POESÍA La soledad es un fragmento | José Luis Aguirre



pobrezaoscuridad

Oscuridad. Grisura. Cuarto gris oscuro. Oscuridad. Pobreza. No hay palabra más vasta, más raquítica. No hay palabra más hueso-carcomido. Oscuridad. Cuartito gris. Paredes sin zarpear. Vocabulario de albañil. Albañiles. Construcción. Oscuridad. Oscuridad de un día soleado. Sol. 50 grados. Fiebre. Desierto gris. Calor. Riesgo de melanoma. Nula sensibilidad. Nula conciencia para usar bloqueador. Bloqueo. Narcobloqueo. Bloques. Construcción. Pobreza. Pobreza. Pobreza. Pobreza. Mi amor a primera vista. Mi crush. Mi entorno totalitario. Un impuesto del rey. Impagable. Oscuridad. Desfase. Desnutrición. Desbalance. Pobreza. Pobreza.  Pobreza. Pobreza. Queda el registro en el recibo de nómina de los obreros. Réditos. Deudas. Créditos. Utilidades. Premios de puntualidad y asistencia. Todo es insuficiente. Mamá obrera. Papá taxista. Papá muerto hace mucho tiempo. Pobreza. Oscuridad. Autodestrucción psíquica. Construcción con material de obra. Albañiles. Varillas. Bloques. Pensamiento de angustia en bloques. Grupos ordenados de ansia. Raquítica alimentación. Magro alimento. Hambre. Fin de la vitamina B en tu organismo. Organismo. Organización. Organización de nadie. Organización descentralizada. Internacional. Onus. Unicefs. Gestionadores de la pobreza en el mundo. Administradores del desahucio. Oscuridad. Hambre. Colonia no pavimentada. Fraccionamiento. Racionamiento. Asinamiento. Esto. Eso. Aquello. Todo. Siempre todo impuesto. Impuestos. Deducciones. ISRS. Siempre impuesto todo. Sin posibilidad de elegir. Sin acceso al amor.


noche

Noche: trataba de olvidarlo. Día: sumía mi memoria en tus olas de calor. Noche. Día. Ciudad. Soñaba con este vacío. Este vacío de escritura. Soñaba. Noche. Un orden aleatorio. Noche. Un renglón de vacío. Trataba de olvidarme de todo. Memoria. Somos huellas de escritura. Soñaba. Sueño. Se me pasa el día en el vacío. Un orden al azar. Cuán importante es el azar. El imperio del orden aleatorio. El imperio. Rige nuestras vidas. Huecos de escritura. El imperio del. Cicatrizo: noche. Día. Cicatrizo: memoria. Huella de vacío. Herida, somos. Somos. Esto. Ciudad – renglón de vacío. Cicatrizo: hueco.


descenso

Bajas. Oscuridad. Dame sombras. Lugar donde morir. Bajas. Dentro de ti. Bajas. Busca el poco fulgor. Busca. Escribes entre el polvo de los muebles viejos. Bajas. Debajo, el desamparo. Debajo no se puede decir. No. Debajo, no se puede decir que emerges. Bajas. Cuerpo adentro. Psique adentro. Algo desconocido. Al fondo. Fondo. Menos forma, más abismo. Se trata acerca de un cuerpo en descenso. Un alma no. Bajas, dentro de ti. Sumersión. Bajas, al desamparo. Respira oscuridad. Suspende luz. Con los brazos abiertos bajas. Dentro de ti. Ve hacia los bordes. Dentro de ti. Ve hacia lo profundo. Ve hacia lo no claro. Opaca. Opaca. Dentro de ti. Oscurece. Dentro de ti. Bajas.


soledad amarilla

No estás. Escribo a lápiz. La soledad es este lápiz del número dos. La soledad es de cera o de madera. La soledad. No estás. ¿Acaso te muerdes los labios para reaccionar y sentir que estás despierto? No estás. La soledad es este cuarto: Lugar. La soledad es este windows re-iniciándose. Lugar de cera o de madera. La soledad es grafito friccionando papel. La soledad es ese lugar: Lugar. La soledad es un fragmento de madera amarilla. La soledad. No estás.




=
José Luis Aguirre. (Monterrey, Nuevo León, 1983) Estudiante de la licenciatura en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la U.A.N.L.  En 2013 obtuvo el primer lugar en el IV concurso de reseña organizado por la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, así como el segundo y tercer lugar en la categoría de cuento del Certamen Literatura Joven Universitaria de la U.A.N.L., y en 2014, obtuvo dos menciones honorificas por trabajos de poesía en dicho certamen. Le gusta la poesía brasileira.


Fotografía tomada de: http://stwinterer.egloos.com/m/1121608

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CRÓNICA Rompiendo el silencio | Lydia Cacho

