CULTURA DIGITAL El trabajo arquitectónico de Juan Pablo Ortiz

Con la filosofía de “más ética, menos estética”, el arquitecto colombiano Juan Pablo Ortiz dirige desde hace quince años el despacho de arquitectura que lleva su nombre.
El arquitecto colombiano, catedrático e investigador de la Universidad de los Andes en Bogotá, será reconocido en la edición 30 de la FIL Guadalajara.

“Creemos que la arquitectura es un servicio dirigido a mejorar la vida cotidiana de las comunidades con las que trabajamos; entendiendo este servicio como la voluntad de dar valores adicionales a la simple construcción. Estamos convencidos de que una arquitectura de excelencia se construye con ideas”, ha dicho sobre su quehacer Juan Pablo Ortiz, arquitecto colombiano, que será reconocido en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara con el Homenaje ArpaFIL, el próximo viernes 2 de diciembre.

Con la filosofía de “más ética, menos estética”, el arquitecto colombiano Juan Pablo Ortiz dirige desde hace quince años el despacho de arquitectura que lleva su nombre. Entre los proyectos más destacados que ha firmado se encuentran el Centro Memoria Paz y Reconciliación (Bogotá), el Archivo de Bogotá, los Parques de Reciclaje y Centro de Educación Medio Ambiental del Salitre y el Tintal Bogotá, los laboratorios del Archivo General de la Nación de México (Ciudad de México), los laboratorios de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Javeriana, por citar algunos.

Juan Pablo Ortiz se graduó de arquitectura de la Universidad de los Andes, en 1989. De 1995 a 1999 fue socio de los arquitectos Giancarlo Mazzanti y Rodrigo Rubio, con quienes desarrolló una serie de proyectos reconocidos en concursos nacionales e internacionales. En 2000 ganó el concurso para la construcción de la sede del Archivo General de Bogotá, mismo año en el que abrió el despacho que lleva su nombre y que se ha especializado en el diseño de arquitectura institucional. “Nuestro trabajo se destaca por la búsqueda continua de conceptos e ideas operativas frescas, propositivas e innovadoras, que nos permiten proyectar espacios habitables, eficientes, útiles, durables, responsables en el uso de la energía, bellos y significantes; todo esto dentro de un marco de respeto hacia las tradiciones locales, y el paisaje natural en que el que se implanta”, ha detallado Ortiz sobre la línea de trabajo de su despacho.



En la línea de su filosofía de trabajo, el Centro Memoria Paz y Reconciliación, construido para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia en Colombia, es un  es un espacio que “tiene el propósito de rescatar la memoria de las víctimas de la violencia en Colombia desde el olvido, y busca promover una cultura de paz y el respeto de los derechos humanos a través de acciones de convivencia y de pedagogía social”, se lee en la descripción de este proyecto. Los proyectos de Ortiz han sido seleccionados en la Bienal Iberoamericana, la Bienal Colombiana, la Bienal de Arquitectura de Buenos Aires, ha sido nominado al Premio Americano Mies van der Rohe Crown Hall, y en 2004 recibió el Premio Nacional de Diseño Colombiano Lápiz de Acero, por el proyecto del Archivo de Botogá.



Fuentes:
fil.com.mx
Universidad de Guadalajara
Juan Pablo Ortiz Arquitectos

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ESCAFANDRA La persona más importante de mi vida | Blanca Vázquez

Resulta que yo, aquella que no se quería tanto por el sexo, color y olor, es ya una presencia querida, incluso dispuesta a convivir conmigo en armonía hasta el último dolor de la muerte.
Graciela Hierro
“Me sentía muy bien, en realidad. Era extraño sentir cómo me celaba, podía observar a quién me miraba y me tomaba del brazo y me llevaba a otro lado. Me protegía creo. Me llenaba de palabras lindas. No. Nadie me las decía. Consideraba que era hermosa y hasta inteligente. Bueno, yo no me sentía tonta, pero que alguien como él me lo dijera, vaya me hacía sentir verdaderamente inteligente. Cuando no estaba con él y yo tenía que trabajar, me llamaba para preguntarme dónde estaba, que si estaba revolcándome con este o aquel en algún hotel…. Claro que no me agradaba, pero me decía que eran celos, que me quería, que me amaba…yo le creía.”

La violencia contra la mujer es una violación total a los derechos humanos, que no sólo puede pensarse que se ejerce con violencia física; en ella se encuentran la discriminación, la desigualdad, la violencia sexual, psicológica y patrimonial, la trata y el acoso. En estas situaciones se encuentran más del 70% de las mujeres en todo el mundo. Y no es una moda o un fastidio que las mujeres salgan a la calle a manifestarse, que hagan declaraciones, que exijan igualdad, equidad, respeto.

“Si pudiera diría que no lo amo. Pero no es así, a veces pienso que aún lo extraño. Pero ya no podía seguir con todo eso. Una  vez fuimos a “hacer el amor” a un hotel y de pronto se levantó, luego de haberme dicho que era yo la mujer de su vida, que era su luz y otras cosas de verdad que tengo aquí en mi cabeza, pero así como si nada se vistió y me dijo que se iba porque no quería que lo vieran salir conmigo.”

En nuestro país, tenemos una Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia desde diciembre de 2006, en la cual el Estado mexicano está obligado a intervenir de forma directa para evitar y erradicar la violencia contra las mujeres, siempre conforme a los principios de igualdad y no discriminación. No importan los discursos en torno al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer si quienes cada 25 de noviembre sólo los expresan por la forma y no por el fondo. Los grupos políticos deben entender que es una urgencia humana atender la problemática. Por eso miles de mujeres en México –y en todas partes del mundo–  salieron a manifestarse a las calles. Y no, no es un solo día en que lo hacen, están conscientes cada día de estas injusticias, porque cada día son don, cuatro o más mujeres desaparecidas, muertas, violadas o torturadas; cada día a todas horas existe acoso callejero, te lanzan un piropo que denigra y hasta toquetean. Existe una violencia doméstica que se detecta pero cuánto trabajo para que ésta se pueda denunciar.

“Sentía que el día duraba menos, es que él me llamaba a todas horas, sentía tan bonito que alguien pensara en mi. Me arreglaba para él, me gustaban sus besos y cómo me decía Amor, luego de un momento a otro se molestaba si le decía que un actor me gustaba y me aventaba por allá. Quería entenderlo siempre, me amaba.”

La violencia ejercida hacia las mujeres debe estar presente en las acciones de las políticas públicas, pero de una manera seria, las personas que están en cargos públicos deben tener en cuenta que no es una moda, una exigencia ridícula, sino deben abrir los sentidos y entender que esta realidad inmersa en muchas otras realidades no puede ser justificada o pensada desde una acción. Hoy gracias a todas las luchas, manifestaciones y levantamiento de voz de otras, de mis antepasadas estoy frente a este ordenador, estudio, trabajo, ejerzo mi sexualidad con libertad, decido sobre mi cuerpo y puedo decir lo que pienso. A todas ellas tengo que agradecerles que nunca hayan dejado de creer en que somos seres humanos mujeres y hombres, y que ambos tenemos derechos.

Ser mujer no significa que entiendas que lo eres, a veces es un proceso doloroso que cuando una se descubre se da cuenta de todo lo que ha pasado por aceptar condiciones culturales que nos han impuesto conforme a nuestro sexo. El deber ser para otros está tan arraigado que una revolución de emociones trastoca la corporalidad, pero sobre todo el pensar. Hoy tengo deudas con todas las que salen a marchar, con quienes hacen verdaderas leyes, quienes se atreven a decir alto a la violencia, quienes ejercen profesiones u oficios aunque les hayan dicho que no se podía…  a quien tiene valor de decirse soy mujer, me sé mujer. Una feminista de tiempo completo.

“Sí, me amo. Creo que hoy soy la persona más importante de mi vida.”

Para leer
1. Graciela Hierro. Me confieso mujer. (2004).México: DEMAC
2. Simone de Beaouvoir. Una mujer rota (2002).México: Edhasa
3. Doris Lessing. La grieta. (2008)  México: LUMEN
4. Alice Munro. La vida de las mujeres. (2013).  México: DeBolsillo


BLANCA VÁZQUEZ nació en el Distrito Federal, en 1973. Su vida ha transcurrido en el estado suriano de Guerrero. Estudió Literatura Hispanoamericana y es maestra en Estudios Socioterritoriales y doctorante de Literatura. Ha publicado Los letargos de Artume (La Tarántula Dormida); Ojos de lechuza (Rojo Siena) y El corazón en la mano (Editorial Fridaura). Imparte clases en la Universidad Autónoma de Guerrero. Email: itasavi1@hotmail.com

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CUENTO La perrera | Ángel Fuentes Balam

