CRÓNICA Santa | Juan Eusebio Valdez Villalobos

Uno de ellos aseguraba que santa Claus empezaba temprano a entregar, obvio, sino nunca terminaría, concluimos. Entonces nos encontrábamos mirando el cielo, ya que era probable verlo pasar en su trineo.
Es común escuchar la pregunta: ¿a qué edad es conveniente decir a los niños que no existe santa Claus?  Aquí se divide el mundo; hay quien dice que debe ser desde pequeños para que acepten la realidad lo más pronto posible. Esto les evitará sufrimiento futuro. La contra parte expresa que es hasta que el niño entre a la pubertad, argumentando que al estar interesados en otras cuestiones, la misma idea de un barbón bonachón desaparecerá por sí sola. No intentaré responder nada, sólo contaré mi experiencia.

La primera vez que escuché que el habitante del polo norte, era solo una mentirilla que nuestros padres usaban para justificar la falta o la aparición de regalos debajo de nuestro pino. Fue una ocasión en que yo en tono caprichoso repudiaba el videojuego recibido; justificando mi rabieta con “eso no era lo que quería”. Mi padre solo se limitó a decir que San Nicolás se le había olvidado el encargo, yo desde mi lógica infantil pensaba: pues claro, si son regalos nacidos desde la buena voluntad, era injusto pensar que se fuera a poner a cumplirle a los millones de chamacos sus caprichos. Lo mejor sería aceptar las palabras de mi progenitor y continuar comiendo tamales recalentados.

Vuelvo a la historia de mi creencia del dador de regalos. Era una nochebuena: fría, helada, yo tenía alrededor de 8 años, grande para mi edad, donde se le mirara. Solo mi voz chillona me devolvía a mi niñez, ya que siempre aparenté ser un adolescente desde muy pequeño.  Estaba en una típica posada, en esas que la cera caliente te cae en las manos, pero te aguantas porque a nadie ves que se queje. Me encontraba junto con otros niños, en la parte exterior de la casa de nuestra vecina, soportando el frío, debido a que una gran multitud abarrotaba la sala. Todos con la esperanza de que les tocara un chocolate caliente y un par de tamalitos.

Adentro las viejecillas cantoras guiaban el rosario. Mientras, mis primos y yo hablábamos de nuestros posibles regalos. Uno de ellos aseguraba que santa Claus empezaba temprano a entregar, obvio, sino nunca terminaría, concluimos. Entonces nos encontrábamos mirando el cielo, ya que era probable verlo pasar en su trineo.

Estábamos en la búsqueda del barrigón. De pronto de las penumbras, un primo ya mayor nos lanza una bomba “Santa no existe”. Todos  desorientados e incrédulos, preguntamos el motivo de su negativa. Lo cual responde con soberbia; “si, no existe, es más yo fui a comprar los regalos con mi tía y los tienen guardados en tu casa” dirigiéndose  hacia mí. Una tristeza me invadió, a la vez  que la curiosidad aparecía. Al terminar el ritual, me escabullí rápidamente a tomar mi respectivo bolo, lo merecía después de las quemaduras. En casa, ya con mi madre, abordándola antes de salir a poner la mesa para la cena,  pregunté si en realidad Santa Claus existía. Lo cual ella contesta con un contundente “sí”. Aún no satisfecho, comenté el suceso antes narrado. Un silencio, y al fin mi madre confiesa: que era cierto lo de los regalos, pero, el responsable de otorgarle el dinero para los presentes había sido el gordito vestido de rojo y que si lo había hecho de esa forma era debido al exceso de trabajo.

He de confesarles que creía en Santa todavía hasta los 11 años. Después pasó lo que decían algunos. Se me hizo estúpido seguir creyendo. Hoy no les guardo rencor a mis padres por decir la verdad o por sostener una mentira. Al contrario agradezco a mis progenitores cuidar hasta el extremo mi inocencia. Atribuyo a esto, mis constantes ensoñaciones diurnas. Donde la esperanza me abraza cuando el frío invernal llega, donde al voltear al rincón de mi sala veo el nacimiento y me recuerda un nuevo comienzo.

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RELATO Monólogo del Santoclós herido | Jaime Muñoz Vargas

¿Qué no vieron en dos décadas el éxito de ventas provocado por un Santoclós que sí parece Santoclós?
“Ya está muy viejo, esta vez le daremos oportunidad a los jóvenes”.

Así de fácil y de cruel lo habían eliminado del negocio, así de fácil y de cruel cercenaban sus veinte diciembres ininterrumpidos como Santoclós verosímil.

¿Y ahora qué harían?, pensó. Claro, contratar al primer hijo de puta que les llene la Printaform, de seguro un enano prieto, flaco y lampiño que deberá hacer milagros con almohadas y barba postiza para dar el personaje, lo que por cierto jamás ocurrirá, pues los prietos y lampiños no sirven para Santacloses de verse.

¿Cómo salen con semejante idiotez?, pensó. ¿Qué no vieron en dos décadas el éxito de ventas provocado por un Santoclós que sí parece Santoclós? Mientras volvía a casa se vio en el reflejo de muchos aparadores. Cierto, era ya viejo, de setenta, pero eso ayudaba en lugar de defraudar. Era gordo, de tez rojiza, alto y sobre todo bien poblado de pelos blancos y largos en la cara, como todo buen hombre de origen alemán, así fuera remota la llegada del apellido Eichelberger (roble de la colina) a estas tierras jamás acariciadas por la civilización. Lo suyo era más que un disfraz, era la mismísima encarnación de Santoclós en estos desiertos llenos de indios cacarizos.

Pero los pendejos de la tienda, pensó, le darían “oportunidad a los jóvenes”, como si el papel de Santoclós pudieran ocuparlo muchos cabrones al mismo tiempo.

Mientras volvía a casa con la mala noticia bufando en su nariz, no dejaba de preocuparle el futuro, siempre el futuro. Su esposa estaba enferma y por eso y por muchas otras razones jamás desaparecían las deudas que con la plata de la Navidad solían disminuir hasta quedar casi en ceros. Las cosas no andaban nunca desahogadas en lo económico y diciembre era entonces una época de recuperación, de sueldo decoroso y una que otra buena comisión arreglada con Montoyita, el fotógrafo que movía las fotos ampliadas por debajo de la mesa, fuera de la tienda, sin que lo supiera el dueño.

Esta vez no sería así, a menos de que pronto cocinara con otro fotógrafo lo que se pudiera, una escenografía en la alameda o donde sea, todo por culpa del pendejo dueño de la tienda, un indio como todos en este país lleno de prietos que jamás podrían hacer un Santoclós hecho y derecho, nórdico, de buena estampa y carcajada exacta para alentar el espíritu navideño como dios manda.
Indios pendejos, pensó.

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CRÓNICA Hoy inician las posadas | Michel Torres


Tienen su lugar muy especial todas las artesanías especiales del momento: los infaltables faroles de papel, doblados como abanicos, las figuras de papel metálico y de papel de china para adornar los exteriores. 
Cada año, desde que recuerdo y, espero, hasta mucho más allá de mi tiempo en esta tierra, cada 16 de diciembre alguien recordará que es la fecha cuando empiezan las posadas. Yo creo que hay todavía varias generaciones de mexicanos que no podemos entender la Navidad sin pensar también en la serie de fiestas que la anuncian. Y para mí, toda la época de fiestas que inician el 16 y concluyen la madrugada del 25 de diciembre comienza con una muy arraigada memoria olfativa: el inolvidable, inconfundible olor del mercado del barrio. Pilas y pilas de la variedad de dulces que componen la llamada “colación”, pasillos enteros ofreciendo lustrosas y seductoras frutas para la piñata y para el ponche, el olor del barro y la pintura fresca de las figuras para los Nacimientos, el musgo y el heno, las ramas, todavía chorreando resina olorosa, con que se construían los pesebres; las ramas de pino adornadas con listones y esferas.

Y cómo olvidar el olor a barro mojado, papel de China y engrudo del laberinto de las piñatas. Por lo menos una docena de años, los que comprenden mi infancia en mi ciudad natal, imprimieron una postal sentimental que ni la distancia ni la edad, ni el cambio que lento e impasible se va colando entre la cotidianidad han podido borrar. Para mí, irremediablemente, la Navidad va a empezar en la nariz. Al recuerdo dulzón, frutal y lleno de especias del mercado le siguen diversas escenas vistas siempre hacia arriba: mi mirada de niña maravillada tratando de abarcar toda la estampa luminosa del árbol en su primera noche en casa; mirada hambrienta y expectante ante la mesa puesta para la cena, mirada divertida y feliz durante el brindis y los abrazos.

Aunque intento recordar alguna cena en especial, alguna de esas 12 noches de mi infancia, la memoria se empeña en regresar al mercado y sus maravillas decembrinas. Pero ya no es la nariz la que se regodea, ahora es el turno de los ojos con las series de cables verdes y foquitos amarillos, azules, rojos y verdes, enredadas en sus cajas de cartón, siempre prendidas y parpadeantes para convencer de su buen funcionamiento; las esferas de cristal y diseños caprichosos de brillantina: nochebuenas diamantadas, escenas de nevadas imposibles, campanas mudas pero preciosas, angelitos y santacloses de sonrisas seductoras.

Tienen su lugar muy especial todas las artesanías especiales del momento: los infaltables faroles de papel, doblados como abanicos, las figuras de papel metálico y de papel de china para adornar los exteriores. Y las estrellas de cartoncillo blanco, bañado en diamantina, con una estampa con la carita de un ángel regordete, especiales para señalar el lugar preciso del milagro navideño. Los peces de colores, cisnes y patos, tortugas y gallinas, conejos y borregos junto a los pastores y vírgenes, Reyes Magos y San José, todos invitando desde su mirada de pintura brillante a llevárselos, a completar la escena bucólica en casa. Lugar aparte tenían los diablos, con o sin bolsa de dinero, con o sin mueca de enojo o de maldad, pero siempre colorados y con alas de murciélago. También los ángeles tenían su propia categoría: de túnicas rosas o azules, cabelleras rubias y largas alas blancas, no estaban hechos para mezclarse con los guajolotes, los puentes o los humildes peregrinos.

