BLANCO La empatía de la sangre: Base Atenas, de Fernando Trejo | Daniel Medina


Si tuviéramos que describir, hallar o proponer la poética utilizada por Fernando Trejo en Base Atenas (Mantis Editores, 2016) diríamos, o más bien diría y estando satisfecho, que la pregunta la responden ciertos versos con tono aforístico de José Ángel Valente, incluidos en su libro Al dios del lugar (Tusquets, 1989): “Quedar / en lo que queda / después del fuego, / residuo, sola / raíz de lo cantable”. Se trata, pues, de una revisión generacional, un listado de los nombres que conforman la estructura de la familia con todo su pasado, presente y futuro. El poeta pone sobre la página al hijo, al padre y al abuelo, figuras que van intercambiando roles tal y como dicta la memoria. En el recuerdo entonces, en lo vivido alguna vez, se encuentra la materia prima de estos poemas que algo comparten también con la poética de Solana (FETA, 2014), anterior libro del Fernando.
Existe en varios de los textos cierta narratividad que va forjando un árbol genealógico. No es un secreto que en los últimos años Fernando ha tenido especial interés por escribir la muerte, esa tarea que parece imposible pero termina produciendo una especie de escritura sanadora, un saldar deudas con uno mismo y con los otros. Así, Base Atenas transita entre el libro médium y el libro memorial, la escritura-homenaje. En poemas como “Fotografía con brazo enyesado” conviven el padre y el hijo en un jardín de niños, un Maverick con toda su carga emotiva y la música de Chico Che; una vez inmerso en el mundo de la memoria, una vez recreada esta postal con un tono melancólico aunque seguro, el poeta se preocupa por regresar al presente, porque el pasado es el residuo del ahora y es imposible habitarlo: “Me deslizo, entonces, / sobre la resbaladilla, / desaparece primero tu moreno brazo, / desaparezco yo después, / y como si así se me escapara el miedo, / me olvido que tu Maverick / suena, y se aleja y a traviesa la memoria / detrás de la puerta del jardín”.
Un libro se llena de fantasmas, irremediablemente, cuando la vida del poeta está llena de los mismos. En Solana, Fernando Trejo nos contó sobre Carlos, su primo fallecido; nos contó la desgarradura desde la herida abierta, desde la sangre. En Base Atenas cuando se habla de fantasmas se habla de cicatrices: la herida yace en algún sitio pero es ligeramente borrosa y parece no causar dolor: “Papá, / en casa existen ruidos / que no he hecho yo, / ni tú / y tampoco mamá / ni Carolina/ No tengamos miedo, decías. // Ruidos / que son Carlos / en la caricia naranja de la tarde”. Es decir, Fernando escribe ahora sobre Carlos y todos los fantasmas que habitan la familia no a través de una serie de correspondencias y de escritura médium sino a través de un diálogo con los vivos. Base Atenas es sobre todo un libro sobre la vida, más que de la muerte, es un libro sobre la enseñanza que pasa de generación en generación a pesar de todo: “Y mi hijo no / se contenta / si un domingo no visita / la casa del abuelo / aunque esté toda / repleta de fantasmas”. Nótese que el abuelo aquí es quien anteriormente era el padre porque a la línea generacional se agrega Iñaki, el hijo de Fernando.
Cuando hablamos de la figura paterna, podemos dirigirnos de inmediato a muchísimos poetas y a muchísimos padres escritos en diferentes contextos e intenciones: Jorge Manrique, Mark Strand, Jaime Sabines, Sharon Olds, Eduardo Milán y una lista interminable, pero si algo distingue al Padre escrito por Fernando Trejo es que la muerte que se canta no es la suya sino la de Otro que aparece, además, reflejado en el rostro de los vivos. Es una sola muerte la que se canta porque el abuelo, el padre y el hijo terminan siendo uno: “Papá / entonces, supo cómo desde joven / se puede morir dentro / hasta volverse artero, / un cuerpo de metal”. Lo que nos revela Fernando en estos versos es la participación afectiva en la realidad del Otro, de su padre; podríamos pensar que si Trejo escribe sobre esta muerte, y lo hace con una belleza y una carga emotiva aplastante, reconoce el sentimiento sin haberlo vivido, porque la sangre tiene una cualidad empática cuando se trata de la familia.
Así como el miedo es vencido por una caricia, la muerte es trascendida por la herencia, por lo que nos queda de los muertos: “Yo le heredé a mi abuelo / un lunar blanco en la punta de mi fleco. / Por eso papá cree / que ve a su padre en mí. / Lo cuido porque soy / un mechón de canas / que le trae de golpe / los recuerdos de su padre. / Por eso cuido a papá, / porque soy / el más parecido de sus canas”. El tema de la herencia familiar tiene relación también con la vida como un tipo, como un proceso cíclico que se enseña y ha de repetirse de generación en generación, de sangre en sangre: “Papá tuvo también quince años, hijo. / Fue un niño, / como tú, jugando al tren. Pero creció, / como crecerás tú. / Y se casó con tu abuela / y regresó a la ciudad”.
La radio de banda civil y su historia, que da título al libro, se traduce directamente en una forma particular de codificar los sucesos de la vida diaria. El poeta se pregunta repetidas veces el porqué de las cosas; una suerte de posibles respuestas plaga los poemas de la Base Atenas que de pronto se nos revela “Era un cuarto con libros. Empotrado a una plancha de madera, un radio de banda civil Cobra”. Un padre que llama a sus hijos, que los codifica, bajo el nombre de Cristalito, y el porqué de las cosas que el cristal no entiende y sin embargo se responde: “Hermana y yo / te vimos y / te lanzamos un beso transparente, porque cristales somos, / papá. // Qué frágil la materia”.
Base Atenas, que obtuvo el Premio Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa en 2015, es un cuaderno de vida, un registro del mundo que se construye a partir de lo que resta del fuego, de la ceniza de los que se han ido pero viven en las canas, las fotografías y las canciones del mundo:

Papá:
es válido nombrar
la sombra que se quiebra.

Hoy mi hijo acarició el pasillo
con sus pequeñas manos
y trajo entre los polvos
un poco de tu voz


Este texto fue leído durante la presentación del libro
en el marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán
y el 2do Encuentro Literario del Sureste
Mérida, Yucatán 11/03/17


DANIEL MEDINA (Mérida, Yucatán, México; 1996). Es autor de las plaquettes de poesía Mímesis para gusanos (2015) y Casa de las flores (2016). Poemas suyos figuran en las antologías 8° Carruaje de Pájaros y Karst. Escritores de la península yucateca en 2016, así como en diversos medios digitales e impresos como Blanco Móvil, La Gualdra (suplemento cultural de La Jornada Zacatecas) y Parteaguas. Recibió el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas (2014), el IV Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara (2014) y una Mención Honorífica en el I Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía (2015). Es director de Ediciones O.

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POESÍA Lengua madre | Luis Armenta Malpica


El amor que todo lo devora,/ amor agradecido,
amor a la tierra, la gente,/ las bestias:
ese amor que engendra...
William Carlos Williams
El marino vio en la lengua del dragón un pez de azogue.
Era una aureola que repicaba al viento: tan tan
tan inocente luz, perfiladísima
a los ojos del hombre, lo elevaba.
No eran las alas con lo que la serpiente del mar se mantenía en el aire.
Era una santidad que le venía de origen.
Era un amor que devoraba todo.
Una vez en su lengua, en esa luz tan vertical
tan tan al vuelo
el hombre tuvo ante sí dos caminos:
conocer los latidos de su amada serpiente
o asirse de esa luz, y regresar al agua.
Prefirió lo primero: una inhóspita gruta
            ⎯la garganta del monstruo⎯
ya lo estaba aguardando.
Viajó. No supo cuánto. Debieron ser millones de costillas.
Cuando llegó hasta el centro de la bestia, en vez del corazón
halló un volcán humeante.
Adentro de ese nicho de azufre y de carbono
            ⎯caldera natural de la voz de la sierpe⎯
el hombre encontró un huevo.
Cómo sacar esa mole de calcio sin padecer de asfixia.

