BLANCO Padecer el mundo: Crónicas de un nuevo siglo, de Xel-Ha López Méndez | Daniel Medina


Estos poemas nos hablan de un país fragmentado, de un siglo en el que apenas podemos hablar de certezas: se está en movimiento y la violencia es una ola que tarde o temprano nos aplasta.
Menciona Nicolás Guillén, en una entrevista realizada en 1977, que el crítico Hans Otto Dill dio en el clavo al hablar de su método de escritura: “pone el poema y la noticia de prensa de donde salió. Efectivamente, yo saco mis temas de lo cotidiano, esas noticias que aparecen en los periódicos y que me llaman la atención especialmente”, y agrega: “cuando tengo un tema me siento como si estuviera enfermo”. El mundo entonces, nos dice Guillén, se padece, es una realidad que lastima y –valga el lugar común– haya en el poema un método de expiación.
Algo similar sucede, me atrevo a decir, en Crónicas de un nuevo siglo (ámbar, 2016) de Xel-Ha López Méndez, libro que haya su dinámica de escritura –claramente de manera irónica pero dura– en textos que narran la relación de las cosas de (agréguese un sitio) y en esa vasta cantidad de crónicas y registros cuya utilidad era ser, sobre todo, un manual para adentrarse en lo desconocido; es decir, “yo conozco este lado del mundo y esto es lo que debes saber”. Las Crónicas de Xel-Ha cargan una preocupación y una empatía con la ruina de este siglo y sobre todo con la ruina que es México, y esto puede leerse desde la dedicatoria del volumen que dice, entre otras cosas, esto: “para los poetas que tenían las manos llenas de razón y la razón era negra y era roja”, “para los nuevos hippies de starbucks que idealizan la pobreza”, “para los granaderos que no pueden dormir porque están tristes”. En esta dedicatoria hace un fresco pase de lista de la sociedad: niños, granaderos, jóvenes ordinarios, cuestiones de género, familia, la xenofobia y la inseguridad. A lo que viene la primera puerta de este libro: “cabezas colgando de un árbol / como esferas. // un siglo nuevo”.
Los poemas de Xel-Ha se desenvuelven en conversaciones, mensajes de texto, lecturas de periódicos y en el plano más ordinario de la realidad: “Leo tu mensaje por cuarta vez / (…) / me dijeron / que el cuatro era un número mágico” y en esa reproducción de la realidad más simple cae, repentinamente, la sentencia: “DF es una masa amorfa y violenta” y esa masa comienza a desangrarse, a revelar su naturaleza: “cuatro pedazos de su cuarto hijo”, “no sé si el periódico mienta”, “Te extraño, nunca debí correr hacia el norte”. Es decir, estos poemas nos hablan de un país fragmentado, de un siglo en el que apenas podemos hablar de certezas: se está en movimiento y la violencia es una ola que tarde o temprano nos aplasta. Es importante decir que los poemas que forman el apartado central del libro vienen fechados y con el nombre del lugar en que se escribieron. He ahí, pues, que puede hablarnos de la relación de las cosas de ciertos lugares de México.
Existe también en los poemas una conciencia sobre la (in)seguridad geográfica del país: por un lado el norte y por el otro el sur, por un lado la violencia y por el otro la calma: “Así es el sur / un andador bellísimo, ciudad real”. Podemos hablar, cómo no, de la normalización de la violencia: “llegan tres tipos encabronados con machetes a tu casa / son tres y el primero de la espalda más grande destroza la puerta de la entrada de tu casa”, posteriormente: “me acomodo en el sillón, está buena la película, hiperrealista”, “está buena la peli, pienso, no lo digo / me basta con oír de cerca el zas de los machetes”. Así las cosas van normalizándose en los poemas: cuerpos mutilados, discriminación, niños con futuros inciertos, pobreza y analfabetismo. Es difícil enlistar con precisión todo lo que expone Xel-Ha en estos poemas: México en toda la expresión de su ruina, la ruina hecha ruina y cayendo más abajo todavía.
         Otro apartado destacable, aunque brevísimo, es el de Poesía polaca. Contiene tres brevísmos poemas que no son otra cosa que una lectura irónica de otra realidad, es decir, para Xel-Ha, siempre guardando las proporciones, la poesía polaca nos dice de su realidad: “nada / un árbol / en un parque: / verde bostezando” o bien “blanco / una palabra para decir invierno”.
         Destaco, también, un poema que recuerda, de la mejor forma, unos versos de Bertoni: La vida es un hospital. Xel-Ha toca el tema de la enfermedad infantil y la dolorosa protección de la madre sobre el hijo: “Nadie va a mencionar la palabra hospital / se dirán muchas otras cuando lleguen los niños” y al final “La madre esconde la palabra indecible / en su lugar / miles de cosas nacen / y la aplastan”. El tema de la enfermedad (véase el poema “Estas circunstancias”) también aparece en esta cartografía del mundo y del siglo.
Al final, este libro cierra con tres versos que condensan, pienso, la semilla inaugural de estos poemas: “Qué feo / cuando hay miedo y no es tuyo / pero igual se siente”.
Para terminar este breve comentario sobre Crónicas de un nuevo siglo regreso a la citada entrevista de Guillén y, sobre todo, a una frase suya: “me preocupa la originalidad”, refiriéndose al tema de la poesía comprometida con la causa social: la poesía de Xel-Ha López Méndez es, sin duda, de las más frescas y originales de la poesía mexicana reciente y de las voces más potentes que han surgido de Guadalajara, estado que, claro que sí, nos ha dado en los últimos años una buena cantidad de excelentes poetas. Crónicas de un nuevo siglo es un libro que se agradece, sobre todo, por su compromiso con la literatura y con el mundo.


DANIEL MEDINA (Mérida, Yucatán, 1996). Estudia Literatura Latinoamericana en la UADY. En 2014, obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas y el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara, así como la Mención Honorífica del Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015. Es autor de las plaquettes Mímesis para gusanos y Casa de las flores.

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