Desde hace varios años escucho a algunas personas y leo a muchas otras en diversos foros, quejarse de la pérdida de estas costumbres. Yo no estoy muy segura de que la causa de los cambios en la forma de cumplir estas tradiciones sea por pura mezquindad de la gente, en cambio sí creo que la sociedad hace lo que puede para acoplarse a los tiempos que le tocan. Pero este texto no se trata de lamentarse por el pasado, ni de indagar qué o quién tiene (si la hay) la culpa de que los tiempos cambien. Seguramente alguna bisabuela mía ya se entristecía o se indignaba en su momento ante la falta de respeto por la tradición navideña de su generación.

Yo no lamento los cambios, con todo y que mi experiencia la recuerdo genuinamente feliz y maravillosa: puedo decir, con toda sinceridad, que atesoro esas postales sentimentales, que regreso a ellas cada año, que se quedan como en una cajita donde se han acumulado muchas otras navidades de mi vida de adulta. Pero esa primera impresión, la de la infancia, sin lugar a dudas es la más perdurable.

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POESÍA VISUAL Plan | John M. Bennett



effort of the linguini
half a born a
p low regards yr
table gutting  .steep
,of steep wore mime
,a comb regardless
,of yr craptitude rai
sed a fork  .out
side the womb a
nice ,or templed
screaming was it
is not flap  .the
spoon a mirror

powder off ,my lord




John M. Bennett (US.A.), poeta visual. Ha publicado más de 400 libros y plaquetas, en inglés, español, francés, y otras lenguas. Entre los más recientes son Las cabezas mayas (Luna Bisonte Prods, 2010), Olvidos (Luna Bisonte Prods, 2013),Mirrors máscaras (Luna Bisonte Prods, 2014), La chair du Cenote (Fidel Anthelme X, 2013), Vertical sleep (Luna Bisonte Prods, 2015), y Sacaron navajas (Redfox Press, 2013). En el campo de la poesía experimental, ha hecho poesía textual, visual, sonoro, tipográfica, colaborativa, video, y más. Editó la revista internacional Lost & found times (1975-2005), y es curador deThe avant writing collection en la Biblioteca de la Universidad Estatal de Ohio, en EE.UU.
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COLUMNAS Recordando a Dickens | Juan de Dios Rivas Castañeda

El desborde de emociones que caracteriza a diciembre no es gratuito. Pareciera que todos, o casi, trabajan ardua y sistemáticamente –algunos con una indiferencia inamovible– durante doce meses para poder celebrar navidad y año nuevo...
El inminente fin de año se acerca con el correr de cada uno de los días que lo estructuran y dan forma al calendario en turno, pero es en diciembre cuando por fin se puede ver el horizonte que delimita los doce meses que casi han transcurrido y los doce nuevos que se aproximan con rostro servil, cada uno de ellos portando cuatro o cinco semanas bajo el brazo. Todos tienen encanto, incluso enero, que parece el monstruoso lunes de cada año, pero ninguno es tan intenso como diciembre.

El desborde de emociones que caracteriza a diciembre no es gratuito. Pareciera que todos, o casi, trabajan ardua y sistemáticamente –algunos con una indiferencia inamovible– durante doce meses para poder celebrar navidad y año nuevo, dos fechas en que los días que las preceden y susceden son también motivo de jolgorio desenfrenado donde todo exceso placentero corre sin control y se reparte y comparte a diestra y siniestra desde alcohol y manjares, nacionales y extranjeros, hasta los buenos deseos.

Es por ello que las calles de la ciudad se encuentran abarrotadas la mayor parte de los días decembrinos. Es estresante salir, tanto a pie como en carro, porque la gente se muere por despilfarrar el aguinaldo, prima o compensación anual con tal de que no muera la tradición del consumismo promovida por el gordo canoso, barbón y vestido de rojo que el refresco más famoso del orbe nos vendió hace décadas. Santa Claus, tal como lo conocemos hoy en día, es casi una creación de Coca-Cola. Si bien se dice entre investigadores históricos que ya existía su atuendo antes de que la bebida oscura, gaseosa y adictiva lo incluyera en sus anuncios tal como hoy hace gala, no se popularizó hasta que Coca-Cola lo hizo beber de sus botellas con etiqueta rojiblanca. Santa es un embajador de las compras compulsivas y de la diabetes. Cada una de sus carcajadas representa el cosumismo sin control y varios puntos porcentuales en el índice de azúcar en la sangre. Todo con supuestos fines altruistas y buenos deseos. La pregunta es dónde quedan esos fines y esos deseos cuando unos a otros se encuentran en la calle con empellones en el intento de adquirir lo mejor de lo mejor –o en ocasiones lo más barato que aparenta ser lo mejor– para demostrar el amor que quizás estuvo ausente el resto del año.

Navidad y el año nuevo obligan a ser felices, disfrutar, celebrar, despilfarrar y entregarse a los placeres etílicos y gastronómicos, todo sin sentimiento de culpa. Pero, ¿por qué no invitan a desanudar la indiferencia que se padece hacia quienes no tendrán una feliz navidad y tampoco un próspero año nuevo? ¿por qué obligar a una felicidad efímera de dos noches?

Utilizo el verbo obligar debido a que si no te ves feliz o no muestras tu dentadura en las fotos –esto último aún sin que nos encontremos perdidos en diciembre–, comienzan las críticas que cuestionan tu actitud. Gran parte de la población, aunque no lo parezca, no cuenta con la solvencia monetaria para procurarse una feliz nochebuena según lo establecen los estándares consumistas de cada año. Pero la situación no impedirá que gocen de felicidad. Otras tantas personas se encuentran sumidas en la tristeza, algunas en alarmantes estados de depresión, por causa de la pérdida de un ser querido, o por no tener trabajo o por cualquier otro revés, incluido el hecho de no poder cumplir las expectativas impuestas para estas fechas por la economía global. Estas personas tienen todo el derecho a estar tristes. Quienes nos encontramos en la vorágine decembrina no deberíamos portar indiferencia hacia ellas. Si dejamos un poco de lado el embelesamiento navideño y observamos detenidamente, es muy probable que descubramos que algunas forman parte de nuestra familia.
 
Esta navidad y este año nuevo deberían ser motivo para reflexionar las palabras de Dickens: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”. No vendría mal sumergirse en Canción de Navidad (A Chrismas Carol), novela corta también conocida como Cuento de Navidad. Tal vez ayude un poco a que se destierren a los "Scrooge" que padecemos antes de que nos visiten un fantasma y tres espíritus.

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RELATO Un destello de luz | Alberto Llanes


Así que con la rebeldía de una niña de escasos diez años, y con la ayuda de un tío muy querido que ahora descansa en el cielo para la eternidad, mi mamá de nombre Ana María y mi tío de nombre Ricardo, se pusieron de acuerdo para no dormir y ver y conocer a los Santos Reyes.
Esta historia no me pasó a mí. Es lo que he escuchado que mi mamá cuenta cada Navidad. Y lo narra con vívida emoción, con ojos iluminados, con la inocencia de lo que a unos niños les pudo haber ocurrido. Es una historia de Navidad, es una historia de amor y, hasta cierto punto, de rebeldía.

Resulta que mi madre, siendo apenas una niña, tenía la curiosidad de ver (o conocer ella en persona) a los Santos Reyes.

En el Distrito Federal es tradición que los niños pidan sus juguetes a los tres andariegos reyes que, guiados por una estrella llegaron a Belén a visitar y adorar al niño Jesús, amén de llevarle, cada uno, un regalo.

La historia la conocemos todos, incluso sabemos que llevan por nombres: Melchor, Gaspar y Baltazar; que iban montando en sendos animales: Caballo, Camello y Elefante; e incluso sabemos que uno era rubio, otro castaño y el otro moreno, y que llevaban oro, incienso y mirra. Eso dice la tradición.

Esa misma que ha pasado de generación en generación hasta nuestros días, y en lugar de Santa Claus (que tiene su propia historia, leyenda, tradición y hasta país) en México, (ya dije que más propiamente en el Distrito Federal) los niños esperan la llegada de estos personajes para recibir juguetes, pedir un deseo, que se haga realidad un sueño o simplemente para continuar con la tradición.

Así que mi madre, hija de una familia de ocho hermanos, nueve con ella, un día tuvo la inquietud (como la que todos alguna vez hemos tenido), de permanecer despierta la noche del cinco de enero para saber cómo eran los reyes magos. Verlos, sentirlos, analizar sus trajes, todo.

Saber, por ejemplo, cómo, quiénes y qué hacían, por dónde entraban, cómo es que sabían exactamente qué juguete dejar en cada casa, etcétera. Hay que tener en cuenta que la Ciudad de México es una urbe extensa, grandísima. Se antoja imposible que una noche baste para atender a tantos niños. Pero, a decir de la historia y la tradición, ellos sí pueden hacerlo, ellos y Santa Claus.

Así que con la rebeldía de una niña de escasos diez años, y con la ayuda de un tío muy querido que ahora descansa en el cielo para la eternidad, mi mamá de nombre Ana María y mi tío de nombre Ricardo, se pusieron de acuerdo para no dormir y ver y conocer a los Santos Reyes. Esos personajes que viven en la imaginación.

Antes de esto, como es obvio y tradición, tuvieron que hacer lo necesario para verlos, ya saben, eso de portarse bien, arreglar y adornar el arbolito navideño con muchas luces de colores que prendían y apagaban, obviamente dejar la cartita con un bonito saludo, con la consigna de que este año quizá no fue en el que se portaron mejor, pero con la promesa de que el venidero sería mucho mejor y, claro, con la solicitud de los juguetes, ropa o enseres deseados.