Pasífae lamía su agua, en un contenedor café. Al lado, el platito azul con su comida favorita: hígado de ternera.
Así éramos felices.
         Ella, amarrada a la cabecera de la cama con una soga sucia y gruesa que se extendía gracias a una cadena para perros, desembocando en su cuello. Yo, escribiendo la novela que nunca podía terminar, mirándola enternecido, como un padre que ve jugar a su hija y piensa en el futuro, cuando la niña sea mayor y no recuerde ese episodio.
         Pasífae lamía su agua, en un contenedor café. Al lado, el platito azul con su comida favorita: hígado de ternera. Para beber se inclinaba hacia adelante, flexionando sus codos y remojando su cabello castaño en el líquido. Le miraba el culo, levantado por la acción. La había vestido ese día con una bata rosada, que resbalaba hacia sus omoplatos, y un pequeño calzón blanco con breves holanes en los bordes inferiores.
         —Está un poco fría —dijo, terminando de sorber. Algunas gotas resbalaban por labios y barba.
         —¿Quieres que la caliente?
         —No. Luego quisiera beber leche.
         —¿No la quieres ahora? —pregunté, acariciándome el pene.
         Ella entornó los ojos, molesta por el chiste.
         —Quiero bailar. Eso quiero.
         —Bien. ¿A quién se te antoja? ¿Handel?, ¿Beethoven?, ¿Liszt?
         —Quiero bailar un tango.
         Lancé una mirada ácida.
         —Eso está prohibido.
         —Quiero un tango —pidió, moviendo las caderas, como un cuadrúpedo feliz.
         —¿Por qué no ponemos a Schubert?
         —Quiero un tango.
         Se acercó a mi silla, en cuatro patas. La cadena era bastante larga para permitírselo. Al llegar, se irguió de rodillas y colocó sus brazos en mis muslos, acercando su cara a mi sexo.
         —Déjame bailarlo.
         —Sabes que no me gusta.
         Con suaves movimientos, acariciaba mis piernas. Puso sus dedos en los botones de mi pantalón y los desabrochó. Hurgó y con el índice y pulgar diestros, bajo la tela de mi ropa íntima. Olió.
         —Por favor…
         Extrajo mi miembro, desde su oscura selva. La correa ondulaba en el espacio. Una cuerda para saltar. Dos pequeñas jugando en algún parque, encumbradas por la luz naranja del atardecer; un cántico que brota de sus pequeñas gargantas, se desperdiga sobra las hierbas y la quietud del ocaso.
Pasífae sacó mi pene y comenzó a soplarle, como si fuese una vela de cumpleaños.
         —¿Te gusta que sea tu perrita?
         Sacando la lengua, lo probó desde la base a la punta, lento.
         —Me fascina.
         —¿Te gusta que no pueda salir a la calle?
         —No sin mi permiso.
         —¿Te gusta que sólo sirva para comer y coger?
         —Eres mía.
         Cerró lo labios para capturar mi sexo, creando una bóveda cálida y mojada. Su lengua comenzó a hacer surcos y acrobacias. Me veía con sus ojos color esmeralda, enrojecidos por el polvo de nuestro cuarto. Abría la boca y dejaba que la saliva escurriera por todo el glande, para caerle en el pecho.
         —Eres mi perrita.
         Oprimí su cabello, fuertemente, y empujé su nuca para que lo tragara todo; chocó con su garganta. Sonreí. Comenzó a subir y bajar, respirando agitada.
         La habitación olía a orín y humedad. Me gustaba que Pasífae chorreara en cualquier parte. Primero ella se rehusó. Luego, aceptó que colocásemos algunos periódicos cuando tuviera la necesidad. Pero en la mayoría de las ocasiones, yo me bebía su deshecho.
         —Ven —pedí, al sentir que había crecido lo suficiente.
         —¿Qué quieres, amo?
         —Voltéate.
         Ella giró, en cuatro patas. Me mostró su trasero, con la ropa interior arrugada, desapareciendo entre sus nalgas.
         Aparté la silla, y me bajé a su nivel, también en cuatro patas. Acerqué mi rostro a su culo. Inhalé, hechizado. Clavé mi lengua entre sus glúteos y lamí su vulva; pronto, la ropa quedó totalmente mojada.
         —Eres perrito, también —dijo, entre gemidos.
         Enfebrecido, con los dedos temblorosos, preso de una tormenta de ceniza bajo el vientre, deslicé la prenda hacia abajo, para tener la visión de su ano y su vagina, velluda, rosada, sucia…Chupé nuevamente, derramé baba por toda la zona.
         —Huele mal, perrito. No me has bañado.
         —Prefiero así.
         Metiendo la lengua en su orificio, sentí un placer magnánimo. Ella arqueaba la espalda, para una mejor penetración.
         —Te gusta que no sea más que tu perra, que no salga, que el sol no me acaricie, que nadie me mire.
         No aguanté más.
         —Quiero que orines.
         —No puedo.
         —Es una orden.
         —Me das órdenes siempre. Pero no me dejas bailar tango.
         —¡Cállate con eso!
         Con la mano bien abierta, golpeé su nalga izquierda.
         —¡Ay! Eres malo. Eres una mala persona.
         Tomándola de las caderas, clavé mi verga en ella. Pensé en la cruz de Cristo, clavándose en la tierra. Aquí yacerá el salvador del universo.
         —¡No!
         —Sí.
         Comencé a penetrarla sin cuidado.
         —Eso te gusta. Soy tu mascota.
         —Ladra.
         Su sexo espeso me recibía como una madre que abrazara a su hijo moribundo. Cuando entraba en ella, una sonata putrefacta hería el silencio: lodo, correr en lodo, en charcos de bacterias y disentería. Nuestras pieles chocando rompían el aire denso, cristal empañado por meses de amargura y enfermedad.
         En un arrebato de furia, tomé la cadena y tiré, ahorcándola.
         —Amo… ¡No tan duro!
         Eyaculé adentro de ella, copiosamente. Gruñí al sentir el estertor del placer, invadiendo mi sistema, ahogándome a la par.
         Pasífae quedó en posición de rezo, con los dedos embarrados del hígado de ternera que había aplastado sin querer.
         Me puse de pie, abrochándome el pantalón.
         Desde el piso, con la frente pegada a las losas frías, ella dijo:
         —¿Puedo bailar un tango?
         —Sabes que no me gusta —tercié ecuánime.
         Pasífae se ahorcó con la correa, un mes después. Murió asfixiada entre su propia orina, con la lengua que me dio tanta alegría, seca y por fuera de la boca. Su tonalidad azul hacía juego con la noche.
         Yo me quedaba observando el plato con leche hervida que le servía a su sombra cada noche, durante esos veintisiete días. Yo hice que se matara. Yo la aparté del mundo y la obligué a ser un animal.
         Los días subsecuentes, sumido en una tristeza grotesca y fulminante, escuchando “Por una cabeza” de Gardel, oculto en la oscuridad, rodeado por los periódicos donde habitaban aún partículas de ella, pensé que aunque fuera a la perrera, jamás iba a conseguir una compañera así.
         Terminé la novela en esos días. Luego, la eché al fuego. Y me comí las cenizas, usándolas como aderezo en un plato de hígado de ternera.
         Yo no era el amo en esa relación, todo lo contrario: así éramos felices.


ÁNGEL FUENTES BALAM. Mérida, Yucatán. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Es autor de los libros: Melodía tu engranaje quieto, Cruóris o la rabia que fuimos y Devoré el cráneo de Eros (próxima publicación). Ha figurado en antologías nacionales e internacionales y en diversas revistas literarias a lo largo de Hispanoamérica.

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AMARGORD EDICIONES Hora Zero: óperas primas

Hora Zero: óperas primas contiene la poética y poesía del movimiento hacia la revolución y el nuevo hombre. En estas óperas primas, recogidas en este libro, se reúne la esencia de Hora Zero y el sutra de los manifiestos que bien forman parte de la poética del grupo con los tres primeros y más importantes libros del movimiento: Kenacort y Valium 10 (Jorge Pimentel, 1970), Un par de vueltas por la realidad (Juan Ramírez Ruiz, 1971) y En los extramuros del mundo (Enrique Verástegui, 1971). 
En estos libros está plasmado el vitalismo, el antiacademicismo y la voz libertaria de Hora Zero. Una voz que será lava volcánica y farol no solo para los poetas de las generaciones posteriores sino para la sociedad, el Perú y la coyuntura política-social-económica.

Aquí no solamente se reúnen por primera vez, en un único texto, y después de más de cuarenta años del nacimiento del grupo Hora Zero, estos libros iniciales (o iniciáticos) rescatados del abismo del olvido, escritos inhallables hoy en día, los mismos que retornan a los lectores para convertirse en una nueva celebración de este momento de clara importancia para la poesía peruana y, porque no decirlo, también para la poesía en español, sino que, además, nos acercan a la voz del pueblo peruano, un país de escritores y severas contradicciones, hechos que paradójicamente nutren sus poemas, prosas, manifiestos y demás producción literaria.

DESTRUIR PARA CONSTRUIR
Rodolfo Ybarra & Zachary de los Dolores

Disponiblidad:
El libro está disponible en varios librerías de España y Perú y atreves de la página web de Amargord ediciones. También estará a la venta en México durante la feria internacional del libro de Guadalajara en la caseta de la misma editorial.

RODOLFO YBARRA (Lima-Perú). Ha estudiado diversas disciplinas entre ellas las matemáticas y las comunicaciones. Asimismo, ha publicado una veintena de libros, en casi todos los géneros; como novelas, cuentos, poemarios y ensayos: Ruptura de Heje; Sinfonía del Kaos; Vómitos; Carne Humana; Construcción del Minotauro; Matagente; Secreto de Estado; Las Armas del Escritor; etc. Ha dirigido un programa de televisión de contracultura y política, y editado revistas y fanzines. Muchos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, al francés y ruso. Se expresa también mediante el vídeo y la música. Desde el 2007 dirige el blog: www.rodolfoybarra.blogspot.com.

ZACHARY DE LOS DOLORES. Es Doctor de la universidad Complutense de Madrid en Pensamiento español e iberoamericano y fiel seguidor del Abomunismo. Es estudiante de la poesía y como tal recientemente ha sacado los libros: Kloaka: antología poética y Termitas: la ocupación ilegal del paraíso y las traducciones de la poesía de Bob Kaufman al español, a de Leopoldo María Panero y JotaMario Arbeláez al inglés.

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POESÍA Autobiografía | Jaroslav Seifert


En el momento en que nací / dicen que entró por la ventana una mariposa / y se posó sobre la colcha de la cama de mi madre...
Cuando alguna vez hablaba de sí misma,
mi madre decía:
Mi vida fue triste y silenciosa,
y solía ir de puntillas.
Pero cuando me enfurecía
y daba alguna patada,
y tintineaban levemente en el anaquel
las tazas de mamá,
yo me reía.

