CUENTO Decirle adiós a Milena | Ángel Fuentes Balam


Cuando Milena se fue, dejé ir las mariposas que capturamos juntos en su silla de ruedas. Le había construido un compartimento de madera: una cajita adaptada a la base de la silla, en el cual se colocaba un frasco mediano con varios lepidópteros muertos en su interior.
     —¿Te gusta atrapar mariposas rotas, conmigo?
     —Me gusta hacer todo contigo.
     La conocí en la Alameda Central, un viernes de noviembre. Yo estaba tocando la guitarra, sin mayor ocupación que tratar de recordar un pasaje de Piazzolla. La tarde era fresca, amarilla y pacífica. Miraba de hito en hito a las parejas que se paseaban con un abrazo en la cintura, los niños jugueteando con burbujas, los patinadores cayendo sin gracia.
     Milena se aproximó hacia donde me hallaba. Estaba con su hermana, Silene, quien empujaba la silla de ruedas.
     —Oblivion —me dijo, sonriente.
     Levanté la mirada y me encontré con la suya. Los ojos verdes de Milena eran gestores del fulgor marino. Los rizos tostados le caían en la frente, escondiéndose algunos detrás de sus orejas blancas y breves. Hablaba usando dos pequeños pétalos color violeta que ocultaban una lengua/fresa/viborita.
     —Es cierto —contesté admirado. Era muy grato que conociese la pieza que intentaba tocar.
     —Me encanta esa canción.
     —Entonces, espero que salga bien.
     Silene sonrió, y luego se dirigió a su hermana:
     —¿Quieres un helado?
     —Me encantaría.
     —¿Y tú?
     —Eh… No, muchas gracias…
     —No tengas pena —replicó la mujer. Parecía apenas unos años mayor que la muchacha sentada.
     —Ninguna… Muchas gracias. Me llamo Bartolomé. Pueden decirme Bart, como el hijo de Homero.
     Risas.
     —Mucho gusto, Bart. Me llamo Silene.
     —Y yo soy Milena —dijo, extendiéndome su mano derecha, con un gran anillo de plata en el dedo anular.
     Las saludé.
     Silene besó a su hermana en la mejilla.
     —Ahora vengo. ¿De qué lo quieres, Mila?
     —De nuez.
     —¿Seguro que no quieres, Bartolomé?
     —No, muchas gracias. Estoy bien.
     Silene caminó por la amplia terraza, adornando su vestido amarillo con las sombras mecidas en el piso, proyectadas por ramas, aves y hojas que se despedían de la cumbre con dolorosa lentitud.
     —Son muy generosas al invitar a un perfecto extraño.
     —No sé si seas perfecto, pero ya no eres extraño. Cuando te vi con la guitarra, quise acercarme. Ninguna persona que se conmueva por la música de Astor debería pasar la tarde solo.
     —Gracias.
     Ese viernes, la pasamos hablando largo y tendido. Hablamos de muchas cosas: de la ciudad, de mí, de ellas, del tango, por supuesto. Así me enteré que vivían en una vieja casa, situada por la colonia Roma, propiedad del padre. Su madre murió cuando ellas tenían dieciséis y veinte, respectivamente. Milena tenía una enfermedad llamada Síndrome de Guillain-Barré, la cual produce que el sistema inmunitario se ataque a sí mismo, por error, dañando nervios y ocasionando enfermedades virales como influenza y padecimientos gastrointestinales. Milena era muy docta respecto a su padecimiento.
     —¿Tiene cura?
     —No. Tiene tratamiento, pero desde que se me presentó, poco después de la muerte de mi mamá, no me hace efecto. Bueno, sólo me ayuda a no contraer gripa a cada rato.
     —Por eso puede comerse su helado sin miedo —agregó Silene.
     Yo les hablé de mí, lo poco que podía contarse: hijo único de un contratista y una recepcionista de hotel, viviendo en Azcapotzalco, estudiante de la Superior de Música. Diecinueve años. Sin más problema en la vida que lograr tocar aquella pieza con soltura.
     —¿No tienes novia?
     —No. Bueno, ya no. Hace un par de meses.
     —¿Y no estás deprimido?
     Silene le lanzó una mirada recriminatoria a su hermana.
     —Sí. Supongo.
     —Supones…
     —Ya no. Hay gente que es mejor dejar de ver.
     —O comenzar a ver.
     —Claro.

Desde ese día, Milena y yo nos hicimos buenos amigos. Una chica hermosa en todo sentido. Era divertida, inteligente, sagaz: estudiaba psicología por las mañanas, y por la tarde iba a clases de pintura.
     —Yo quería tomar danza flamenca, pero…
     Y se tocaba las piernas, haciendo cara de payaso triste. Poseía un gran sentido del humor.
     El padre de Milena era un ingeniero civil, muy educado. Tenía el semblante cansino, bolsas pronunciadas en los ojos; estaba sobreviviendo a los primeros embates de la calvicie, y como su hija, tenía agrado por la risa y los comentarios jocosos. Su voz grave daba pocas ganas de hablarle, pero era un tipo relajado y bonachón.
     —No le tomes mucho cariño a tu cabello —me dijo un día, tocándose la cabeza—, mira qué pasa con los años.