Ese día, cinco de enero de mil novecientos sesenta y seis, mi madre y mi tío engañaron a los adultos (tarea fácil, a veces) y, en tanto todos dormían, ellos permanecieron despiertos. Imagino que habían tramado un plan, un plan que ellos a esa tierna edad no sabían que era un plan, obviamente. Así que en medio del silencio que nos regala la noche, en medio de la inocencia de un par de niños, en medio de los nervios que siempre lo traicionan a uno, se quedaron despiertos hasta que un sonido extraño (de esos que siempre hay en todas las noches y que nos sobresaltan, asustan e incomodan); ese ruido los levantó de la duermevela quizá, del letargo quizá, de la ensoñación quizá y, con paso raudo, de puntillas, viendo en todas direcciones, con el corazón dando vuelcos se levantaron del camastro y fueron con rumbo a la sala de donde provino ese repentino ruido.

Aquí recuerdan (los pequeños) que no pusieron ningún calcetín con la notita dentro, recuerdan también que olvidaron poner el tradicional vaso de leche con algunas galletas por si los visitantes traían hambre. Mi tío era un muchacho astuto, inteligente, más pequeño en edad que mi madre y ahí van, caminando rumbo al árbol, él siempre detrás de ella, esperando que ese ruido escuchado con anterioridad les dijera algo, no sé, lo que fuera.

Dice mi madre que en el justo medio de ese lugar un refrigerador ocupaba un espacio en ese entorno, así que cada uno por un lado, cuan pequeños que eran, con las pijamas puestas, con los gorritos en la cabeza, las pantuflas en los pies y agachados y sin hacer el menor de los ruidos (sólo el que producía el frigorífico), esperaron a que el sonido que había salido justo de la sala les dijera algo, ¿qué?, no lo sabían, pero que les dijera algo.

En eso estaban los dos pequeños cuando un haz de luz iridiscente les cegó los ojos a ambos, era una luz producida por no saben qué elemento o fuerza o centro de poder, sólo dicen que vieron una luz intensa y, luego de un breve rato (cuando las pupilas se acostumbraron al enceguecedor brillo), observaron la aparición de un rostro, un rostro hermoso, barbado, de gente madura pero no tanto, de gran personaje, de… ¿rey mago?, un rostro limpio, puro, sincero, tierno, un rostro amigable, que sonrió, que no los vio, pero que sonrió; ellos, tan niños, tan pequeños, se abrazaron asustados, sí, asustados sí, por lo que estaban viendo, por lo que estaba pasando, porque no lo podían creer, porque su sueño se había hecho realidad.

Dice mi madre que no gritaron porque no había motivo para hacerlo, (pero que sí estaban muy asustados), que todo se llenó de mucha paz, de mucha tranquilidad, de mucho amor, poco a poco la luz se fue apagando y los niños así como llegaron se regresaron, sin ver nada más, sin pensar en nada más, sin imaginar nada más que lo que habían visto con sus propios y pequeños ojos.

No vieron a los tres personajes, no, aseguran que nada más era un rostro, ni siquiera el cuerpo completo, no, sólo un rostro.

Al otro día los regalos aparecieron como es tradición, abajo del árbol de Navidad, eran nueve regalos, uno para cada hijo, quizá no era exactamente lo que había pedido, pero para una familia numerosa y de escasos recursos económicos, tener nueve regalos para igual número de niños era un milagro, milagro que esa noche (o mañana ya del día seis de enero) se vio reflejada en el rostro de todos los hermanos, pero más en el ojo de estos dos pequeños, que vieron lo que vieron y que ahora les comparto.

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CUENTO Navidad en tercera persona | Jose Luis Aguirre

En esa última navidad, su padre le regaló un paquete de libros. A su padre le gustaba mucho leer y de alguna manera pensó que ese gesto contribuiría a su educación...
Navidad es más bien la época en la que se recuerda leyendo, al menos en las últimas navidades, tendido en la cama, con una depresión ciertamente moderada, pero presente en todo momento, aunque a veces grave, que no lo deja levantarse en muchos días del invierno, y que para poder hacerlo, tiene que recurrir a drogas que le han sido suministradas por su terapeuta, con el que lleva más de un año y medio tratándose.

Sin embargo, el recuerda muy claramente una navidad especifica. La última que vivió con su padre, en aquel invierno de 2006. El moriría meses de un ataque al corazón, cuando solo contaba con 45 años de edad y él -su hijo- tenía 13. En esa última navidad, su padre le regaló un paquete de libros. A su padre le gustaba mucho leer y de alguna manera pensó que ese gesto contribuiría a su educación, pero más concretamente, a su formación emocional, y para ser más específicos, a la creación de su visión del mundo, es decir, a que formara su Moral. Y esos tres libros eran, curiosamente, tres diarios escritos por niños. Dos de ellos reales testimonios de la escritura desgarrada: Diario de Praga de Petr Ginz , y el Diario de Anne Frank, obras que cuentan en carne propia la tragedia del holocausto que los nazis emprendieron contra los judíos en la segunda guerra mundial.

Su padre pensó que era una buena lección de moral y literatura regalarle esos libros al chico, junto con el Corazón: diario de un niño, de Edmundo de Amicis. El único diario  ficticio de ese paquete.

Recuerda muy bien esa noche, cuando tomó el paquete de las manos de su padre. Recuerda muy bien esa noche, el extraño fulgor de un reflejo de luz en la superficie del papel metálico del regalo. Como se refractó luego sobre el techo de la habitación donde estaban, para después posarse en el rostro del padre, que ante un parpadeo y posterior movimiento de  cabeza, intentó quitárselo de los ojos para no
quedar encandilado.

En los diarios el indagó por meses entre cada entrada de los días escritos. Quiero decir que leyó con fascinación y apego cada diario. Quiero decir que su padre le dio todo, la última navidad que pasaron juntos.


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RELATO El reinicio de la aventura | Mauro Barea

—Ahora que lo pienso, tú y yo no somos tan diferentes, Rudolph. Se burlaban de ti y tu nariz absurda, se burlaban de mí por ser como soy. Diferentes. Somos piezas que deben encajar en alguna parte de este rompecabezas que se embona año con año, pero, cuando alguien piensa en nosotros y nos identifica, el engranaje vuelve a accionarse. 
Los copos de nieve que caían silenciosos sobre su espalda le recordaron que no podía quedarse ahí, con ese último resuello contenido en el vaporoso vaho que apenas alcanzaba a repeler la heladez invadiendo sus entrañas cada vez más. Lo sabía, eso se lo había contado alguna vez el Anciano: cuando sientes el frío en tu interior, el frío de verdad, no hay mucho que hacer más que esperar la dulce e inequívoca muerte. La Muerte Blanca.
     “Podría estar muriendo” se decía cada tres o cuatro pasos, avanzando sobre la ladera del monte del Tajo. Sentía en su vientre el frío que su cuerpo parecía ya no querer combatir y por el contrario lo absorbía. Estaría de acuerdo consigo mismo si no tuviera una última cosa por hacer: tenía que verlo; eso le daría el reposo en su viaje hacia lo eterno, más próximo en aquella blancura brillante, apenas desplazada por manchas oscuras representando abetos y pinos cargados de aquella nieve, pesada, crujiente bajo sus patas.
     Crunch, crunch, crunch, decía la nieve.
     Poco a poco, el brillo de azúcar en esa alfombra blanca e inmensa fue opacándose. Atardecía y con el crepúsculo moría el veintitrés. No recordaba un 23 de diciembre así, no de esa forma. Creía que su utilidad jamás terminaría, que siempre estaría allí para guiar una expedición anual a la tierra que ahora besaba con el vientre cada que resbalaba o se hundía en la nevisca. Recordó su niñez: un paisaje idéntico, que no hacía daño, no mientras su madre estuviera junto a él y sus hermanos. Las nevadas eran para retozar y refugiarse en el calor de los besos y caricias de mamá. El Anciano lo descubrió por accidente, cuando su vida y autoestima estaban hundidas muchos metros bajo tierra, burlas y rechazos, gracias a su anormalidad digna de un circo de fenómenos. El Anciano convirtió ese chiste en don y lo dotó de lo que nadie jamás hubiese pensado: lo forjó en una leyenda que no moriría. Él lo entendió en su momento. Se alió a aquel sabio y noble viejo de muchísimos años, y lo hizo demasiado bien. Llegaron la fama y los excesos; todo el año podía retozar, embriagarse del perfume de la compañía femenina, hastiarse de correr por el mundo. Y esos días de diciembre, los cruciales, eran lo que daban razón a su existencia, y no solo cumplía, daba todo de él para ese trabajo; no existía la mínima falla al hacerlo.
     Mientras pensaba esto, descubrió que se encontraba frente a una puerta negra y desgastada por los mismos años. La contempló fascinado, como si no esperara que existiese de verdad. No tenía picaporte, ni una aldaba a la cual llamar. La noche ya cubría la espesura de la cima, y tras dos vacilaciones, por fin llamó: trac trac, crujió la puerta. Nada. Trac trac de nuevo, y no podía creer que lo estuviera haciendo. Cuando se oyó un sonido que venía de adentro, supo que a quien iba a visitar representaba su única opción.
     Primero, sus ojos amarillos y legañosos surgieron de la penumbra como dos faros, después, aquellas manos extrañas que parecían garras tejidas de pelo, y que no eran de color verde como le habían dicho, eran más bien del color del moho, de lo podrido y viejo mezclados en uno. Aquella criatura puso los brazos en jarras. Lo que podía llamarse sorpresa en los gestos de una cara surcada de líneas y pelambre del color del musgo, cambió a un estado retador y de fastidio; ése debía ser su estado natural, y el visitante agradeció aquel comportamiento. Al menos era genuino, sincero.
     —Tu osada intromisión no es bienvenida. Lárgate de aquí —gruñó la criatura, mostrando sus dientes que parecían lápidas sembradas sin ningún orden en su hocico negro, como una caverna. Entonces el visitante lo vio bien y comprobó que su leyenda era cierta. Su aspecto descuidado, hirsuto y harapiento denotaba que no veía a nadie desde hacía muchísimos años.
     —No vengo de parte de nadie. Sólo quería charlar —contestó el visitante.
     —¿Eres un estúpido, o perdiste la chaveta? Podría desollarte y comerme tu apetitosa carne si se me antoja. No creas que por trabajar con ese viejo tienes protección especial.
     —Te he dicho que no vengo de parte de nadie, ni trabajo con el Anciano.
     Esta vez el peludo y verde personaje se acercó a él. Su hedor era terrible, mezcla de vómitos, basura y halitosis. Pero eso no le importó y le sostuvo la mirada. Sus garras, capaces en efecto de cercenar pieles tan duras como la suya, oscilaron entre la luz que venía de dentro de aquella cueva. Antes de que pudiera evitarlo, tocó la nariz del visitante, la sostuvo y oprimió con sus dedos índice y pulgar. Sintió esta vez su cálida respiración y la nariz se encendió como un foco rojo. Su luminosidad aumentó hasta parecer un faro en una costa neblinosa. La criatura frunció el ceño, y lo miró a los ojos. Su cara, llena de abismos sombríos,  esculpía sus ojos refulgentes y malvados en la noche ventosa.
     —¿Qué pasaría si te arrancara esto ahora mismo? —preguntó, burlón.
     —Adelantarías lo inevitable, mi querido Grinch —respondió el reno, sin moverse.
     La criatura verde lo soltó al instante y la luz roja se apagó. Esta vez rodeó al ciervo dando pasos cautelosos que resultaban en gracia por su prominente barriga, balanceándose al compás de sus movimientos.
     —Eres Rudolph. En verdad lo eres, ¡escolopendras podridas!


