POESÍA Tres espectros | Gabriela Méndez Guido


I
Subiste a mi litera,
y juntos escalamos el cerro de la almohada
a palpitantes conversaciones
compuestas de memorias de humo
que nos descendían al recuerdo;
nos envolvían en una espiral
(anhelos, silencios)
que se carcajeaba
del pretérito
o de la escurridiza nostalgia que nos sudaba.
Quise decirte algo coherente,
algo vivo,
y sólo una volátil burbuja de diálogos extinguidos
se articuló en mis pupilas,
tan efímera
como nuestro encuentro.


II
Cada que una bocanada verde,
(plantas, silencios),
me lleva al caleidoscópico mundo de los sueños
pienso que sus espirales
también te están rotando.
Aquí soy una extraña
que le surca al tiempo,
a soplos terrenales,
olas para agradecer
que aún nos salpica el mar de los cielos.

Caballero sometido:
sé que te estas escondiendo
y huyes a la noche,
noctámbulo de la caída,
hombre subterráneo creciendo a la inversa
en donde no se te dislocan los nervios por existir.

Te busco
entre los gritos de pólvora
que emanan mis amuletos destrozados.
Afuera,
entre tinieblas,
una estampida de los hombres fugaces
en los que te has ido quedando,
no me deja salir ni por mi ventana,
como aquél día que al quebrarse nuestra orbe
prometiste cuidarme,
sólo que ahora,
a mí me carcomen los secretos.

III
¡Ya agarró vuelo la noche!,
me monta en su cintura
¡a lunazos!,
y caracoles de vapor.
Lleva fuerza,
lleva vida,
y hay testigos ancestrales
con lenguaje de átomos silvestres
señalando a miradas
que el pedazo negro de tu densa forma
hiede a mohos de baúl
(polvos, silencios).

Lo tuyo es esto:
crecer lodo en tu garganta
hasta que mida,
en el hervor de lo velado,
lo mismo que el juego
de saciarse de creencias
en el que hacen apuestas
los huéspedes de tus manos.

Yo ya me fui,
por la senda sin ruido de pisadas
que soplan los materiales nocturnos;
dónde el reflejo lunar sangra olas violentas que,
errantes,
acunan mis pies de relámpago.


GABRIELA MÉNDEZ GUIDO (Edo. de México, 1991). Artista del movimiento, bailarina de danza árabe, escritora, maestra de yoga, modelo, terapeuta, creadora multidisciplinaria y directora de Profetistas: el arte como profecía.


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POESÍA Lo que dice el verso | Ihovan Pineda


A veces intento pensar cada verso
pero a veces el mismo verso me gana
se me adelanta
y se queda ahí
porque así quiere estar
así quiere decir
no lo que tiene que decir
sino lo que tú quieres que diga
el amor, la vida, el mundo
la tristeza, la nostalgia, la agonía
un recuerdo
un suceso
un acontecimiento
la imagen que no estando es

A veces intento pensar cada verso
pero el verso
dice lo que no quería decir
que fue

tus manos, el puerto y la mar


IHOVAN PINEDA. Escritor, poeta, ensayista y profesor de materias relacionadas con la teoría de la lectura y la redacción en la Universidad de Colima (México). Licenciado en Letras y Periodismo, y egresado de la Maestría en Literatura Hispanoamericana de la misma Universidad. Autor de los poemarios Estarnos queriendo y pasado mañana (2008) y De cómo las cosas han cambiado (2011), publicados ambos por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Colima y Principios de Incertidumbre, publicado por Puertabierta Editores, libro escrito con el apoyo de una beca por parte del CONACULTA y FECA 2013-2014 en la categoría de Jóvenes Escritores. Ha publicado a nivel nacional e internacional. Su obra forma parte de diversas antologías.


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POESÍA Letanía | Ofelia Pérez-Sepúlveda


Era la piedra golpeando la cabeza.
El sonido de las piernas.
El péndulo de ser entre los otros.

Un ojo transitando entre los otros.
Un miedo de caerme de tu espalda
cayéndome y hablándome en lo quedo.
Sintiéndome minúscula, cobarde
el pleno continente de los otros.
El agua revuelta en tu caricia.

Era la piedra.

Lo celebro.

La fuerza y gravedad en equilibrio.

Era toda sinfonía y meditaba
en medio de la franja que divide
de uno y otro lado
la mirada.

De uno y otro lado
rumiándome los ecos, las palabras
los sonidos perennes y falaces.

Era ave tragando las entrañas
del perro que ayer fui corriendo apenas.

Era la piedra.

Un orificio abastecido y orientado.
Era un círculo a destiempo
que caía.

Era el rey
en tierra de tiranos
caóticos
y frágiles.

Era una carta lanzada desde el ojo
hasta su ojo.

Era principio,
resumen,
coordenadas.

Era un átomo en silencio
a punto de romperme.

Era la piedra.

Era tiempo.
Alegoría.
Planetas en disputa.

Era el llanto
metiéndome despacio
entre los otros.

La lengua que enuncia,
se trasciende.

Era hambre, nostalgia
Abecedario.

Era la piedra amorosa
que cargan al exilio.

Era legión
y fiebre de repente.

Era la piedra.

Sonido repetido.

Era Dios y su lejano eco.
Era  revólver.
Espejo era.
Era un dardo de amor
tan reducido.

Poema que forma parte del apartado "Lo mismo el corazón que se desprende", del libro: El cielo de repente. Inédito


OFELIA PÉREZ-SEPÚLVEDA (Guadalupe, N.L., 1970). Escribe libros, produce espectáculos de música, teatro y danza y tiene, en compañía de una socia, una editorial en la que hacen libretas, agendas, stickers, tarjetas, invitaciones y hasta libros. Ha trabajado en muchos lugares, siempre relacionados con la cultura, haciendo radio, entrevistando gente, organizando encuentros internacionales, entre otras cosas. Está orgullosa de lo que hace, pero especialmente, de las becas y premios que le han dado, como uno en Estados Unidos, de la Fundación Rockefeller-Guadalupe Cultural Arts Center, por investigación sobre literatura binacional; otro en la ciudad de México, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, por escribir poesía (2004); uno más que le dio la ciudad en la que nació, Guadalupe, Nuevo León, por promoción cultural (2008), y otro de la Universidad en la que estudió su carrera, la Universidad Autónoma de Nuevo León, por Excelencia en el Desarrollo Profesional (2015). Tiene varios libros de poesía. Uno de investigación, como coautora, así como un libro infantil. Los sueños, es su primer libro publicado para niños y jóvenes.

