POESÍA Hablo de mi abuela | Laura San


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Cesare Pavese

Hablo de mi abuela y de la historia detrás de esta imagen, de lo oculto que hay en ella, pues, como decía John Berger, “el verdadero contenido de una fotografía es invisible, porque no se deriva de una relación con la forma, sino con el tiempo”, pero, ¿qué es el tiempo?, ¿el significado de cada una de las arrugas de su rostro?, ¿las horas empleadas para tejer los cuadros de su rebozo deshilado?, ¿la duración de segundos que me llevó apretar el botón de la cámara para tomar la fotografía?, ¿lo que mi abuela recordó en ese instante?, ¿lo que vivimos juntas durante muchos años? Sí, esto, esto último es lo invisible en el retrato.

Hablo de mi abuela Alicia y de esta imagen que se convierte en el rostro de su vida. Hija de padres queretanos, nació el 21 de febrero de 1921, en Huimilpan, una región que tuvo asentamientos agrícolas desde la época prehispánica. Su papá Jorge se dedicó a la siembra del maíz, mientras su mamá, María de la Luz, cuidaba de ella y de sus cuatro hermanos. Desde muy pequeña la tierra fue su único Universo: aprendió a surcar, a sembrar y a cosechar maíz y frijol. Dedicaría su infancia y juventud a esas labores del campo.


Hablo de sus manos, cuyas líneas son los surcos que ella sembró a lo largo de su vida, entre ellos, el amor. A los 18 años conoció a Sebastián. Un joven campesino y también músico, quien había heredado de su padre el gusto por el violín y la guitarra. A su amor a la tierra, Alicia sumó el amor por mi abuelo. Decidieron vivir juntos en Los Cues, un rancho, que desde la época colonial contaba con una hacienda y tenía tierras propicias para la agricultura.



Hablo de mis abuelos y de la casa que construyeron juntos, con piedras, adobe y tejas como techo. En ese lugar nacieron sus ocho hijos. La casa que ahora recuerdo y veo en estas imágenes, la de cocina con fogón, un cuarto para las mujeres y un pasillo largo que servía como dormitorio para mis abuelos y los hijos varones. Ahí también se almacenaba el maíz y el frijol, además de las monturas de los caballos.

Hablo de la “interrupción del tiempo” que me permiten estas imágenes, las que –al leer con la mirada y la memoria– se convierten en un testimonio de ese entonces. En ellas, leo la vida de mis abuelos, aquella que me tocó presenciar desde pequeña y que disfrute a su lado: el olor de la madrugada, el rocío de la mañana, el canto de los gallos, los rayos de sol que se colaban por las tejas, la mirada de los caballos en el corral, el aire sereno de la tarde, el sonido de mi andar por las calles empedradas, la tierra húmeda y la noche oscura con historias de brujas que venían a chupar a los niños recién nacidos.


Hablo de las enseñanzas de mi abuela cuando me llevaba a cortar leña de los huizaches secos. De su paliacate en la cabeza, su suéter viejo para cubrirse las manos, su falda larga y sus calcetas de algodón para “atrapar” las espinas cuando subíamos el cerro. A su lado aprendí a “raspar” magueyes, montar a caballo, desgranar maíz en la oloteras, moler chiles guajillos secos para hacer salsa y a preparar champurrado para consentir a los seres queridos.


Hablo del velís café donde encontré esta fotografía, un “rastro almacenado” o “rastro-memoria”, como diría Joan Fontcuberta. Una huella de la infancia de Yolanda, mi madre, sentada ahí al lado de su hermana. Aún se distingue el atrezo del estudio y el moño que adorna el cabello de mi tía María Luisa. Dos niñas cuya infancia transcurrió entre labores domésticas y servir a los hombres de la casa. Dos mujeres que, más tarde, migraron a la ciudad de México buscando otra forma de vida.


Hablo del “fragmento congelado” que capturó esta imagen y que muestra mi pequeño árbol genealógico en línea materna: mi abuela, mi madre, yo y mi hija. Fotografía de cuatro generaciones, en la que estoy ausente, pero también presente detrás de la cámara. Tras la muerte de mi abuelo en el año 2001, mi abuela se había quedado sola, pero nunca quiso irse del pueblo donde habían hecho una vida juntos. Siguió tocando la armónica como una forma de espera o encuentro con él. En su espera, vi el cuerpo de mi abuela decaer, volver a ser niña y necesitar los mismos cuidado de un recién nacido, el mismo amor. El encuentro de mis abuelos se dio hace poco. Ella señaló un lugar y dijo que él había llegado. Ese día comenzó a tener problemas para respirar, ese mismo día murió.


Hablo de mi abuela y de su muerte, de la madrugada y del silencio. Del rebozo con el que la cubrimos y con el que siempre la recordaré. De las imágenes que de ella guardo en mi memoria poética y que son solo un testimonio, una huella de la historia que vivimos juntas. Hablo también de las raíces que dejó a su paso y que ahora continuan en las líneas de mis manos.


LAURA SAN (México, 1978). Historiadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Lectora de poesía y aficionada a la fotografía. Twitter @poesia_noerestu

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