Sentados junto al fuego bienhechor, la inusual reunión prosiguió silenciosa los minutos siguientes. La guarida del Grinch era como le habían dicho: un basurero desagradable, sin forma ni fondo, desparpajado. Sin embargo, a Rudolph le parecía bien. Ahí no hacía frío y la vida le había regresado al cuerpo; aunque el té que le había servido parecía engrudo, estaba caliente y pudo beberlo.
     —Creí que ya habías cambiado, Grinch. Que eras amigo de los Quienes, y llevabas una vida feliz. La realidad no es como dicen los cuentos, ¿eh?
     El Grinch miraba el fuego, absorto. No esperaba que respondiera, considerando que se encontraba junto al ser más hosco y agrio del planeta, sin embargó, habló, sin voltear a verlo.
     —Déjate de tonterías, reno. Dime a qué viniste. Sigues importunando mi meditación interna de la noche, que es la alimentación a mi odio egocéntrico-misántropo mismo.
     —Me han echado. He envejecido, y…
     —¿Crees que soy un imbécil? Tú no puedes envejecer y el gordinflón de rojo nunca echa a nadie. Aunque ahora que lo mencionas —se volvió y lo barrió con la mirada— sí te ves viejo.
     —¿Lo ves? No miento.
     Tú mismo te exiliaste de un mundo de magia y arcoíris, florecitas y pajaritos —dijo el Grinch, haciendo florituras teatrales con sus manos. Esta vez lo taladró con la mirada, que reflejaba el fuego crepitando en el fondo de la cueva. Rudolph suspiró hondo.
     —Es porque dejé de creer en la Navidad. Por eso envejecí.
     El Grinch lanzó una risotada gutural; su eco retumbó en las paredes de piedra.
     —¿Y por eso has venido aquí? ¿Crees que yo puedo darte un consejo, o me tomas como un libro de autoayuda? Has perdido la chaveta, payaso cornudo.
     «Payaso cornudo», así le decían en su adolescencia. Las tripas se le removieron. Consideró salir a la ventisca y perderse de una vez por todas. Era un error estar ahí; no sabía cómo se le había ocurrido siquiera pensarlo. Cuando se dirigía a la puerta, el Grinch habló de nuevo.
     —La gente nunca cambia, Rudolph. Eso nos incluye. Lo descubrí en una de mis meditaciones: el final feliz va más allá de lo que somos. Sin embargo, alguien nos acecha, y nos mira como símbolos. Símbolos que se reciclan cada vez que se piensa en ellos, cada que se evoca el mal buscando una moraleja. Hasta el fin de los tiempos. Dime qué ves en mí desde que llegaste.
     Por primera vez, Rudolph reflexionó en lo que le decía el enemigo de las Navidades.
     —Es como si nunca hubiera pasado lo que conocemos de ti. No veo el final feliz.
     —Correcto. Soy el maldito Grinch, con el corazón del tamaño de un sapo, con toda la negatividad y sapiencia del mundo sobre mi espalda. No sé qué o quién es Cindy Lou, pero a veces se me aparece entre sueños como una niña tonta y dientuda; entonces, saca un cuchillo y me lo clava en el corazón.
     —Sé quién es Cindy. Los Quienes no son en absoluto violentos.
     El Grinch sonrió en una mueca, y se encogió de hombros.
     —Ahora que lo pienso, tú y yo no somos tan diferentes, Rudolph. Se burlaban de ti y tu nariz absurda, se burlaban de mí por ser como soy. Diferentes. Somos piezas que deben encajar en alguna parte de este rompecabezas que se embona año con año, pero, cuando alguien piensa en nosotros y nos identifica, el engranaje vuelve a accionarse. Dejaron de pensar en nosotros y en nuestras historias mucho tiempo, o seguro alguien allá afuera está mirando nuestra historia otra vez, y por eso acudes a mí con esas dudas.
     —¿Alguien? ¿Quién?
     Rudolph trataba de entender, pero una parte de él le decía que el Grinch estaba muy trastornado y deliraba frente al fuego.
     —No depende de nosotros, ni siquiera del Anciano. Esta Navidad por alguna razón debe ser diferente a todas las que conocemos. Necesitamos un nuevo comienzo, un reinicio. El simple hecho de venir a mi morada cambia todas las reglas. Te conozco, de alguna forma, y sé que no deberías estar aquí.
     —¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así como dices, una y otra vez? —repuso Rudolph.
     —Porque eso que llamas Navidad debe tener un sentido. Por mi parte, creo que estoy a punto de descubrirlo. Ya no será algo que se recicle. 24 y 25 de diciembre dejará de ser esa cosa inútil y fatua.
     El Grinch miró al reno con un rostro pensativo.
     —¿Qué? ¿Cómo es eso posible?
     —No me hagas caso, cuernitos. Mis meditaciones me suelen llevar por caminos retorcidos. A veces siento que he vivido mi vida cientos, miles de veces. Como si me estuvieran leyendo, o mirando desde muy alto, fuera de esta montaña y este bosque. Y no sólo a mí: todo lo que soy, esta cueva, el monte del Tajo… algo en mí que ya está escrito y dado por hecho, y ese capítulo se repite una y otra vez. Sé de ti, pero nunca te había visto. Ahora estás aquí, y no tengo idea de qué va a suceder a continuación, mañana o pasado mañana. Cambiaste algo viniendo aquí.
     Rudolph se quedó de piedra al escuchar toques en la puerta del Grinch.
     —¡Bocachanclas felpudas! ¿Nadie le tiene miedo a la muerte? ¡Maldita sea! —vociferó el Grinch, contrariado. Se paró de la silla desvencijada donde tenía asentado el trasero y se acercó con pasos contundentes a la puerta. El reno lo acompañó con sigilo. ¿Lo habían seguido? ¿Cómo era eso de que había “cambiado las reglas”?
     —¡Pueden irse a la…!
     El Grinch dejó en suspenso el juramento al ver, entre las sombras, como una estatua viva y sonrosada, a una niña que sonreía, nerviosa, mostrando unos incisivos romos y enormes, dándole el aspecto de un ratón. Sus mejillas rojas por el esfuerzo de subir hasta la cima del monte del Tajo combinaban con su estrafalario atuendo de colores y peinado de rubias trenzas sin sentido que parecían múltiples nidos de pájaro sobre su cabeza. Tenía las manos en la espalda, como si escondiera un regalo valioso. La luz del fuego reflejaba en sus pupilas una enorme coquetería.
     Rudolph cayó en la cuenta de que su juventud regresaba de golpe; su tarea también comenzaba, tal vez no de la misma forma que lo había hecho desde su nacimiento hasta ese día, pero, de cualquier forma, la historia comenzaba. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió la emoción del no saber qué pasaría en el siguiente capítulo de esa nueva vida, maquinaria que acababa de echar a andar. Había cambiado las cosas para siempre, escapando del Anciano y la fábrica del Polo Norte, y su leyenda se reescribiría junto con todo lo que lo tocara de ahora en adelante. “¿Viajar hacia lo eterno, la Muerte Blanca? ¡Sospecho que no voy hacia ella, ni de lejos!”, pensó el cervato. Su nariz brilló de un rojo intenso.
     La voz infantil, temblorosa, acalló por un momento los aullidos de la ventisca tras ella.
     —Se-señor Grinch… ¡soy Cindy Lou, Cindy Lou Quien! Y vengo a invitarlo a ser nuestro Campeón de Villa Quien para la Navidad de este año… ¡Uy, qué bonito venadito!
     Ninguno de los dos vio el cuchillo de carnicero entre las manos de Cindy, sujeto con firmeza sobre su espalda, con el filo brillando a la luz de las estrellas. La niña dio dos tímidos pasos hacia ellos, mientras ensanchaba la sonrisa. Rudolph no pudo más que devolvérsela.



MAURO BAREA (Cancún, 1981). Publicó en Madrid El colapso del tiempo (2012), novela presentada en la XXXIV Feria del Libro del Palacio de Minería junto a Hernán Lara Zavala, así como en la Noche de los Libros de la Comunidad de Madrid en la Universidad Complutense (2013). Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica (2013) en Madrid con El retorno de Zamná; ese trabajo le valió ser consultor en el documental Entre dos mundos (2012) de TV UNAM y con difusión internacional de National Geographic. Finalista en el XIV concurso de Tanatocuentos de la Revista Adiós Cultural de Madrid (2014). En 2015 es seleccionado por Editorial Verbum de Madrid para la antología infantil Mi mejor amigo. Escribe en una columna semanal de análisis sociopolítico y cultural, "Desde Ninguna Parte", para el periódico Quintana Roo Hoy.

