiene auto, dice que es su forma de ayudar a salvar al planeta. Un pequeño jardín sin forma crece al frente de su casa. Cada mes trae una planta nueva y la pone donde encuentra un espacio. Tiene una esposa, María, de poca estatura y voz chillona, cabello rizado y poca paciencia. 

También tiene una mascota, Aldebarán un elefante africano, de esos que tienen dos gigantescos colmillos.

Javier regresa a su casa todos los días del trabajo alrededor de las 8 de la noche. Nos damos cuenta porque desde la esquina le oímos silbar su canción. Apenas percibimos el ritmo y el suelo empieza a retumbar, es Aldebarán que se alegra de que su amo esté en casa.

La primera vez que se extravió el elefante ni siquiera nos dimos cuenta. Regresó solo a casa antes de que los noticieros desataran el pánico, como suelen hacerlo cada día. No hubo daños ni heridos. Javier, al darse cuenta de que su elefante no estaba en el patio, como todos los días, se sentó en la banqueta a esperar pacientemente su regreso.

La segunda vez que Aldebarán desapareció no hubo tanta suerte. Javier repitió su estrategia de esperar en silencio el regreso del paquidermo. Pero el reloj marcó las diez de la noche y la ansiedad se encendió dentro de él, tan súbitamente como un fósforo bañado de gasolina. Corrió por toda la cuadra, tocando frenéticamente de puerta en puerta preguntando por su elefante. Alguien llamó a la policía.

Unos minutos después una camioneta del noticiero matutino del canal 5 desplegaba un amasijo de cables. Una joven de cabello largo y falda corta daba cuenta de la insólita historia bajo el manipulado título “Extreme precauciones. Vecino ha extraviado a su elefante”. Un par de horas después, Javier regresó a casa solo para darse cuenta de que Aldebarán dormía en el patio.

Eso fue ya hace varios días.

Mi vecino ha extraviado a su elefante. Es la tercera vez este mes. Antes no era un problema. Ahora María observa con su característica impaciencia desde la ventana de la cocina cómo su marido corre por todos lados preguntando por Aldebarán. Alguien ha llamado a la policía, ha sido María, pero no ha sido a la policía.

No hay patrullas ni camionetas informativas en la esquina esta vez, sólo un auto blanco con la leyenda “San Remo. Hospital mental”. Un par de hombres con trajes que combinan con el carro han tomado a Javier por los hombros y amablemente se lo han llevado. María cierra las cortinas aún con el teléfono en la mano.

No he vuelto a ver a mi vecino Javier. Tampoco he sentido a Aldebarán haciendo temblar la tierra.
Dicen que Javier perdió la cordura poco a poco, un día a la vez. Que Aldebarán era su amigo imaginario en los tiempos en que aprendía apenas a atarse las agujetas. Dicen que Javier fue tragado por la modernidad, esa de la que tanto se enorgullecen los hombres.

Empresas multimillonarias, democracias defectuosas, transportes públicos atiborrados, celulares que hacen de todo incluso llamadas telefónicas, brazos mecánicos haciendo el trabajo de veinte obreros en las fábricas, autos que se conducen solos y bicicletas que nadie conduce.

Presidentes que se reeligen una y otra vez por el bien del pueblo, claro. Hospitales que no curan, cárceles saturadas. Aviones súper sónicos y trenes que levitan sobre las vías. Burocracia infinita e internet de alta velocidad. Casas cada vez más pequeñas, calles cada vez más pequeñas, ciudades cada vez más grandes. Modernidad, le llaman. 

Dicen que Javier perdió la cordura poco a poco, un día a la vez. Dicen que todos tenemos un Aldebarán, todos buscamos un Aldebarán que nos salve de la rutina, a veces es un conejo, una vaca azul con manchas verdes o un sueño abandonado. Dicen que todos somos como Javier. Dicen…


WILBERTO PALOMARES. Autor del libro Supervisor de nubes, publicado en febrero de 2015 por el CONACULTA. Finalista del concurso de poesía "Vientos de octubre" en España en el año 2011. Egresado del taller de creación literaria "Cuentos" impartido por el reconocido escritor y compositor Armando Vega-Gil y del taller "D Generación Literaria" impartido por Agustín Benítez Ochoa. Dramaturgo de los unipersonales “Dijo que se quedaría... y le creí” y “Loca de amor”. Autor de al menos 70 cuentos y tres novelas. Actualmente trabaja en su cuarta novela La noche de los girasoles y en la antología poética De vaqueros, trenes y poetas.

Ilustración | Steven Toang

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