Milena pintaba paisajes de la ciudad; ello ocasionaba que metiera en varios apuros a su hermana, contadora de profesión, porque había que buscar el mejor lugar para que ella pudiera inspirarse, aunque fuera complicado penetrar en él. Ni hablar de la demanda de tiempo.
     —Mi padre me ha dicho que consigamos una enfermera para ella —me confesó—; sin embargo, prefiero cuidarla yo. Nos llevamos muy bien desde niñas. No confío en otra persona para acompañarla a sus excursiones artísticas. Siendo tan testaruda como es, va a lograr que la suban al vientre de “La mujer dormida”.
     —A los pechos —contestó Milena—, sería más divertido.

La primera vez que nos besamos, fue precisamente el día en que capturamos la mariposa muerta número uno. Nos hallábamos en la Alameda Central (lugar que adoraba por su movimiento y color), yo empujaba su silla, ella bosquejaba unas manos humanas en la libreta de dibujo. De pronto, le cayó una mariposa azul en el hombro. El pequeño insecto estaba moribundo, parecía clamar por ayuda, aleteando débilmente.
     —Mira —le señalé.
     Milena tomó con delicadeza al animal y lo colocó encima de su cuaderno.
     —Voy a dibujarle una silla de ruedas pequeñita. O una prótesis para sus alas. Se ve cansada.
     No obstante, el bicho murió entre los trazos al carbón.
     Milena lo observó durante unos minutos. Yo esperaba a que soltara alguna frase sarcástica o un comentario astuto sobre el fenómeno, pero en lugar de eso, se cubrió la cara y comenzó a llorar.
     —¿Qué ha sucedido? —pregunté, alarmado.
     Ella no contestó. Creí entender.
     —Calma…
     La abracé. Su llanto creció. Comenzó a gemir lastimosamente. Su rostro blanco quedó enrojecido en segundos, húmedo y descompuesto.
     Tomé sus mejillas. Su mirada estaba perdida, rociada como lluvia entre las huellas de los caminantes y las hierbas.
     —Tú no eres esa mariposa.
     Y la besé. Ella respondió con calidez y suavidad. Ávidamente, el beso tierno derivó en una profunda tormenta de pinceladas rojas y cristalinas, un ritmo violento y desbocado. Milena me tomó la nuca para apretar mis labios, logrando que mi lengua entrara triunfante en su boca.
     Se apartó para respirar y decir:
     —No me dejes nunca.
     —No lo haré.
     —Vive para amarme.
     —Viviré para amarte.
     —Si me voy no me olvides. Nunca permitas que me olviden.
     —Calma… No te olvidarán.
     Le propuse coleccionar las mariposas fenecidas para recordarlas, para que no se perdieran en la avalancha de fauna acaecida del diario. Así, cada vez que veíamos una papirusa tirada en la calle o recostada en el sueño sin fin de una hoja, la tomábamos, le poníamos nombre y la metíamos en un frasco de café. Llegamos a contar veintisiete cuerpos alados. Eran de todos los tamaños y formas, de varios colores y grosor.

     —Yo no siento nada… Nada… ¿No prefieres una mujer que sienta, abajo?
     —Te amo a ti.
     —¿Cómo puedes amar a una paralítica? Mira mis piernas. Son horrorosas. Flacas y secas. Si la enfermedad me llega de peor forma, no sólo tendré influenza como ahora, sino que puedo quedar peor. ¿Estarás conmigo?
     —Sí, mi amor.
     —Mientes.
     —¡No te miento!
     —¡Mientes, eres un idiota!
     —¿Qué pasa?
     Se echaba a llorar diciéndome que era un estúpido, y que seguramente la iba a engañar con la primera mujer que pudiera bailar danza flamenca. Luego me pedía perdón. Se decía que era una mujer mala, una enferma insoportable. Me rogaba que me quedara. Entonces yo colocaba un disco de Astor y la cargaba hasta la cama. Me acostaba junto a ella y platicábamos de muchas cosas hasta que nos dormíamos. O le besaba los pechos, los pezones, los brazos… y ella me hacía subir hasta el borde de la cama para bajarme el pantalón y llevarse mi sexo a la boca, hasta que explotaba en su cara y la miraba, manchada, sonriente, viéndome con amor y una microscópica tonalidad de desprecio.
     Su familia me trató siempre muy bien. Mis padres la adoraban. Querían casarnos cuanto antes. Y yo… Yo la amaba, pero sentía que no podía hacer muchas actividades con ella, pues siempre quería estar conmigo, en casa, en la Alameda o pintando.