Del libro Envés del agua (Secretaría de Cultura de Jalisco (Clásicos Jaliscienses / Vaso Roto Ediciones, 2012). 


LUIS ARMENTA MALPICA. Nació en la ciudad de México, el 5 de febrero de 1961. Poeta. Radica en Guadalajara desde 1975. Fue miembro del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco. Actualmente es director de Mantis Editores. Traductor del francés de los poetas Dominique Lauzno, Eric Roberge y Élise Turcoete. Premio Nacional de Poesía 1994 convocado por la fundación Alica de Nayarit. Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura de los Juegos Florales de Mazatlán 1995 por Voluntad de la luz. Premio Nacional de Poesía Benemérito de América 1999. Premio Ramón López Velarde 1999, convocado por la UAZ. Premio Efraín Huerta 2000. Ganador del Concurso Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2000 por Nombradía. Mención en el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, Chile, 2000 en el VIII Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén, México-Cuba, 2000. Premio Jalisco en Letras 2008. Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2003. Premio Nacional Poesía José Emilio Pacheco 2011.  Por su labor editorial recibió la Pluma de Plata (Patronato de las Fiestas de Octubre), en 2006. Parte de su obra aparece en las antologías Haciéndole al cuento. Narrativa jalisciense contemporánea. Consejo Estatal de la Cultura y las Artes de Jalisco, 1993; Acercamientos a Olga Orozco, compilación de José Brú, Universidad de Guadalajara, 1998; A contraluz (poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente), compilación de Rogelio Guedea y Jair Cortés, Conaculta 2005, entre otros. Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, francés, alemán, portugués, italiano, catalán, rumano, árabe y ruso.

Fotografía | máspormás

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RESEÑA Función de repulsa, de Luis Panini | Jorge Sáenz


Función de repulsa de Luis Panini es la recopilación de relatos provenientes de sus dos libros anteriores de cuentos: Mala fe sensacional y Terrible anatómica. Llamarlos cuentos quizás es un error.  El propio escritor define a sus historias más que cuentos como “viñetas”.  Entrar a Función de repulsa es como adentrarnos a un museo de arte contemporáneo, donde se nos presenta ya sea a través de instalaciones, pinturas, esculturas etcétera, aquello que nos violentará para crear un efecto puramente conceptual. En esto recurro a varios ejemplos de sus viñetas:

-Una descripción de una fotografía en Sudan donde un buitre espera a que una niña muera de hambre para devorarla.
-Instrucciones de un ritual grotesco que explican paso a paso el proceso para desfigurar el rostro de una mujer.
-Un anciano cuyo deleite es mudarse constantemente para oler el sudor de los cargadores del servicio de mudanza.
-La manera correcta de cocinar un bebe recientemente robado.
-Un recién nacido comido por hormigas rojas.

Y la lista continua, 34 veces para ser exacto. En este museo el artista premeditadamente busca provocar el asco, de la misma manera que Piero Manzoni lo hiciera en su instalación "La mierda del artistacuando el artista criticando el mercado del arte, llenó varias latas con su propio excremento que después selló y terminó exhibiendo y vendiendo exageradamente caras en los museos y galerías en que se presentó. Aun hoy esas latas de excremento son artículos de colección, irónicamente formando parte integra del mercado del arte, algo que su propia creación buscaba combatir.
No es casualidad esta atracción que el autor siente por el arte conceptual, sobre todo por el más obsceno e iconoclasta, ya que aparecen en su libro no solo como ideas sino también como descripciones. Es así que se asoma el trabajo de Piero Manzoni y otros artistas conceptuales como Marcel Duchamp y su mingitorio invertido, Robert Mapplethorpe y su fotografía de prácticas sexuales escandalosas, Maurizio Cattelan y sus esculturas hiperrealistas desafiando la estabilidad emocional con ahorcados y un papa golpeado por un meteorito.
En estos trabajos artísticos se encuentra la intención tacita de Luis Panini: la de exponer el cinismo en la sociedad. Para ejemplo está el relato de la mujer que compra gafas oscuras y piensa que se verían mejor en un funeral, a los pocos minutos ya tiene prospectos de amigos y conocidos quienes podrían morir pronto, y cuya defunción resultaría oportunidad perfecta para lucir espléndidamente esas gafas. Lo hace también no a través de la historia sino con los títulos de las mismas como en la “Gallinita ciega”, un conductor de televisión de gran popularidad pierde el rostro ante sus telespectadores y camina a ciegas tras el ataque de una osa que ha sido traída al programa por un entrenador.  En “Lejos de Seaworld” expone brevemente la matanza de cetáceos en los mares de Nagasaki. En “Los tamaños de la familia” una madre comienza a sorprenderse y mirar con mayor detenimiento el tamaño del genital de su hijo. Es así como también a través de los títulos, de esas sentencias que rayan en la comicidad, el sarcasmo o lo impúdico, el relato sirve menos que una breve descripción para que en el título recaiga la ironía y mordacidad. Inclusive el título del libro tiene varias lecturas pues la palabra función obtiene varios significados y todos posibles ¿Se refiere Panini cuando llama “función” en el titulo Función de repulsa a aquello que la produce, a su naturaleza inherente, a la relación con ella, a su propósito o a una “función” como mero espectáculo público de la decadencia y fragilidad humana?
En este viaje a través del museo que es el libro de Panini nos cuestionamos ¿Cuál es la intención de un cuento? ¿De una viñeta, o de una pieza de arte? Y si como el autor expresa por si mismo, su función no es la de contar ¿En qué se convierte? ¿En un simulacro? ¿Es valido que una pieza de arte se convierta en un instrumento para causar repulsa? ¿En un artilugio que cuenta poco? Una viñeta ¿Que dice poco en lo que dice y  mucho en lo que no dice? ¿Una postal breve cuya intención se sitúa en lo mórbido? Quizás.
Lo cierto es que se agradecen estos ensambles que poco le heredan estilísticamente a las literaturas pasadas, y bien podrían situarse de la misma forma que una pieza de arte en un museo de arte contemporáneo. Trabajos de varios escritores contemporáneos toman mucho de estas vanguardias artísticas que encuentran en el extrañamiento del mundo su forma de crear literatura, exponiendo la rareza en la realidad. La incomodidad y el absurdo y su inserción en la normalidad cotidiana resultan una forma de creación.
Luis Panini junta happenings de un catalogo de la vileza humana y bestial, que en momentos se juntan y se disuelven, una compilación magistral de siniestros. Parece ser importante para el autor, observar ese momento en donde algo terrible sucede, para buscar sentido en todo lo demás.
O dicho de otra manera, podría citar la historia dentro del libro que se titula Una cabeza llena de pájaros, en donde los detalles no interesan al narrador, porque lo único importante es el cuerpo del personaje mutilado tras un accidente: “eso no importa, porque esta no es ni la historia de la tortuga ni la de Ruth, sino la de su cuerpo violentado por un camión”. 
Al final salimos del museo en el que Luis Panini nos preparó una gran instalación, con una sensación perturbadora, como si hubiésemos presenciado no solo la crudeza ajena sino la propia. En esa función de repulsa el autor se anota una victoria, porque esas breves postales que no intentan narrativamente llegar a sitio alguno, se mantienen en un centro, como ideas. De alguna forma se conserva más en nuestra memoria, marcándonos, aquello que nos produce nausea, que lo que nos causa tranquilidad.