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ESCAFANDRA Lo insignificante y qué significa… | Blanca Vázquez

El progreso tecnológico sólo nos ha provisto de medios más eficientes para ir hacia atrás.
Aldous Huxley
Entiendo que varias de las personas que lean esto tal vez ni siquiera imaginen lo que es estar sin tecnología en estos momentos. Hoy en un segundo podemos charlar con alguien que se encuentra al otro lado del mundo, de manera inmediata sabemos los acontecimientos que se van gestando minuto a minuto, podemos centenares o miles de personas tomar una clase vía red y ni siquiera conocernos ni con el profesor. Estamos como bien decía Marshall McLuhan[1] en una “aldea globalizada”. Tan globalizada que pareciera que existe una uniformidad en los pensamientos o podría llamarlos no pensamientos.

Los smartphone se venden como pan caliente y nos encontramos al interior de una burbuja desintegradora y de falta de identidad, sé que algunos se quejaran de esta afirmación, lo acepto, quizá no en todos suceda pero no me digan que no pendemos de un hilito, o de un “dato” por decirlo de otra manera para estarlo. Alguien me decía alguna vez que si yo tecleaba mi nombre en el buscador y no aparecía nada sobre mí entonces no existía, en ese momento me aterró, luego lo digerí y claro que no es así. Pero las múltiples apps y las efímeras relaciones en las redes han llevado a creer esto.

Carl Jung[2] en sus estudios hablaba de que existía un inconsciente colectivo, el cual se encuentra vinculado con los instintos, es decir nuestras necesidades fisiológicas, pero que al mismo tiempo puede manifestarse en fantasías y con mucha asiduidad se presentan a través de imágenes simbólicas. Esto me ha llevado a preguntarme cómo éste inconsciente colectivo se trastorna y atiborra las redes de vacíos sociales, y con esto no me refiero a toda la subjetividad presentada en las plataformas de la comunicación, más bien me asusta lo viral que se puede convertir un elemento patético, simple y hasta agresivo: Los XV años de Rubí y el Lady Wuu. Entiendo y me he dado cuenta que hoy podemos visibilizar hechos que ofenden a la ciudadanía y que esto ha permitido conocer realidades que muchas veces se consideraban impensables, recordemos que vivimos en una multiplicidad de ellas en un mundo complejo[3] y que no por complejo significa difícil. Pero lo que cada dos semana vivimos con Ladys o fenómenos como los Challengers que exponen al individuo como el ser no reflexivo.

Esta viralización de contenidos que parecen inocuos no lo son, se agrede a quien se viraliza, se ofende, se lastima y expone a una sociedad que disfruta del agravio contra el otro, quizá ustedes lectores crean que exagero, pero no es así. Se han puesto a pensar ¿Qué sucedería si ustedes estuvieran ante esa exposición? El cerebro humano es tan extraordinario que me parece increíble que se gaste tanta creatividad en estos generadores de alegría o de colectividad falsa. Y aún más, que las plataformas comunicativas los hagan aún más presentes y consideren a la ciudadanía meros espectadores nimios.

Reconozco la internet, porque sin ella no podría estar en este momento exponiendo mi punto de vista, pero acaso ustedes ¿Creen que merecen esa clase de elementos efímeros y agraviantes para tener espacios de felicidad? Creo que es un buen momento de detenernos y analizar la unión de la consciencia con los contenidos inconscientes de la mente; eso, mencionaba Jung, ayuda a lograr la plenitud del individuo.

Recomendaciones para ver:
* Black Mirror. Serie en Netflix
*Scorpion. Serie en CBS
*Person of Interest. Serie en Warner Chanel


BLANCA VÁZQUEZ nació en el Distrito Federal, en 1973. Su vida ha transcurrido en el estado suriano de Guerrero. Estudió Literatura Hispanoamericana y es maestra en Estudios Socioterritoriales y doctorante de Literatura. Ha publicado Los letargos de Artume (La Tarántula Dormida); Ojos de lechuza (Rojo Siena) y El corazón en la mano (Editorial Fridaura). Imparte clases en la Universidad Autónoma de Guerrero. Email: itasavi1@hotmail.com

____________________
[1] Herberth Marshall McLuhan, fue un sociólogo canadiense y profesor de literatura inglesa que fundó el Centro de Cultura y Tecnología en la Universidad de Toronto. Era multidisciplinario, iba desde la Filosofía, literatura, antropología, psicología y las ciencias de la comunicación. Autor de La aldea global y El medio es el mensaje.
[2] Carl Gustav Jung, psicólogo y psiquiatra autor de reconocidos textos, entre ellos El yo y el inconsciente y El problema del inconsciente en la psicología moderna.
[3] El término Complejo retomado del filósofo Edgar Morin y su Teoría del pensamiento complejo.

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BLANCO Toda la belleza: Los disfraces del fuego, de Manuel Iris | Daniel Medina

Este libro obtuvo el premio regional “Rodulfo Figueroa” 2014.
Hoy quiero hablar de un libro cuya reseña dejé inconclusa durante varios meses. Me impulsa, de hecho, una gran noticia: los ejemplares de Los disfraces del fuego (Atrasalante, 2015) están a punto de agotarse. Hecho que no sólo es dulcísimo para Manuel Iris sino también para Yucatán, la península, el sur de la república y un tanto más allá. Libros agotados de autores recientes, de poetas recientes.

Debo decir, ahora, que si tardé en elaborar este comentario fue porque me costaba escribir algo que hiciera justicia al libro. No sé si de algo servirán estas palabras pero sé que podrán ser útiles para, al menos, despertar la curiosidad de unos cuantos; léase entonces esta reseña como una invitación atenta.

Hay pocas cosas que pueda decir de Los disfraces del fuego que no hayan sido dichas por un par de excelentes poetas y críticos literarios: es un libro redondo y de construcción impecable; una hermosa confirmación del oficio poético que comenzó a gestarse en publicaciones locales, mismas que hace diez años señalaban, como característica fundamental en la poética de Iris, la capacidad de generar versos limpios y sonoros, alejados del típico hermetismo oscuro del joven escritor yucateco. Así, este libro resulta la renovación de unos votos que han apostado, desde su pronunciación primera, por la belleza sobre todas las cosas.