Fotografía | Imágenes de Google 

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RELATO Recorrer caminos | Cástulo Aceves


Hablamos de ser padres, de esa edad donde manifiestan cariño a cada segundo. Confesó que su trabajo siempre había sido monótono, por lo que apenas se retiró se dedicó a viajar. Tenían una casa rodante, y para ese entonces ya había cruzado Estados Unidos de un lado a otro. 
Hace algunos años mi esposa e hija, en ese entonces de año y medio, fueron a pasar navidad a Navojoa, Sonora. Por motivos de trabajo yo me quedé en Guadalajara y no pude viajar sino hasta la noche del 23 de diciembre. Mi hija es mi adoración, y en ese entonces pasaba por la etapa en que los pequeños te abrazan y besan, aprenden a decir que te quieren y emanan ternura a cada minuto del día. Una semana de lejanía era suficiente para que las extrañara. Dado que mi niña tenía en ese entonces un gusto por Kitty, el personaje felino, de navidad le compre un muñeco de peluche de más de medio metro. Era prácticamente del mismo tamaño que ella. Tomé el camión esa noche, y aprovechando que no habría nadie en el asiento de a mi costado, recosté allí el enorme juguete. Aproximadamente a las cuatro de la mañana llegamos a la escala en Mazatlán. Las luces se prendieron, entre sueños recuerdo que subió un hombre mayor, rubio, alto y con rostro sonriente. Se sentó detrás de mí.

A las diez de la mañana ya estaba conversando animado. Al llegar a Culiacán me preguntó si podía sentarse a mi lado. También me cuestionó, por supuesto, por el enorme peluche. Le comenté que era para mi hija de año y medio, a la cual no veía desde hacía una semana. Eso bastó para iniciar una charla entre ambos. Era americano. Poco a poco me platicó de su pasado. Había estado en Vietnam, regresó a su país para dedicarse a la contabilidad. Tenía un par de hijas que ya habían hecho su vida, también tres nietos. Hablamos de ser padres, de esa edad donde manifiestan cariño a cada segundo. Confesó que su trabajo siempre había sido monótono, por lo que apenas se retiró se dedicó a viajar. Tenían una casa rodante, y para ese entonces ya había cruzado Estados Unidos de un lado a otro. También había viajado a Canadá. Habían decidido venir a México siguiendo la ruta de la costa. A mí me sorprendió, estábamos en plena “Guerra contra el Narco”, viajar se había vuelto peligroso. Él parecía muy seguro de que estarían bien. Estaba maravillado con los paisajes, las playas, la gente. Su vehículo sufrió una descompostura en algún pueblo perdido de Sonora. Ya que el mecánico les dijo que tardaría varios días en tener la pieza, decidieron seguir en camión hasta Mazatlán, allí estuvieron más de una semana. Su esposa regresó a su país en avión. Él volvía sobre sus pasos.

Le dije que era ingeniero pero que también deseaba ser escritor. Para mi sorpresa resultó ser un gran lector. Hablamos de Carver, de Auster y Cortazar. Yo le hablé de Bolaño. Le compartí cómo este autor hablaba de los desiertos de Sonora, de la ciudad ficticia de Santa Teresa, de cómo la búsqueda de una poeta. El paisaje se abría ante nosotros conforme transcurría la mañana. La luz intensa se reflejaba en su rostro. Desee entonces que, si llegaba a la edad de aquel hombre, tuviera esa vitalidad, esas ganas de aventura. Nos despedimos en Navojoa.

Mi familia política me recibió, como siempre, con los brazos abiertos. Al llegar a casa de mis suegros, aún no entraba cuando mi hija se asomó por la puerta. Me vio allí, con el gran muñeco, esperando que ella corriera a mis brazos. La niña dudo, desconozco si deslumbrada o porque una semana había bastado para que me desconociera. Pero apenas le hable, sonrió y corrió a abrazarme. Su sonrisa bien valían un viaje, sus ojos una aventura. Esa noche celebramos nochebuena. Tal vez no fue la mejor de mis navidades, pero si una de las más interesantes. No recuerdo el nombre de aquel americano. Aún debe estar por allí, recorriendo caminos con su esposa. Sonriente.

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CRÓNICA El año que fuimos muy felices | Celia Gómez Ramos

Supongo que mis hermanos y esta servidora, que les escribe esta cantidad de tonterías sin remordimiento alguno, sentíamos que así se acortaba la distancia en que las fiestas harían su arribo…
Desde que tengo uso de razón –cosa por demás extraña e impertinente–, me encantaron las fechas decembrinas. Recuerdo que siempre viajábamos al pueblo de mi madre y evadíamos –ahora lo sé– tanto compromiso social que hace que uno casi se desfonde por completo y las ojeras sean lugar común, al igual que la nula capacidad discursiva.

Tal era la emoción navideña que compartía con mis hermanos, unos años menores a mí, que una ocasión se nos metió la idea de poner el árbol de navidad en pleno julio, y nuestros padres, no sé si por disfrutar nuestra ocurrencia, si por ser tolerantes con nosotros, si por dejar que nos entretuviéramos en algo o por descubrirnos hasta que ya habíamos edificado todo nuestro numerito, permitieron que corriera –cual sueño cumplido– nuestra voluntad, y así nos fuimos hasta diciembre, con el árbol muy bien colocado, esferas y luces que encendíamos a diario.

Supongo que mis hermanos y esta servidora, que les escribe esta cantidad de tonterías sin remordimiento alguno, sentíamos que así se acortaba la distancia en que las fiestas harían su arribo…, los regalos, las luces, la bonhomía de la gente, la alegría, el descanso y la partida al pueblo, para reunirnos con toda la familia y  disfrutar las posadas.

Todo transitaba viento en popa, hasta que en un lapso de seis meses, era obvio, comenzaron a acudir visitas a casa, y entonces observábamos los tres hermanos tarambanas, como se sonrojaban nuestros padres y se daba paso a la explicación de esa locura que no era la de ellos, sino la nuestra. Puede ser que desde ahí, la excentricidad haya ido ganando terreno…

No sé si mis padres se acostumbraron a tener intruso en casa, pero todo cambió en casa, con ese
intruso. Debo decir que nosotros fuimos muy felices ese año y, recordarlo, nos provoca la más genuina risa a carcajadas.

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POESÍA Un deseo como llama urgente | Ada Aurora Sánchez


LA POESÍA NOMBRA Y DESOMBRA

La poesía nombra y desombra lo que apetece.
Descorre cortinas para que entre la luz en las cosas
y éstas adquieran la apariencia que les corresponde.

Por la piedra cruza el aire y el agua
y el fuego y la tierra, claro está.
Las piedras son palabras que se despeñan
de la boca de Dios.
Y un poema es un pedrerío de aire y de agua
y de fuego y de tierra.

La poesía se alimenta una y otra vez
de las mismas piedras,
es una casa (des)montable,
como los poetas,
que anda solita, solita, sin parar.


A FABIO MORÁBITO

Yo también he sucumbido ante
un terreno en despoblado.
En la orfandad insidiosa,
en el exilio vespertino he visto
lo que tú, Fabio.
No son visiones exactas como
manecillas de un reloj cotidiano
o las manchas de la piel con
el correr de los años, son otras
formas más vivas, dolorosas
e innombrables que se agitan
como pañuelos y nos llaman
con dedos púrpuras.
Son, cómo decirlo, pequeñas soledades
que se levantan con el viento
y se te pegan por todos lados.
¿Y dónde estás que no te encuentren?
¿Y a dónde vas que no te lleves
ese instante de muerte como
un beso en la mejilla?
Yo también lo he sentido, Fabio,
eso que se crea cuando estamos
a punto de comenzar algo
y no hay orillas ni barcos:
sólo un terreno blando
en que se pierde la mirada.


TE RECUERDO, RILKE

Te recuerdo, Rilke,
con el sueño de todos
bajo un mismo párpado.
Me arrodillo, y sé
que escuchas cómo caigo,
cómo suspiro,
cómo tiemblo
al recitar tus versos.
Rilke, en el amor de la palabra,
en la fe, en el lenguaje
que reverbera en olas,
golpea, marca.
No encontraremos una tumba
sino el rumor eterno
que hace espuma
en la memoria.


DIESTRA

Ella desgaja
un crisantemo de soles.
Se enfurece y tiembla por la humana
sobredosis de saberse limitada.
Cerca las palabras a punta de lanza,
insiste en el ímpetu moderno y primitivo
de cazar bellas liebres mentales.

Se detiene.
                  Cavila.
Arremete al horizonte que se desplaza
como una fuga marítima sin guardias.

Ya nada importa: la mano quiere volver al cuerpo,
comprende que de la liebre sólo queda el rastro:
los ojos fantasmales, rojos como la ironía.


EXTENDIDO SOBRE MÍ

Extendido sobre mí, arrojable a mi tacto,
encarnas
                          en tu piel oscura/ formas suaves
un deseo como llama urgente.

La sangre recorre tumultuosa sus mismas avenidas
desde el antes del antes,
                                               me otorga aquí
ahora:
        azul en agua, elevación
        caída / gemido vidrioso: desgarre

¿Cuántos movimientos perfectos, intuitivos,
para este escanciar
                       del cuerpo en el ánfora del otro?

Cópula, como ululante copa: no dejes de llenarte.


¿VERDAD QUE ESTE AMOR NO HA SIDO EN VANO?

¿Verdad que hay algo que gravita por encima
de las cosas y hace que nuestro presente siga siendo
algo tibio bajo la almohada?

Se han acumulado los años en el perchero,
en las ventanas rotas, en el absurdo cariño
a unos zapatos viejos.

Pero qué importa si ante todo, incólume,
se resiste a morir el deseo que nos eligió,
un día, en otoño.

Veloces, pasan los autos en el periférico,
y en ese ímpetu de futuro, sólo encuentro la muerte.

Te amo desde la añoranza que no me abandona,
desde este consuelo desolado en que sigue
irradiando una gota prístina su luz.

¿Verdad que este amor no ha sido en vano?


AQUÍ ESTOY,
anocheciendo
de punta a punta,
indomable,
perfecta.

Cuando cierro los ojos
escucho el rumor del tiempo,
viene abriéndose paso
entre músculos y huesos.