En el momento en que nací
dicen que entró por la ventana una mariposa
y se posó sobre la colcha de la cama de mi madre,
pero en el aquel mismo momento aulló el perro en el patio.
Mi madre vio en ello
una señal nefasta.

Mi vida no ha sido verdaderamente tranquila
como la suya.
Pero si en los días presentes
la miro con nostalgia
como si se tratara de marcos vacíos
en un muro polvoriento,
fue maravillosa.

No puedo olvidar
muchos momentos
que fueron como flores luminosas
de todos los colores y matices
y los atardeceres llenos de perfume
que parecían racimos de uva negra
ocultos entre las hojas de la oscuridad.

Apasionadamente he leído poemas
y he amado la música
y me he perdido, siempre en el asombro,
de belleza en belleza.
Mas apenas vi por primera vez
la imagen de una mujer desnuda,
empecé a creer en los milagros.

La vida pasó deprisa.
Fue demasiado corta
para mis deseos
que no tenían fin.

Antes de que pudiera darme cuenta
se acercó el final de la vida.

La muerte abrirá pronto mi puerta de una patada
y entrará.
Del susto y el horror contendré entonces
el aliento
y se me olvidará respirar.

¡Ojalá no me niegue
poder aún besar las manos
de aquélla que pacientemente acompañó mis pasos
y anduvo, anduvo, anduvo,
y amó más que nadie!

Poema tomado de Breve antología.
Libro disponible en: Ediciones Hiperión 


JAROSLAV SEIFERT (Praga, 1901-1986). Poeta checo considerado uno de los más grandes poetas checos contemporáneos; obtuvo el premio Nobel en 1984. Fue activo inspirador de los principales movimientos vanguardistas checos, entre ellos el llamado "poetista". Miembro fundador, en 1921, del Partido Comunista checoslovaco, rompió con él después de viajar a la Unión Soviética en 1929, y fue fervoroso luchador contra la ocupación nazi.

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BREVIARIOS DE YAAZKAL Ya viene la navidad | Yaazkal Ruiz C.

Quise escribir mi primer libro pero ahora me doy cuenta que las palabras no acudieron a mi llamado.
Los meses se han ido muy rápido, casi como si no existieran las horas, el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, diciembre entra por la puerta principal. ¿Cuántas cosas dejé de hacer?

De todos los proyectos planteados, más de la mitad quedaron en notas, borradores. Otros tantos, al bote de basura. Quise escribir mi primer libro pero ahora me doy cuenta que las palabras no acudieron a mi llamado.

Quizá es muy pronto para reflexionar pero lo hago porque tiemblo cuando veo algunas casas llenas de luces de colores. Y quiénes gobiernan nuestro estado, nuestro país, ¿reflexionarán sobre sus acciones? ¿pensarán en todas aquellas cosas que hicieron o dejaron de hacer? O ¿será que el poder les impide mirar el mal que hacen?

Me doy tiempo para reflexionar. Tal vez de esta reflexión, surja ese libro que estoy buscando.


YAAZKAL RUIZ C. Una chica del sur de México. Poco a poco revelaré más datos.

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CUENTO Al terminar la fiesta | Marcelo Birmajer

Mirar a las mujeres sin recato, comer desprolijamente sin que su mujer se avergonzara, no buscar más que su propia comodidad. Era un inofensivo descanso en el fluir constante, y en su caso feliz, del matrimonio.
«Todos están mejor», pensó Ariel. Era una fiesta de las que le gustaban. Buena comida, libre acceso a la buena comida, bebida fría, concurrencia indeterminada, bellas mujeres solas, libertad de movimiento: no precisaba insertarse en ningún grupo, ninguna necesidad de hacer el payaso o animar la fiesta.
         Ariel, aunque tímido y moderado, sentía en las fiestas opacas la necesidad de levantar el ánimo de los concurrentes. No por afán de figuración sino, realmente muy por el contrario, por una excesiva cortesía hacia los anfitriones. Sin que pudiera manejarlo conscientemente, en el alma de Ariel se instalaba la necesidad de evitarles un desengaño a los dueños de casa. O, dentro del mismo sentimiento, la imposibilidad de contemplar pasivamente el fracaso de la fiesta. De modo que Ariel inventaba temas de conversación, comentaba libros o improvisaba chistes. Tenía una habilidad innata para hacer creer a los participantes de la fiesta que estaban protagonizando una charla mientras él desarrollaba su monólogo. En la despedida, su alma embriagada en el afán de agradar padecía una resaca: había hablado de más, era un ególatra y había arruinado lo poco de fiesta que se hubiese podido salvar. Sólo se calmaba cuando su esposa lo convencía de que había estado agradable y saludablemente divertido.
         En la presente fiesta, Ariel disfrutaba de su anonimato, y también, aunque suene mal, de la ausencia de su esposa. Natalia se había quedado en casa estudiando.
         Ariel paladeaba su soledad en las fiestas recordando otras épocas, cuando la soledad podía ser un martirio.
         Mirar a las mujeres sin recato, comer desprolijamente sin que su mujer se avergonzara, no buscar más que su propia comodidad. Era un inofensivo descanso en el fluir constante, y en su caso feliz, del matrimonio.
         Maite, una conocida de cabello castaño y destacable cuerpo, entre la charla suelta y la ingestión de canapés rozó varias veces a Ariel con sus pechos. Ariel supo que, en otras circunstancias, sería la clásica escena que concluía en su cama de soltero. ¿De cuántas fiestas se había retirado con una presa, como un pescador que arroja el mediomundo a un mar misterioso? ¿De cuántas otras había salido malamente borracho, solo y sin ánimos suficientes siquiera para dormir? Maite alternaba entre apoyarle la cabeza y los pechos en la parte descubierta de su brazo (tenía las mangas de la camisa arremangadas), cuando la vio. Patricia. Acompañada de un hombre. Un hombre medianamente gordo y formalmente vestido; con una calva, formal también, en la parte posterior de la cabeza.
         Patricia, Pato por entonces, ahora sonreía y estaba radiante. Tan lejos de aquella chica mortificada y silenciosa que siete años atrás le había dicho a Ariel, sentada en su cama: «Puse mucho en esta relación… Me voy a matar».
         Ariel, hacía siete, casi ocho años, se había separado de su primera mujer, Emilia. Una relación que comenzó en la adolescencia y tuvo el mal tino de persistir. O bien se habían demorado en separarse, o bien se habían apurado en casarse, pero un día descubrieron que no se soportaban. Emilia le pidió a Ariel que se fuera de casa por un tiempo. Ariel le pidió el divorcio a los seis meses.
         Ariel era un casado prematuro y se transformó rápidamente en un divorciado neonato.
         En ese momento de hecatombe, en ese interregno entre ser un hombre separado y ser nuevamente soltero, como a quien le cuesta despertarse, sus amigos le presentaron a Pato.
         Ariel supo desde la primera cita que ella era depresiva. Pero le pesaba estar solo y no tenía necesidad de prometerle nada. Pato aceptó de inmediato la primera invitación a su casa.
         Pasaron unas semanas comportándose como novios; y aunque Ariel no le encontraba mayores atractivos, más pereza aún le daba separarse. Lo cansaba la sola idea de decirle que no quería verla más en su rostro de náufraga que ha hallado un tronco. Así quería estar Ariel: como un tronco. Ya tenía bastante de separaciones por un buen tiempo.
         Pero Pato comenzó a insertar «charlas sobre la pareja». Lo invitaba a viajes de fin de semana, se quedaba a dormir todas las noches en su recientemente adquirida casa de soltero. Comenzó a dar a entender que estaba esperando ser invitada a vivir allí. Pato vivía con sus padres, con los cuales tenía la peor de las relaciones, y nunca había logrado irse a vivir sola.
         Una noche —Ariel siempre se culpó de que hubiese sido una noche («de día, todo hubiese sido más fácil», repetía por aquel entonces)—, se vio obligado a decirle que no buscaba nada serio con ella. Y, sin saber que lo diría, le aclaró que tampoco deseaba continuar la relación.
         Pato lo miró incrédula. Porque no se lo esperaba, porque estaba en cualquiera de sus sueños. O porque jamás hubiese imaginado, aun con lo poco que lo había conocido en esas escasas semanas, que él se animaría a decirlo.
         Ariel recogió la mirada de Pato y descubrió que quizás había estado un poco brusco. Recomenzó las frases, pero con el mismo sentido. Era una despedida, quería terminar.
         Pato se le arrojó encima, llorando y besándolo a un tiempo. Lo tocó desvergonzadamente y soltó dentro de ella una amante descontrolada. Ariel se sintió francamente violentado. No creía ni una caricia de aquella repentina ninfómana; y aun cuando su arrebato hubiese sido auténtico, no la deseaba.
         Nunca la había deseado. No le había prometido nada, ni había logrado de ella más que ella de él. Después de todo, la relación había durado apenas más que un mes. Un tiempo prudencial para experimentar el completo fracaso.
         —No, no me podés dejar así —le dijo Pato cuando él la separó de sí suavemente—. Yo hice planes. Estábamos por irnos a vivir juntos… Yo puse mucho en esta relación.
         Ariel la miró atónito. Las mujeres hacían planes con él sin consultarlo.
         —Lo siento mucho —dijo Ariel como en un velorio—. Pero nunca se me ocurrió irme a vivir con vos. Ni siquiera pensé que lo nuestro iba a durar…
         Pato replicó con un llanto desesperado. Un llanto más caudaloso y auténtico que su fingido ataque sexual. Cuando recuperó el aire, se sorbió los mocos y le dijo:
         —Puse mucho en esta relación… Me voy a matar.
         Ariel primero no comprendió. Su esposa lo había echado de la casa hacía menos de ocho meses y otra mujer amenazaba con matarse.
         Contabilizó con alarma todos los posibles medios de que Pato cumpliera su amenaza: la ventana abierta, desde la que tranquilamente podía, si bien no matarse, romperse las piernas. O matarse, en realidad, si era tan temeraria como para arrojarse de cabeza. Los cuatro o cinco tomacorrientes que se destacaban en los zócalos de las paredes. Hojas de afeitar, no. Cuchillos, sí, a montones, bien filosos, perfectamente expuestos en el secador de cubiertos de la cocina. Si Pato sinceramente deseaba matarse, ya podía comenzar.
         —No te voy a dejar sola —dijo Ariel—. Calmáte.