Fue en 2009, con la salida del Cuaderno de los sueños (FETA), que el autor de Los disfraces puso la primera piedra de lo que promete ser un edificio sólido de principio a fin. El Cuaderno trata la escritura de un libro, las complicaciones surgidas durante la construcción del discurso, y el diálogo con la inspiración –materializada en un cuerpo femenino. En este libro, uno puede rastrear los ecos que habrían de construir una voz personal con el pasar de los años: Bonifaz Nuño, Rilke, Chumacero… A esta búsqueda se suma Nueva Nieve, pequeño volumen de poemas construidos con la experiencia y la contemplación, la lentitud y otros ecos; en este otro volumen figura Gastón Baquero y, además, fuera del poema y como una hermosa coincidencia, Amado Nervo que en su poema "Jaculatoria a la Nieve" plantea las mismas obsesiones que el poeta del que ahora hablamos. La voz de un poeta nace de las otras voces, claro está.

Así, Los disfraces del fuego son el resultado de un largo silencio, porque la poesía se gesta con el tiempo y surge cuando ella lo desea –como diría José Hierro–. Estos disfraces plantean, sobre todo, que cada instante es la repetición de otro, que cada vez que alguien ama o canta está ejecutando el mismo amor y el mismo canto que alguien, en otro momento, ha experimentado:

(todo arquetipo es el inicio de una repetición,
el nacimiento de un eco).

El disfraz es todo lo que rodea al mundo, el disfraz también es una acumulación de capas en constante movimiento, en constante intermitencia; el fuego es lo que se oculta debajo de la piel y las palabras, aquella búsqueda permanente hacia la trascendencia. El poeta se presenta como un hacedor de preguntas, por lo tanto un buscador cuyo objetivo es repetir para avanzar:

Una obsesión también es testimonio
de lo que se ha visto, una verdad
que necesita repetirse.

La música no sólo aparece en estas páginas como un elemento preciso en el verso, sino como un refuerzo para la propia música de las palabras, un plateado contrapunto. Manuel Iris recomienda piezas de Arvo Pärt para cada apartado, esto asegura una experiencia doble y hermosa: la lectura de los poemas siguiendo las recomendaciones –donde "Tintinabulli", primer apartado del libro, resulta el más potente– o bien, la lectura en completo "Silencio", donde los versos por sí solos logran ese repicar de campanas y atmósferas complejas.

Es de destacarse, también, que este volumen se compone de poemas cuya fuerza reside en cada página y no sólo en su conjunto, es decir, a diferencia de otros libros de poesía reciente, Los disfraces del fuego no pretende alargar e inundar el sentido con retórica vacua, es un libro sincero, carente de pretensiones y excesos.

Finalmente, Manuel Iris muestra, como Charles Simic, que el poema es una especie de ajedrez: cada texto posee pulsaciones finales, golpes certeros como si de un jaque mate se tratara:

Todo tu nombre
galopando en mis arterias como un tambor de luz.


Sólo el amor
es verdadero al tacto.


Todo poema es el brillo
de una estatua de hielo
frente al sol.


Algo se rompe,
pero no eres tú.

No pretendo escribir sobre cada apartado, porque estas pocas líneas van sobre un montón de anotaciones que hice al leer y releer el libro. Puedo decir, al final, que estos disfraces son el resultado de la constancia, la honestidad y la obsesión, del verdadero compromiso con el poema y con el mundo, con toda la belleza:

¿Detrás de la belleza, Corazón, qué rostro vive?

Belleza no es disfraz
sino algoritmo, operación
del cosmos. Interfaz entre mis manos y
lo que has perdido, Corazón, lo que buscamos.

Belleza es la evidencia de un lugar
anterior al nacimiento y posterior a la muerte.

La cuerda tensa entre un silencio y otro.

La belleza, Corazón, es trascendencia palpable. Es el disfraz
más fugitivo de lo eterno.

Belleza son los cardos inocentes
bajo la lluvia anciana,
belleza el monte, los cometas,
la galaxia,
tu piel de piel pretérita y futura,
belleza es tu disfraz,
tu máscara de ahora.


DANIEL MEDINA (Mérida, Yucatán, 1996) estudia Literatura Latinoamericana en la UADY. En 2014, obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas y el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara, así como la Mención Honorífica del Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015. Poemas suyos aparecen en diversas revistas, antologías y suplementos culturales del México y el extranjero. Es autor de las plaquettes Mímesis para gusanos (2015) y Casa de las flores (2016).

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RESEÑA Salvador Novo: Nueva grandeza mexicana | Nancy Hernández García

Del sueño y del trabajo de todos 
esos hombres, ejercido en el valle 
más hermoso del mundo, está labrada 
la grandeza de la ciudad de México.
Hoy día es muy común ver una gran cantidad de recorridos turísticos. Desde el turibús hasta los ofrecidos de manera local, es decir, en trenecitos que recorren (lo más representativo de) Coyoacán o el Centro Histórico… Pero nada como el maravilloso paseo que Salvador Novo (que, no olvidemos, fue cronista de la ciudad) nos da con tan sólo pasar los ojos por encima de Nueva grandeza mexicana. Él mismo le da el subtítulo de “Ensayo sobre la Ciudad de México y sus alrededores”, sin embargo, el buen lector notará que más bien se trata de una exquisita crónica.

El narrador ―Salvador Novo― nos dice que el pretexto para este ensayo es la visita de un querido amigo que llega de Monterrey. Únicamente dispone de una semana para mostrarle la gran Ciudad de México: cómo se vive, las diversiones (diurnas y nocturnas), la comida, los edificios y sus historias, la alta cultura (museos, la Universidad, exposiciones artísticas, Bellas Artes…).

De acuerdo al tiempo, Novo organiza el itinerario, que, para el lector está dispuesto como siete pequeños capítulos, titulados según su contenido. Entonces, este libro resulta una joya por partida doble pues, los lectores de hoy podemos recorrer una Ciudad de México de la que poco queda. Desde luego, hay una distancia temporal (nada menos que de 60 años; fue publicado en 1956) y muchas cosas han pasado, pero este texto funge al mismo tiempo como un testimonio de la grandeza de la considerada “ciudad más grande del mundo”.

No sólo eso. Aquí también está descrito el brinco que los habitantes dieron del servicio, es decir, de trabajar en fábricas o en el servicio doméstico a creer en la posibilidad de un futuro mejor, a atreverse a perseguir los sueños. Así, la juventud citadina pasó del trabajo a las aulas. ¡Había un futuro! Ésta, fue la generación que empezó el progreso.