Fotografía | La tempestad

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RESEÑA Degustación de antojos | Juan De Dios Rivas Castañeda

Callejero gourmet, veinte aguafuertes langucientos es el más reciente libro de Jaime. Fraguado con un lenguaje coloquial del entorno, nos lleva a turistear por la gastronomía que habita las calles laguneras.
Existen escritores que después de leerlos permanecen con nosotros. Siempre están ahí –en el auto, en el camión, en la mesa del comedor, en el librero, en la mesita de noche y hasta en el váter– y los releemos. Es todo un deleite volver a su obra. La estimación y el asombro constantes que experimentamos por sus letras consiguen un vivo acercamiento a su persona y a su vida en un grado tan alto, que disfrutamos de una forma sin igual de sus logros y novedades sin importar la distancia en tiempo y espacio que nos separa de ellos. La admiración alcanza cuotas más altas cuando uno de estos literatos vive en la región de muchos de sus lectores, como sucede con Jaime Muñoz Vargas.
     Jaime tiene su origen en Gómez Palacio, Durango, ciudad comarcana que, en conjunto con Lerdo, también de Durango, y Torreón, en el Estado de Coahuila, forma parte del conglomerado metropolitano más amplio y signifcativo de la geografía conocida como La Laguna. Sin embargo, el autor de Ojos en la sombra reside en Torreón desde hace años. Es escritor, catedrático, periodista y editor, actividades que desempeña con la satisfacción de lo profesional. Es poseedor de un costal de importantes galardones y reconocimientos, entre los que se encuentran el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia (2001) y el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí (2005).
     Callejero gourmet, veinte aguafuertes langucientos es el más reciente libro de Jaime. Fraguado con un lenguaje coloquial del entorno, nos lleva a turistear por la gastronomía que habita las calles laguneras. Este lenguaje popular de la región remite a las charlas entre amigos, comunes en una reunión donde la carne asada y las cervezas son protagonistas. Charlas también comunes en un bar o cantina. Jaime siempre ha manejado este tipo de habla en dosis controladas a través de las narraciones en primera persona o en los diálogos de sus personajes. Incluso es el estilo principal en su libro de relatos de sensacional policíaco Leyenda Morgan. En Callejero gourmet… lo utiliza de nuevo magistralmente durante todo el recorrido. El volumen, constituido por poco más de medio centenar de páginas, es tan maliciosamente ameno que, sin afán de convocar el albur, se engulle completo de una sentada. Y deja antojo, tanto de los alimentos que cita como de sus folios. Deja antojo de volver a devorarlo en su totalidad.
     El creador de Parábola de moribundo despierta la sensibilidad del paladar invocando recuerdos de un éxtasis gastronómico experimentado en un pasado remoto o reciente. Sus crónicas y descripciones de alimentos –pintorescas y certeras– consiguen que el lector, si también ha sido un comensal de a pie en cuestión de manjares callejeros, se identifique y reconozca entre la gula de letras, mediante la cual es posible degustar la textura de cada alimento y enchilarse con las salsas traídas al papel, donde pueden escucharse los tronidos del “Chicharrón de puerco” y del “Duro preparado” al momento de aplicarle una generosa mordida y durante su masticación antes de dar paso a su viaje hacia el estómago.
     La gira va desde el “Agua celis”, pasando por los clásicos “Burros de hielera” y el “Lonche”, hasta la “Nieve de Chepo” y los “Tacos de La Joya”. En “Elote tatemado”, Jaime evoca el olor y sabor de la mazorca al carbón y lo sugiere sutilmente como un antidepresivo: “…y para comprobar que es una delicia, nunca he visto que una persona devore un elote tatemado y esté, al mismo tiempo, triste”. Las líneas finales de “Fruta con chile” mencionan el arte que los fruteros deben dominar: “…los fruteros deben ser expertos en materia de chile en polvo, pues toda fruta en vasito que uno quiera apreciar en todo su esplendor necesita tres ingredientes imprescindibles: sal, limón y chile. Con eso, la fruta picada es otro asunto, la naturaleza con sabor a paraíso”. El aparatado de “Hamburguesa” alude a que “La comida es, acaso, lo más histórico y lo más cultural del hombre: cada quien goza con sus alimentos de acuerdo a la educación de su paladar, que es tal vez el más memorioso de los sentidos”; y sobre las hamburguesas laguneras de carrito, asegura: “Lo que las hace grandes es el elemento extra, esos ingredientes nada secretos que van desde la cebolla cocida y medio dulzona, el tocino picadito, el aderezo de mayonesa, el chile encurtido, el tomate y la lechuga, todo impregnado de un sabor a carbón que nos remonta a la pureza de la cocción original del ser humano”. La “Nieve de Chepo”, además de las imágenes heladas y dulces de su escencia, cita los sabores en que es preparada: “Los sabores son limón (que de inmediato atrae a las abejas, por cierto), vainilla, chocolate, mango, cajeta, coco y fresa. Yo me quedo con uno: el de (y vaya que sí sabe a) café, la joya de la corona neveril en La Laguna”.
     Todos los platillos y antojos que Jaime incluye en el menú, son mejores en nuestra comarca, asegura, debido a la “deformación localista”, a la creatividad para añadir o cambiar ingredientes en la recetas por parte de nuestra gente dedicada a la cocina, como ocurre con el “Menudo” que se puede paladear domingo a domingo en este rincón semidesertico del país.
Aunque es necesario señalar que, si no se cuenta con un estómago educado o con callo, como quizás diría el mismo Jaime, cualquiera de estos aguafuertes langucientos puede caer como aparato explosivo en el sistema digestivo de quien no esté habituado a estos goces del paladar.
     Me hubiera encantado que Callejero gourmet… diera cuenta de más bebidas callejeras. Es probable que Jaime las trate en otro libro, en cuyo catálogo aparecerán, sin duda, las aguas frescas de los estanquillos, servidas en vaso de vidrio o en bolsa de plástico transparente, con nudo y popote. Sin embargo, el volumen enumera una excelente muestra de todo aquello que se puede encontrar en las esquinas, calles y avenidas de la región lagunera.
     Además de la indiscutible calidad del contenido, el diseño del libro, la tipografía y sus materiales son muy atractivos. El único pero que le pongo al ejemplar que en este momento tengo entre las manos, es el tamaño de la letra. Es muy pequeña. Pero esta característica no impide su amplio disfrute.
     Por la estructura, la estética prosa de Callejero gourmet… y por todo, Jaime Muñoz Vargas cuenta entre sus haberes con un enorme número de lectores diseminados por todo México y por diferentes partes del orbe.

Muñoz Vargas, Jaime
Callejero gourmet, veinte aguafuertes langucientos
Iberia Editorial
Comarca Lagunera, México
2017
54 pp.

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ENSAYO El feminismo en la poesía mexicana actual: el caso de Dolores Dorantes | Ignacio Ballester Pardo


No cubrimos nuestras caras de niña. Somos la guerra.
Dolores Dorantes (2011: 17)

Después de estudiar el reconocimiento que tienen en México las poetas (ni poetas mujeres ni poetisas), a lo largo de las anteriores ediciones de Investigando en femenino, tal como intenté reflejar en «¿Las poetas mexicanas son tan pocas?» (2015), texto publicado en Bitácora de vuelos, el caso de Dolores Dorantes (Córdoba, Veracruz, 1973) concentra el machismo, la imposición, la censura y la violencia de la escasa libertad de expresión que tiene la mujer en el país norteamericano, más aún si se dedica al periodismo y a la poesía desde una postura feminista. Las poetas de México no solo ven cómo su presencia en las antologías (un quinto, normalmente; un tercio, en el mejor de los casos) está muy por debajo de su presencia real en lecturas y actividades poéticas, tanto como ponentes como oyentes. No solo tienen menos derechos o libertades, sino que llegan a poner sus vidas en peligro por denunciar el delictivo estigma machista.
         Dolores Dorantes es autora de los poemarios Poemas para niños (1999), SexoPUROsexoVELOZ (2004), Septiembre (2007), Estilo (2011), Querida fábrica (2012) e Intervenir (2015); este último en coautoría con Rodrigo Flores. La mayoría de sus libros están disponibles en su blog o en el Archivode Poesía Mexa. Ha formado parte de, quizá, la más rigurosa muestra poética de las últimas décadas en México, El manantial latente (2002), de Sin puertas visibles. An Anthology of Contemporary Poetry by Mexican Women (2003), de Jen Hofer, y representó a su país en Francia con México 20 (2016): antología casi equitativa, de veinte poetas, ocho son mujeres. Dorantes es una poeta y periodista mexicana que vive en EUA desde 2011 debido a las amenazas, la intervención y la persecución que sufre por ser feminista. De ello da buena cuenta el blog que ese mismo año tuvo que cerrar a propósito de tal vejación, todavía impune y continua en otras mexicanas. Sin embargo, la poeta sigue trabajando en un nuevo espacio personal para evidenciar el maltrato que ahora crece con Trump. Veamos los poemarios que escribió y publicó por aquellos años en dos editoriales fundamentales para el género literario que nos ocupa: Estilo (Mano Santa, 2011) y Querida fábrica (Conaculta, 2012).
         Estilo arranca con el significado que tiene la palabra que da título al poemario: «En Botánica, el estilo de una flor de angiosperma es la prolongación del ovario al final de la cual aparece el estigma. El estilo no contiene óvulos, quedando éstos restringidos a la región del gineceo llamada ovario. Modo de expresión básico y distintivo» (9). Así pues, estamos ya ante la primera obra de la jarocha en la que explícitamente reivindica la igualdad y la fuerza de la mujer para resolver los conflictos que ella misma sufría en ese año en que tuvo que cerrar su blog por las amenazas y las persecuciones, preludio de su viaje a EUA. El Archivode Poesía Mexa recoge el manuscrito, por lo que seguiremos la edición de Issuu. Cada una de las tres partes del poemario comienza con una reflexión sobre el significado que tiene el estilo en la voz poética que se desangra y que se dirige a la primera fuerza de mando del país vecino.
         Dorantes muestra la violencia mediante los animales. Así termina una de sus primeras prosas de Estilo: «Conviértenos en cielo que atraviesan las ramas. Captúranos del cuello como a los animales. Como a los animales, fervor.”» (12). Otras poetas coetáneas (pensamos, por ejemplo, en Amaranta Caballero) cultivarán una poética del bestiario, en este caso de los pájaros («una racha de pájaros» emigrantes, como Gaëlle Le Calvez) que fecundarían las plantas encarnadas por el sujeto poético de Dorantes en la petición explícita de supervivencia y libertad que logra el símil con la columna del ovario a la que se hacía referencia:

«10.- Todas queremos que nos mantengas vivas. Queremos que nos tengas hirviendo. Que digas sí y más. Que ordenes échense y muéstrenme la lengua. Todas queremos que nos enrojezcas. Que nos atravieses. Queremos recibir el golpe de tu lengua y perdernos. Intenta sujetarnos y pasear con nosotras. Intenta descubrir lo que somos. Somos tus códigos, una hilera de cifras para que nos sometas. Números rojos y brillantes. Hirviendo.» (15).

Las comillas y la numeración de los breves textos nos hacen pensar en testimonios de otras víctimas desaparecidas. La focalización en la boca llena de lengua e incisivos reivindica la voz que se alza en contra del macho que pretende acallarla. Más adelante, en la prosa 13, pide clemencia al pasar la frontera, algo que con el nuevo gobierno de EUA cobra mayor importancia: «Somos adolescentes armadas cruzando la frontera» (18). En varias ocasiones se alude a la presidencia. Ahora podríamos pensar en Trump; sin embargo, hace siete años el problema lo causaba o desembocaba en la figura del entonces máximo mandatario de México, a quien se dirige el poemario: Felipe Calderón. Bajo su gobierno estalló la guerra contra el narco que aún perdura. La primera persona del plural convierte a la poeta en representante de todas las víctimas desplazadas. Este es el final de la primera prosa de la tercera parte: «Somos los frutos frescos de la guerra» (35).
         La boca, los pájaros, la sangre, el cielo o el sol se repiten en Querida fábrica. Ahora, un año después, el espacio es urbano, industrial, tangente, específico. El tono autobiográfico evoluciona del tránsito al asentamiento, todavía tierno, de un nuevo lugar desde el cual intentar mejorar la patria −«otra patria/ otra fábrica del interior» (28)− a la que le escribe una misiva cuyo destinatario sigue siendo el presidente que en 2012 acaba de darle el relevo al PRI de Peña Nieto. El mensaje del horror también se dirige a quien lee. La reiteración de «como tú» cala en la mente de cualquiera que pudiera encontrarse en la situación descrita de forma más implícita en este poemario: «[...] La escritura que escarbas en la humedad de las paredes/ puedo leerla mientras cuento tu respiración: “es difícil la línea entre un país y otro/ el hueco sin remedio”» (37). El amor que ha quedado al otro lado de la frontera aumenta la desolación y la impotencia, el pataleo; pero si no pataleáramos, perderíamos el equilibrio.
         Daniel Bencomo es de los pocos críticos que se refiere a Dorantes. Y lo hace llegando a esta conclusión en la revista Crítica: «Con una solidez en antípodas de lo panfletario, desde la poesía impura, ambos libros exhiben los limitados límites de nuestro constructo social, ciudad y república. Poemas obsesos y mórbidos desde la orilla de un país en desgracia, para una república infértil: potencia y madurez que Dolores Dorantes hace patente en Estilo y en Querida fábrica». Alejandro Higashi pensó en su obra para articular la poesía patriótica del México reciente en un artículo de iMex (2017):

En los poemas de denuncia, muy por encima de la identidad, se resiente la extrañeza de no identificarse con la circunstancia de brutalidad que se narra; se documenta lo inmediato desde fuera, sin tiempo para pensar en lo simbólico; como escribe Dolores Dorantes en un poema de Querida fábrica:

Esto no es poesía
es
lo que dictan las circunstancias:
                   una res abierta descansando en la carnicería
una puerta violada para alcanzar tu corazón, criminalmente (Dorantes 2012: 37).

Pese a todo, la poesía patriótica sobrevive excepcionalmente, bajo sus propias reglas y siempre refractaria al ampuloso patrón declamatorio de las fiestas patrias, por lo que su estudio podría prepararnos para el repunte de una poesía patriótica de nuevo cuño (Higashi, 2017: 92).

Por último, es muy esclarecedora la edición bilingüe de Intervenir (2015) que Dolores Dorantes firma con Rodrigo Flores Sánchez, contemporáneo a la autora de Estilo. Los poemas, con ese reforzado desdoblamiento del sujeto poético, son más sólidos y autónomos que en los libros anteriores, cuya idea era la escritura desde el otro lugar. El texto en inglés (traducido por Jen Hofer), junto al original en español, muestra la separación blanca, invisible, testimonial, que la poesía permite truncar mediante la expresión verbal:

Patria                                       Homeland
territorio                                   territory
independencia                                     independence
amor                                        love
[...] (14)                                               [...] (15)

El hecho de que este libro se haya publicado con su correlato inglés, como decimos, ofrece una doble óptica que refleja tanto la autoría bimembre de Dorantes y Flores como la realidad de los mexicanos que viven en EUA. La traductora, Jen Hofer, adjunta al final del poemario una nota donde explica que:

Intervenir termina con una intervención: el poema «La niña de Guatemala» de José Martí interviene el libro de Dorantes y Flores, invocando tanto una historia de explosivas luchas revolucionarias por la independencia como la presencia fantológica de una joven muerta antes de su tiempo, una referencia prismática a todas las mujeres (y hombres) guatemaltexs asesinadxs a manos del estado. Ambas son invocaciones pertinentes para el México actual. Dolores y Rodrigo intervienen el poema de Martí, reescribiéndolo desde dentro, volviéndose el enterrador que simultáneamente entierra y desentierra lxs muertxs (186).