Libro Historias de hombres casados. 
Libro disponible en Casa del libro


MARCELO BIRMAJER. Nació en Buenos Aires en 1966. Ha publicado, entre otros títulos, las novelas Un crimen secundario (1992), El alma al diablo (1994) y Tres mosqueteros (2001), los relatos Fábulas salvajes (1996), Ser humano y otras desgracias (1997), Historias de hombres casados (Alfaguara, 1999), Nuevas historias de hombres casados (Alfaguara, 2001) y Últimas historias de hombres casados (2004) y la crónica El Once. Un recorrido personal (Aguilar, 2006). Es coautor del guión de la película El abrazo partido, ganadora del Oso de Plata en Berlín 2004 y nominada al Oscar por la Academia Argentina de Cine. Ha escrito en las revistas Fierro, La Nación, Viva y Página/30; en los diarios Clarín, La Nación y Página/12; en los españoles ABC, El País y El Mundo y en el chileno El Mercurio. Traducido a varios idiomas, fue honrado con el premio Konex 2004 como uno de los cinco mejores escritores de la década 1994-2004 en el rubro Literatura Juvenil. En 2004, The New York Times lo definió como uno de los más importantes escritores argentinos de su generación.

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LETRONAUTA Estigma | Wilberto Palomares


“La pluma es más poderosa que la espada. De ti depende el poder de las palabras.”
Efímero, levedad, amor, etéreo. Son algunas de las llamadas “palabras más bellas del español”. Las amamos, las usamos a diario, a propósito, porque nos gusta sentirlas en la lengua o verlas salir de la pluma.

Pero, ¿qué hay de las otras palabras? Las feas, las difíciles de pronunciar, las confusas, las malas y sucias. ¿Qué hay de infierno, arma, muerte, guerra, imbécil? Todo en nuestras vidas es “equilibrio”. Nos premian cuando hacemos algo bueno, nos castigan por hacer algo malo. Lo mismo pasa con las palabras.

Mientras crecemos y vamos aprendiendo a comunicarnos con otros memorizamos palabras y significados, tratamos de pronunciar la r y de recordar cuáles vocales son fuertes y cuáles débiles. Y un día cualquiera, mientras repasamos qué letra viene después de la t, nos frenan.

Cariñosamente, nuestra madre en casa y la maestra en la escuela nos dicen: “Los niños buenos no dicen palabras sucias”, y nos dan una lista de vocablos impronunciables. El castigo por desobedecer nunca es claro (lavarnos la boca con jabón, una semana sin salir a jugar, un mes sin televisión) pero la advertencia nos sigue como nuestra sombra en verano.

Y así crecemos. Así vamos por la vida. Presumiendo las palabras buenas y escondiéndonos de las malas. La verdad, cuando niño, nunca entendí por qué algunas palabras estaban prohibidas. Aún hoy, ya rebasados mis treinta años, sigo sin entenderlo.

Creo que las palabras están más allá del bien y del mal, más allá de las definiciones de diccionario y los juicios morales. Somos nosotros quienes las convertimos en armas. De nosotros depende si al amor de nuestra vida le recordarán que siempre estaremos ahí, o al taxista, que casi nos atropella, que tiene un pase directo al rincón más oscuro del averno, junto con su progenitora.

¿No me creen? Pensemos en la palabra “adicción”. Inmediatamente pensamos en alcohol, drogas, muerte, dolor, sufrimiento. ¿Y si les digo “adicción al chocolate” o “adicción a los libros”? Ah, entonces la adicción es algo bueno, a qué aferrarse para ser felices, algo digno de presumirse, incluso.

Hay un viejo refrán: “La pluma es más poderosa que la espada”.  Déjenme completarlo: “La pluma es más poderosa que la espada. De ti depende el poder de las palabras”. Neruda enamoró a generaciones enteras con sus palabras, simples y dulces palabras, al mismo tiempo que Hitler las usó para sembrar odio y caos en el mundo.

No debería haber una lista de palabras feas, prohibidas o malas. Aún el más vil vocablo de nuestro lenguaje, es parte de nosotros y debemos estar orgullosos. Tarde o temprano habremos de expresarnos con alguno de ellos.

Abracemos a todas esas palabras rechazadas, señaladas, denostadas. Aprendamos a convivir con ellas y hacerlas parte de nosotros. Tomemos el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española para cambiarle el título. Ahora se llamará “Las palabras más bellas del español”.


WILBERTO PALOMARES. Autor del libro Supervisor de nubes, publicado en febrero de 2015 por el CONACULTA. Finalista del concurso de poesía "Vientos de octubre" en España en el año 2011. Egresado del taller de creación literaria "Cuentos" impartido por el reconocido escritor y compositor Armando Vega-Gil y del taller "D Generación Literaria" impartido por Agustín Benítez Ochoa. Dramaturgo de los unipersonales “Dijo que se quedaría... y le creí” y “Loca de amor”. Autor de al menos 70 cuentos y tres novelas. Actualmente trabaja en su cuarta novela La noche de los girasoles y en la antología poética De vaqueros, trenes y poetas.

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ENSAYO La enfermedad y sus metáforas | Susan Sontag


Durante el siglo XIX, la idea de que la enfermedad concuerda con el carácter del paciente, como el castigo con el pecador, se modificó: se empezó a pensar que la enfermedad es una expresión del carácter, un resultado de la voluntad.
En la Ilíada y en la Odisea, la enfermedad aparece como castigo sobrenatural, como posesión demoníaca o como acción de agentes naturales. Para los griegos la enfermedad podía ser gratuita o merecida (falta personal, transgresión colectiva o crimen cometido por los ancestros). Con la llegada del cristianismo que, como en todo, impuso ideas más moralizadoras acerca de las enfermedades, la correspondencia entre una enfermedad y su «víctima» fue haciéndose más estrecha. La idea de la enfermedad/castigo cedió su lugar a la de que una enfermedad podía ser un castigo particularmente apropiado y justo. La lepra de Cresseid en The Testament of Cresseid de Henryson, y la viruela de madame de Merteuil en Las amistades peligrosas revelan, de manera totalmente involuntaria, el verdadero rostro de la bella mentirosa.

Durante el siglo XIX, la idea de que la enfermedad concuerda con el carácter del paciente, como el castigo con el pecador, se modificó: se empezó a pensar que la enfermedad es una expresión del carácter, un resultado de la voluntad. «La voluntad se muestra como cuerpo organizado —escribe Schopenhauer—, y la presencia de la enfermedad significa que la voluntad misma está enferma». La remisión de una enfermedad depende de que la parte sana de la voluntad acuda con «poderes dictatoriales para subyugar a las fuerzas rebeldes» de la parte enferma de la voluntad. Una generación antes, un gran médico francés, Bichat, apelaba a una imagen parecida, llamando a la salud «el silencio de los órganos», y a la enfermedad «su rebelión». La enfermedad es la voluntad que habla por el cuerpo, un lenguaje que escenifica lo mental: una forma de expresión personal. Groddeck describió la enfermedad como «un símbolo, la representación de algo que sucede dentro, una obra escenificada por el Ello».[*]

En los albores de la era moderna, la expresividad del héroe equilibrado debe ser limitada. El comportamiento se define en función de su capacidad de ser excesivo. Así, cuando Kant usa el cáncer como figura, lo hace como una metáfora por lo que es desmesura de sentimientos. «Las pasiones son cánceres, a menudo incurables, para la razón pura objetiva», escribe en Antropología (1798). «Las pasiones son… infortunados humores preñados de muchos males», agrega, evocando la vieja asociación metafórica entre cáncer y preñez. Cuando Kant compara las pasiones (eso es, los sentimientos extremados) con los cánceres, es claro que se sirve del sentido premoderno de la enfermedad, y de la actitud prerromántica de la pasión. Poco después, los sentimientos turbulentos serían vistos de manera mucho más positiva. «Nadie había en el mundo más incapaz de esconder sus sentimientos que Émile», decía Rousseau, entendiéndolo como un cumplido.

A medida que los sentimientos excesivos se vuelven aceptables, dejan de ser denigrados comparándoselos con enfermedades temibles. Al contrario, la enfermedad se transforma en vehículo de sentimientos excesivos. La tuberculosis pone de manifiesto un deseo intenso. Pese al individuo, la enfermedad traiciona lo que este no habría querido revelar. El contraste ya no se sitúa entre las pasiones moderadas y las excesivas, sino entre las ocultas y las que salen a relucir. La enfermedad revela deseos que el paciente probablemente ignoraba. Enfermedad y pacientes se vuelven enigmas descifrables. Y las pasiones ocultas son ahora las causas de la enfermedad. «Quien desea y no actúa cría pestilencia», escribía Blake en sus provocadores Proverbios del Infierno.