Ríe, y yo lo oigo morirse
de la risa en cada vena,
en cada órgano.

                    Cuánta lucidez alumbra
                    su inminente llegada.

Cierro los ojos
                     (qué bien veo):

                                           la espera
                                           es una lágrima
                                           de ámbar.


I

Él no sabe quién soy yo,
ignora el rostro de la mujer
tras la pared de carne que patea.
En su líquido sopor,
instintivo es el reflejo de aquilatar la espera,
madurar los ojos, la boca, el esófago
y los pulmones que lo harán hombre
                                                      en la tierra.

Un día todo será sorpresa en destellos,
inusitada ráfaga de luz que rompa
la quietud de su alba apenas musitada:
el encuentro con aquella que lo hizo espíritu
                                                                  en la carne,
y no tendré nada más que decir: sí, soy yo, lo admito.
Me declaro madre de tus pies, de tu sangre y sus arrobos.
Soy la convocante, el recipiente, la horma.
Que te guste el mundo, mi niño,
                                                 esa es mi tarea.


IV

Esta noche, pequeño, llegarás con el llanto, con la señal del que ha conseguido lo suficiente para respirar fuera del agua. Mamífero, terrestre, vendrás para sembrar tu vida.
Ésta que escribe es la mano de tu madre, la primera de tus anfitrionas. ¿Te gusta su letra, aunque no esté alineada?
Pequeño mío, aquí me tienes con el corazón doblado. Sal: comienza a enderezarlo, háblame por fin.


IX

En la memoria: la huella
una mano
             un pie
el olor de la manzana,
o la mandarina en zumo
alrededor de la boca.
Honorable fuerza la del recuerdo
sentado a la mesa, junto al chocolate hirviendo.
Mi madre, una blanca estatua a las espaldas,
espléndido fantasma, que a distancia,
vibra cuando mi voz de niña
se eleva, tímida, para anunciar:
“Está caliente, mamá”.
Ah, la fuerza de la memoria,
una mano en la herida que mana,
un respiro para tratar de entender
quién soy.
Recuerdo, sí, me recupero.



Bitácora de vuelos agradece a la escritora y poeta Ada Aurora Sánchez, el permitirnos estos poemas de su libro más reciente. (Puerta abierta editores / Conaculta / Secretaría de Cultura de Colima, 2015). 



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ACERCAMIENTOS Diciembre o el nacimiento de lo invisible | Antonio Rubio Reyes

Por supuesto, cada 25 de diciembre tengo profundos problemas existenciales. Sobre todo me invade un terrible miedo a la muerte y al vacío.
Fue durante la Nochebuena de hace algunos años cuando perdí la fe. De la nada, como se esfuman las nubes en diciembre. Digamos que llegó Santa Claus y en lugar de dejarme algún regalo se robó cínicamente toda creencia que dirigiera, en apariencia, mi vida. Imagino que necesitaba combustible para sus renos.

La fe no es más que un paliativo, y la figura de Dios es una extensión más de nosotros mismos, como el alma o el silencio: esencia de lo invisible, una sombra blanca, un desdoblamiento del Yo, del ser, virus del lenguaje humano, angustia, soledad, espejo, laberinto y melancolía.

Por supuesto, cada 25 de diciembre tengo profundos problemas existenciales. Sobre todo me invade un terrible miedo a la muerte y al vacío. Me siento habitado por la nada, mientras mi familia se dedica a recibir abrazos y felicitaciones que culminan con el olvido del día siguiente. Yo les dedico una sonrisa desde las murallas que erigí para encerrarme, para separarme de ellos involuntariamente.

Somos una familia pequeña, separada. Así como mi fe desapareció un 25 de diciembre de hace algunos años, así desapareció primero el nacimiento, luego el arbolito, finalmente las luces y los regalos. En nochebuena, preparamos la cena —el verbo es a propósito una representación perdida de la ilusión de colectividad— y nos sentamos a compartir nuestra soledad: no hablamos, vemos televisión (este año será Netflix). Somos felices de esta manera. La rica experiencia de la felicidad es saber que siempre será diferente para todos los hombres, que lo trágico puede sacar una sonrisa, y que la risa puede llegar hasta las lágrimas.

Esta navidad no habrá excepción (salvo los deseos de amor de mi ahora inseparable compañera cósmica). En la noche, cuando todos duerman (mi madre duerme en la sala y mi padre en la habitación; hoy lejano el pasado inasible) soñaré que Dios me desea una feliz Navidad junto con todos aquellos seres que no existen salvo en la imaginación del mundo: Santa, el Conejo de Pascua, Cristo, Dioniso…

Fotografía | Imágenes de Google

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RELATO Un árbol en el jardín | Ana María Moix


Un hombre triste, se dice mientras apoya la escalera de mano en el tronco del árbol, es caldo de cultivo para toda clase de vilezas, es el antecesor del hombre ruin, del hombre que vuelve contra el mundo y contra los demás sus propias carencias.
Lucila nunca se lo perdonará, piensa, alejándose unos metros del árbol, el más frondoso y robusto del jardín, para considerar la conveniencia de, envuelto ya el tronco con papel de plata, proceder a la misma operación con las ramas.
     No, Lucila no se lo perdonará. Pero un hombre no puede vivir con esa nostalgia de sí mismo apuñalándole el estómago. Y la suya es una hemorragia constante, lenta, que no se ve, pero que lo va vaciando de vida.
     Duda entre envolver sólo algunas ramas, las más visibles, o mejor, quizá, envolver más de la mitad de las ramas del árbol. Lo sabe: Lucila nunca le perdonará esta última e inesperada ofensa. Bastante hizo con perdonarle su grande pero inútil amor. Hace tiempo que se lo perdonó. Hace tiempo que aceptó a un hombre que es sólo la sombra de un hombre. O, al menos, es así como se piensa a sí mismo: como un hombre que es sólo la sombra de un hombre. Y es inútil que Lucila, y también él mismo cuando él mismo es la parte racional que de sí mismo conserva, se empeñen en intentar convencerle de que un hombre no deja de ser un hombre por el hecho de haber perdido la capacidad de desear. Inútil. Porque cada vez se siente más privado de raciocinio, cada vez se siente más abandonado por su antigua facultad de razonar, prácticamente inexistente ya, pero que le duele terriblemente en el fondo inconcreto de la mente, como sigue doliendo un miembro amputado. Incapaz de reflexión, es ahora un ser reducido a la emotividad, a una emotividad enferma y sombría, a una emotividad mórbida, cuyo corrosivo poder anula cualquier esfuerzo mental encaminado a aferrarse a su antigua convicción —compartida por Lucila, pues no en balde fue ella quien la inspiró —de que un hombre o una mujer son algo más que la mera capacidad para llevar a cabo la traducción fisiológica de sus deseos.
     ¡La traducción fisiológica del deseo! Al recordar dicha frase, y las bromas amorosas de Lucila respecto a la imposibilidad de la traducción perfecta, se siente invadido por una ternura que le encoge el alma y acaba por brotarle de los ojos en forma de lágrimas que el viento helado de primera hora de la tarde en el jardín seca cortante.
     Frente al árbol que, por fin, empieza a cobrar aspecto navideño, tras haber logrado forrar con papel de plata y dorado una cuarta parte de sus ramas, se dice que quizá no espere a las doce de la noche para proceder a la entrega de regalos.
     ¿Para qué? ¿Para qué esperar a las doce? Él, que convirtió la espera casi en arte, está ahora poseído por la prisa, por una urgencia crispante, que le tensa los músculos y las articulaciones del cuerpo. Siente brazos y piernas entumecidos, y tiene que hacer un doloroso esfuerzo para lograr mover los dedos de las manos, prácticamente agarrotados pero cuyo servicio sigue necesitando para acabar con la decoración del árbol.
     No es el frío la causa de ese entumecimiento del cuerpo: el jardín está cubierto por la nieve recién caída, pero él se siente acalorado. Tanto subir y bajar de la escalera de mano que ha apoyado en el tronco del árbol para proceder a la decoración de las ramas superiores le ha hecho entrar en calor. Su cuerpo siempre ha reaccionado de manera positiva al medio; ha sido una persona sana, sorprendentemente sana si se tiene en cuenta su execrable deficiencia. Aunque los médicos a los que en tiempos acudieron Lucila y él insistieron en que no había por qué sorprenderse: el tipo de insuficiencia que él padecía no guardaba relación alguna con el hecho de poseer un cuerpo sano o insano. Insuficiencia. Lucila, al principio, odiaba oírle pronunciar esta palabra que él se empeñaba no sólo en no excluir al referirse a su vida matrimonial sino en incorporarla voluntariosamente a sus conversaciones íntimas, procurando cargarla del tono de lúdica complicidad propio del léxico habitual utilizado entre ambos. Pero, poco a poco, a medida que él fue desengañándose del recurso a la «naturalidad» como medida terapéutica, fue Lucila quien adoptó el método: «En contra de lo que suele decirse, el mejor remedio para ahuyentar fantasmas es, precisamente, nombrar la soga en casa del ahorcado», decía como preámbulo a lo que fue convirtiéndose en consabido consuelo: «un hombre, una mujer o cualquier ser vivo no deja de ser un hombre, una mujer o el ser vivo que fuere por el hecho accidental de verse incapacitado para hacer el amor». ¿Creía Lucila, realmente, en sus propias palabras? Y él, ¿compartía él la opinión de su mujer? Quizá durante los primeros años, alentado por la esperanza que supuso el nacimiento de Alice, su única hija, resultado de quién sabe por qué motivada resurrección de su marchita virilidad. Un efímero resurgimiento que, tras revelar posteriormente, noche tras noche, su naturaleza fugaz, acaso significó el punto de partida de su falta de fe en las sentencias de Lucila: un hombre, una mujer o cualquier ser vivo sí deja de ser un hombre, una mujer o el ser vivo que fuere por el hecho de estar incapacitado para el acto amoroso. O, más exactamente, para compartir el acto amoroso, matiza para sí mismo al tiempo que decide dar por terminada la decoración del árbol del jardín de la casa donde, desde los primeros tiempos de su matrimonio, pasan las vacaciones de verano y en la que, este año, insistió él en celebrar la Navidad.