Dorantes supone, pues, un pilar fundamental para entender la dimensión social en la poesía mexicana. La poeta, obligada a irse de su país natal, muestra en su obra el dolor que causa esta dictadura encubierta e indemne. Ahora bien, la autora de Poemas para niños no se monta en la tragedia y elige una expresión tan sincera como serena para evidenciar las carencias de un sistema que la poesía aún puede rechazar.
         El nuevo feminismo mexicano surge en la década de los setenta del siglo pasado, según Estela Serret, y está muy activo en México en los últimos años, desde los trabajos de la narradora y ensayista Margo Glantz a las poetas y editoras Leticia Luna, Maricruz Patiño, Yvonne Cansigno o Adriana Tafoya. En la obra de Dorantes advertimos tanto una descripción del problema como una denuncia explícita. El peso autobiográfico de la poesía permite entonces una liberación de la propia autora y un conocimiento, por parte de quien lee, de lo que realmente supone el feminismo en la actualidad de México. El caso de la jarocha es poco común en otros poetas (como Gerardo Deniz) que, si plantean dicha perspectiva, lo hacen para caricaturizar, no tanto el feminismo en sí, sino las críticas machistas y, por tanto, casposas que lo rodean.
         Hace unas semanas, en febrero, hubo una nueva polémica sobre el feminismo que existe, no tanto como debiera, en la poesía mexicana. La escritora Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) publicó en ElPaís («Nuevo feminismo») su desacuerdo con quienes esos días se manifestaban en la calle por los derechos de las mujeres. Días después, la poeta Esther M. García (Ciudad Juárez, Chihuahua,1987) le respondió con preguntas y argumentos tan duros como sinceros. Joaquín Díez Canedo en NoFM-Radio, Consuelo Sáenz en La libreta de Irma Gallo o Eduardo Rabasa en Reporte Sexto Piso también se posicionaron al respecto y criticaron la postura de Luiselli. En España se acaba de publicar la antología Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (1964-1985), otra forma de acercarnos a las poetas silenciadas.
         El 11 de marzo se abrió la primera escuela de feminismo en la ciudad de Chihuahua, gracias a Mercedes Fernández, Verónica Terrazas e Indira Sandoval. Fue precisamente en Chihuahua donde, tres días antes, el 8 de marzo, Esther M. García habló de «Mujeres y literatura: Misoginia y machismo en el medio cultural mexicano». Se anunció La Feria Internacional de la Lectura en Yucatán, cuyo cartel muestra a una mujer de espaldas que pide ser castigada por el hombre que la marca con una fusta, pero le pide que le deje leer. Entre otras, la escritora mexicana Brenda Lozano denunció esta atroz forma defomentar la lectura y la violencia machista. Tristemente actividades como esta son comunes, en poesía y en otras artes; en México y, seguramente, en otros países. Debemos, entonces, seguir investigando en femenino.

IGNACIO BALLESTER PARDO. Universidad de Alicante

Imagen | Atomikaztex

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CUENTO La higuera del señor que vendía manzanas | Víctor Hugo Ávila Velázquez


Su anciana mujer salió de la casa de abobe para recibir la mañana, esperado a que él se marchara a trabajar. Sobre la tierra mojada, por la brisa matutina, madrugadora, posaban unos higos caídos por el viento de la noche; el viento ligero soplaba y silbaba a discreción, tumbando a los higos maduros y dejando a las brevas soportando con su fuerza mínima aquel desprendimiento de su dadora de vida; la higuera.
      Su anciana mujer regresó a la casa por un canasto de mata, amarillo y gastado. A pie de la higuera ella observaba a los caídos, dudando y cuestionando a los aún colgados. Se agachó por un higo con un dolor de viejo vivido, lo echó en el canasto, volvió a agacharse, tomó otro y lo dejó caer en el canasto.
      Él salió de la casa de adobe, desmontó la bicicleta de una de las paredes y miró a su anciana mujer recogiendo los higos, tosió con la intención de dar a entender que ya se iba.
      Ella mirándolo empezó a santiguarlo con una oración, persignándolo con una mano al aire y la otra con un higo. Él se alejaba, a paso lento, como queriendo que acabara la oración antes del que él llegara al camino.
      Se subió a la bicicleta mirando la caja de manzanas, amarillas, grandes, llenas de vida, hasta que debajo de una de ellas, escondida y discreta, vio a una con una leve mancha de color café, el café de podrido, el café que desfavorece, el café de “ya se jodió”. La tomó y la aventó sobre el arroyo que acompañaba al camino rumbo al pueblo.
      Revolvía las manzanas de la caja para buscar otra contaminada pero fue en vano, todas gozaban de frescura. No quería, no podía sacrificar más manzanas, el manzano estaba muriendo, estaba malo por la plaga, estaba malo de “ya se jodió”, un año o medio, quizás y lo cortaba, sólo contaba  ya con el naranjo y sus agrias naranjas verdosas, el granado y sus exactas y temporales granadas y la higuera con sus simples e indiferentes higos.
      Regresaba ya a su casa, con la caja de manzanas igual de llena, pero ahora, por una razón lógica, le pesaba más el camino, le pesaba el día de mala venta, el día de “ya se jodió”.
      Sobre cada vuelta de llanta, donde levanta a la tierra estática, sentía un peso de más; el camino era recto aún y se iba irguiendo cuesta arriba cuando se acercaba al arroyo, cada pedaleada le recordaba su hambre, tomó una manzana, le lastimaba el haber aventado la otra y ahora tener que comerse una de las buenas, una que aún mantuviera su color entero, sin fisura, sin daño. Mordía y le revolvía el estómago.
      Cuando alcanzó a ver su casa, lejos, sola entre árboles, hierbas y arroyo, se bajó de su bicicleta y caminó hacia ella pensando en un perro, en el perro que ya no estaba, en el perro que ya no lo buscaba, en el perro que “ya se jodió”.
      Llegó y volvió a toser intencionalmente, pero ahora era para demostrar a su anciana mujer que ya había llegado.
      Retiró la caja de manzanas y montó la bicicleta en la pared. Se sentó en la piedra moldeada que se recargaba casi en la puerta, aún estaba ligeramente húmeda la tierra. Volvió a toser mientras se dirigía pequeñas ráfagas de aire con su sombrero para sofocar el calor interno de su cuerpo. Tosió una vez más, nada, el silencio acompañaba al viento y las ramas que se movían al vaivén producían un suave crujir.
      Cayó un higo, él miró la higuera, su anciana mujer yacía sobre el canasto de mata, los higos comprimidos al lado de su cuerpo.
      Él regresó la vista a sus manos, a su sombrero, a la caja de manzanas, cerró los ojos, imaginó la higuera y con una mueca de ahogo en su cara se dijo: ya se jodió.


VÍCTOR HUGO ÁVILA VELÁZQUEZ (Aguascalientes, México, 1986). Narrador. Ha colaborado en diversas revistas culturales desde el año 2006. En el año 2010 publicó su primer libro de relatos titulado Retratos en marco de piedra.

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POESÍA Hablo de mi abuela | Laura San


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Cesare Pavese

Hablo de mi abuela y de la historia detrás de esta imagen, de lo oculto que hay en ella, pues, como decía John Berger, “el verdadero contenido de una fotografía es invisible, porque no se deriva de una relación con la forma, sino con el tiempo”, pero, ¿qué es el tiempo?, ¿el significado de cada una de las arrugas de su rostro?, ¿las horas empleadas para tejer los cuadros de su rebozo deshilado?, ¿la duración de segundos que me llevó apretar el botón de la cámara para tomar la fotografía?, ¿lo que mi abuela recordó en ese instante?, ¿lo que vivimos juntas durante muchos años? Sí, esto, esto último es lo invisible en el retrato.

Hablo de mi abuela Alicia y de esta imagen que se convierte en el rostro de su vida. Hija de padres queretanos, nació el 21 de febrero de 1921, en Huimilpan, una región que tuvo asentamientos agrícolas desde la época prehispánica. Su papá Jorge se dedicó a la siembra del maíz, mientras su mamá, María de la Luz, cuidaba de ella y de sus cuatro hermanos. Desde muy pequeña la tierra fue su único Universo: aprendió a surcar, a sembrar y a cosechar maíz y frijol. Dedicaría su infancia y juventud a esas labores del campo.


Hablo de sus manos, cuyas líneas son los surcos que ella sembró a lo largo de su vida, entre ellos, el amor. A los 18 años conoció a Sebastián. Un joven campesino y también músico, quien había heredado de su padre el gusto por el violín y la guitarra. A su amor a la tierra, Alicia sumó el amor por mi abuelo. Decidieron vivir juntos en Los Cues, un rancho, que desde la época colonial contaba con una hacienda y tenía tierras propicias para la agricultura.



Hablo de mis abuelos y de la casa que construyeron juntos, con piedras, adobe y tejas como techo. En ese lugar nacieron sus ocho hijos. La casa que ahora recuerdo y veo en estas imágenes, la de cocina con fogón, un cuarto para las mujeres y un pasillo largo que servía como dormitorio para mis abuelos y los hijos varones. Ahí también se almacenaba el maíz y el frijol, además de las monturas de los caballos.