En una ocasión, me invitaron a una pulquería de moda a bailar. Fue un error.
     —¿A bailar? ¿Estás burlándote de mí?
     —¡No! Podemos ir y estar allá, con mis amigos.
     —¿Tus amigos que sólo se emborrachan o con tus amigas que te putean? Claro, lleva a tu paralítica a ver como esas zorras bailan contigo.
     —No te han hecho nada.
     —¡No te basta estar aquí!
     —Sí, pero…
     —¿Pero? No te basta. Lárgate si quieres. No te necesito. No necesito a nadie.
     Me fui ese día, aunque ella lloraba. En la noche, me dijeron que tuvo un ataque de ansiedad. Se había caído de la silla, rompió varias de sus pinturas y se arrancó el cabello.
     —Está más tranquila, le dimos pastillas para dormir —me explicó su padre, cuando llegué a casa.
     —Milena es muy frágil. No le hagas daño —aconsejaba Silene.

Yo la amaba. La amé en todo ese maravilloso y oscuro año. Pero poco a poco, su enfermedad nos fue consumiendo a los dos. Se hicieron frecuentes las peleas, los insultos, los reclamos. Aunque paralelamente, crecía también el deseo, el cariño, el apego, el necesitar su piel sobre la mía, su calor proveyéndome de ánimos para aguantar. Pasé los mejores días de mi existencia entregándome a Milena. Tocando la guitarra en el clima diurno de su alcoba, cantando con ella, pintando con ella, comiendo del mismo plato…
     —¡Bartolomé!
     —¿Qué pasa?
     —Mi dedo…
     Me mostraba el dedo con el gran anillo de plata.
     —¡No puedo moverlo!
     —Calma. Tranquila, vamos a ver qué sucede.
     —¡No puedo! ¡No puedo!
     —Calma…
     —¡No! Es el anillo de mi mamá. No puedo mover el dedo, no puedo… Llama a mi papá, a Silene.      ¿Dónde están todos?
     Fue un viernes, como cuando nos conocimos. La tarde también era bella, fría, pálida y plácida. La llevamos al hospital. Gradualmente comenzó a empeorar. Su mano se paralizó y la invadió una fuerte fiebre, hasta perder el conocimiento.
     —Llévame las mariposas —alcanzó a decirme, antes de que la colocaran en la camilla de la ambulancia.
     Cargué el frasco con los insectos, y cuando pude pasar a verla, lo dejé en el buró que tenía al lado.
Pasó tres días en terapia intensiva. Al cuarto, Milena dejó este mundo.

Su padre se quebró con la noticia, como un niño al que le quemaran la carne. Había perdido a su mujer y ahora perdía a su hija. No podía dimensionar lo que ese buen hombre estaba pasando. Silene quedó completamente desierta, hueca, enhiesta en lágrimas volcánicas y silencio. Los abracé y sufrí junto a ellos.
     Su muerte dejó algo putrefacto en mi espíritu. Lloré hasta hartarme, aullé, grité. Me preguntaba si eso es todo en la vida: ver nacer cosas, amarlas, perderlas.
     Me enloquecía recordar sus manos rodeándome, sus caricias perfectamente trazadas, sus besos limpios, su aliento caliente, sus ojos verdes que escudriñaban mis vidas pasadas, sus rizos cayéndome en el pecho desnudo, su encantadora tristeza, su rabia, su impotencia, su danza y la música que brotaba de nuestro encuentro. ¿Eso es todo en la vida? Una sinfonía gloriosa que es finita cuando pareciera eterna, un baile cuyo ritual está destinado al cansancio del cuerpo. La vida es esa horrible brevedad, esa fragilidad inherente al alma, esa veloz mariposa que vuela hasta exterminarse. ¿Acaso todas las relaciones que tendré, las personas que amaré, yo mismo, tendremos el mismo destino fugaz? ¿Nos olvidarán? Cuando estemos en el sepulcro su padre, Silene, yo… ¿quién recordará que hubo una mujer llamada Milena?
     Decidieron regalarme su obra pictórica: paisajes de la ciudad, árboles mudando de hojas, autorretratos, pinturas sobre mí, mariposas… Quiero que el mundo las vea, que la pueda amar, que no la olvide.

Dejé ir las mariposas que estaban en el frasco. Cuando lo abrí, todas resucitaron y levantaron el vuelo.


ÁNGEL FUENTES BALAM. Mérida, Yucatán. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Es autor de los libros: Melodía tu engranaje quietoCruóris o la rabia que fuimos y Devoré el cráneo de Eros (próxima publicación). Ha figurado en antologías nacionales e internacionales y en diversas revistas literarias a lo largo de Hispanoamérica.

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