Imagen Spot contra la trata de personas
Emma es una joven pequeña, de un metro cincuenta y tres centímetros de altura, rubia de tez clara, ojos color miel y labios carnosos. Tiene un cuerpo armonioso, pero nada parecido al estereotipo de adolescente anoréxica que los medios promueven como el ideal. Es por ello que sufre de bulimia, trastorno alimenticio que incita a quien lo sufre a comer en forma compulsiva, para más tarde vomitar todo el alimento ingerido. Comenzó a sufrirlo a los trece años de edad, en 1998, poco tiempo después de conocer a Jean Succar Kuri, quien prácticamente la adoptó como a una hija.
     Dueña de una personalidad frágil en el aspecto emocional, si bien se muestra ante la gente como una joven fuerte y de carácter recio, está llena de ternura y es capaz, a pesar de su tragedia personal, de confiar en la gente y dejarse cuidar. Hasta la fecha, afirman las diversas psicoterapeutas que la han apoyado, la joven sufre de un severo Síndrome de Estrés Postraumático y del Síndrome de Estocolmo (del cual hablaremos más adelante), mismos que han hecho muy difícil que rompa los vínculos afectivos con su agresor.
     Ésta es la historia de Emma.
     Yo tenía miedo, mucho miedo. Llevaba cinco años intentando olvidar lo que Johny me hizo, pero la verdad es que resultó imposible. Ahora, por culpa, primero de Succar y luego de Leidy Campos, me veo obligada a repetir la historia una y otra vez. Estoy cansada, triste, asustada. Mi cabeza es una maraña de recuerdos muy dolorosos. A veces lloro durante horas por la noche. Otras veces me acuesto a dormir y pareciera que me hubiera salido de mi cuerpo… Así me pasaba cuando Johny me tocaba, cuando tenía trece años. Yo era una niña y nadie me había hablado de sexo. Al principio Johny me decía cosas bonitas, me hacía cariños y a mí me gustaban. Yo no tuve un padre. Mi papá biológico se fue cuando era niña; vive en Mérida pero no quiere yerme, lo he buscado y me rechaza. Mi mamá era alcohólica; ahora ya no toma, pero la pasamos muy mal. Recuerdo que cuando tenía cuatro o cinco años la veía dormida, tirada en el piso; estaba muy tomada y yo trataba de llevarla a la cama, pero no podía. Crecí llena de miedos, pero al mismo tiempo me hice fuerte. Es muy difícil de explicar. Quiero mucho a mi mamá y entiendo que ella sufrió siempre; trabajó y se esforzó toda su vida pero, como eran muy pobres, nunca estudió, por eso vendía gelatinas en la calle y a mí eso me daba mucha vergüenza. Mi mamá perdió un brazo y yo recuerdo que cuando se lo conté a Johny él me dijo:
     «No te preocupes, chaparra, le vamos a comprar la mejor prótesis a tu mamita, para que tenga un brazo»; y se la compró. ¿Cómo no iba a pensar que era un hombre bueno?
     Cuando estudiaba segundo de secundaria en la escuela Amsterdam —tenía doce años, casi trece—, escuché a otras niñas más grandes contar que conocían a un señor llamado Johny, que era muy bueno, les daba dinero y les ayudaba a comprar cosas. Samaria, de dieciséis años, y sus amigas no me invitaban. Quien me llevó a su casa fue Sandra, la hermana de Samaria; me dijo que su «Tío Johny» le iba a dar dinero para comprarse el uniforme de la escolta porque sus papás no podían pagárselo. Fuimos a su casa y me presentó al señor. Se veía muy tierno, como un empresario muy educado. Me trató con mucho cariño pero no me hizo nada. Estaba en la escalera y dijo que subiéramos a su cuarto por el dinero. Yo me senté en la orilla de la cama y Johny me dijo: «M’ija, súbete a jugar Nintendo», pero vi la cara de Sandra —me peló los ojos con terror— y contesté: «No, aquí me quedo». Sentada en la orilla del frente de la cama, veía la tele que estaba encendida mientras ellos platicaban. De pronto el señor me dijo:
     «Cierra los ojos, vamos a jugar»; lo obedecí y me besó, lo empujé y se empezó a reír de mí asegurando que sólo era un juego. Le dio algo de dinero a Sandra, pero le pidió que regresara al día siguiente porque no tenía todo lo que necesitaba, se dio la vuelta y me dio doscientos pesos, así nomás.
     Dos días después Sandra me llevó otra vez. Volvió a subimos al cuarto de la villa número nueve del hotel Solymar. Nos dijo que no había prisa, que nos acostáramos a ver la tele; él se puso en medio. Yo traía un vestidito azul con blanco y me puse la almohada encima para taparme las piernas. Sandra se volteó hacia el otro lado y Johny empezó a acariciarme las piernas. Súper nerviosa, le retiré la mano, pero él me dijo que no pasaba nada malo e insistió. Yo estaba aterrorizada. Metió rápido la mano en mi parte íntima y luego un dedo allí. Salté de la cama, congelada. Él le ordenó a Sandra que fuera por un vaso de agua y yo arranqué detrás de ella y llorando le pedí que nos fuéramos. Subimos a avisarle que nos marchábamos —le teníamos miedo— y él respondió que otra vez no tenía dinero. A Sandra le dio veinte dólares y a mí me dijo al oído que revisara mi bolsa, pero que no le dijera nada a mi amiga. Lo hice en el taxi y vi que había cien dólares. Él pagó el taxi.
     El fin de semana, Leslie, otra amiga más grande que yo, me dijo que pasaríamos el día en la alberca de su Tío Johny. Pedí permiso indicando que iba con una amiga. Sólo nadamos en su alberca y él me dio chocolates. Había otras niñas más grandes que yo, de quince y dieciséis años, que subieron con él, pero ninguna me contaba nada. Mientras ellas estaban en el cuarto Johny bajó a la alberca y yo le conté de mi vida y de la pobreza de mi familia. Ese día no me hizo nada, únicamente me prometió ayudarme a pagar mis estudios y a que mi familia saliera adelante.
     En esa casa nadie hablaba de lo que pasaba, de lo que Johny les hacía a las niñas, era un secreto… hasta que te llevaba con él. Entonces ya nos daba órdenes de callarlo, nos hacía enemigas entre sí, nos enseñó a desconfiar.
     Cuando terminábamos de nadar nos mandaba a nuestras casas con su chofer. Desde la primera vez, al despedirse de mí me puso dinero en la bolsa. Yo no entendía, a mi nadie me daba nada, ni siquiera mi mamá. Él me dijo que, como era muy rico, me lo regalaba con mucho gusto para que me comprara un regalito, que él sería mi Tío Johny y me iba a cuidar y a querer mucho. Yo sentí súper bonito, la verdad ahora entiendo cuánto cariño necesitaba. Además, ¿cómo podía saber todo lo que pasaría? Se veía un señor muy decente… muy bueno, muy bueno.
     La primera vez que me dijo que fuera a su cuarto a dormir una siesta se acostó junto a mí y me pidió que me quitara los shorts para que estuviera más cómoda. Sentí algo en el estómago, como muchas ansias, le dije que no quería, pero él comenzó a acariciarme las piernas y los brazos y a decirme que eso era el amor, que me amaba mucho, que ese tipo de amor lo pueden tener entre papás e hijas y él era como mi segundo padre.
     Lloré mucho la primera vez que metió sus dedos entre mis piernas; según él, si sangraba era porque estaba apretada, pero me recomendó que no me asustara. Y sí, sangré mucho.
     Ni yo ni las otras chavitas íbamos diario a su casa, sino una vez cada cuatro o cinco semanas, cuando él estaba en Cancún. Johny se quedaba en Cancún dos semanas y venía cada cinco semanas.
Mi mamá, al principio, no sabía nada del asunto; luchaba por sobrevivir con mi hermanita, mi hermanito y su esposo, que es mecánico y siempre está enfermo, tuvo cáncer. No es fácil mantener hijos así. Mi mamá me preguntó quién era ese señor y por qué iba a su casa; le comenté que se trataba del Tío Johny, que mis amigas lo querían mucho y era muy bueno. Pero no me atreví a decirle nada de lo que me hacía. Desde la primera vez que me penetró con las manos me dijo que era una putita, que todas las niñas lo son y que eso es lo que les gusta, que los hombres como él les hagan esas cosas. «Todos los hombres hacen esto, es mejor que te prepares desde ahorita», eran sus palabras, y ¿cómo iba a saber que no era cierto? Le pregunté a mis amigas que iban a su casa y su respuesta era: «Así es la vida, mejor no comentes nada».