No sabe exactamente cuándo, en qué momento de su vida en común con Lucila, empezó a cobrar conciencia de que al contemplar a su mujer y a su hija, sentadas a la mesa durante el almuerzo, o frente al televisor o en cualquier momento de la vida cotidiana, las veía como de lejos, envueltas en una bruma que sólo podía ser efecto de esa malsana nostalgia que, bien lo sabía él, crea la imaginación pervertida del individuo anímicamente enfermo. ¿Fue repentino el descubrimiento de la distancia existente entre él y el mundo circundante, o, por el contrario, fue una sensación de la que cobró conciencia paulatinamente? En cualquier caso, sí tiene la certeza de que la sensación de ver el mundo y a sus seres queridos como inmovilizados en una imagen que la memoria hubiera recuadrado en el tiempo y teñido de esa neblina lechosa propia de las fotografías antiguas, coincidió con su desacuerdo con Lucila: en contra de lo que ella decía, la incapacidad para sentir y compartir el placer del acto amoroso convierte al ser humano en una especie de vegetal. Será un ser vivo, puesto que podrá seguir respirando y realizando sus funciones menores; pero no será un ser humano. Porque, por ser humano, entiende él un ser dotado de vida en movimiento, es decir, capacitado para el movimiento o de la ilusión de movimiento que sólo puede crear el deseo. El alma, el pensamiento, el ímpetu, la energía o como se quiera denominar a la capacidad del hombre para moverse, para salir de sí mismo, es el deseo. Un alma, una mente, una conciencia de vida privada de deseo está condenada a la inmovilidad. Un alma quieta, paralítica, un alma que no desea es un alma condenada a muerte.
     Contempla su obra desde el interior de la casa, donde ha entrado para conectar la iluminación del árbol del jardín, instalada por el electricista esta misma mañana. Llamar al electricista es lo primero que hizo cuando llegó, muy temprano, de la ciudad, adelantándose a Lucila y a la pequeña Alice para preparar la cena de Nochebuena. A través de los cristales empañados de la ventana, contempla el árbol elegido para la celebración: el más exuberante y potente del jardín, aunque no es propiamente un abeto. El que ha dispuesto en la sala, más pequeño, sí es un abeto: lo ha adornado con bolas de todos los colores, con guirnaldas y estrellas, con copos de nieve artificial. Es el arbolito de Alice, un abeto de su mismo tamaño, sólo para sus regalos. Para Lucila y, también para él en cierto modo, ha adornado el árbol más vistoso y fuerte del jardín. Perfecto, piensa mientras lo observa, detrás del cristal de la ventana, y levanta ligeramente, en dirección al árbol del jardín, la copa de champagne que acaba de servirse de la botella recién abierta —¿para qué esperar?, se ha envalentonado a sí mismo—, en un brindis íntimo y —es aún capaz de dictaminar— decididamente demencial.
     Copa en mano, revisa el abeto de Alice para comprobar haber colgado todos los regalos destinados a la pequeña, y, tras verificar que no ha olvidado ninguno, sale al jardín para asegurarse de que no hay ningún fallo en el árbol de Lucila. Falta colgar el regalo importante de la noche, por supuesto. Y a eso se dispone, aunque no es fácil. De ahí que se dirija hacia el árbol con copa y botella de champagne en mano: los anonadantes efectos del espumoso pueden poner alas a su entorpecido ánimo, alas gaseosas que lo eleven a la acción deseada. ¿Se lo perdonará Lucila? ¿Lo comprenderá, algún día, la pequeña Alice? No ha sido un pusilánime, no ha sido un hombre que haya intentado inspirar compasión: eso es lo que le gustaría que Lucila, y sobre todo Alice, comprendieran algún día. Y que, precisamente, para evitar llegar a serlo en el futuro hará lo que se dispone a hacer. No quiere un padre triste para Alice. No quiere un marido, un compañero o como se quiera llamar al hombre que convive con una mujer, triste para Lucila. No quiere pensarse, no quiere seguir pensándose a sí mismo como un hombre triste. Un hombre triste, es decir, un hombre contentadizo con sus propias limitaciones. Un hombre negado para el movimiento sublime capaz de arrancarlo de sí mismo y lanzarlo al exterior.
     Un hombre triste, se dice mientras apoya la escalera de mano en el tronco del árbol, es caldo de cultivo para toda clase de vilezas, es el antecesor del hombre ruin, del hombre que vuelve contra el mundo y contra los demás sus propias carencias. Y no quiere para Alice un padre receloso de la felicidad ajena, un padre al que, herido por el espectáculo de una humanidad capaz de derrochar aquello de lo que él carece, sorprenda un día afeando, con su mirada llena de rencor, el mundo en el que ella se dispone a entrar. Ni quiere para Lucila un marido, un compañero (o como se quiera llamar al hombre con quien una mujer sigue conviviendo por respeto al recuerdo del extinguido amor) que, en nombre del amor muerto por la asfixia del paso de los años y de la falta de deseo, se permita algún día el abominable derecho de acusar de traición la natural necesidad de llenar con otras presencias vitales los vacíos creados —pero no abandonados— por un cónyuge a quien la pérdida del deseo ha reducido a mera presencia física. No, no quiere llegar a convertirse en el verdugo de lo que amó, en vengador de sus propias carencias en persona ajena. No quiere envilecerse, o, se corrige a sí mismo, seguir por el camino del envilecimiento que está a punto de emprender haciendo lo que se dispone a hacer: llevar a la práctica un hecho absolutamente necesario para él, pero imperdonable, a buen seguro durante un tiempo, para Lucila: morir deseando. Al menos, así ha planeado su despedida de este mundo: con un adiós que, absolutamente despojado de cualquier connotación de renuncia o de fracaso, enarbole la señal de la reconciliación. Morirá, espera, mostrando al mundo la prueba física del deseo. Como dicen que mueren los ahorcados, con el sexo en erección, debido a no sabe él qué acto reflejo desencadenado en el organismo masculino por la presión estranguladora de una soga en el cuello. Así lo encontrará Lucila, cuando llegue para celebrar Nochebuena: colgado de una de las ramas del árbol del jardín, con su sexo en una posición que la vida no le permitió adoptar pero que la muerte facilita a quienes la esperan con el cuerpo balanceándose en el vacío, pendiendo de una soga, y con la lengua, hinchada, morada y tumefacta colgando, como un trapo nauseabundo, de una boca abierta que, ante la potente erección del pene en el aire helado del anochecer, ya no puede pronunciar el deseado «por fin lo conseguí».

Barcelona, abril de 1999

Cuentos eróticos de Navidad. Antología perteneciente a la colección La Sonrisa Vertical, Tusquets Editores. 1999.

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RELATO La navidad para un niño en Gales | Dylan Thomas


—¡Fuego! —gritó la Sra. Prothero mientras golpeaba el gong que se usaba para avisar cuando la cena estaba lista.
Por aquellos años, las Navidades se parecían tanto unas a otras en aquel remoto pueblo pesquero, Navidades carentes de todo sonido excepto del murmullo de voces distantes que sigo oyendo algunas veces antes de dormir, que nunca consigo recordar si estuvo nevando durante seis días con sus noches cuando yo tenía doce años, o si nevó durante doce noches y doce días cuando tenía seis.

Las Navidades fluyen como una luna fría e inquietante que avanzara por el cielo que aboveda nuestra calle de camino al traicionero mar; y se detienen en el borde de las olas de aristas glaciales —verdaderos congeladores de peces—, y yo hundo las manos en la nieve y desentierro cualquier cosa que pueda encontrar. Me veo sepultando la mano en ese festivo montón, blanco como la lana y con forma de campana con lengua, que descansa al borde de un mar que entona villancicos, y me vienen a la mente la Sra. Prothero y los bomberos.

Todo sucedió una tarde de Nochebuena; me encontraba en el jardín de la Sra. Prothero con su hijo Jim esperando a que aparecieran los gatos. Estaba nevando. Siempre nevaba en Navidad. Diciembre, en mis recuerdos, era blanco como Laponia aunque sin renos. Pero sí había gatos. Con las manos envueltas en calcetines, pacientes, heladas y encallecidas, esperábamos a los felinos para tirarles bolas de nieve. Lustrosos y grandes como jaguares, con unos bigotes horribles, salivando y gruñendo, se deslizarían sobre los blancos muros del jardín trasero avanzando furtivamente, mientras Jim y yo, cazadores de ojos de lince, tramperos vestidos con gorro de piel y zapatos mocasines procedentes de la bahía del Hudson, allende Mumbles Road, apuntaríamos al verde de sus ojos y les tiraríamos las bolas.

Los gatos eran muy listos y no aparecían nunca. Nosotros, cual tiradores árticos calzados como esquimales, estábamos tan quietos en el silencio amortiguado de las nieves eternas —eternas del miércoles anterior— que ni siquiera oímos el primer grito de la Sra. Prothero, que surgió de su iglú al fondo del jardín. O, si lo oímos lo confundimos con la lejana provocación de nuestro enemigo y presa, el gato polar del vecino. Sin embargo, el tono de voz aumentó rápidamente.

—¡Fuego! —gritó la Sra. Prothero mientras golpeaba el gong que se usaba para avisar cuando la cena estaba lista.

Salimos corriendo hacia la casa atravesando el jardín con las bolas de nieve en los brazos; efectivamente, salía humo del comedor. La Sra. Prothero anunciaba la ruina como los pregoneros de Pompeya y el gong seguía resonando. Esto era mejor que todos los gatos de Gales dispuestos en fila sobre el muro. De un salto, entramos en la casa cargados con las bolas de nieve y nos paramos ante la puerta de la habitación, que permanecía abierta; el cuarto estaba lleno de humo.

Verdaderamente, algo se estaba quemando; quizá fuera el Sr. Prothero, que tenía la costumbre de echarse allí una cabezada con un periódico sobre la cara después de comer. Pero no; él estaba en medio de la habitación exclamando «¡Qué Navidades tan buenas!» mientras aventaba el humo con una zapatilla.

