POESÍA Danzante de la niebla púrpura | Gabriel Govea Acosta


REENCARNACIÓN 

Un vehemente licor me incendia cráneo adentro:
Devengo actor de un teatro oscuro,
de una obra siniestra donde el único público
es un espejo quebrado con mi imagen mil veces repetida,
una pauta escrita por mi sombra de trapo
y un director egoísta que no se sacia nunca del espectáculo.

¿Qué sucede en tal caos de remolinos
fecundados por fulgores desconocidos?
¿Quién actúa verdaderamente en la función?
¿Tan grande fue el lamento de la mujer herida
que devino su carne en hombre desdichado,
dos mil años después, como venganza contra sí misma?

INMOLACIÓN

Me deshojo en pétalos de sombras hambrientas.
Me desangro lentamente en el anverso de tus párpados,
en la pantalla más próxima a tu ser sin que lo sepas.

Si miraras al fondo de ti mismo
verías a esta dama desnuda en medio de una era glacial,
rodeada por una horda primitiva de siluetas
que parlotean un lenguaje similar al fuego
y azuzan con su aliento mis espasmos gélidos,
tentando con su antorcha estéril mi cuerpo, ya inmóvil,
crispado en rotunda lividez de quien perdió todo en un instante
                       de risa en el espanto.

LA CENIZA DE TUS SUEÑOS

Soy la danzante de la niebla púrpura,
la de falda volcánica y piel telúrica;
mis cabellos provienen de un arpa milenaria
y mis huesos fueron alguna vez la madera resonante
             en manos de un épico juglar.

Todo en mí es tiempo, ofrenda, mujer humeante
             para el primer trueno que apetezca su carne.
Mi desnudez te pertenece antes de ser La Desnudez.

No supe en qué momento devine tan sólo en tu holograma:
Un firmamento vacío de ti que canta
y vomita verde sobre un continente de criaturas impávidas.

Soy la que baila sola en la ceniza de tus sueños.

LA SIRENITA 

Una noche, mientras oraba, escuché tu llamado.
Mi templo acogió el canto de lo incierto.
Me inundé de ti, me inundé de nadie
y fui llevada como ciudad sonámbula
al fondo del océano donde volví a nacer en otro reino, lejos:
Profunda Atlántida.

Cumplí la edad un día,
algas ardientes me encarnaron, una memoria inescrutable
me llevó a la superficie. Era mal tiempo y lo sabías.
Tu barco sufrió la embestida brutal de mi emoción
conjurada en la tormenta que te trajo a mis brazos,
Príncipe Azul, mortalidad bellísima en mis senos de agua.
Yo, que no tenía surco para que me habitaras,
te llevé a la costa y después me hundí en mi propio deseo,
tan viva como lava incandescente de misterio.

Dispuesta estuve a hendir mi carne,
a entregarme al oscuro desgarramiento de mí misma,
al hechizo que no osa decir su nombre por maldito.
Emergí entonces toda para ti, eterna desconocida,
privada de voz, despojada de mí,
y fui el encanto de tus visiones
hasta el momento terrible en que advino la Otra,
rotunda, portentosa, real,
espejo imposible que me devolvió a la espuma.


GABRIEL GOVEA ACOSTA (Guadalajara, Jalisco, 1983). Es licenciado en Letras y Periodismo y maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Colima. En 2009 cursó el Máster Estudios Hispánicos en la Universidad de Cádiz, España, por medio de una beca de la Fundación Carolina.  Ha publicado el libro Noctario, editado por Puertabierta Editores y la Secretaría de Cultura de Colima en 2012. En 2007 recibió el Premio Estatal de la Juventud en el área de Literatura, el cual otorga anualmente la Secretaría de la Juventud de Colima. En 2016 resultó finalista del concurso para libro debutante “Bridges of Struga” que convocan Struga Poetry Evenings y la UNESCO en Macedonia, por Noctario, el cual se posicionó entre los cinco mejores de todas las propuestas recibidas de 17 países. Actualmente se desempeña como editor en la Dirección de Información de la Universidad de Colima y como profesor del Centro de Educación Artística “Juan Rulfo” de la Secretaría de Cultura Federal.

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