La prosa de Novo es excelsa, amena y claro, sus comentarios sarcásticos, muy agudos sobre temas que lo ameritan, no faltan para sacar la carcajada del lector y hacerle notar que hay cosas que se mantienen intactas: los grandes problemas de la Ciudad de México son las lluvias y los gobernantes.


NANCY HERNÁNDEZ GARCÍA. Literata. Estudiosa de la obra de José Emilio Pacheco y de la literatura mexicana en general. Lectora de poesía en su tiempo libre.

Foto panorámica de la Ciudad de México | Imágenes de Google

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CUENTO El agujero | Gerardo Miguel Ugalde Lujan

Regresé al útero. Maldita sea esta celda. Mis ojos, ya no deben servir, están acostumbrados al color negro, aunque a veces también percibo el gris.
Lo peor de estar solo es que uno se pone a pensar.  La soledad es como la oscuridad. Un vacío. Es extraño explicarlo. No tener contacto con nadie es tal vez una de las experiencias que acercan al hombre con la muerte. Necesitamos sentir al otro. Los locos lo son por ausencia. O por demasía.  La gente hace lo que sea por estar cerca de alguien siempre y cuando sea únicamente por unos minutos o por toda la eternidad. Eso hace de la soledad la equivalencia de la muerte. Hasta la vida necesita de compañía. Un conjunto de esencias organizadas por un extraño orden que es imposible de comprender por tantas definiciones que inventamos. Estar solo no es normal. Lo que en verdad parece es un castigo. Quien  haya vivido la soledad me entenderá.

De que sirve hablar en voz alta

Estoy pensando de nuevo.

Pero ya me harté de pensar en cómo salir de aquí.

He perdido el sentido de la realidad.

Me lleva la mierda.

Putamadre.

Imaginen la noche, una hermosa, negra, callada, casi perfecta. Pequeñita, dura y húmeda. Como una mujercita… casi como para abrirle las entrañas y sentir su vida. Eso es lo que yo quiero en estos momentos, destripar, con furia arrancar estos ladrillos y, así, poder largarme de este maldito lugar. De esta increíble e imposible situación en la que me encuentro.

¿Por qué diablos estoy aquí?

Como sea este castigo me está empezando a matar. Quiero ya morir de hambre, pero no, voy a estar aquí días, años; largos e infinitos momentos, porque no sabré si es de día o de noche.

Regresé al útero. Maldita sea esta celda. Mis ojos, ya no deben servir, están acostumbrados al color negro, aunque a veces también percibo el gris. No tengo el valor de morderme la lengua o clavar mis dedos a la yugular. El dolor no, soledad y dolor no, no creo que mi mente esté preparada para eso todavía.

¡Por favor...Hambre...Mátame!

Te ruego que no despierte al caer rendido.

Ahora comprendo a Miles Davis. Grito todos los días para esperanzarme a mí mismo. Hablo y hablo en voz alta. ¿Por eso será que los perros aúllan cuando la mayoría duerme? ¿Porque se sienten solos? Yo aulló, silbo, canto, grito, gimo. Lo que sea con tal de que esto sea más llevadero. ¿Cuántos días llevaré aquí? No logro comprender porque no he muerto. Si salgo de aquí le diré a cada budista que conozca que la meditación es una falacia. La iluminación solo la consiguen aquellos que hacen el ruido más estruendoso, no quien haya conseguido el silencio.

Ese zumbido

¿Alguien?

No…mi imaginación.

La luz del sol me deja ciego… esto es lo mejor lo más cercano a Dios. El calor. Y el frío. La santidad de este magnífico lugar, hay voces de gente en todos lados. A mi izquierda hay un niño que ríe por nada, a la derecha un gato que maúlla con alegría. Dios existe. El cielo, mierda, es tan azul. Salí salí salí al fin logré escapar de mi prisión inconcebible. No puedo creerlo. Parecía tan real esta soledad y esta oscuridad que debe ser un sueño

Mi nariz me despertó al oler mierda…

Parecía tan real esta soledad  y esta oscuridad que debe ser un sueño. No puedo creerlo. Salí salí salí al fin logré escapar de mi prisión inconcebible. El cielo, mierda, es tan azul. A mi izquierda hay un niño que ríe por nada, a la derecha un gato que maúlla con alegría. Dios existe. La santidad de este magnífico lugar, hay voces de gente en todos lados. Y el frío. El calor. La luz del sol me deja ciego… esto es lo mejor lo más cercano a Dios.

No…mi imaginación.

¿Alguien?

Ese zumbido

La iluminación solo la consiguen aquellos que hacen el ruido más estruendoso, no quien haya conseguido el silencio. Si salgo de aquí le diré a cada budista que conozca que la meditación es una falacia. No logro comprender porque no he muerto. ¿Cuántos días llevaré aquí? Lo que sea con tal de que esto sea más llevadero. Yo aulló, silbo, canto, grito, gimo. ¿Por qué se sienten solos? ¿Por eso será que los perros aúllan cuando la mayoría duerme? Hablo y hablo en voz alta. Grito todos los días para esperanzarme a mí mismo. Ahora comprendo a Miles Davis.

Te ruego que no despierte al caer rendido.

¡Por favor...Hambre...Mátame!

El dolor no, soledad y dolor no, no creo que mi mente esté preparada para eso todavía. No tengo el valor de morderme la lengua o clavar mis dedos a la yugular. Mis ojos, ya no deben servir, están acostumbrados al color negro, aunque a veces también percibo el gris. Maldita sea esta celda. Regresé al útero.

Quiero ya morir de hambre, pero no, voy a estar aquí días, años, largos e infinitos momentos, porque no sabré si es de día o de noche.  Como sea este castigo me está empezando a matar.

¿Por qué diablos estoy aquí?

De esta increíble e imposible situación en la que me encuentro. Eso es lo que yo quiero en estos momentos, destripar, con furia arrancar estos ladrillos y, así, poder largarme de este maldito lugar. Como una mujercita…casi como para abrirle las entrañas y sentir su vida. Pequeñita, dura y húmeda. Imaginen la noche; una hermosa, negra, callada, casi perfecta.

Putamadre.

Me lleva la mierda.

He perdido el sentido de la realidad.