Los primeros románticos trataban de ser superiores siendo los que más deseaban, o los que más deseaban desear. No lograr este ideal de vitalidad y perfecta espontaneidad le convertía a uno en candidato seguro a la tuberculosis. El romanticismo contemporáneo parte del principio inverso: son los otros quienes desean ardientemente, y soy yo (la primera persona es típica) quien está exento de todo deseo. Se pueden hallar precursores de los románticos modernos, faltos de sentimientos, en la novela rusa decimonónica, como Pechorin en Un héroe de nuestro tiempo, de Lermontov, o Stavroguin en Los endemoniados. Pero no por ello son menos héroes, inquietos, amargos, autodestructivos, atormentados por su propia insensibilidad. (Incluso sus displicentes nietos, simplemente absorbidos en la contemplación de sí mismos, como Roquentin en La náusea, de Sartre, o Mersault en El extranjero, de Camus, parecen desorientados por su incapacidad de sentimiento). El antihéroe pasivo, sin afectos, que domina la novela estadounidense de hoy, es un ser de rutina metódica o de libertinaje insensible; no autodestructivo: prudente; no humorado, ni impetuoso, ni cruel: sencillamente indiferente. Candidato ideal, según el mito de hoy, al cáncer.

§  §  §  §  §  §

Podría parecer menos moralista ver la enfermedad como expresión del yo que como castigo adecuado al carácter moral objetivo del paciente. Pero este punto de vista, en definitiva, resulta tan moralista y punitivo, si no más, que el otro. Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy el cáncer), se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa (a falta de otra manera de expresarse). La pasión avanza hacia adentro, ataca y aniquila los recovecos celulares más profundos.

«Es el enfermo mismo quien crea la enfermedad», escribía Groddeck; «él es la causa de su enfermedad, no hay por qué buscar otra». Groddeck da una lista de las meras «causas externas», encabezada por «los bacilos»; luego vienen «los enfriamientos, los excesos de comida, de bebida, de trabajo, de cualquier otra cosa». Groddeck sostiene que, en lugar de hacer frente a las causas reales, internas, los médicos prefieren «atacar las causas externas mediante la profilaxis, la desinfección, etc»., y ello sólo «por lo desagradable que es mirar dentro de sí». Según Karl Menninger, más recientemente, «en parte, la enfermedad es lo que el mundo ha hecho de la víctima; pero en mayor parte es lo que la víctima ha hecho del mundo y de sí misma…». Opiniones tan descabelladas y peligrosas no sólo descargan sobre el paciente la responsabilidad del mal que le aqueja, sino que, además de impedirle comprender la gama de tratamientos posibles, lo apartan implícitamente de todo tratamiento. Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad de amor propio del paciente, de hecho muy puesta a prueba ya, o muy debilitada. Un año antes de morir, Katherine Mansfield escribía en su Diario en 1922:

Mal día… dolores terribles, etc., y debilidad. No pude hacer nada. La debilidad no era sólo física. Debo curar mi Yo antes de poder sanar… He de hacerlo sola y ahora mismo. Es la raíz de mi incapacidad de mejorar. No controlo mi mente.

Mansfield no pensaba únicamente que era su «Yo» que la enfermaba, sino que la única cura de su tuberculosis pulmonar, entonces ya irremediable, consistía en lograr curar ese «Yo».[**] Tanto el mito de la tuberculosis como hoy el del cáncer, sostienen que uno es responsable de su propia enfermedad.

Pero la imaginería del cáncer es mucho más punitiva. No hay dudas de que, siguiendo los criterios románticos sobre el carácter y la enfermedad, estar enfermo por exceso de pasión no deja de tener su encanto. En cambio, es más bien vergüenza lo que se siente ante una enfermedad atribuida a la represión emotiva; este es el oprobio que resuena en las teorías de Groddeck, Reich y sus muchos seguidores. Atribuir el cáncer a una falta de expresividad equivale a condenar al paciente: muestra de piedad que al mismo tiempo es manifestación de desprecio. En un poema de Auden de los años treinta, miss Gee «pasaba junto a las parejas de enamorados» y «apartaba la mirada». Y prosigue:

Miss Gee se arrodilló en el pasillo lateral,
sobre sus rodillas se arrodilló:
«No me sometas a la tentación,
haz de mí, te lo ruego, una buena chica».

Los días pasaron y pasaron las noches
como olas sobre un naufragio en Cornualles;
tomó su bicicleta y fue al médico,
sus ropas abotonadas hasta el cuello.

Tomó su bicicleta y fue al médico
y tocó el timbre de urgencia:
«Oh doctor, me duele por dentro
Y no me siento nada bien».

El doctor Thomas la auscultó
y otra vez la auscultó.
Se fue a lavar las manos diciendo:
«¿Por qué no vino usted a verme antes?».

El doctor Thomas mira su cena,
su mujer no llama a la criada.
Haciendo bolitas de miga de pan:
«El cáncer», dice, «es cosa rara.
Nadie conoce su causa,
aunque alguno pretenda que sí;
como un asesino al acecho,
esperando asestar el golpe.

Acecha a las mujeres sin hijos,
y a los hombres jubilados;
como si les faltara dar salida
a su frustrado fuego creativo»…

El tuberculoso podía ser un proscrito o un marginado, en cambio la personalidad del canceroso, lisa y condescendientemente, es la de un perdedor. El cáncer de Napoleón, como el de Ulysses S. Grant, el de Robert A. Taft o el de Hubert Humphrey, habrían sido reacciones ante la derrota política y las ambiciones truncadas. Y el diagnóstico de los casos de personajes que difícilmente pueden decirse perdedores, como Freud, como Wittgenstein, fue el de horrible castigo por haber reprimido sus instintos toda la vida. (¿Quién se acuerda de que Rimbaud murió de cáncer?). En cambio la enfermedad que reclamó las vidas de gente como Keats, Poe, Chéjov, Simone Weil, Emily Brontë y Jean Vigo fue tanto una apoteosis como un veredicto de fracaso.

Fragmento tomado de La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. 
Libro disponible en: megustaleer.com

Notas
[*] Una vez diagnosticada su enfermedad, en septiembre de 1917, Kafka escribía en su diario: «… la infección de los pulmones sólo es un símbolo», el símbolo de una herida afectiva «cuya inflamación se llama F[elice]…». A Max Brod: «La enfermedad habla por mí porque así se lo he pedido»; y a Felice: «En mi fuero interno no creo que se trate de tuberculosis, o en todo caso no esencialmente, sino de un signo de mi bancarrota general».
[**] Según John Middleton Murty, Mansfield «había llegado a la convicción de que su salud corporal dependía de su estado espiritual. A partir de ese momento su mente se preocupaba sólo por descubrir cómo “curar su alma”; eventualmente resolvió, muy a pesar mío, abandonar su tratamiento y vivir como si su grave enfermedad física fuera un accidente y, en la medida de sus fuerzas, incluso como si no existiera».


SUSAN SONTAG (1933-2004). Inició su carrera literaria en 1963, con la publicación de la novela El benefactor. Pero es a partir del reconocimiento internacional de sus ensayos reunidos en Contra la interpretación cuando se consolida como una de las principales figuras de los movimientos intelectuales de los años sesenta. Desde entonces su prestigio no ha hecho sino aumentar, tanto por sus obras como por su implicación en la denuncia de los grandes problemas sociales y políticos contemporáneos. En el 2001 recibió el Premio Jerusalén por el conjunto de su obra, y en el 2003 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio de la Paz, concedido por los libreros alemanes. A principios de 2007, se publicó su obra póstuma, Al mismo tiempo (2007), una colección de ensayos sobre cuestiones políticas, literarias, intelectuales y morales. Renacida, la primera parte de su colección de diarios, fue publicada en 2010. Susan Sontag falleció en Nueva York en 2004.

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REPORTES desde la FIL 2016

Reconocerán a León Plascencia Ñol y Jorge Gutiérrez Reyna

La poesía y su relación con la naturaleza es lo que distingue el trabajo de León Plascencia Ñol y Jorge Gutiérrez Reyna. La noche del sábado recibieron el “Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco”; en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Leer nota completa en Publimetro

Ochenteros, texto de Alberto Chimal

El texto se puede leer en Suplemento Filias, Grupo Milenio (29 de noviembre de 2016). Foto "Ochenteros" de César Álvarez.

Poesía y narrativa a la carta


Domingo 27 de noviembre
18:00 a 18:50
Pabellón de América Latina,
Expo Guadalajara

Participan: Alejandro Zambra , Luis Chaves , Julián Herbert

Modera: Jorge F. Hernández

El escritor rumano Norman Manea (Bucovina, 1936), que ha sido galardonado con el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).

Norman Manea es autor de una obra inmensa que no puede definirse por los géneros literarios tradicionales […] Frente a las catástrofes de la Historia y a los exilios a los que estamos sometidos, Manea pregunta con agudeza e ironía cómo podemos definirnos en un mundo de espejos cambiantes”, se lee en el acta del jurado, en la que también se destaca la extensa obra de Manea, que ha sido traducida a más de treinta idiomas. “El personaje central de toda su obra es el judío errante encarnado en múltiples personalidades y épocas. La vieja Europa y el Nuevo Mundo se entrelazan en la obra de Manea para servir de escenario a sus peregrinaciones, con un acusado sentido del humor muchas veces negro”.

Nacido en Suceava (Bucovina, Rumania) el 19 de julio de 1936, su vida y trabajo han estado marcados por sus primeros años en un campo de concentración, y su posterior existencia bajo la dictadura comunista y el exilio. El regreso del húligan (2003), Felicidad obligatoria (1999), El sobre negro (1986), Payasos: el dictador y el artista (1997), La quinta imposibilidad (2012), El impermeable (1990) y sus cuentos reunidos en el volumen El té de Proust (2010), son títulos destacados de la extensa obra de Manea, quien ha sido reconocido con la Beca Guggenheim, el Premio MacArthur, la Medalla Literaria de New York Public Library, el Premio literario internacional Nonino, la elección en la Academia de Arte de Berlín en 2006, el Premio Médicis Étranger, la Medalla del Mérito Cultural, otorgada por el presidente de Rumania en 2007, el doctor honoris causa por las Universidades de Bucarest y Cluj (Rumania) y la Legión de Honor (Francia) en 2008.