Hablo de la “interrupción del tiempo” que me permiten estas imágenes, las que –al leer con la mirada y la memoria– se convierten en un testimonio de ese entonces. En ellas, leo la vida de mis abuelos, aquella que me tocó presenciar desde pequeña y que disfrute a su lado: el olor de la madrugada, el rocío de la mañana, el canto de los gallos, los rayos de sol que se colaban por las tejas, la mirada de los caballos en el corral, el aire sereno de la tarde, el sonido de mi andar por las calles empedradas, la tierra húmeda y la noche oscura con historias de brujas que venían a chupar a los niños recién nacidos.


Hablo de las enseñanzas de mi abuela cuando me llevaba a cortar leña de los huizaches secos. De su paliacate en la cabeza, su suéter viejo para cubrirse las manos, su falda larga y sus calcetas de algodón para “atrapar” las espinas cuando subíamos el cerro. A su lado aprendí a “raspar” magueyes, montar a caballo, desgranar maíz en la oloteras, moler chiles guajillos secos para hacer salsa y a preparar champurrado para consentir a los seres queridos.


Hablo del velís café donde encontré esta fotografía, un “rastro almacenado” o “rastro-memoria”, como diría Joan Fontcuberta. Una huella de la infancia de Yolanda, mi madre, sentada ahí al lado de su hermana. Aún se distingue el atrezo del estudio y el moño que adorna el cabello de mi tía María Luisa. Dos niñas cuya infancia transcurrió entre labores domésticas y servir a los hombres de la casa. Dos mujeres que, más tarde, migraron a la ciudad de México buscando otra forma de vida.


Hablo del “fragmento congelado” que capturó esta imagen y que muestra mi pequeño árbol genealógico en línea materna: mi abuela, mi madre, yo y mi hija. Fotografía de cuatro generaciones, en la que estoy ausente, pero también presente detrás de la cámara. Tras la muerte de mi abuelo en el año 2001, mi abuela se había quedado sola, pero nunca quiso irse del pueblo donde habían hecho una vida juntos. Siguió tocando la armónica como una forma de espera o encuentro con él. En su espera, vi el cuerpo de mi abuela decaer, volver a ser niña y necesitar los mismos cuidado de un recién nacido, el mismo amor. El encuentro de mis abuelos se dio hace poco. Ella señaló un lugar y dijo que él había llegado. Ese día comenzó a tener problemas para respirar, ese mismo día murió.


Hablo de mi abuela y de su muerte, de la madrugada y del silencio. Del rebozo con el que la cubrimos y con el que siempre la recordaré. De las imágenes que de ella guardo en mi memoria poética y que son solo un testimonio, una huella de la historia que vivimos juntas. Hablo también de las raíces que dejó a su paso y que ahora continuan en las líneas de mis manos.


LAURA SAN (México, 1978). Historiadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Lectora de poesía y aficionada a la fotografía. Twitter @poesia_noerestu

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ESCAFANDRA La memoria de los vivos, esperanza de los desaparecidos | Blanca Vázquez


Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges
“Uno imagina cada noche que puede volver, escuchar su pasos, su risa, su voz pidiéndome agua… uno quiere que regrese, que le cuente de sus sueños, de lo que quiere ser de grande… uno quiere pensar que está con vida, que quiere volver, que pronto nos verá…uno quiere tanto y en ese tanto se nos está escapando la vida”.

Vivimos apresurados, pendientes de seguir existiendo, preocupados por el alza de precios, cansados de escuchar tanto y tantas veces que México se ha convertido en una gran fosa, que somos ciudadanos privados de derechos, custodiados noche y día por fuerzas públicas que en lugar de inspirar confianza nos han  convertido en una sociedad temerosa de todo y de nada. Vemos sin ver, escuchamos sin escuchar; parece que no sentimos y sólo sabemos de números, 43, 31, 240, 39… números y números que han dejado atrás los rostros, las personas, las historias de vida que no podrán narrarnos. ¿En qué momento nos hemos descubierto ante una realidad tan cruda que no queremos tomarla en cuenta? ¿Cuándo nuestra memoria hizo un velo para dejar de sorprenderse?

“Debajo de su cama quedaron sus huaraches con los que iba a la milpa, esa tarde salió a jugar a la cancha y ya no regresó. Los otros chamacos dicen que de una camioneta se bajaron unos más grandes que ellos y se lo jalaron a la fuerza. Yo lo sigo esperando”.

Los seres humanos tenemos derecho a la memoria; José Saramago[1] comentaba que Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir. Sin embargo, parece que no queremos darnos cuenta o lo hacemos, pero el Estado a generado un miedo constante con el ánimo de paralizar no sólo acciones, sino también a los recuerdos. Es la familia de los desaparecidos, de los violentados quienes se han levantado a buscar, a hurgar en la tierra, a clamar por aquello que no pidieron y que están padeciendo. El miedo como estrategia del Estado ha buscado desencantar a la protesta y sin embargo, seguimos viendo madres y padres que no han cesado. ¿Cuándo nosotros nos posicionaremos? ¿Esperaremos a que a alguno de nuestros seres que amamos no lleguen? Pensemos que es la memoria lo que les mantiene vivos, la que les permite conformar una lucha diaria. Ellos configuran una memoria individual pero al mismo tiempo nos otorgan una memoria colectiva, una construcción identitaria que lucha contra la represión porque ella trae olvidos, silencios y destrucciones.

Cierro los ojos para ver más hondo
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo: la memoria.
Ángel González[2]

El arte ha sido fundamental para poder perpetuar la memoria, aún cuando ésta genere un dolor insoportable, porque ayuda a continuar la memoria, a informar (aunque éste no sea su fin inmediato) a procurar que el olvido no inunde las humanidades, porque si eso sucede, esos cuerpos desaparecidos, esos cuerpos violentados, esos cuerpos arrancados de la vida no tendrán esperanza; y es la esperanza lo que no ha vuelto estéril la lucha, la búsqueda de aquellos a quienes les han robado su voz, a quienes les han desaparecido.

Para leer: 
José Saramago. Las pequeñas memoria. (2007). México: Alfaguara.
* Sergio Aguayo. De Tlatelolco a Ayotzinapa. (2016). México: Ediciones Proceso.  
Jesús Bartolo Bello López. No es el viento el que disfrazado viene. (2004) México:
   Centro Toluqueño.
* Leonardo Sciascia. Para una memoria futura. (2013).  México: Tusquets.

Recomendamos que escuchen:
*Pedro Guerra y Ángel GonzálezLa palabra en el Aire.

Itasavi1@hotmail.com
________

[1] José Saramago es un fuerte referente de la literatura, pero sobretodo de la memoria. Poeta, novelista,  periodista y dramaturgo portugués; merecedor del Premio Nobel de Literatura. Autor de Caín, El evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres entre algunos de sus títulos.
[2] Ángel González Muñiz formó parte de la Generación del 50. Fue un poeta español que encontró en la palabra la herramienta de mostrar el dolor y la solidaridad de la humanidad.

Imagen | Douglas Coupland

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POESÍA La frontera | Frida Leal


La frontera se emblandece a la hora del surrealismo.
     Olvidamos las palabras y sólo nos oímos respirar. Hay nuevas marcas en la arena de tu piel y un sabor agridulce en tu boca. En la frontera hay un remolino sin viento, un huracán de saliva que tremebundo se inserta en la llana y obtusa parte de mi cuerpo. Ahí estás tú: petricor gestado en todos los vértices del paisaje, a lo largo y ancho de este mundo, en lo hondo de la regadera.
     En la frontera somos quienes somos sin saber a dónde vamos, ahí se olvidan prejuicios, se sudan las dudas. Cada oleaje de sábanas se mezcla con el retintín de tu carne, cada movimiento sigue al pie la partitura de mi voz.
     Los runruneos de tus ojos temblequean la Frontera, mi lengua tiene microscópicas ventosas, que sobre la superficie correcta, siembran pedazos de luz y euforia del minuto antes de la muerte.
     Sólo somos tu y yo gritándole a los muros, haciéndolo como animales.
     En la frontera hay días que amanezco portentosa, lasciva. Otros más soy piedra olor a fango, una raya más. Pero hoy, para el arrastre, voy de un lado a otro furiosa de existir.