     Un día me ordenó que fuera a su cuarto y a mí se me comenzó a dormir el cuerpo. Desde la primera vez que abusó de mí se paralizó todo mi cuerpo, o sea, toda la parte de mi sexo estaba como si me hubieran anestesiado. Y él empezaba y yo cerraba los ojos para pensar en otras cosas o rezar o lo que fuera para que terminara rápido. Se me salían las lágrimas; sentía cómo bajaban por mis mejillas pero no decía nada, porque si lloraba más fuerte Johny se ponía más rudo y me lastimaba. Entonces, prefería que fuera más rápido. Insistía en que debía aprender a darle «chupaditas», lo cual me daba mucho asco, pero él me detenía la cabeza y me decía que tenía que tragar su semen porque era una vitamina deliciosa. Yo corría al baño a vomitar y allí lloraba.
     No sabía qué hacer, sentía miedo y, de acuerdo con mis amigas, una vez que entrabas con Johny ya no podías salir porque él tenía videos de todo lo que hacíamos.
     Una tarde, en la villa nueve, mientras me tocaba, señaló una bocina negra que estaba frente a la cama y dijo: «Mira para allá, chiquilla, hay una camarita y nos vamos a ver haciendo nuestras cosas». Hablaba como si fuera un chavo travieso. Yo me quedaba callada y lo obedecía. En el momento no sentía mucho, pero después de que acababa iba al baño a llorar y a lavarme y me dolía, pero pensaba que ya pasaría. A veces filmaba el video y luego se encerraba a verlo; otras, ponía una cámara digital y nos tomaba fotografías con el botón automático.
     Algunas veces nos sentaba a mí o a cualquiera que le hiciera cosas y en la computadora o en la cámara nos enseñaba: «Mira qué sabroso nos hacemos». ¡Se veía horrible! Era una pesadilla que te hiciera verlo, pero si no aceptabas se ponía muy violento o te insultaba despectivamente. Por ejemplo, a mí me hería con sus comentarios de que era una «chaparra, pateada y fea, que ya estaba cogida y nadie más que él me quería». Cuando hacía eso de las fotos preguntaba: «¿Te excita vernos?» y yo respondía muy bajito: «Pues, no sé…», a lo que él replicaba: «Claro que te excita, si eres una putita; a todas desde niñitas les excita ver una verga como la mía».
     Le tenía mucho miedo, cuando estaba arriba de mí lo veía muy fuerte y a veces pensaba que podía matarme. Luego se mostraba muy cariñoso y tierno; me susurraba que yo era su amor y su niñita, y que quería que estudiara en la mejor escuela y fuera alguien en la vida. Ahora que te lo cuento no entiendo cómo no me volví loca, era como un hombre con dos personalidades y nunca sabías cuándo saldría a relucir la violenta y regañona o la tierna. Todas estábamos siempre a la expectativa de sus emociones.
     A veces nos insultaba horrible llamándonos putas; amenazaba con desprestigiamos: si contábamos algo nuestras madres nos correrían de la casa porque él es un empresario muy conocido, un hombre casado, un hombre de bien, padre de tres hijos y a nosotras, que éramos unas pendejas, pobres y putas, nadie nos creería nada, nos despreciarían todos, nuestros amigos y nuestras familias.
     Acostumbraba turnarnos, para no maltratamos. Ahora entiendo que si hubiera hecho eso todos los días con las mismas niñas, pues las mamás se habrían dado cuenta. Pero era muy cuidadoso, Y luego de hacernos daño nos llevaba a comprarnos algo de ropa o una mochila que nos gustara y algún regalo, algo muy de moda. Llegaba de sus viajes a Las Vegas o a Los Ángeles y a veces nos daba premios por ser «buenas» y «obedientes». Traía bolsas de Louis Vuitton, perfumes de Chanel y cosas cada vez más caras. Afirmaba que lo merecíamos y claro que nos gustaban los regalos, ¿a quién no le agradan? Yo veía que los papás de mis amigas de la escuela les compraban a sus hijas todo lo que querían; traían los jeans de Gap y los relojes de Cartier o de Swatch, depende de qué estuviera de moda.
     Ahora dicen que nos dejábamos comprar, pero esa gente no entiende nada. ¿A poco los papás o los tíos que dan regalos a sus hijas o sobrinas las compran? No era nuestra culpa, él era el adulto y nosotras las niñas.
     La primera vez que me comunicó: «Ahora vas a besar quesos» no entendí qué quería decir. Me llevó a uno de los cuartos de su villa, que en realidad es un hotel y allí estaban dos chavas más grandes —como de dieciséis años, creo— desnudas y besándose. Estaba Lesly Victoria, a quien le decían «La Toya», Yaneth, alias «La Pocahontas» (ella era más chiquita, es hija de Elda, la muchacha de servicio de la villa número siete) y también Giovanna. Con ellas me forzaba a tener sexo oral para su beneplácito. Me acuerdo que pensé: «¡Guácala!». Johny comenzó a tocarse y me empujó: «Ahora ponte con ellas y bésales el queso». Nos estaba filmando. Primero no sabía qué hacer, luego pensé que era una cochinada besar el sexo de otra niña, pero como él me hacía besarle el suyo, descubrí que era menos peor eso, y así nos filmó y tomó fotos. Cuando ya estábamos en la cocina se burló riendo: «Eres una lesbiana, si tu mamá se entera te mata. Ya nunca podrás alejarte de mi». Yo lloré un poco, pero me aguantaba porque me daba terror que fuera a gritarme y a insultarme más.
     Johny comenzó a pagarme la escuela y se jactaba de que ya era mi dueño, que debía obedecerlo. Cuando estaba en Cancún me quedaba a vivir en su casa las dos semanas; tenía clases de siete de la mañana a tres de la tarde y me levantaba a las cinco de la mañana para irme a la escuela. Tenía que comer con él a fuerza; pasaba por mi a la escuela, donde veía niñas y me ordenaba: «Ahora quiero que invites a ésta o a aquella». Luego salía para Los Ángeles y yo tenía que estar en casa de mi mamá, porque me llamaba cinco o diez veces al día y me exigía que le contestara y explicara lo que hacía. Me advertía que no podía mentirle porque él era como un adivino o un brujo, que siempre sabía lo que estaba haciendo y no podía desobedecerlo porque él se enteraría y nadie traiciona a Jean Succar.
     Yo estuve con el señor Miguel Ángel Yunes y con el señor Emilio Gamboa Patrón en una comida. Johny me llevó con él al Distrito Federal, a un restaurante muy elegante en la avenida Insurgentes, donde fueron llegando varios señores. Me saludaron con mucha amabilidad. Cuando ya iban a hablar de negocios, Johny me mandó a que fuera a pasar un par de horas en un centro comercial. Nunca olvidaré que Yunes me miró muy sonriente y gentilmente me dio un billete, creo que eran cien dólares, me impresionó mucho. Me dijo que me comprara un vestido muy bonito. Yo me fui con uno de sus chóferes y ellos se quedaron hablando.
     A Miguel Ángel Yunes lo vi varias veces, es muy amigo de Johny. Tiene un yate que se llama Fedayin y viene mucho a Cancún. Una vez me acuerdo que vino con Sandra, su amante, quien traía a su hija Sofía, de ocho años y a su sobrina Tania, de nueve. Johny intentó tocar a Sofía, porque recuerdo que la novia se puso súper furiosa y amenazó a Johny. Yunes la calló y ella ya nunca dejó que su hija entrara a la casa. Pero creo que para Miguel Ángel era normal lo que Johny hacía porque nunca le oí preguntarle por mí o por qué me tenía si era una niña, o a las demás, que también lo eran. Johny me decía que él quería tocar a esa niñita, que estaba preciosa y que seguro su amigo Miguel Ángel se la estaba cogiendo porque la mamá estaba espantosa y que la usaba para tapar las apariencias. Me contó que una vez, cuando eran más chiquitas esas niñas, él le besó su parte íntima a una de ellas pero que Tania era una machorrita y la había defendido y nunca la dejaba sola con él.