Fuente: Portal FIL.

Yoro, primera novela de la escritora sevillana Marina Perezagua fue nombrada ganadora del XXIV Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2016


Ha publicado en diversas antologías y revistas literarias, tales como Renacimiento, Sibila, Carátula, Ñ, Quimera, Granta, Cuadernos Hispanoamericanos, enre otras. Es autora de las colecciones de relatos Criaturas abisales (Los Libros del Lince, 2011) y Leche (Los Libros del Lince, 2013). Tras los dos primeros libros de relatos, ha publicado dos novelas: Yoro (Los Libros del Lince, 2015) y Don Quijote de Manhattan (Los libros del Lince, 2016). Sus libros cuentan con las ilustraciones de Aron Wiesenfeld y Walton Ford, quien ilustró la portada del último álbum de los Rolling Stones.

Sus libros Leche y Yoro están siendo traducidos al japonés, alemán, italiano, húngaro, portugués, polaco e inglés.

Fuente: Portal FIL.

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CUENTO Muy en lo alto | Alfredo Balanescu


Los chaparrones densos de sonido violento me han retenido durante los primeros días de octubre en la casita donde me refugio. Aquí el agua cae como una masa gris y oscura con destellos blancos. La he encontrado en la playa avanzando como una pared de mar, directo hacia mí, y cuando me engulle, es un muro poroso con sonido monódico sin matices. Tiene la densidad de los asuntos del mundo que ya no me interesa entender.

Había pasado apenas una semana cuando sentí que una fina película me envolvía, una cubierta hecha de los violentos colores de la naturaleza, entintada con el azul y el verde que no cesan, se extendió hasta fondo de mis ojos. A veces molesta, pero me ayuda a entender mi necesidad de continuar la progresión hacia la nada. Sin casa, sin cosas. Ignoro dónde abandoné mis pocas pertenencias. Solo me estorbaban y las dejé por ahí, porque los objetos personales son como perros en busca de un mejor dueño. En la ciudad era un despojado; en este puerto apenas hay pocas palmeras para refugiarse del sol en su sombra rala. ¿Qué daño puede hacer el mar? Estaba por adentrarme en las atrocidades que genera el apasionamiento embrutecedor por la naturaleza.

“And to find one self where one has longed to be always, to a reflective mind, gives food for thought. For some time, however, she was too well pleased to spoil it by thinking.” Creía que la inteligente simpleza de Orlando era idéntica a la mía. Permanezco en un ocio laxo y perezoso y no necesito pensar. Pensar no se compara con las zonas por las que transito ahora que estoy cercano a este mar del sur: el jardín florido, la huerta de los suplicios, el jardín mecánico, maquinaria en flor, púa de concreto, salitre sin luz, luz color de agua, nubes sin agua, a pleno sol, sol, demasiadas canciones de amor, grito en el jardín, tronco de ceiba, hoja de arena, membrana traslúcida, regularidad enceguecedora.

No necesito nada de la gente… salvo las máquinas, porque funcionan sin una mente que insiste en desfasarse del cuerpo. La admiración por ellas me hizo envidiar su precisión sencilla carente de ideas que desvían la atención de la energía enfocada, de la cantidad exacta.

Estoy viendo un incendio cerca del faro. La luz y el aire distorsionados se solidifican en una masa de matices rojo y anaranjado sobre negro. Casi amanece y mi nuevo lugar de residencia se está quemando, pero me abandono a la luminosidad del lugar incendiado, de la materia que se acelera hasta el paroxismo que la desintegra.

Sé que debo seguir esa dirección, hacia arriba, hasta lo expandido, tocar el momento en que lo que creo ver y la realidad se mezclan en el espacio unificado donde la realidad no es la única verdad. Pero tengo miedo a las alturas; el mareo del vértigo me hace perder el apoyo y me lanzo hacia el error; al terminar la caída hay un espacio suave, sin fondo, donde también se borra todo lo leído en los libros que observan el mundo irascible, inequitativo y complejo, incompatible con los temperamentos sensibles e ingenuos.

Antes de venir aquí, había pasado más de un mes sin salir mucho de casa, cuidaba una planta de tomate, coleccionaba piedras de lugares que anunciaban mi llegada al puerto. En esos días empecé a vivir como en el negativo de una foto, lleno de pensamientos rápidos de una claridad que parecen la respuesta a todos los problemas. Pero llegó la crispación, inevitable como siempre, oculta en todos lados, esperando saltar sobre mí para reproducir mil veces la historia de un chico que murió aplastado por una marquesina de acero y concreto que se desplomó mientras caminaba por una acera por donde nunca había pasado.

Casi se ha puesto el sol; ahora es cuando las gaviotas surcan la rotación de la Tierra, muy en lo alto.

Una adolescente deja su niñez impulsada por sus piernas largas. Teme la cercanía de dos pelícanos indiferentes.

Las pescadoras tienen la risa gorda y socarrona. Han pasado toda la tarde en el muelle para llevar comida fresca que lleva aún la sorpresa del anzuelo en los ojos.

El agua cae tenue, con la tristeza del mar ficticio donde discurren memorias ligeras que llegan por sí solas, sin ser evocadas. Ya pasaron más de diez años desde que llegué a este pequeño pueblo. Lo primero que encontré fue la plaza central y aunque estaba muy cansado por el viaje, aún pude dar un par de chillidos muy agudos para competir con las parvadas arremolinadas en los árboles. Sentía la agitación de las hormigas y los mosquitos cuando el sol se ha ido mientras me acicalaba para aumentar la excitación. La vida sencilla es una hoja gigante que ampara la somnolencia de la gente de la fuerza obstinada de esta luz. No hay viento para refrescar el sudor.

El arte de los locos consiste en desatar las quimeras intestinas para luego intentar domarlas, pero sabemos muy bien que durante la lucha quedaremos atrapados en la liminaridad carnosa de las piernas del tiempo. Al llegar la noche y, con ella, los días oscuros, esos monstruos soterrados afinan sus sentidos para encontrar las debilidades y caer con su sonrisa de fuego en forma de helada negra y de orín rojo sobre todo aquél que sienta horror de identificarse con ellos.

En realidad, yo sólo vine a nadar y a convertirme en una persona cualquiera, o en animal marino, porque he pasado muchos años flotando en mis intentos fallidos para evitar apegarme a un principio como el amor, el dinero, la profesión exitosa, los hijos o la religión, que conduzca a la vida sensata. El desastre hace tiempo que se instaló, ahora lo sé, y a veces me arrepiento de mi estupidez. Pero, la inteligencia, cuando se tiene, es asombrosa y alarmante. Los otros, nosotros, son bulbos que escarban siempre hacia abajo y hacen crecer sus flaquezas hacia el sol para sentir el aire tenue de la superficie. He visto las mantarrayas nadar en las aguas más bajas de la playa. Ellas quieren ir hacia arriba; yo, hacia abajo. Mis ojos de ciudad aún no se acostumbran a esta oscuridad.


ALFREDO BALANESCU (Toledo, España, 1975). A partir del año 2000 comienza su actividad en las artes escénicas. Es coautor de Homo Politicus presentada en el teatro La Gruta, en el Instituto Superior de Artes de la Habana, Cuba, y en una gira por Bilbao y Madrid. Ha publicado su obra narrativa y poética en Gaceta Río Arriba, K (editor Edgar Krauss), y Yerba Fanzine. Actualmente participa en el proyecto multimedia Kamerata Kaput y Post Kaput con Víctor Martínez que se ha presentado en el Centro Nacional de las Artes, Ex Teresa Arte Actual, La Casa del Tiempo (UAM) y en Brancaleone, Roma. Desde 2012 dirige el sello independiente Epiceno.

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POESÍA Resonancia de arterias | Guillermo Coutiño Aquino


A lo lejos, la bestia despedaza el hierro
cada tramo de riel es un sueño apagado
y sin embargo, aquí
podemos beber hasta encostrarnos el rostro
hasta hacernos pedazos con los dientes
que las rodillas rompan la piel
caminar al revés
qué importa
porque a lo lejos queda la añoranza
como resonancia de arterias:
mi corazón es la ceiba
mi corazón es una bala
mi corazón es la lluvia
gotas que caen sobre pavimento
en quebranto

y retornas desnuda
enraizada a mis sueños
para hacerte un collar de guie´chahis[1]
porque mis lágrimas son guiéxhubas[2]
secas sobre las mejillas del alba.


GUILLERMO COUTIÑO AQUINO. Juchitán, Oaxaca 1986. Cursó la Licenciatura de Sociología en la UAM-Xochimilco. Ha publicado en periódicos y revistas de la localidad como de la CDMX. Entre otras: Semanario EstaMañana (Juchitán), Semanario Enlace (Juchitán), Revista Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos (Juchitán), Revista Radiador, Revista Versión Media de la Universidad Autónoma Metropolitana (Xochimilco). Ha publicado el poemario  LN16°26´LO96°01´ (Editorial Canapé, 2013). Ha participado en festivales de poesía a nivel regional y en la presentación del libro Ojos de lagarto/Zapatos de gente normal del poeta César Rito Salinas. El poema que se presenta está incluido en el libro inédito Borroso/Intermitente.