FRIDA LEAL. Licenciada en Letras Latinoamericanas por la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha publicado en revistas impresas y electrónicas como: la revista Perfiles de la UAEMéx, en la Gaceta iconoclasta del FES Zaragoza de la UNAM, la revista Dislexia número 2 y 3, Revista A buen puerto, entre otras. Fue delegada ante la Rednell de UAEMéx Amecameca 2014-2016 Tiene participación activa en encuentros literarios nacionales. Intervino en el programa radiofónico Soy Poeta luego existo de la SOGEM. Actualmente coordina la dirección de la Revista literaria Prólogo.

Imagen | Pinterest

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MINIFICCIÓN De las tantas transformaciones | Ricardo Alberto Bugarín


CAMBIO DE PLANES

Le inyectamos lidocaína y comenzó a hincharse y a hincharse. De un color normal pasó a ponerse violáceo y, en el peor de los momentos, empezó a arquearse, a zigzaguear, se nos quiso tirar al piso. Para contenerlo, le hicimos un tajito y lo metimos en agua purificada. Casi se nos ahoga. La velocidad cinética de la metabolización no funcionaba. Le agregamos sal y se nos quedó duro. Nos le quedamos mirando y decidimos limpiarlo, secarlo bien, y lo volvimos a su caja. Le cambiamos la etiqueta y lo enviamos para otro sector.

ÚLTIMO CUMPLEAÑOS

Se venía destejiendo. Yo la vi desde lejos y noté que algo le sucedía. Avanzaba con rapidez pero observé que iba dejando como una extraña estela detrás de sí. Al llegar a mí y abrazarme ya era un montón de lanitas enruladas. Igualmente le agradecí tanto esfuerzo y una sonrisa silenciosa fue su última presencia.

CONSECUENCIAS DEL FRÍO

Este invierno hace un frío estrepitoso, con decir que se nos hiela hasta la escasa sombra que logramos proyectar con este sol tan débil y melancólico que tenemos.
         Las gárgolas parecen como entristecidas en la altura y más de una se hubiese tirado al vacío si no fuera que conservan conciencia turística y recuerdan que son uno de los atractivos mayores del pueblo. Pero una de ellas se hizo la loca y se bajó una noche y se acomodó en la izquierda del ábside.
         Hoy nos conocen como la iglesia de las diecisiete gárgolas. La número dieciocho se sigue haciendo la loca en su nuevo emplazamiento y no hay tu tía de que se vuelva a su lugar. “Al menos hasta que pase el frío”, nos dijo.

PLAN FAMILIAR

En la aseguradora le dijeron que el plan cubría a toda la familia. Satisfecho volvió a casa, tomó los fósforos y quemó todos los retratos.

EL SUEÑO DEL HÉROE

El héroe duerme. Un lienzo amarillo tiene la misión de cubrir tan lozana y legendaria anatomía. Gira para un lado. Gira para el otro. Se coloca boca abajo y todo un muslo queda al descubierto. Se arremolina. Se toca. Se acurruca. Se enfeta, se lleva el pulgar derecho hacia la boca. Succiona. Una nalga queda al desnudo y vemos que allí lleva grabado el signo de la estrella. Gime. De repente observamos que un líquido abundante va humedeciendo el catre. El héroe sueña. En todo hombre hay un niño, suponemos.

CORRER POR EL AVISO

Leímos el aviso y salimos corriendo. Cada cual pilló al voleo lo que tenía a mano y salimos para la calle. Cuando llegamos al descampado nos la encontramos. Estaba ahí redonda, gigante, inmensa, azul y callada. No se veía nada por los alrededores. Nos fuimos juntando a prudente distancia y cada cual comenzó con sus exclamaciones y comentarios. Algunos decían de acercarse, otros de tirarle piedritas a distancia, otros de hablar por altavoces, otros agarrar un avioncito del aéreo club y mirarla desde arriba, otros de remolcarla hasta la plaza para estudiarla. Se nos fue la tarde completa en disquisiciones y al final nos regresamos cuando ya era noche cerrada. Y allí quedó en el campo, redonda, gigante, inmensa, azul y callada.

TRIÁNGULO AMOROSO

Íbamos de lado en lado. Nos abrazábamos en los ángulos. Nos acurrucábamos en los vértices. Éramos un jolgorio. Al final, nos fuimos por la hipotenusa.

SIMPOSIO DE SONIDOS

Armamos un simposio de sonidos. Los gritos de mamá, los rezongos de mi hermana, el gruñido de mi padre, la flatulencia de mi tío, los eructos del padrino y los ronquidos de la abuela. Agregamos, para darle un poco más de majestuosidad y de intriga, el chirrido de las puertas y el ahogo de las canillas. Toda la casa y la familia acompañaron de manera académica. Después entregamos certificados de asistencia y distribuimos menciones al mérito. Mi responsabilidad de ceremonial y protocolo estuvo lucidísima.

A LA HORA DEL TÉ

La jalea de frambuesa nos negó la entrada diciendo que éramos muy poca cosa, cinco rodajitas de mala cara para una mesa tan oronda. Y nos quedamos afuera, mirando por la ventana, y nos contentamos mordiéndonos las unas a las otras.

CONSECUENCIAS DE LA POBREZA

Éramos tan pobres que lo único que teníamos para comer eran hostias fritas en grasa de velas. Mamá las traía el domingo y las racionaba para toda la semana. Después, en el tiempo de las brevas, mejorábamos la dieta. De ahí, dicen las tías, nos viene esta piel traslúcida y nacarada que nos da caritas de ángeles, esta esmirriada figura que parecemos muñequitos de altar, estas dulces miradas que nos dan un aire celestial. ¡La languidez tiene tantas transformaciones!

***

RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural. Publicó Bagaje (poesía, 1981). En microficciones ha publicado: Bonsái en compota (Macedonia, Buenos Aires, 2014), Inés se turba sola (Macedonia, Buenos Aires, 2015) y Benignas insanias (Sherezade, Santiago de Chile, 2016). Diversas publicaciones periódicas y revistas especializadas han publicado trabajos suyos tanto en Argentina como en Ecuador, España, Italia, USA, Venezuela, Chile, México, Perú, Colombia y Uruguay. Textos de su libro Bonsái en compota han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Imagen | Juan Osorno 

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POESÍA Mar Océano | Adán Echeverría



Hace muchos años
en el inicio de todo
los días no eran tan nublados como hoy
el sol no parecía estar tan enojado como hoy
y la tierra no era tan seca
como la que solemos pisar hoy

Todo era oscuridad
nos dicen
¿y por qué habríamos de creerles
a esos magos del viento
que no supieron cuidar nuestro planeta?

Mejor será
comer pan tostado con mermelada
viendo la televisión
y escuchar historias de marineros
de vientos que mueven las velas
y canciones saladas
que nos llevan hacia el Mar

El Mar que todo se lo come
el Mar que todo lo ve
el Mar como esa caricia
la espuma sobre nuestra piel

¡Súbanse que nos vamos a la playa!
Por el camino por la carretera
la voz de papá y sus instrucciones siempre serias
y los ojos de Larissa
en el retrovisor:
¡habrá que sacarle la lengua!

Tienes que sentir cómo cambia la brisa
mientras nos alejamos de la ciudad
Salimos al campo rumbo a alguna playa
para corretear un poco
y perseguir a las olas
que nos quieren morder los dedos de los pies

Papá dice:
Un fantasma se llamaba Ramón
sabía de asustar niños
pero con las niñas
siempre tenía pendiente
porque le faltaban dos dientes
y siempre perseguía un ratón
Mi papá tan ocurrente
siempre sabe sonreír


"Mira Diana ya se ve el Océano"
Tengo que sacar las manos de los bolsillos
o se me pegará la arena por tanta mermelada que llevo en los dedos
"Diana querida no saques las manos del auto"
Mi abuela sonríe
mis hermanos se hacen gestos
mientras juegan videojuegos

¡Oh qué profundo tan azul
de ese Mar que me contempla!