     Pensé que nunca podría decirle nada a nadie, que me despreciarían. Al fin de cuentas Johny era un empresario muy rico y respetado, amigo de políticos muy poderosos que iban a su casa y a sus fiestas, con sus yates y aviones. ¿Por qué me creerían a mí, una niña pobre cancunense a la cual nadie conocía? ¿A quién le importaría? Además, siempre me recordaba que tenía videos de mí haciendo sexo con otras niñas y que eso «era su prueba de que yo era culpable, lesbiana y provocadora». A los dieciséis años me escapé; quería ser normal y tener novio. A Johny no le gustaba la idea, controlaba todo lo que hacía. No podíamos vivir aquí; como a él le dieron una beca, lo acompañé a Nueva Orleáns. Pero no podía vivir tranquila, no podía tener sexo sin llorar; cada vez que mi novio me tocaba se me dormía el cuerpo. Así que me vi forzada a contarle todo lo que pasó y él me ayudó a entender que había sido muy malo para mí. Me dijo que debía denunciarlo, pero yo temía armar un escándalo y que no me creyeran. Temía que me dijeran que era mi culpa.
     La versión de Emma coincide con la conversación grabada con Gloria Pita, la esposa de Succar, quien amenaza a la joven, en caso de que persista en su denuncia contra éste, con «mostrar en el juicio esos videos». Lo curioso es que olvida que quien los grabó es Jean Succar Kuri y lo hizo cuando ellas eran menores de edad.
     Johny siempre contaba que tenía cámaras ocultas en diferentes ángulos, con el fin de hacer tomas de las relaciones sexuales. Yo lo vi porque las guardaba en su computadora portátil personal marca Sony, así como en su caja fuerte, que estaba en el tercer piso de la villa de sus hijos, en su domicilio ubicado en Villas Solymar. Había otra caja fuerte en su recámara, localizada en el segundo piso. Él me mostraba fotografías, videos y minivideos digitales grabados para su morbo personal y el de otros. Este material pornográfico con escenas sexuales entre niños y niñas, con él y con otros, era enviado por internet a otras personas, entre ellas Gloria Pita. Toda esta situación era conocida por su esposa Gloria, alias «Ochi». Ella posee todo el material pornográfico en Estados Unidos, en su casa de Los Ángeles, California. Mucha gente sabe que Ochi es experta en computación y arma páginas de internet súper rápido.
     Emma declaró todo esto ante la Procuraduría de Justicia del Estado y posteriormente ante el ministerio público federal de la PGR. Además, sostuvo frente a su abogada y agentes de la PGR: Y me consta, sin temor a equivocame, que Jean Succar ¡(un contacta también a otras niñas en Estados Unidos para poder incluso intercambiarlas con los señores Alejandro Góngora Vera, con Camel Nacif —a quien también sé que le agradan los niños—, así como con Miguel Ángel Yunes.
     La declaración de la víctima ante la Procuraduría General de la República termina con una frase determinante por los nombres que recién menciona.
     Hasta ahora es cuando puedo hablar con conciencia plena de la gravedad de los hechos, ya que me encontraba presionada y amenazada en el aspecto psicológico. Por tanto, si algo me llegase a suceder a mí, o a mi familia y mis conocidos, acuso desde este momento al señor Jean Thouma Hanna Succar Kuri, alias «Johny», así como a sus familiares, ya que he recibido llamadas amenazantes
     A partir de esta denuncia comenzó a evidenciarse la existencia de redes de corrupción policíaca y se abrió un nuevo capítulo en la historia de Quintana Roo.
     A principios de octubre la maestra Paulina Arias se reencontró con Emma y le preguntó sobre los avances de la abogada Acacio. La joven le informó que no sabía nada al respecto. En su apasionamiento por la causa, la maestra le dijo a Emma que era buena amiga de Leidy Campos, la subdirectora de Averiguaciones Previas de la Procuraduría de Justicia del Estado, y que la llevaría con ella de inmediato. De manera conjunta Paulina Arias y Leidy Campos planearon una estrategia frente a Emma.
     El 23 de octubre de 2003 Emma ratificó su primera declaración contra Jean Thouma Hanna Succar Kuri. Era octubre y, con sigilo, la AFI investigaba al acusado en Cancún. Mientras tanto, el gobernador de Quintana Roo, Joaquín Hendricks Díaz, se hallaba fuera del país.
     La procuradora de Justicia, Celia Pérez Gordillo, tenía conocimiento del caso y lo confió por completo a Miguel Ángel Pech Cen, subprocurador de la zona norte, y a Leidy Campos Vera.
     Según confirmó la propia procuradora, les autorizó a grabar un video y conversaciones telefónicas entre Emma y Gloria Pita, la esposa de Succar Kuri. Durante las grabaciones la primera estuvo acompañada por la autoridad.
     En esos días, mientras en la procuraduría Leidy Campos Vera conformaba el «primer expediente» en la investigación del caso Succar por abuso sexual, la AFI seguía sigilosa las pesquisas solicitadas por la abogada Acacio. Ni Leidy, ni la maestra Paulina, ni siquiera Emma, imaginaban que este asunto pudiera estar relacionado con el crimen organizado.
     En tanto la procuradora Pérez Gordillo calificaba como falsas las declaraciones de la abogada Acacio y de las organizaciones no gubernamentales sobre la intervención de la Agencia Federal de Investigaciones en el caso Succar, esta última dependencia presentaba ante Rafael Macedo de la Concha el primer oficio, el AF1J4426/2003, cuyos resultados expresan —además de la investigación sobre las líneas telefónicas de las villas 1,5 y9 del Hotel Solymar, propiedad de Succar Kuri— lo siguiente: se giró oficio a la Agencia Federal de Investigaciones con la finalidad de que se sirva ubicar a nivel estatal y nacional el domicilio exacto de Félix Díaz, Camel Nacif y Miguel Ángel Yunes toda vez que como se desprende de la declaración ministerial de una de las víctimas estas personas también sostenían relaciones sexuales con menores de edad. Se recepciona igualmente oficio AFL’430912003 mediante el cual la Agencia Federal de Investigaciones informa que Jean Touma Succar Kuri salió de esta ciudad con destino final a Los Angeles, California, ocupando el asiento número 1 A viajando con un solo equipaje a bordo del vuelo 920 de Mexicana de Aviación. (Sic)
     La Procuraduría de Justicia tuvo en sus manos, por más de quince días, un video en el que Succar confiesa su afición por tener sexo con menores y declaraciones suficientes de las niñas víctimas sobre un delito que se persigue de oficio y, sin embargo, el pederasta salió de Cancún sin que un solo policía lo detuviera en el aeropuerto.
     Un testigo, muy cercano a Jean Succar, asevera que al día siguiente de que se abriera el expediente por la denuncia presentada por Emma, el mismo Miguel Angel Pech Cen, subprocurador de Justicia, llamó a Jean Succar para avisarle que lo acusaban de abuso sexual infantil y corrupción de menores.
     Por eso Succar, su esposa Gloria y su hijo Jerry —de dieciocho años de edad— sabían de la denuncia y llamaron a Emma para incitarla a desistir. Pero ¿qué motivaría al subprocurador a ponerse del lado de un delincuente?
     La propia declaración de Jean Succar a su defensa lo explica. Según él, puede probar que la esposa de Pech Cen —abogada al igual que su marido— era administradora del condominio Brisas, un edificio vecino a las Villas Solymar.
     Succar conocía bien al matrimonio Pech, pues les había contratado como litigantes en varios asuntos administrativos. «El Johny» sostiene que una tarde se encontraba en el balcón de una de sus villas que da al mar y al condominio Brisas, cuando observó a tres sujetos que peleaban en un balcón del tercer piso de dicho condominio. Eran dos guardias de seguridad privada y un inquilino rabioso.
—De pronto —dice—, el sujeto cayó del balcón y murió al impactarse en el piso. Yo llamé a Pech y le dije que los guardias de seguridad habían empujado a un sujeto y que estaba tirado en el piso. Él me agradeció la información y poco después llegó su esposa; ella y los guardias levantaron el cuerpo, limpiaron todo y desparecieron la evidencia. Nunca llegó la policía y nada se supo públicamente.   Desde entonces, Miguel Angel Pech me debía el favor de mi silencio; por eso me llamó, para saldar su deuda de honor conmigo.
     Esto le permitió a Jean Succar preparar su defensa con el abogado Sidharta Andrade, quien, con el despacho de su padre, Gabino Andrade, comenzó a defender al libanés, aunque por un corto tiempo.

Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil
Lydia Cacho
Debolsillo, 2005.

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POESÍA Escribir en las hojas del otoño | Isela Vázquez González



Me dan ganas de escribir
                                        en las hojas del otoño
–aquellas que están en el tierra–;
sembrar un árbol literario,
contar una historia de arena y sangre.

De escribir me dan ganas.
Hallar significado en los sueños
que reposan entre sábanas y almohadas.

Viajemos.
De la alcoba al pavimento,
del pavimento al bosque,
del bosque al corazón que reposa.

Con nervios de tinta y hielo,
llegar a nuestras almas.

Me dan ganas de escribir
en las hojas tibias de los desvelos.


=
Isela Vázquez González (Ciudad de México 19 de Junio de 1992).


Imagen de dominio público o que posee licencia Creative Commons. 


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CULTURA DIGITAL El dinosaurio elegante o la nomenclatura de lo ¿existente? | Nadia Contreras



Llego por azar al libro El dinosaurio elegante, Dinocciario del elangua I (Poesía y collage, Acorazado, 2014) de Quino Romero. Un libro divertido, sugestivo, lúdico. Está compuesto por 40 ilustraciones alteradas, su consecuente nomenclatura y la misma cantidad de poemas inspirados en esos collages. El dinosaurio, advierte su autor, no tiene otra pretensión que el ejercicio “y entretenimiento del apéndice y las orejas. Collages a mano y tijera y retocados digitalmente”. Pienso en muchos libros así: imágenes alteradas, poesía, nuevos seres, monstruos, bestiarios.

Lejos de la tecnología, como recurso novedoso en este tipo de metamorfosis, tenemos en Hispanoamérica libros fundamentales: Manual de zoología fantástica (Argentina, 1954) de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero (Argentina, 1954); Bestiario (México, 1959) de Juan José Arreola; Álbum de zoología (México, 1985) de José Emilio Pacheco (México, 1985) y Bestiario doméstico (México, 1992) de Brianda Domecq. Quino, usa de manera mínima los recursos digitales, para dar vida a sus seres que no sólo son animales, bestias, si no elementos de la vida cotidiana, la música, la naturaleza misma.

