BLANCO Toda la belleza: Los disfraces del fuego, de Manuel Iris | Daniel Medina

Este libro obtuvo el premio regional “Rodulfo Figueroa” 2014.
Hoy quiero hablar de un libro cuya reseña dejé inconclusa durante varios meses. Me impulsa, de hecho, una gran noticia: los ejemplares de Los disfraces del fuego (Atrasalante, 2015) están a punto de agotarse. Hecho que no sólo es dulcísimo para Manuel Iris sino también para Yucatán, la península, el sur de la república y un tanto más allá. Libros agotados de autores recientes, de poetas recientes.

Debo decir, ahora, que si tardé en elaborar este comentario fue porque me costaba escribir algo que hiciera justicia al libro. No sé si de algo servirán estas palabras pero sé que podrán ser útiles para, al menos, despertar la curiosidad de unos cuantos; léase entonces esta reseña como una invitación atenta.

Hay pocas cosas que pueda decir de Los disfraces del fuego que no hayan sido dichas por un par de excelentes poetas y críticos literarios: es un libro redondo y de construcción impecable; una hermosa confirmación del oficio poético que comenzó a gestarse en publicaciones locales, mismas que hace diez años señalaban, como característica fundamental en la poética de Iris, la capacidad de generar versos limpios y sonoros, alejados del típico hermetismo oscuro del joven escritor yucateco. Así, este libro resulta la renovación de unos votos que han apostado, desde su pronunciación primera, por la belleza sobre todas las cosas.

Fue en 2009, con la salida del Cuaderno de los sueños (FETA), que el autor de Los disfraces puso la primera piedra de lo que promete ser un edificio sólido de principio a fin. El Cuaderno trata la escritura de un libro, las complicaciones surgidas durante la construcción del discurso, y el diálogo con la inspiración –materializada en un cuerpo femenino. En este libro, uno puede rastrear los ecos que habrían de construir una voz personal con el pasar de los años: Bonifaz Nuño, Rilke, Chumacero… A esta búsqueda se suma Nueva Nieve, pequeño volumen de poemas construidos con la experiencia y la contemplación, la lentitud y otros ecos; en este otro volumen figura Gastón Baquero y, además, fuera del poema y como una hermosa coincidencia, Amado Nervo que en su poema "Jaculatoria a la Nieve" plantea las mismas obsesiones que el poeta del que ahora hablamos. La voz de un poeta nace de las otras voces, claro está.

Así, Los disfraces del fuego son el resultado de un largo silencio, porque la poesía se gesta con el tiempo y surge cuando ella lo desea –como diría José Hierro–. Estos disfraces plantean, sobre todo, que cada instante es la repetición de otro, que cada vez que alguien ama o canta está ejecutando el mismo amor y el mismo canto que alguien, en otro momento, ha experimentado:

(todo arquetipo es el inicio de una repetición,
el nacimiento de un eco).

El disfraz es todo lo que rodea al mundo, el disfraz también es una acumulación de capas en constante movimiento, en constante intermitencia; el fuego es lo que se oculta debajo de la piel y las palabras, aquella búsqueda permanente hacia la trascendencia. El poeta se presenta como un hacedor de preguntas, por lo tanto un buscador cuyo objetivo es repetir para avanzar:

Una obsesión también es testimonio
de lo que se ha visto, una verdad
que necesita repetirse.

La música no sólo aparece en estas páginas como un elemento preciso en el verso, sino como un refuerzo para la propia música de las palabras, un plateado contrapunto. Manuel Iris recomienda piezas de Arvo Pärt para cada apartado, esto asegura una experiencia doble y hermosa: la lectura de los poemas siguiendo las recomendaciones –donde "Tintinabulli", primer apartado del libro, resulta el más potente– o bien, la lectura en completo "Silencio", donde los versos por sí solos logran ese repicar de campanas y atmósferas complejas.

Es de destacarse, también, que este volumen se compone de poemas cuya fuerza reside en cada página y no sólo en su conjunto, es decir, a diferencia de otros libros de poesía reciente, Los disfraces del fuego no pretende alargar e inundar el sentido con retórica vacua, es un libro sincero, carente de pretensiones y excesos.

Finalmente, Manuel Iris muestra, como Charles Simic, que el poema es una especie de ajedrez: cada texto posee pulsaciones finales, golpes certeros como si de un jaque mate se tratara:

Todo tu nombre
galopando en mis arterias como un tambor de luz.


Sólo el amor
es verdadero al tacto.


Todo poema es el brillo
de una estatua de hielo
frente al sol.


Algo se rompe,
pero no eres tú.

No pretendo escribir sobre cada apartado, porque estas pocas líneas van sobre un montón de anotaciones que hice al leer y releer el libro. Puedo decir, al final, que estos disfraces son el resultado de la constancia, la honestidad y la obsesión, del verdadero compromiso con el poema y con el mundo, con toda la belleza:

¿Detrás de la belleza, Corazón, qué rostro vive?

Belleza no es disfraz
sino algoritmo, operación
del cosmos. Interfaz entre mis manos y
lo que has perdido, Corazón, lo que buscamos.

Belleza es la evidencia de un lugar
anterior al nacimiento y posterior a la muerte.

La cuerda tensa entre un silencio y otro.

La belleza, Corazón, es trascendencia palpable. Es el disfraz
más fugitivo de lo eterno.

Belleza son los cardos inocentes
bajo la lluvia anciana,
belleza el monte, los cometas,
la galaxia,
tu piel de piel pretérita y futura,
belleza es tu disfraz,
tu máscara de ahora.


DANIEL MEDINA (Mérida, Yucatán, 1996) estudia Literatura Latinoamericana en la UADY. En 2014, obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas y el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara, así como la Mención Honorífica del Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015. Poemas suyos aparecen en diversas revistas, antologías y suplementos culturales del México y el extranjero. Es autor de las plaquettes Mímesis para gusanos (2015) y Casa de las flores (2016).

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