Pero ya me harté de pensar en cómo salir de aquí.

Estoy pensando de nuevo.

De qué sirve hablar en voz alta.

Quien  haya vivido la soledad me entenderá.  Lo que en verdad parece es un castigo. Estar solo no es normal. Un conjunto de esencias organizadas por un extraño orden que es imposible de comprender por tantas definiciones que inventamos.  Hasta la vida necesita de compañía. Eso hace de la soledad la equivalencia de la muerte. La gente hace lo que sea por estar cerca de alguien siempre y cuando sea por solo unos minutos o por toda la eternidad. O por demasía. Los locos lo son por ausencia. Necesitamos sentir al otro. No tener contacto con  nadie es tal vez una de las experiencias que acercan al hombre con la muerte. Es extraño explicarlo. Un vacío. La soledad es como la oscuridad. Lo peor de estar solo es que uno se pone a pensar.


GERARDO MIGUEL UGALDE LUJÁN. Escritor, lector, dibujante, creador de cortometrajes bajo el sello que él mismo creó junto con Claudio García y Pablo Montiel, que responde al nombre de Tortura Films. No tiene muchos estudios, es un autodidacta a palos. Le gusta el buen vino, la literatura, la música y el cine. No tiene ningún logro importante que presumir. Nació en Guadalajara, Jalisco en 1989.

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EDICIONES LENGUARAZ Turbios Celajes Intrincados, de Alexis Soto Ramírez


Libro de poemas de un depurado lirismo que explora en las diversas asociaciones que se establecen, a través de la palabra, entre el mundo material y el espiritual; poesía que impresiona los sentidos y nos seduce con la belleza de sus imágenes; versos de una inefable representación del afuera y el adentro, de los seres y las cosas, del tiempo que fue ayer, ahora y todavía.

ALEXIS SOTO RAMÍREZ (La Habana, Cuba, 1967). Recibió, en su ciudad natal, el Premio Luis Rogelio Nogueras de poesía con el libro Estados de calma (Ediciones Extramuros, La Habana, 1993). Textos de su autoría están antologados en Algunos pelos del lobo. Jóvenes poetas cubanos (Instituto Veracruzano de Cultura, 1996). Otros títulos publicados son Turbios celajes intrincados (Poesía, Ediciones Lenguaraz, 2016), y Oscuro impostergable o la circunstancia de la hormiga (Poesía, Ediciones Lenguaraz, 2016). Actualmente reside en Ellicott City, Maryland, EE.UU., donde trabaja como arquitecto de sistemas informáticos. Sus poemas aparecen en revistas literarias de Estados Unidos, México, Francia y España.
 
Libro disponible en Amazon y Barnes and Noble

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POESÍA La tiniebla es incierta entre respiraciones | Jesús Briseño Vázquez


RITUAL DEL FUEGO NUEVO

Sobre los muros de la noche
la luz se revela
con los húmedos sables del alba,
abajo, un águila de sombra
corona la penumbra de los montes,
el tiempo es esa lejanía de estrellas
que se desvanecen:
es tu mirada de astros gemelos
en delicada muerte bajo tus párpados.
La tiniebla es incierta entre respiraciones.
¿Acaso estaré ciego o son mis huesos los que humean
delante de mi rostro?
Cara al sol
las máscaras quemadas se borran
y es tu pasado el vuelo de las golondrinas,
y tu sonrisa de media luna
se disuelve allá, fresca y pura,
en el espejo de bahías de mi piel,
palabras que como agua sombría
manan de aquel maguey solitario,
silencios que como fumarola embrutecida
enlutan el horizonte con su llanto de ceniza.
A zarpazos de cristal de aurora
el cielo devasta las nubes
y sólo permanecen las blancas ruinas de su guerra,
el sacrificio se ha consumado,
la vida lava su rostro con los vientos de la mañana…
Al verte corriendo por el aire
la luz te envolvía y eran tus labios la flor aérea
y tus brazos eran ríos de humo blanco,
al verte me vi
como quien ve una sombra disolverse,
harapos de oscuridad ardían en el barranco,
porque a pesar de la noche
la vida resiste los embates del olvido,
derriba a esos dioses fríos que nos inundan
de rutinarias muertes apagadas
y que nos mastican lenta y calladamente…
Ahora, vida, deletreo tu rostro que es mi rostro,
bebo tu fuego que es mi fuego,
abrazo tu alma que es mi alma.


BLANCO IDILIO

Las nubes
son las bestias blancas del olvido,
navegantes invencibles en un mar de astros,
ellas como versos
son rebeldía en vuelo
contra el tiempo que las deshace,
con albura infinita
y atadas a la inercia del viaje
nunca dejan de transformarse,
nosotros como ellas cambiamos,
dejamos la piel a la deriva del mundo:
de sueño a carne y de carne a polvo
ardemos en la hoguera de los días…
En los temporales del odio
nuestras bocas se vuelven grises de suciedad
mientras ellas anuncian
el retorno de los relámpagos,
cae la lluvia de las eras como lágrimas de sangre,
cae el tiempo sobre soñolientas lenguas de piedra,
el cielo es una febril marea de deseos,
pero las nubes, fieles a su ejercicio de quimeras,
invaden la memoria del viento
y sólo dejan en los labios
señales blancas de silencio como frágil nieve:
la fugacidad infalible de la vida.


PAISAJE INTERNO

Dibujo en el alma
la ruta cristalina del viento
y al alba, en oscuro deshielo,
se vuelve río de lumbre la nieve sombría
entre los pétreos senos de una montaña:

aquí, somos la ardiente transparencia del instante,
el cielo abierto y la soledad vacía,
y allá, a la orilla del fin,
la profecía del polvo somos:

un grito roto en mil silencios
y un puñado de recuerdos.


JESÚS BRISEÑO VÁZQUEZ (1993- ). Nació en la Ciudad de México. Estudiante de Derecho en la UNAM. Colaborador de Revista Estepario. Participó en la XXIX Gran Muestra Teatral de Educación Secundaria con la obra "Cómo escribir una adolescencia" de Flavio González Mello.

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BREVIARIOS DE YAAZKAL Sobre las tecnologías de comunicación e información y la FIL | Yaazkal Ruiz C.