El collage y la poesía, en este libro, son un mismo laboratorio donde, además de investigar la disciplina en sí y el lenguaje, se rompen las fronteras de los géneros para dar vida a otros. Es éste el principio de El dinosaurio elegante. Las ilustraciones, recogidas del Diccionario Anaya de la Lengua, una vez trasmutadas, dan vida a nuevas “especies” cargadas de ironía, sentido del humor que, en palabras de Lauro Zavala Alvarado, señalan “la naturaleza paradójica de seres que, sin ser completamente humanos, exhiben, a la manera de fábulas sin moraleja, las contradicciones de la condición humana.” Especies, que en la parte última del libro, son conceptualizadas. Entre otras definiciones, las siguientes:

*
Clarifante: de clarinete y elefante
m. Instrumento animal de viento.

*

Patete: de pato y chupete
m. Nombre común de diversas especies de piezas de goma anseriformes en forma de pezón, cuello corto y patas también cortas y palmeadas, que se ponen en el biberón o se dan a los niños para que las chupen.


*
Circufaz: de círculo y antifaz
m. Superficie limitada por la circunferencia que se cubre la cara, especialmente la parte que rodea los ojos.

Esta propuesta de Quino Romero, diseñador gráfico de profesión, licenciado en filosofía y aficionado a la poesía, va muy de la mano con los proyectos en línea: Acorazado y ProyectoGenoma Poético. El primero, un portafolio donde muestra sus trabajos: la poesía, el diseño gráfico, el collage, la fotografía, etc. El segundo, junto con Carlos G. Torrico, es una iniciativa sin ánimo de lucro de la Asociación Cultural Libre Configuración (datos sociales y enlace) que surge como marco de referencia para diferentes proyectos experimentales de co-creación poética. Proyecto Genoma Poético (PGP), como forma de trabajo trans-individual tiene la intención de crear comunidad o redes colaborativas de trabajo mediante proyectos, abiertos a grupos de participantes, que refuercen el carácter más lúdico y experimental de la poesía.

La invitación de PGP es muy clara: “Aminoácidos, cadenas polipeptídicas, enzimas, sustratos, células, cromosomas, ribosomas, moléculas, ADN y ARN dan vida a PGP. En el cocktail genopoético está la esencia del hombre. Para lo bueno y para lo malo. Por qué no investigar la estructura de una metáfora, por qué no estudiar las relaciones de unos géneros con otras categorías, por qué no intentar aislar en un haiku la sensibilidad poética de diez personas. Por qué no un diccionario poético con infinitas entradas. El ser se dice de muchas formas y una rosa no es sólo una rosa. Arriba los microscopios…”. El dinosaurio elegante, es ese microscopio arriba. Estas son algunas de sus imágenes; una muestra simbólica de los seres que habitan el otro mundo de los sueños.


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Texto publicado en revista La vereda y Cultograma 
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TEXTOS CARDINALES La cañada del principio | Eraclio Zepeda


La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas. todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio.

Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.

El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas.

—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el coronel al señalar los apostaderos.

Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban con los dedos cruces sobre la boca del cañón.

La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella prepararon lo necesario.

La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acesante. Seis pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.

Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres. Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.

—De esta no se pelan ¿verdad?

—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del hombro, caminaba a su lado.

—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar la ametralladora.

—Voy señor.

Neófito se acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando. Ahora, a las seis de la mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina, reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos. la suave presión que ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y encendió un cigarro.

—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.

—Que hubo... — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse con la luz que empezaba a iluminar la cañada.

— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a, mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el viejo...

—¿Cuál viejo?

—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo ansina.

—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.

—¿Los soldados? ... sepa la bola. A lo mejor de aquí es la misma cuenta.

—¿Los acabaremos?

— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza ¿Qué, andas ciscado?

—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.

—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde colocar la bala.

—Ojalá vengan pronto. —¿Es el bautizo? —¿Cuál...?

—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano? —Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.

—¡Ah!... No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle plomo; y a luego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que termine el agarrón.

Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.

—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?

—Acabo de entrar a dieciséis.

—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás? —Neófito Guerra, servidor.

—¿Guerra? ... Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia. —¿Por qué?

—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda. —Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola...

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.

El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada. Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.

—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.

Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca.

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre... mataron a mi papá estos hijos de su madre... mataron a mi...

"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por acá María, cuando sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate, me dijo. El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando, nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna. Yo lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino a contar una vieja amiga de su padre.

Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició de nuevo su carabina.

—Oí chamaco... vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio. —Dígame...

—¿Le cargás odio a los pelones? —Imagínese...

—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera...

Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su carabina.

—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.

—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.

—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre. —No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...

—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por gusto?

—No, sí. Y por eso es que estoy aquí. —¿Pos entonces?

—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me  entre la tembladera y...

—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran. —Sí don Augurio, pero...

—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten jediendo a podrido.

Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad del viejo le entrara por los dedos.

—Qué... ¿entuavía no te convences?

—Sí don Augurio.

—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá en San Bartolomé de los Llanos.

—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de pelada?

—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.

—Pero ¿y si nos toca?

—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas danzas no queda otra.

Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.

Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres. Volvió a palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio. Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz en la carabina y se rió satisfecho.

El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.

De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.

—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de todos los hombres. Era la señal convenida.

Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido. Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.

El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él, Augurio Paz, para balacear a los federales.

—Ora sí chamaco; ya llegaron los jijos.

—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua. —¿Entuavía dudas? Neófito negó con la cabeza.

—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.

Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.

Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó al idea pensando que un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...

Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban, con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados cayeran en la trampa.

Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados que ahora vigilaban las paredes.

Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las pisadas aumentó.

Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.

El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.

—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.

Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.

Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente. Recordó al viejo y volteó la cara.

Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.

—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quiso repetir la mueca pero no consiguió dibujarla.

La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.

Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por temor de indicar su presencia al enemigo.

La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado. Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.

Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos; con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias temblorinas.

—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto, estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos momentos; decididamente el viejo no podía hablarle.

Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenia mordida para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados, para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le había hablado.

De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a rastras, buscaban un refugio.

El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.

Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera evitarlo. Empezó a llorar.

Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió; volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.

Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.

—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos... ¡Heya, chamaco!

Neófito no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya mero, se decía midiendo los últimos peñascos.

El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la lanzó a lo lejos.

Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo. Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.