¡Atraparé un delfín
para montarlo!
"Mira las gaviotas. Vamos por ellas"
¡Espérenme que se me caen
las chancletas!

Aquella caracola
que traes en el pecho
el hogar sería de todos mis secretos
si la malvada ola
no la hubiera dejado
escondida en esta arena

Los barquitos de concha que se ven tan silenciosos
extrañan seguramente sus tesoros de almejas
con sus granitos de perlas
ahora prendidas de alguna oreja

Cuántos niños corren por la playa
¡Mira esa montaña! ¿Es la arena?
No. Es un pobre manatí que ha muerto
por el aspa de una lancha
que ha cortado su cabeza
He querido llorar

Los brillos de sol en el mar
parpadean sus ojitos en la espuma
¿Has perdido el traje de baño Esteban?
Corriendo siempre corriendo
Ese niño no se queda quieto
sus huellas borra la mar

No me pueden atrapar. "Eres una estrella de mar"
Larissa no me alcanzas. "Eres un hipocampo"
Eres una aguja. Un bagre bigotudo
Eres una anguila. Anguila no. ¡Y eléctrica!
No llores Larissa. No es verdad.
No eres una anguila
"Ven acá pequeña. ¡Soy un tiburón!"

Esta peluca de sargazos. ¿Me queda bien?
"Solo si quieres parecerte al monstruo del pantano "
Del mar. El monstruo del pantano pareces tú
¡Larissa! Me está diciendo cosas Elí
"Acabemos ya pequeño"
La monstruo del Mar Océano
"Si tú lo dices"

Y el Mar Océano que se come a los piratas
y el Mar Océano que se traga a los turistas
Préstame unos tiburones Mar Océano
No hice la tarea y mañana vendré a verte otra vez
nuevamente. Estirado como un plato
¿dónde han ido tus oleajes? ¡El Mar Océano no puede contenerse!

Soy el Mar Océano    dice la péqueña Diana
Soy el Mar Océano con cabello de sargazo
y el viento viento viento sopla que sopla en mi espalda
¿Dónde están todos tus piratas Mar Océano?
Quiero esa luna        dámela

La monstruo del Mar Océano
que todo lo puede que todo lo devora
como dice mi papá
Devoraré las corcholatas
¡Guácala saben a óxido!
"Ya deja de decir tonteras Diana Luz"

¿A dónde vas pequeño marinero?
"Déjame Diana"
¿Sigues molesto porque te regañaron?
Ya no estés molesto. Te perdono
Soy el Mar Océano y te regalo mis gaviotas
"Las gaviotas no son tuyas Mar Oceáno
o como quiera que te llames"

Soy la Monstruo del Mar Océano
y tú tienes que obedecer ¡Quiero mis gaviotas!
"Pues corre tú para atraparlas"
Corre corre que ahí viene la arena
El hombre de arena nada puede
contra La monstruo del Mar Océano
¡No me eches arena en la cabeza!

Querido Mar Océano quiero ser como tú
guardar la luna en cada parpadeo
y jamás dejar de ronronear.
Quiero llenarme la cara con el naranja del atardecer
y en cada beso de arena y agua olvidar la prisa de todos los días





Saber de todos los ciclos naturales
que van y vienen como las olas: abajo, arriba, de nuevo para abajo
¡Esta agua que no se queda quieta!
Todo pasa a través de ti
las lluvias los ciclones el frío los enamorados
y esos  barcos que siempre se van
¿Tráeme un beso de alta mar?

Mis queridos marineros no quise hundirlos se los juro
ustedes que no ceden en se empeño
y siempre quieren pescar de más
"Mira los peces Diana" ¿Dónde dónde?
"Ven con nosotros Mar Océano"
Está muy fría esta agua. No quiero meterme.

Ay estos océanos que se tragan tantas cosas
se tragan las historias se tragan los rencores
se tragan los pasados se tragan los trajes de baño
y si se tragan los visores, díganme: 
¿por qué entonces vomitan a mi hermano Esteban?
¿no pueden tragárselo? "Diana, no digas eso."
Solo bromeaba

¡Soy el Mar Océano!
¿Otra vez? Pero si te da frío meterte al mar
Soy el Mar Océano que canta toda la noche
"El Mar Océano que agita toda la tarde y no se calla"
Me trago el sol y enciendo las estrellas
y en toda profundidad de cristalinas aguas
mi voz solo es submarino que volverá a tierra alguna vez

¡Oh cuántos delfines esta noche hay entre las olas!
¡cuántas sardinas van brincando!
Papá no quiero que los pesques Pobrecitos
Papá súbeme a tus hombros Vamos papi
alcanza a los delfines
"No puedo Diana Luz. No soy tan rápido"

¿Acaso no eres marinero?
Soy biólogo marino pero…
Yo creí que papá era amigo de los delfines
amigo de Neptuno
Es catastrófico para esta monstruo Mar Océano
una familia tan terrestre

Mi hermano Elí ama comer pescado
Mi hermano Esteban ama los castillos de arena
Yo amo las gaviotas cuando comen de mis manos
Adoro hundir mis pasos en la arena
que el viento juegue con mi cabello
y perseguir con la vista esas olas que nunca jamás se quedan quietas






Esta noche en la fogata papá y Larissa han ido a caminar
Esteban y Elí juegan al soccer en la arena
Abuelita está sentada junto a mí
y el sonido de las olas me besa las orejas
Arriba millones de estrellas
el fósforo abre sus ojitos entre las olas
¿qué quieres contarme lucecita?

Nada como seguir en esta playa
mirando aquel oleaje repetido
que siempre me habla de mi misma
Cuando crezca seré una navegante
"Serás lo que quieras, preciosa Diana Luz"
Papá sí que sabe divertir a los Monstruos.
Dame un beso querida Mar Océano.

Mira este cadáver de pez abuelita
Mira mis huellas en la arena
La fría arena la húmeda arena
Esa lengua de mar que se lo come todo
Ese sol que desapareció ¡qué tímido!
No te da miedo el Mar, Dianita
Yo nací del Mar querida abuela

Cuando crezca seré una navegante
iré por todos los océanos del mundo
"Para eso tienes que estudiar mucho Diana"
Para ir por el Océano solo tengo que embarcarme
y para embarcarme tengo que tener mucha arena en la cabeza
mucha espuma en los ojos mucha sal en el pecho mucho aire en los labios
mucha noche en los cabellos Para navegar necesito luz en la mirada
Solo eso

¿Dónde ha quedado la noche? 
¿Qué cosa dices repetido oleaje?
Amanece. Duermen los niños
La mar está quieta
En la oscuridad una sonrisa de espuma
viene a contemplar el campamento

Diana Luz sigue en la orilla
"Pero niña te va a dar una pulmonía
¿No tienes sueño?"
Abuelita. El Mar Océano estuvo despierto toda la noche
¿Nunca duerme? ¿No se aburre de la monotonía?
Su canción es tan relajante

Nunca duermen las sirenas
los tiburones sí duermen
también las manta rayas
a pesar de tanto movimiento
duermen también los barcos
en sus motores y velas

Yo soy la Monstruo Mar Océano
y siempre que voy ya vuelvo
en estas aguas encendidas de luz
mi espuma es la bienvenida
a todos los que me traen sus sueños
Es este Mar risueño tan lleno de carcajadas
Esta luna que no se quiere esconder
y el sol ya va saliendo

Corran hacia el agua corran niños
"¡Vamos Diana vamos a nadar!
Cárgame en tus hombros papá
tan sólo tengo cinco años
y del Océano
ya me he llenado el alma


ADÁN ECHEVERRÍA. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Nacional El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva 2008, Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007), Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Becario del FONCA en Novela (2005-2006). Poemarios: El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008) y Tremévolo (2009); Cuentos: Fuga de memorias (2006) y la novela: Arena (2009). Compiló en Disco Compacto Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México. Autores nacidos en el período 1960-1989 (2008).

Ilustración | Xanthippe Tsalimi

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