Las tecnologías de comunicación e información tienen sus desventajas, pero se ha avanzado mucho y como dije anteriormente han acortado distancias.
No fui a la gran fiesta de los libros. Mi mamá se negó a enviarme sola y con el costo que esto implicaba. Entonces no fui. Sin embargo, no quedé fuera del todo. Muchas de las cosas las vi a través de las redes sociales. Fragmentos o bien, la presentación completa de una mesa. Estoy me gusto porque era como estar presente y caminar al lado de aquella multitud o mirar de frente a nuestros autores favoritos.

Tal vez la mayoría piense que el Facebook, el Twitter, el Periscope, por ejemplo, son medios sólo para entretener. Yo hasta hace algunos meses lo entendía así y ese era el uso que los daba. Sin embargo, me doy cuenta que los medios de comunicación cuando se usan de manera adecuada rompen la distancia, las diferencias sociales, económicas, etc. Falta el idioma. La mayoría de las conferencias se transmitieron en español y hay que recordar que en México, país sede del evento, hay una diversidad enorme de lenguas que en esta ocasión no contaron.

Las tecnologías de comunicación e información tienen sus desventajas, pero se ha avanzado mucho y como dije anteriormente han acortado distancias. Yo me sentía ahí, en la FIL, aunque la mayoría de mis compañeros en la escuela veía con cierta burla mi estado. Uno de ellos dijo que la FIL era meramente un espectáculo hecho principalmente para vender. Estoy de acuerdo. La FIL se hizo para vender aquellos libros que están de moda como si se tratara de una blusa, un pantalón. No obstante, en medio de toda esa invasión publicitaria, los grandes carteles, los espectaculares, hay algo bueno: libros y autores que serán fundamentales para nuestra vida.

Quizá soy optimista, pienso que no todo en la vida hay que verlo de color negro. Además, lo que he visto, ha modificado mi manera de entender la literatura. Es cierto, falto el olor de los libros, las páginas hojeadas, el gusto por llenar la maleta con todos esos mundos de papel y letra impresa. Tal vez. Pero aquí las redes sociales, sí funcionaron.

En la página de la FIL encontrarán el acceso a sus redes sociales.

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CUENTO Mi padre y el azar | Carlos Andrés Ramírez González

El viejo encargado de tomar las apuestas y llevar el control del juego fue despedido y reemplazado con una ruleta digital en la que ahora se pueden poner las apuestas en una pantalla y la misma máquina suelta la bolita, la endemoniada bolita.
El deseo incontrolable de entender qué sentía mi padre me motivó a entrar al Casino de la esquina de la casa. Era ciertamente un lugar amigable, con meseros atentos, comida y bebida por doquier. El suelo estaba tapizado con una alfombra de colores vivos desgastada por el uso, paredes blancas con huellas de patadas y el techo, recién renovado, tenía lámparas grandes y la decoración de Halloween propia de la época. Las máquinas, multiplicadas desde la última vez que estuve aquí para sacar a mi papá a la fuerza, se disponían de cuatro en cuatro cada dos metros creando islas de juego y dispersión. La ruleta se mantenía en su puesto: en el centro del recinto, cerca de los baños, a la cocina y a la cafetera. El viejo encargado de tomar las apuestas y llevar el control del juego fue despedido y reemplazado con una ruleta digital en la que ahora se pueden poner las apuestas en una pantalla y la misma máquina suelta la bolita, la endemoniada bolita. Tomo asiento en la única silla disponible. A mi izquierda una señora en silla de ruedas saca dinero a montones de un pequeño bolsillo puesto al interior de su transporte; a mi derecha, un jovencito de veinticinco años máximo, jugaba con apenas un par de billetes dispuestos en la mesa de apoyo. Ambos parecen estar demasiado concentrados en el juego para notar mi presencia y decido entonces sacar mi billetera para jugar por primera vez en mi vida a la ruleta.

Ingresando los billetes en el alimentador, no puedo evitar recordar a mi padre. Gastaba jornadas enteras sentado en una silla como en la que estoy yo; muchas veces salió temprano en la mañana, mucho antes incluso de que abriera el Casino, y terminó llegando bien entrada la noche, mucho después de que mi madre por fin conciliaba el sueño. Para compensar el daño, siempre traía comida variopinta que terminaba devorando yo, muy a pesar de mi madre. Perdió fortunas enteras esperando que la bolita de la ruleta francesa cayera en el número que siempre apostó: el veintisiete rojo. Lamentablemente para él y para nosotros, el número jamás salió favorecido mientras él estuvo en la mesa. Jamás ganó un céntimo y sí logró perder todo nuestro patrimonio. Pero bueno, yo ya logré perdonarlo por los vejámenes a los que nos sometió a mi madre y a mí, y ella, ya un poco achacada, lo recuerda con cariño más que con resentimiento.


Pongo un billete de baja denominación, mi apuesta es por el nueve, el once y el veinte, jamás el veintisiete, y la máquina dice “no más apuestas por favor”. Pierdo en el primer intento, cae el dieciséis rojo. Repito la acción con un billete un poco más grande y vuelvo a perder sin remedio. La señora de la silla de ruedas también pierde en las dos rondas, pero a diferencia mía mantiene el ánimo y la billetera arriba. El joven sí logra ganar, y menos mal porque según veo era su última ronda, ahora tiene algo de créditos para seguir jugando o retirarse con al menos el doble de su inversión; decide quedarse, por supuesto. Juego otras tres rondas y sigo perdiendo irremediablemente, trato de diversificar las apuestas para tener más chances de ganar algo y sigue sin dar resultado. Una mujer con disfraz de Gatúbela también apuesta en la silla del frente; no había dado cuenta de su presencia por la dinámica del juego y mi prisa, dado que ni siquiera debería estar acá. La mujer, algo mayor para que su disfraz resulte sexy, introduce e introduce dinero sin límite diciendo que igual es de su exmarido, no de ella. Nueva ronda, pierdo de nuevo. No puedo entender cómo mi papá decidió quedarse en un sitio como éste todos los días durante tantos años, no me cabe en la cabeza. En las siguientes rondas también pierdo mi apuesta y empiezo a cuestionarme mi estadía en el lugar, prefiero gastar el dinero en comida, o en cine o en cualquier otra actividad diferente a regalar mi trabajo a un Casino de mala muerte.