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Eraclio Zepeda Ramos (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 24 de marzo de 1937–Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 17 de septiembre de 2015) escritor, poeta y político mexicano.

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POESÍA | #Sismo1985 Variaciones sobre el cuerpo destruido | Nadia Contreras


Hoy se cumplen 30 años del terremoto que sacudió la #CDMX. Me uno a la memoria compartiéndoles este texto que aunque no fue escrito en la fecha, sí se refiere a un suceso similar, en la ciudad de Colima. Este poema forma parte del libro Memoria en movimiento: Testimoniales lingüísticos, literarios y visuales sobre el sismo del 21 de enero de 2003 (Universidad de Colima, 2003).


Otro cuerpo me viste  / en la ciudad del 21 de enero / hecha pedazos

Dicen “levantar escombros”
                      “Reconstruir”

                                 
                                               ¿Dónde empiezo?


Abro la piel / desnudo el hueso del alma


                               ¿Los recuerdos?


¿Me dejo caer hasta el fondo?
Treinta y cuatro días después
mi casa es la misma
los libros
mi boca ausente de besos

                                    El agua del grifo fluye… ¿Qué debo hacer?

(¿Cuándo me perdí?

¿Quién dijo “nacerás” y desperté a la mañana en sombras?)


El sabor seco de la piedra
No llueve
no cantan los pájaros


                                                 Vibra la tierra en el primer instante
              Falta la luz / el cimiento de las casas
                          / falta la vida
                                       

Treinta y cuatro días después qué pájaro inaugura la mañana. Quiero una montaña, un viaje muy largo, un jardín para mis flores.

                                                 Recuperar los nombres escritos

Mañana partirán aquellos hombres /partirán con sus grandes máquinas
                           

                         Asaltaron las calles /  limpiaron el escombro / las lágrimas / limpiaron la noche        
                                                                                      de la tristeza


La ciudad ¿será otra?

Y yo siempre repetida.


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POESÍA Bifurcación de la materia | Wilberth Alejandro Rejon Huchin


I

Serpientes se incrustan en la luz,
forman la niebla sobre el círculo de astros,
argollan los pómulos en la espuma de la carne
que se extiende a la raíz del espacio.


II

Un signo se decanta en la migraña de las aves.
Al tamaño de una gota que cae 
se forma la memoria habitando el espejo
donde viaja el estupor.
Ígneos organismos disuelven el páramo:
vierten la piel en el arco de las almas.


=
Wilberth Alejandro Rejon Huchin. Nació en Mérida, Yucatán, México, el 18 de mayo de 1997. Ganador del primer lugar en el X y XI concurso estatal de poesía de los colegios de bachilleres de Yucatán. Participo en el XXIII encuentro académico de jóvenes escritores realizado en Huatulco, Oaxaca, en el 2014. Ha publicado en distintas revistas digitales de literatura, entre ellas: Cinosargo, Bistró, Literatura y poesía, Hijos de marzo, Válvula magazine, El grito literario, Escritores por escritores, Monolito, A buen puerto, Letras en rebeldía, entre otras.



Imagen de dominio público o que posee licencia Creative Commons. 


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RELATO La puerta | Jorge Jaramillo Villarruel



Le dijo que iba a sacar dinero del cajero para pagar la cuenta. Eso fue una hora antes y ella seguía esperando. Era una de esas mujeres demasiado bonitas que parecen haberse acostumbrado a que los hombres hagan todo por agradarles, pero esta vez las cosas no habían resultado como esperaba.
            Había pocas personas, el ambiente era íntimo y cálido. Desde la protección de un libro de Oscar Wilde, observé la acción. Él no llevaba dinero, y supuestamente fue a retirar efectivo del cajero; ella esperó confiada y aun pidió otro café, sin ver que la habían dejado colgada con la cuenta. Pobre chica.
            Cuando hasta para ella fue obvio que su acompañante no iba a regresar, le llamó por teléfono varias veces, sin recibir respuesta. Luego, comenzó a revolver nerviosamente su bolsa, esperando que de la nada apareciera un billete, que dios en su infinita inexistencia y bondad se compadeciera de ella y le hiciera un envío de dinero celestial. Por supuesto, nada de eso ocurrió, y ella ya no sabía qué hacer.
            Me puse de pie y me dirigí a su mesa. Ella no me vio hasta que me incliné para decirle al oído:
            —¿Quieres que pague tu cuenta?
            Me miró incrédula. Trató de negarse pero las palabras no le salían. Al final, como no tenía opción, aceptó mi oferta, deshaciéndose en agradecimientos.
            —¿Vives lejos?
            Guardó silencio.
            —Lo pregunto porque si no tienes cómo irte, yo te puedo llevar.
            Como no queriendo la cosa, aceptó. Pagué su cuenta y la mía, no dejé propina, salimos del establecimiento y fuimos en busca de un taxi. Mientras lo esperábamos, le pregunté si aceptaría tomarse una cerveza conmigo.
            —Sí, la verdad me gustaría una cerveza bien fría —reconoció, y por cerveza fría nos fuimos.
            Resultó ser una buena bebedora. Después de dos horas, perdí la cuenta de cuántas llevaba ella (yo siempre me tomó trece, es mi número de la suerte, y nunca pierdo la cuenta; con trece cervezas llego a un estado en el que siento la cabeza completamente vacía y fresca, y los recuerdos de todos mis problemas, que no son los peores pero existen y me agobian, desaparecen, y soy feliz). La plática era agradable, aunque intrascendental. Me contó que estudiaba diseño gráfico, que quería ser modelo, que no le gustaba leer pero admiraba a quienes sí lo hacían, aunque aceptó haber leído algo de Oscar Wilde.
            —El abanico de Lady nosequé.
            —Windermere.
            —¿Qué?
            —El abanico de Lady Windermere.
            —¡Ah! No sé, no me acuerdo. Lo leí en la prepa.
            »Lees mucho, ¿verdad?
            Solté una risita y dije: “Sí, algo”.
            Yo estaba un poco borracho. Ella, más. Comenzó a quejarse de su arraigada mala suerte con los hombres. Mencionó que al “culero que me dejó con la cuenta” lo había conocido en Tinder, y que se habían visto por primera vez esa tarde, en el café. Debía de estar desesperada para buscar el amor a través de una aplicación para citas. Ella parecía triste, pero sobre todo decepcionada. Me imaginé que el tipo se dedicaba a estafar así a las mujeres. Luego la vi a ella con más atención, y pensé que además de estafador, el cabrón era puto.
            Después de las chelas, fuimos por unos tacos a san Juan de Letrán. ¡Qué buena suerte! Habían bajado de precio. Nos echamos cinco y cinco, con agua de jamaica gratis. Todo iba muy bien, ella se mostraba cada vez más franca y abierta, digamos que se sentía en confianza. Incluso se reía con fuerza y me ponía la mano en el brazo, como lo hacen los viejos amigos.
            —¿Me llevas a mi casa? —preguntó con coquetería, guiñándome un ojo.
            —¿Dónde vives?
            —Acá, en Isabel —al decirlo, me tomó del brazo y me condujo unos pasos en la dirección correcta.
            Isabel la Católica no quedaba lejos, podíamos caminar y eso fue lo que hicimos. Sí, caminamos lado a lado, ella tomada de mi brazo, protegiéndose de un frío imaginario. Era una noche clara, al andar por esas calles viejas, bajo la luz amarilla del alumbrado y con la luna en cuarto menguante como telón de fondo, comencé a sentirme romántico, como no me pasaba desde los dieciséis años, cuando todavía me enamoraba, antes de aprender a las malas que el amor no existe, conocimiento que comenzaba a cuestionar en ese momento.
            Puse mi mano libre sobre la suya, la que llevaba colgada de mi brazo. Ella notó el contacto, lo supe porque al momento apoyó su cabeza en mi hombro, indicándome que había hecho bien. Esto me obligó a caminar erguido, pues no era yo mucho más alto que ella. Tiendo a caminar ligeramente encorvado, pero esa noche no me importó hacer el esfuerzo de llevar la espalda recta y hacerme notar.
            Nuestros dedos se entrelazaron, nuestro andar se hizo más lento. Ya no hablábamos tanto, ella parecía cansada, pero contenta. Nos lanzábamos miradas furtivas, acompañadas de sonrisas. Yo gozaba cada segundo de ese paseo nocturno. De noche, la ciudad se transforma, y nosotros con ella. Y esa noche, yo no quería que llegara el amanecer. Por mí, que el sol se hubiera ido para siempre, o que el tiempo se hubiera detenido. El momento era ideal. Hice lo posible para prolongarlo indefinidamente, ralentizaba mi andar y el suyo, me detenía, señalaba detalles en los árboles, en las paredes, en las estrellas. A ella no parecía importarle, tampoco parecía tener prisa por llegar.
            Unos metros más adelante, justo debajo de un poste de luz pálida, de un melancólico tono verde, de ésos que ya quedan muy pocos y que provocan una sensación de vacío en las tripas, ella se detuvo en seco y se puso frente a mí. Nos tomamos de las manos. Nos miramos a los ojos, en silencio, yo esperando el instante supremo, inminente del beso. Sus labios se abrieron lentamente, su boca se acercaba apenas perceptiblemente a mí.
            —Aquí vivo —dijo, señalando una puerta—. Gracias por acompañarme, por pagar mi cuenta.
            Me besó apenas rozando la mejilla, dijo “¡bye!” con voz alegre, y desapareció antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar.