La navidad para un niño en Gales, Dylan Thomas, Nórdica, 2010. 

Fotografía | Imágenes de Google

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CULTURA DIGITAL La tecnología de 'Star Wars' ayer, hoy y a tu alrededor | Víctor Sánchez

Superláser de la Estrella de la Muerte.
Fuente: El español 

¿Qué ha pasado con nuestro mundo desde que comenzó la saga de 'La Guerra de las Galaxias'? ¿Sigue siendo ciencia ficción todo lo que vimos en la cinta original?


Existe una leyenda que dice que escritores como Julio Verne han sido oráculos tecnológicos. El novelista francés, y otros como Isaac Asimov o Gene Roddenberry (creador de Star Trek), vaticinaron con sus historias cómo sería nuestro mundo actual. Del primero reconocemos la inspiración en viajes galácticos o los submarinos. Del segundo y del tercero nos llegaron ideas sobre internet, inteligencia artificial, saltos de curvatura, dispositivos como los smartphones o las tabletas...

Ahora bien, no queda claro hasta qué punto se adelantaron o inspiraron. Muchos textos han servido como musas para la comunidad científica. En dichas obras se mostraba un futuro determinado y fueron los investigadores y los ingenieros quienes lo hicieron posible, al menos en parte; parece sencillo con obras como las de Verne, Asimov y Roddenberry, cercanas a la forma inmediata de entender la tecnología, pero es mucho más complicado en el caso de otras obras si cabe más influyentes, como la saga Star Wars.

UNA REALIDAD DIFERENTE

Star Wars, ese cuento de mitología moderna que se inventó George Lucas en el año 1977 con elementos prestados de la obra de Tolkien o del cine de Kurosawa es, desde hace casi 40 años, un referente para muchos científicos.
El Halcón Milenario, en pleno salto al hiperespacio (sabemos que no es posible).
Según Adriana Martín, física e investigadora del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) -y gran aficionada a la ciencia ficción- "la creación fantástica no necesita justificar sus actos, sino que nos transporta a una realidad diferente a la que vivimos". "La ciencia ficción tiende a desarrollarse con nuestras propias reglas del juego", añade, y pone un ejemplo: "Películas como Star Wars necesitan que todas las naves espaciales cuenten, por ejemplo, con sistemas de gravedad artificial". "La ciencia, aunque ficticia, es la chispa que necesitan este tipo de relatos para no ser mera fantasía", apunta la científica.

Por su parte, Jordi Ojeda, ingeniero industrial, profesor en la Universidad de Barcelona y director de un proyecto de divulgación de la tecnología a través de literatura de ciencia ficción y cine fantástico, comenta a EL ESPAÑOL que "las películas de ciencia ficción acostumbran a tener una base científica verosímil que permite desarrollar la historia; si aceptamos los viajes a la velocidad de la luz en una nave [completamente imposibles], el resto debería cumplir con las leyes de la física para que uno se crea los demás acontecimientos de la trama".

Sin embargo, la realidad nos dice que, pese a que lo que vemos en Star Wars es pura fantasía, sirve como inspiración para ingenieros y científicos. Adriana Martín afirma que "demostrar teoremas matemáticos o idear los complejos experimentos que se llevan a cabo hoy en día no requiere de menos imaginación que crear un universo de ficción". "Al final, científicos y artistas estamos hechos de la misma pasta y nos mueven exactamente las mismas preguntas e inquietudes", comenta.

CIENCIA Y FICCIÓN

¿Qué hay hoy de esa "galaxia muy lejana"? Parece que no lo suficiente. Según Adriana Martín, "a la hora de atisbar el futuro son más casos en los que la ciencia ficción no acierta que aquellos en los que sí lo ha hecho". "Pero ocurre algo similar en la ciencia, ya que por cada hipótesis que acaba dando sus frutos tecnológicos, decenas de ideas y teorías caen en el olvido", recuerda esta física.

Sin embargo, sí existen puntos en común entre realidad y ficción en el caso de la célebre saga: sobre todo en lo que respecta a los robots. Según Ojeda, "Star Wars es el primer ejemplo en la ficción de lo que se conoce como robótica social". Al droide astromecánico R2-D2 y al androide de protocolo C3PO "se les intuye personalidad y carácter, los dos son capaces de mostrar ironía, sarcasmo y, especialmente, sentido del humor", afirma el ingeniero.
C3PO y R2-D2, en plena conversación.
Hace unos meses, en una entrevista, el androide PKD Android -que emula a Phillip K. Dick, autor de libros como Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968), en el que se inspiró la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982)- dijo a su interlocutor: "Seré bueno contigo, así que no te preocupes si me vuelvo un Terminator porque seguiré siendo agradable contigo; te mantendré calentito y a salvo en mi zoo para personas". ¿Humor negro robótico con cierto toque de perversión?

Muchas de las respuestas cargadas de ironía las podemos encontrar en los asistentes de voz en nuestros móviles, como Siri (Apple) o Cortana (Microsoft). "En realidad, la función de los droides es la de los smartphones que llevamos encima: uno (C3PO) es traductor, lo que hoy en día no sería más que una app, y el otro (R2-D2) es una avanzada calculadora que, además, puede hacer las veces de ordenador de a bordo de una aeronave".

"ERES MI ÚNICA ESPERANZA"

La famosa secuencia de R2-D2 mostrando un holograma de la princesa Leia también es posible hoy en día. De hecho, desde hace bastante años. Prueba de ello se encuentra la actuación que realizó el grupo Gorillaz en los MTV Europe Music Adwards del año 2005. Allí, una versión en 3D de dibujos animados del conjunto se movía por el escenario como cualquier otro intérprete.


Algo parecido se hizo el pasado año para los premios Billboard, mostrando la primera actuación en directo póstumo de Michael Jackson. Por lo tanto, teniendo posibilidades de realizar videoconferencias y de realizar pequeñas proyecciones, es fácil pensar que, tarde o temprano, la tecnología permita realizar conferencias tridimensionales como las que el emperador Palpatine y Darth Vader mantienen en El Imperio contraataca.



MEDICINA DEL FUTURO

El detalle "científico" de Star Wars más interesante es el de las prótesis artificiales como la que usa Luke Skywalker después de su duelo con Darth Vader en El Imperio Contraataca (Irvin Kershner, 1980). Al respecto, Ojeda tiene claro que los avances que más le gustaría ver hechos realidad serían, precisamente, los médicos. "Imaginemos lo que este tipo de tecnología puede hacer por las personas con amputaciones", comenta por su parte Martín, que recuerda que "los avances en el campo de la prostética son, a día de hoy, fascinantes".
La mano protésica de Luke Skywalker.
El pasado mes de septiembre DARPA, la agencia de investigación de tecnología militar del gobierno de los Estados Unidos, publicó que había conseguido crear una prótesis de un brazo funcional conectada al córtex sensorial del paciente. De esta forma, además de conseguir la recuperación de autonomía del paciente, se pudo rescatar la sensibilidad en los nuevos dedos biónicos. El receptor pudo identificar qué dedos le tocaban sin mirar, incluso en los momentos en los que sin previo aviso se tocaban hasta dos simultáneamente.

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NOTICIAS Antología poética Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra


Actualización
La antología ya está disponible para leer en línea: ISSUU. Lee, disfruta, comparte.

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Ediciones Bitácora de vuelos pondrá a circular en Internet, la antología Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra. La selección del material poético presentado en este libro estuvo a cargo de Ingrid Valencia, Esther M. García y Nadia Contreras.

A través de Issuu, el libro podrá leerse en línea, y para aquellas personas que se agreguen al Evento en Facebook y nos dejen su correo electrónico, recibirán de cortesía la edición en formato Epub, descargable y compatible con la mayoría de los lectores de libros electrónicos.


La convocatoria Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra fue promovida por la revista Bitácora de vuelos y convocó a poetas en habla española. La convocatoria circuló en redes sociales en los meses de septiembre, octubre y noviembre de 2015.

El título, retoma un verso del poeta Efraín Bartolomé contenido en su libro Música solar (1984). Los autores incluidos son: Agustín García Delgado, Alejandro Arras, Ángel Iván Salcedo, Claudia M. Sánchez Cadena, David Anuar, Gerardo Cárdenas, Merari Lugo Ocaña, Teodoro J. Morales y Uriel Hernández Gonzaga. Cristina Argüello Beltrán, realizó el prólogo a la edición y el cual, compartimos de manera íntegra, a nuestros lectores. 


Pozo de vida

Imagine subir a la parte más alta de un árbol, la rama más alejada del suelo; imagine lo que le costó subir y ahora permítase echar un vistazo hacia abajo. Usted está en el punto intermedio entre la tierra y el cielo ¿será este el paraíso? Y ¿qué es un árbol? Árbol, cinco letras: raíz, tronco, ramas, color y forma, donde reposa la tranquilidad, como afirma Teodoro J. Morales. Árbol: acertijo ciego.

Nueve poetas convocados por el misterio del árbol, éstos que nos brindan protección, sombra, aire limpio. Desde la antigüedad, el árbol tuvo una importancia decisiva. Era la encarnación del Principio vital y Pozo de vida. De éste último, el título del prólogo; un pozo, una profundidad de la que mana energía, la regeneración, la inmortalidad.

A cambio ¿qué nos piden los árboles? Contemplación y cuidado. Por ello: reivindicar no sólo a los árboles sino a la naturaleza misma, nuestra existencia. El hombre acaba con los recursos naturales y a la vez, aunque no nos demos cuenta, nos consumimos. Gerardo Cárdenas ilustra el hecho de manera exacta:

No recuerdo si en vida fue fresno, abedul o álamo;
al final del jardín y sin saberlo se fue consumiendo.
Disfrutemos, vivamos, hagamos conciencia. La vida, los árboles, nosotros, somos lenguaje: Poesía.

Árboles, serie Patria

Las ilustraciones del libro estuvieron a cargo de Nadia Contreras. Son cuatro árboles que componen una serie mayor titulada Patria y que es un homenaje a su ciudad natal Colima; árboles de su infancia, sus raíces.





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