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[1] Palabra que en español significa Flor de Mayo
[2] Palabra que en español significa Flor de Jazmín

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ESCAFANDRA Yo la peor de todas | Blanca Vázquez



Yo bien quisiera, cuando llego a verte, viendo mi infame amor poder negarlo; mas luego la razón justa me advierte que sólo me remedia en publicarlo; porque del gran delito de quererte sólo es bastante pena confesarlo. Sor Juana Inés de la Cruz
Los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras te veían pasar de manera continua, algunas veces con papeles en las manos, otras con libros y con un rostro serio, podría decir que formal. Te veía desde mi salón de clases. En aquel entonces no habría imaginado que casi dieciocho años después seguiríamos en esta relación. Recuerdo cuando el buen José nos presentó y nos invitó a cambiar el mundo en aquel café pequeño arriba de la librería Macondo, caminamos por la calle Zapata y esa noche creo que reímos y de vez en vez nos mirábamos un poco más a la cara.

El periódico donde escribíamos era ese lugar en donde todos queríamos ver otro mundo. Poco a poco fuimos haciendo mancuerna y algunas pláticas más personales se comenzaron a compartir. ¿Lo recuerdas? Quién nos habría dicho que hoy en el país del norte ha ganado un empresario fanático y que han votado por él aquellos que creen que quiere lo que ellos también. Visitamos un criadero de carpas, recogimos té de toronjil e investigamos sobre la escasez del agua en esta ciudad y cómo remediarla, sí, ya sé, seguimos padeciendo eso y aún más.

Descubrimos un café aún más pequeño e íntimo. Cómo olvidar cuando Ramón acercó una caja de pañuelos desechables porque algo había sucedido en nuestra mesa. Quién nos habría dicho que hemos llorado más de una vez y hemos sentido alivio cuando sabemos que estamos ahí.

Me enseñaste a usar la computadora y me sentenciaste que sólo lo harías una vez, que pusiera atención; aún tengo la cajita verde con los discos de 3/2 que sé que muchos ya no conocieron. Tuvimos un programa de radio y la música de Cusco era nuestra rúbrica inigualable, una radio universitariaL que estaba dentro del jardín botánico y a la cual llevábamos nuestros cassetes para grabar cada programa de Por la libre. Creo que por esa razón no tiro mi cassetera y de vez en cuando nos vuelvo a escuchar como si fuera ayer.

Debo confesar que me has escrito largas cartas electrónicas que tengo guardadas al lado de tu testamento (de nombrarlo se me enchina la piel). Te he dicho muchas veces que te amo y que te amo mucho. El primer viaje a la Ciudad de México, las lecturas compartidas, los planes continuos, charlas inacabables y que siempre, pero siempre hacen falta horas para continuarlas.

¿Enojos? Muchos, ¿Celos? También. Luego vienen las miradas, las palabras, las risas y sé que eres mi media naranja, toronja o fresa o cualquier fruto que se parte a la mitad. Conozco tus gustos y tú los míos. Creo que nadie más que nosotros nos conocemos con sólo escucharnos.

En 1651, un 12 de noviembre, nació una mujer tan sabia y tan culta que todos le pensaban extraña o realmente diferente por escribirle versos a otra mujer y decir que la quería. Una escorpión como tú, con decisión, firmeza y una inevitable sensibilidad aún cuando dice: Sor Juana Inés de la Cruz retaba su propio conocimiento y logró defenderse de quienes le atacaron; unas voces dicen que es la primera feminista de la época colonial, otras la mencionan por su amor escrito a otra mujer de bellos rasgos. Naciste un día después que ella, quizá por eso tu perfeccionismo y tu sentido del orden, de la planeación y el de anotar todo.

Te amo. ¿Quién podría saber mis debilidades y fortalezas? He entendido que el amor se disemina en varias direcciones y cuando doy clases sobre la Monja de Nepantla me gusta leerles este poema:

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Y pienso en ti y en mí, en nuestros años, en nuestras metamorfosis interiores y exteriores. En todo los que hemos vivido durante todos estos años. Sé que todo acaba, todo tiene finitud, se hace nada como dice el Ave Fénix mexicano, pero celebrando a Sor Juana te celebro a ti porque ella me enseñó que puedo amarte con todo lo que amor conlleva y eso me hace dichosa. Feliz cumpleaños a dos mujeres escorpionas, dos feministas que han visto en su camino obstáculos para seguir. Te amo amiga mía.

Yo la peor de todas, tu Lao y tu corazona.

Para leer:
1. Sor Juana Inés de la Cruz. (2009). Obras Completas I, Lírica. México: FCE
2. Mónica Lavín. (2012). Yo la peor. México: Debolsillo
3. Octavio Paz (1983). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México: FCE
4. Sor Juana Inés de la Cruz. (2006). Primero sueño y otros escritos. México: FCE


BLANCA VÁZQUEZ nació en el Distrito Federal, en 1973. Su vida ha transcurrido en el estado suriano de Guerrero. Estudió Literatura Hispanoamericana y es maestra en Estudios Socioterritoriales y doctorante de Literatura. Ha publicado Los letargos de Artume (La Tarántula Dormida); Ojos de lechuza (Rojo Siena) y El corazón en la mano (Editorial Fridaura). Imparte clases en la Universidad Autónoma de Guerrero. Email: itasavi1@hotmail.com

Ilustración | Imágenes de Google

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CUENTO La musa prófuga | José Cháirez


SÁBADO

Ese día, como todos los días,  esperaba la respuesta a  ese mensaje que enviaba diariamente y como cada mañana, no había respuesta alguna, esperar una, dos, tres horas ya era un ritual, sentado sobre la mesa con un café y una rebanada de pan tostado, después de haber dormido solo dos horas. Dos horas diariamente los últimos treinta días. Si alguna vez me suicido, será en domingo, es el día más desalentador, el más insulso. Le revoloteaba esa frase, gracias a La tregua, de Mario Benedetti. La había leído y releído varias veces. Sonó con tono de mensaje el teléfono, pero no era el que esperaba, solamente otro chiste enviado por los amigos del grupo de trabajo, una sonrisa que nunca llegó a carcajada se dibujó en sus labios, borro el mensaje y espero otro rato, tomo a Sabines de la mano y volvió a leer, Me dueles, mansamente, insoportablemente me dueles.  Y así transcurrió una, dos, tres y cuatro cuartillas más, volvió a escucharse  un timbre ya conocido por él, pero no, no era el mensaje que esperaba. Transcurrían los días uno a uno y no había noticias, a veces solamente un hola y era como una gota de rocío sobre las hojas de un jardín.

DOMINGO

Se levantó y preparo un té negro sin azúcar y tostó una rebanada de pan, hasta el punto de carbonizar casi en su totalidad el pan, envió el mensaje, pero no espero la respuesta, checó el nudo corredizo de la soga, la instalo sobre la viga del patio y se dispuso a trepar a la silla, ring, ring, gritaba el teléfono, la llamada era de la persona que esperaba, la respuesta que había esperado por un largo tiempo. La habitación quedó en silencio, ese domingo de septiembre, no reunía las características que dictaba Benedetti, solo garabateó lo siguiente en un papel: Quiero desvelarme en el lago de tu ombligo, bebiendo del manantial húmedo que habita entre la cadera de tus lunas, musita, musa prófuga e inasible de mi tinta. La puerta de la habitación rugió estrepitosamente al estrellarse contra el marco, después, solo se escucharon unos pasos apresurados bajando las escaleras con rumbo hacia la calle.


JOSÉ CHÁIREZ (Torreón, Coahuila, México). Asistió al taller literario de Saúl Rosales en el Teatro Isauro Martínez. Ha publicado en la revista Estepa del Nazas, en el fanzine del grupo Nit y en el periódico Sin Censura. Poemas suyos aparecieron en el libro colectivo Las lenguas dementes. También publicó poemas en el libro Tesgüino, editado por la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro. Es autor del libro de poemas Restos áridos (2013). Publica en la página de Voces buitres y otros graznidos algunos poemas traducidos a la lengua Tseltal y en español. Algunos de sus textos fueron compilados en el libro Palabras vivas, voces y cuentos indígenas en la Laguna (2015) por el Ing. Fabián García Espinoza, edición bilingüe Español y lengua Indígena, editado por la UAAAN.

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ACERCAMIENTOS Cuando la luz no basta, comentarios al libro de poemas Donde la luz es violeta de Xánath Caraza | Beppe Costa


Donde la luz es violeta/ Where the Light is Violet de Xánath Caraza, es un magnífico relato en verso a través de algunos de los más importantes lugares italianos visitados por la autora quien invitada por la Palabra en el Mundo en Venecia en mayo de 2015, aprovechó para conocer todavía mejor nuestro país. En él, permaneció por dos meses, descubriendo aquellas bellezas que ni los poetas italianos ni la mayor parte del pueblo se aventuran a capturar.

La luz está en los ojos de quien escribe y probablemente de quien se arriesgue a leer. Como ejemplo, estos versos que reviven el deseo de visitar este país al seguir la palabra de la poeta.
¿Dónde estás poesía? / Tamborinas y sonajas / Vacío
Una góndola pasa /Acqua alta / Zafiro / Humo / Música como sendero
Xánath renueva a la par de Goethe, Piovene, Lawrence, una tradición —que quizá está desapareciendo en el tiempo— de dos lenguajes que se encontraron: el italiano y el español; ambos, ricos en colores, de luces espesas, blancas y deslumbrantes, son usados por la poeta para comparar otros lugares, posiblemente similares a su tierra de origen. Es así que el viaje en Italia se convierte en un viaje a través del tiempo, de la historia, de la literatura, del arte; un viaje que inicia en Veracruz y continúa en el estado de Missouri donde vive y enseña.
Flamígera poesía, sílabas amarillas / Corrientes de luz descubro y
Versos de dorada energía / Cadenciosa poesía corporal / Pulsa con la luz
La lengua española es un regalo que encuentro desde 1970 cuando muchos jóvenes descubrimos los versos de Lorca, Pacheco, Machado, Aleixandre, Salinas. La encontramos también en la ópera de Fernando Arrabal y la tradujimos, a pesar de nuestro mínimo conocimiento sobre ella. La poesía y los poetas que se han encontrado casi siempre tienen un lenguaje común, aquel de las miradas, lo que observan; y es, a través de la mirada, que el encuentro con la poesía de Xánath y su persona, se convierten en una experiencia única.