Me tocan el hombro con sutileza. Es un camarero bien chaparro, moreno y con la nariz torcida. Me ofrece hielo con algo de gaseosa, no al contrario, y decido rechazar su amable ofrecimiento. Pasados un par de minutos vuelve a tocarme el hombro y esta vez me ofrece comida. En un pequeño plato arrumaron algo de arroz oriental con habichuelas y algunas papas chips; esta vez recibo el plato y como fogosamente mientras sigo perdiendo en las rondas. La señora de la silla de ruedas me sonríe y me ofrece el arroz que no pudo comerse, rechazo la oferta con un ademan de fastidio involuntario. Una nueva ronda, dos negro, pierdo de nuevo. Reviso mi billetera en busca del efectivo restante y me dispongo a terminar mi periplo por el templo de mi padre. Llamo al mesero en busca de la gaseosa antes rechazada y juego de nuevo repartiendo la apuesta en varias opciones. “No más apuestas por favor” vuelve a rugir la máquina mientras la bolita sale despedida en su interminable curso, que desgraciada debe ser la pobre bola girando y girando todos los días sin posibilidad de hacer cualquier otra cosa.

Termino mi dinero, sólo queda un juego más. Me levanto del asiento adelantándome al desenlace y con la mirada, sin decir nada, me despido de Gatúbela, de la señora en la silla de ruedas y del joven que de nuevo se juega la permanencia. Hacemos las apuestas: voy con el quince, el veintidós y el treinta. La bolita sale de su guarida despedida por quién sabe qué mecanismo especial y da varias vueltas alrededor de la madera pulida. Por fin se encasilla en un recuadro mientras mis tres acompañantes levantan las manos y gritan en señal de júbilo; todos ganan menos yo. El resultado: veintisiete.


CARLOS ANDRÉS RAMÍREZ GONZÁLEZ. Colombiano. Profesional en Política y Relaciones Internacionales. Finalista del Certamen Literario Internacional  de la Fundación Sómos.

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CUENTO Hace cuántos kilos que no nos vemos | Víctor Bahena

Cualidad infantil es ésta;
porque el amor de lo absurdo
forma parte del apetito destructor.
Alfonso Reyes
Llegué a mi casa una noche cualquiera y sintonicé mis redes, lo de siempre: una invitación a la presentación de un libro que de inmediato mandé al garete. Sendas charlas filosóficas glosándose imperiosamente a partir de un comentario en mi muro electrónico. Algunos méritos —likes— a la belleza plausible que ofrecen ciertos retoques fotográficos, o, simplemente mujeres asomando en las instantáneas sus glúteos (no me tilden de sintético, lo superficial es imprescindible a los ojos). Pero lo que me desconcertó fue un mensaje a guisa de invitación un tanto demoníaca.
         Hace cuánto tiempo que no sabía de Selene, quise recordar pero abandoné mi empresa al apabullar mi inteligencia. No tenía mucho realmente, apenas unos pocos años. Y luego vinieron los recuerdos con una suerte de desglosamiento genético: que hace ocho años corría por nuestras bocas el furor del momento, que algunas ocasiones me tachó de irredimible y de macho cabrío poligámico, en fin, entre otros quehaceres que le formulaban amor, y un rescoldo de autodesprecio.
         Bueno, las cosas cambian, las mujeres aunque no olvidan, perdonan. O mientras tanto, se entretienen con nuevas peripecias. El mensaje decía: ¿Éder, cómo estás… —lo traslado a una lengua legible—, qué te has hecho?... Bueno, la güera dice que te invita a su baby shower, va ser el doce de septiembre, te esperamos. Y párale de contar —mi excuñada tenía mayor presencia y mejor—, bueno, a ver. Uno a veces decide deslindarse completamente de su pasado, aunque sea un deseo utópico, claro. Y de ésta alharaca de desvinculaciones era la primera en su tipo. Creo que lo que originalmente me planteó la cabeza fue el revisar cómo se había puesto: si llenita, piernibuena, o más pechugona… Luego a decirme: sí, pero con el recato prístino de analizar en sus fotografías la superposición de vida: algún rastro orgánico, algún dejo de decoro…
         No me dejó en la lontananza el conocimiento de dos hijos. Un marido más bien bonachón, que fornido. Una vivienda austera pero con lo indispensable. ¡Vaya que unos críos que, frente a otros, los harían parecer una suerte de monigotes inanimados! La niña me recordaba a ella sepultada en la felicidad de siempre, y el niño: el niño no me recordaba nada, tenía similitud con el gesto grave de su padre. Por cierto, ella había adquirido ese rostro femenil que linda con la unanimidad de una mujer impecable —algo menos ordinario que esas jóvenes de rostro grácil que rondan y fácil pasan pavoneando las verijas en el redor de la veintena de años...
         Heme ahí,  pensando si ir o no ir, atendiendo en mi mente el diagrama de flujo para los sucesos más sesudos, o sea: la dubitación sin asidero. Cuando menos me vi ya estaba en el supermercado en busca de una cobija (no digo cobijita porque el diminutivo es celoso) sí, cobija—mismas que cada primeriza recibe de colores, en retahíla—.  Allí estaba, mi selección se inclinó por un cobertor amarillo-canario con estampados de elefantes que, a resultas de una persona con sentido común: tendría como unisex, en desconocimiento, aún, del uterino ocupante.
         En la caja, por cierto (uno no debe hacer filas para entregar su dinero) recordaba las huidizas carnes de Selene… Las veces que sin más le asentaba un comentario después de hacerlo: tu cuerpo es muy bello, le decía, y esbozando una sonrisa entrelazaba sus brazos a mi plexo. Bueno, la cajera fue oportuna y me remontó del flashback, a una realidad más ecuánime. Pagué, incluso al hacerlo ella se detuvo en mi rostro por unos momentos, y, entretanto, como diciendo en su mente: será o no será; terminaban sus ojos por acreditar que no era y llevó de la gaveta a mi mano, el vuelto.
         Llegó el día. El plan era intercambiar lisonjas, dejar el regalo y salir pitando luego de adivinar el diámetro de su vientre —todavía de seguir pensando si invitar a hombres a un baby shower es una estrategia para tener más regalos—. Pero no,  no salió así. En primera me reconocieron a leguas; a media cuadra del portón me loaban por mi antiquísima calidad de beodo.
         —Qué onda, ¿cómo estás, mano? ¿Ya vas a sacar las cervezas?
         —¿Cómo estamos? Pues vengo de rápido
         —Oh, ¿ya ves?…
         Y la clásica escena que uno piensa dramática cuando regresa después de mucho tiempo y las hermanas y los suegros y las abuelitas te ven con un dejo de adoración, o de plano, como un bicho raro.
         Saludé a mi exsuegro con un fuerte apretón de manos y caí en cuenta que si bien los años no son en vano, ponen a los árboles jóvenes, más frondosos.
         —Qué te has hecho, Éder.
         —Pues ahí, pasándola…
         Y a la exsuegra un saludo de lejos…
         ¿Cómo decirle que no a una tinga? Me serví tres tostadas. Selene aún no llegaba, que dizque había ido por refrescos, y limpiando el plato luego de una tostada de picadillo me abordó su hija: Hola. Hola. Soy Nayeli, ¿y tú? Éder —fue imposible no preguntarme quién diablos le puso ese nombre—. Vienes a la fiesta de mi hermanito. Sí. Diviertete… Gracias, hija.
         De momento me quise sentir como en la escena en donde Darth Vader le dice Luke Skywoker, que él es su padre. Pero no, no era así... Viendo la algarabía de los niños persiguiendo la cola de un gato comprendí lo objetiva que es la casualidad. Las peleas, o las no peleas son eventos necesarios; somos tan irredentos a lo absurdo que cuando existe, o creemos en una resolución no pensamos bien por qué cosas pasamos para llegar a eso. Decimos: éste es mi blasón, y no importan los azares del viento, o las voluntades indistintas; todo lo acomodamos nosotros, como un apelativo denigrante que terminamos por volver, orgullo de nuestra escoria.
         Llegó Selene. A comparación de mí, su marido parecía cargabultos y tenía tintes de lambisconería, pero siempre que le hablaba la miraba a los ojos. Ella me saludo, me hizo preguntas de protocolo. No pudo evitar el mínimamente emocionarse al ocultarle que me había dedicado a publicar libros. Le llenó de sorpresa ver que con su hija ya había entablado, el niño no tenía gracia y sólo miraba con frialdad desde su periquera. No has cambiado en nada, me dijo. Salvo ya luces más maduro —gulp—. Y tú eres la más conservada entre tus hermanas…
         Ya no era la joven que se quedaba en mi casa los fines de semana a vestir santos, tenía certeza de la vida. Tenía que tenerla: ya no andaba por ahí danzando la pera como yo. Ya tenía con mayor finitud por quien ver. No le acaricié la panza por dudar de las vibras, o el absurdo, que le transmitiría. Pero sí le dije que parecía una esfera de arroz, entre otras bromas que no pude guardarme. Se fue. Fueron cinco minutos de charla, luego yo me despedí con tranquilidad y calma, pensando que estaba en el momento de mi vida en el que cualquier exnovia podía invitarme al bautizo de su hijo, o a su baby shower, y yo, teniendo en cuenta y no estando demás el clásico pensar que la cuchara de uno le iba a dar más sabor a la raza.