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Jorge Jaramillo Villarruel. Colaboró en Bolivia tres punto cero con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de las antologías de cuento The best of spanish steampunk (Nevsky) y minificción Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones. En los próximos meses, saldrá a la venta su libro de cuentos Amor y cohetes. Su blog es https://amorycohetes.wordpress.com/


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POESÍA Batman | Genkidama Ñu


tallo
templo
paraj tatímanai nanai     maní naní
pa ra lá       par a le ni tá       na dé ni tán      a dir arán       a deraan dá       ra ma ní       zar a tús       o pe ec tú      vac o vac a túm       ter a ter o lí       ica ter o   t
                                                                                   r a m                a
                                                                       a m                  a                      r          
                                                           a y                   a                      n
                                                                       a
                                                                       c                      m
ho h gar damú han ú man
hi h ma la y yayar o vní
alei lal alei ta
vai ta sin a vai ta shift a shiv
laik a ni
a nan i ná
ni
ata h yo g ri avve sog a
lai da lem va í
lal alí tongó
alí




c                                     b                                           a                             d                            a
                                   vt                                    r
                                   ro                                    i
k    a
r
m    a
s
u    t
r
a
a
alpa rinci peio
elma reina vali
uma vanya ter
at uma supa ter
at supa ipse ter
daema
daroma
ruh iinda
vaa za úc a
zuntu a lav a
chag man cham
tu chut et pag o gam
chag tu chut tu man tu mag
tu chut
e
x c
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i o n
ler
par
mer
cer
per
nar



es
mes
nemes
nemesis
jecnemenst
sorsoyargensatan
fue vol go vera       can na cer bis       co Ra me n Zar son       per Ka ta Ra fo ta
mipa estria teca toc sego juso cora quera labo cama iser tom i der mis
mal eo lam ozam arial ver it ar ad naus seam
sodot sodot deli rama lada man
hunos zar orta urte
giro sima gayo
gi ter
ciel
o
re
ci
cl
aa
m
ho
aa
m




nanca nanda anve
nanca nanda vune
nnaco nures limo
acnun nive nivo
consttalapino
ghiracndega
dorelinngra
manjah
tana
tan
an
n
bo
rra
cho
sabur
hidoiqa
uasoruges
onsopadana
onsopaadán
sorgensoyar
sortsasatroa



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GENKIDAMA ÑU (CIUDAD DE MÉXICO, 1992) Poeta y alquimista. Editor de Niño Down y organizador del festival Game Over. Publicó RQUIEM (Niño Down, 2011), Ghetto (Ediciones Mantra, 2015) y El Idiota (Editorial Ojo de Pez, 2015). Así mismo, ha participado en las antologías de poesía: Tigres del Porvenir (Colección Editorial El Zócalo, 2007), Poemas hechos por chicos mexicanos para almas imaginarias (Red de los Poetas Salvajes, 2008), PenayMuerte (Red de los Poetas Salvajes, 2009), Pero Odio la Poesía (Tegus Cartonera, 2011), Los abisnautas (Editorial Artesanal / [Radiador], 2012), Alt Lit Cityscapes (Alt lit, 2012), Poesía para el fin del mundo (Kodama Cartonera, 2012), Siempre Fiel (Catafixia Editorial, 2012), Notas de atar (Jazztival Michoacán, 2013).



Foto tomada del sitio personal del fotógrafo Jesús Tébar.


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