Propio de la magia poética, a tan sólo un mes de haber conocido a la autora en Mantúa, Xánath me hizo una pregunta. Yo tenía hojas de poesía en español esparcidas en la mesa, redescubría uno de esos autores mencionados previamente —Pacheco quien ha sido ampliamente publicado y rebasado solamente por Lorca—. Estaba por reposeer esa lengua tan musical de Pacheco, tan cálida, entre las más bellas del mundo, al mismo tiempo que la italiana, con la cual los poetas pueden expresarse fluidamente, cuando Xánath se comunicó conmigo. Fue inmediatamente natural interpretar, casi al instante, los versos de la autora. Siguiendo aquella magia, Xánath me pide por correo electrónico, escribir sobre su nuevo poemario Donde la luz es violeta, al tiempo, como he dicho, de estar rodeado de lengua española.
Flamígera poesía, sílabas amarillas / Corrientes de luz descubro y
Versos de dorada energía / Cadenciosa poesía corporal / Pulsa con la luz
Xánath no es sólo lengua en español, ni su país México, sino también la lucha civil de un pueblo, lo cual se percibe más en sus libros anteriores. Mas éste que aquí se presenta, es en realidad, un regalo a un país que vio nacer a Virgilio, a Catulo hasta a Dante Alighieri, y que acompañan, por lo tanto, página tras página, de mayo a julio —cuando la poeta partió— con lugares de este país de encanto, como decíamos, de aquellas bellezas que muchos italianos han olvidado que poseen.

A fin de que la poesía sea indispensable, ésta no debe responder solo a la necesidad del poeta, como frecuentemente sucede, sino a una necesidad más universal.  De Venecia a Mantúa, de Florencia a Roma hasta Nápoles, es como si recibiésemos una guía de la belleza natural y de la obra del hombre a través de cada una de las líneas de la poesía de Xánath.

Su lengua se funde, se fragmenta, se compone tanto de la poesía americana, mezclándola con sus tradiciones, como de una cultura tan diversa, tan espesa “combativa” hasta formar un nuevo lenguaje poético, propio y más universal.  Ella nos cuenta de sí misma, observa, es casi fotógrafa de lugares, de objetos, de personas, trayéndonos, por lo tanto, una historia diversa y nueva para revivirla y revisitarla: este es el lugar del poeta.

El silencio del mar y las luces en Venecia, los muros y el mármol del afortunado emperador Adriano y la fría loba de Rómulo y Remo en Roma, historia tras historia que forman una narrativa humana.
Rompe el rayo / que atraviesa la sala / y te pienso y te escucho / En la calle un tango / llega a su clímax / luego / Edith Piaf sin / ningún arrepentimiento / Sólo amar / Y la delicada pluma / chispea en el aire
Prosigue el viaje poético al regresar, una vez más, a Mantúa y a Venecia; toma notas que se convierten en breves e intensas historias como la sobrecogedora belleza que aparece frente a ella, cada vez de manera diversa. En este viaje, la poeta nos dice que no somos únicamente ojos y orejas para ver y escuchar sino un deber ser en esta adición de memoria e imaginación.

Xánath ha recibido algunos premios importantes por su trabajo poético. Sin embargo, en esta ocasión, es ella quien premia, regalándonos luces, colores, historias y, naturalmente, todo esto acompañado de la fuerza de su escritura.

Beppe Costa, poeta, novelista y editor de Pellicanolibri
Roma, Italia, 22 de agosto de 2015

Donde la luz es violeta / Where the Light is Violet 
(Mammoth Publications, 2016)
Poesía bilingüe (español e inglés)
Por Xánath Caraza
Traducido por Sandra Kingery
208 páginas
ISBN: 978-1- 939301-69- 7
Libro disponible en: Mammoth Publications–Lawrence, Kansas


XÁNATH CARAZA enseña en la Universidad de Missouri-Kansas City y da talleres de creación literaria en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Es la Writer-in-Residence de Westchester Community College, Nueva York. Caraza recibió la Beca Nebrija para Creadores de 2014 del Instituto Franklin, Universidad de Alcalá de Henares en España. Es columnista de La Bloga, Smithsonian Latino Center, Periódico de Poesía, Revista Literaria Monolito y Revista Zona de Ocio. Su poemario Sílabas de viento recibió el 2015 International Book Award de poesía. También recibió Mención de Honor en la categoría de poesía en español para los 2015 International Latino Book Awards. Sus poemarios Ocelocíhuatl, Conjuro y su colección de relatos Lo que trae la marea, han recibido reconocimientos nacionales e internacionales. Sus otros poemarios son Donde la luz es violeta, Tinta negra, Noche de colibríes, Corazón pintado y su segunda colección de relatos, Pulsación, está en proceso. En 2013 fue nombrada número uno de los diez mejores autores latinos para leer por LatinoStories.com. Caraza es juez desde 2013 para los José Martí Publishing Awards, The National Association of Hispanic Publications (NAHP). Desde 2012 organiza el National Poetry Month (NaPoMo) para Con Tinta.

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POESÍA Buscando una hoja o un pañuelo | Leonard Cohen


AMANTES

Durante el primer pogrom
se vieron detrás de sus casas derruídas–
dulces mercaderes comerciando: ella, amor
a cambio de historia en un ramo de poesías.

Y ante los calientes hornos se las
ingeniaron para un beso efímero
antes de que llegara el soldado para a culatazos
arrancarle a ella sus dientes de oro.

Y dentro del horno mismo
cuando las llamas en llamaradas subían
el intentó besar sus pechos ardientes
mientras ella ardía en el fuego, ardía.

Después, a menudo él se preguntaba
si: ¿los dos habían completado el trato?
mientras hombres a su alrededor saqueaban
y sabían que se le había engañado.

De Vamos a comparar mitologías (1956)

MI DAMA PUEDE DORMIR

Mi dama puede dormir
en un pañuelo
o si otoño fuera
en una hoja del suelo.

He visto a los cazadores
arrodillarse ante su falda–
pero incluso en su sueño
ella les da la espalda.

El único presente que ofrecen
es su continuo duelo–
yo me saco los bolsillos
buscando una hoja o un pañuelo.

De El especiero de la Tierra (1961)

EN ALMENDROS EN LIMONEROS

En almendros en limoneros
viento y sol corren tal que les pilla

Mariposas y ropas aletean el tendedero
Mi amor su pelo es rubio de mantequilla

Avispas aguardan con sus bigotes amarillos
la comida junto al plato de loza de mi mujer
Hormigas junto a sus dos piececillos
esperan para compartir lo que va a comer

¡Quién taló las campanas que por todos lados
dicen que hoy el mundo nace de nuevo! ay, mis falderos

nosotros os mantendremos alimentados
esta mañana o en años venideros.

De Parásitos del Cielo (1966)

LEONARD COHEN  (Montreal, Quebec, Canadá; 21 de septiembre de 1934 – Los Ángeles, California, Estados Unidos; 7 de noviembre de 2016 ). Fue un poeta, novelista y cantautor canadiense. Como músico desarrolló una carrera con una continua exploración de temas como la religión, la política, el aislamiento, las relaciones personales y la sexualidad, y ha sido definido por el crítico Bruce Eder como «uno de los cantantes y compositores más fascinantes y enigmáticos de finales de los 60». En 2011 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Los poemas presentados fueron tomados de Revista Alicantina de Estudios Ingleses. No. 17, noviembre de 2004. Enlace de la publicación y la descarga del documento en formato PDF, aquí.

Fotografía del autor | La voz del muro

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FOTOGRAFÍA El deterioro humano. El trabajo fotográfico de Dorothea Lange


Dorothea Lange (Hoboken, 1895 - San Francisco, 1965). Fotógrafa estadounidense, una de las iniciadoras del documentalismo social. Tras estudiar fotografía en la Universidad de Columbia, en la que tuvo como profesor a Clarence Hudson White, inició su carrera como retratista de estudio. Con la crisis de 1929, su compromiso cívico y social la impulsó a salir a las calles de San Francisco para reflejar mediante sus fotografías la insostenible situación de los más desfavorecidos.



Pronto sus impactantes imágenes sobre las víctimas de la Gran Depresión llamaron la atención del grupo de los fotosecesionistas y de la opinión pública en general, lo que le valió ser llamada por el Gobierno como voz gráfica de la conciencia americana. En 1935 la Farm Security Administration (FSA, Administración para la Seguridad Agraria) la contrató, junto a otros fotógrafos, para documentar los estragos que la gran recesión de los años treinta había causado en la América rural.



Las imágenes fueron reunidas en el libro An american exodus: a record of human erosion (El éxodo americano: un documento sobre el deterioro humano, 1939, en colaboración con P.S. Taylor).

Una de las fotografías más destacadas de ese crudo reportaje fue Madre emigrante (Migrant Mother, 1936), retrato de Florence Owens Thompson y tres de sus hijos en el campo de Nipomo (California), que quedó como expresivo icono de la íntima desesperación y la infinita tristeza de miles de familias desamparadas.

Madre emigrante (1936)
Fotógrafa del inmigrante, del pobre y del desplazado, Dorothea Lange recogió también en su obra las impresionantes escenas de las detenciones de americanos de origen japonés en los inicios de la guerra del Pacífico, y realizó trabajos para varias revistas en América Latina, Asia y África.







1. Texto biográfico de Dorothea Lange: Biografías y vidas
2. Fotografías: diferentes sitios web y Google imágenes.

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