Del libro A como dé lugar ( 2015).


VÍCTOR BAHENA (Distrito Federal, 1993). Estudia letras en la UNAM. En su haber tres libros: Limbo de Agua (Proyecto Almendra), La próxima estadía (Sikore Ediciones), y A como dé lugar, (Babel todas las voces). En España forma parte de las antologías Hawuai Chigetsu, Mario Benedetti (Editorial Letras Como Espada) y Antología Internacional del Haiku (Editorial Pasos).

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ALFAGUARA La carne, de Rosa Montero


Vuelve Rosa Montero con La carne, una intriga emocional que nos habla del paso del tiempo, del miedo a la muerte, del fracaso pero también de la esperanza, de la necesidad de amar y de la gloriosa tiranía del sexo, de la vida entendida como un lance fugaz en el que devorar o ser devorado.
«Al final todo acaba por desembocar en el amor. Y en el daño.»
Una noche de ópera, Soledad contrata a un gigoló para que la acompañe a la función y así poder dar celos a un examante. Pero un suceso violento e imprevisto lo complica todo y marca el inicio de una relación inquietante, volcánica y tal vez peligrosa. Ella tiene sesenta años; el gigoló, treinta y dos.

Desde el humor, pero también desde la rabia y la desesperación de quien se rebela contra los estragos del tiempo, el relato de la vida de Soledad se entreteje con las historias de los escritores malditos de la exposición que está organizando para la Biblioteca Nacional.

La carne es una novela audaz y sorprendente, la más libre y personal de las que ha escrito Rosa Montero.

Ganadora, entre otros, del Premio Primavera de Novela, el Premio Grinzane Cavour, El Premio Qué Leer al Mejor Libro del Año y el Premio de la Crítica de Madrid.

Libros disponible en: Megustaleer

ROSA MONTERO nació en Madrid y estudió periodismo y psicología. Colaboró con grupos de teatro independiente, como Canon o Tábano, a la vez que empezaba a publicar en diversos medios informativos (Fotogramas, Pueblo, Posible). Desde finales de 1976 trabaja de manera exclusiva para el diario El País, en el que fue redactora jefa del suplemento dominical durante 1980-1981. En 1978 ganó el Premio Mundo de Entrevistas, en 1980 el Premio Nacional de Periodismo para reportajes y artículos literarios y en 2005 el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid a toda una vida profesional. Ha publicado las novelas: Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990), Bella y Oscura (1993), La hija del caníbal ( Premio Primavera de Novela en 1997), El corazón del Tártaro (2001), La Loca de la casa (2003), Premio Qué Leer 2004 al mejor libro del año, Premio Grinzane Cavour al mejor libro extranjero publicado en Italia en el 2005 y Premio “Roman Primeur” 2006 (Francia); Historia del rey transparente (2005), Premio Qué Leer 2005 al mejor libro del año, y Premio Mandarache 2007; Instrucciones para salvar el mundo (2008), Premio de los Lectores del Festival de Literaturas Europeas de Cognac (Francia, 2011); Lágrimas en la lluvia (marzo 2011), Lágrimas en la lluvia. Cómic (octubre 2011), Premio al Mejor Cómic 2011 por votación popular (Salón Internacional del Cómic de Barcelona), La ridícula idea de no volver a verte (marzo 2013), Premio de la Crítica de Madrid (2014) y El peso del corazón (2015). También ha publicado el libro de relatos Amantes y enemigos, Premio Círculo de Críticos de Chile 1999, y dos ensayos biográficos, Historias de mujeres y Pasiones, así como cuentos para niños y recopilaciones de entrevistas y artículos. Su último libro publicado es La carne (2016). Página de Rosa Montero.

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