CRÓNICA La rutina | Jorge Jaramillo Villarruel


¿Que por qué te haces esto? Buena pregunta.

Todos los días te levantas cuando aún estás cansado y te vas al trabajo. El transporte público es una auténtica tortura. El microbús viene atestado y la avenida resulta intransitable. No importa si hay rutas alternativas, todas ellas son igualmente imposibles de recorrer. Digamos que puedes pagar un taxi, por lo menos hasta el metro. Cincuenta pesos, sesenta, según el humor del taxista en turno y con quién haya llevado a que le alteraran el taxímetro. Viajas cómodamente, al menos para los estándares del transporte de tu ciudad, lo que en la práctica significa que vas sentado y nadie te mete el codo en las costillas. Pero nadie puede pagar taxi todos los días. No con estos sueldos. Además, ir sentado sería el único beneficio, porque el taxi circula sobre las mismas avenidas que los microbuses, o sea que tampoco podrá avanzar. El microbús al que te subiste tiene asientos de poca altura, y el espacio entre un asiento y el de enfrente es tan reducido que no podrías ir sentado, aunque hubiera un lugar disponible. Son asientos para chaparros, para personas de metro y medio de altura, máximo. Por la noche, el microbús no lleva luces interiores, no es posible leer. La opción que queda es ponerte los audífonos, pero las cumbias o el reguetón que escucha el operador a cien mil decibeles, se filtran por tus chícharos de veinte pesos (no te alcanza para más) y no escuchas ni madres.

Pasan los minutos, los baches, los semáforos. Lo único que se agota y no puedes recuperar es el tiempo. Todo lo demás, los bocinados, los gritos, hasta las canciones vulgares e idiotas que se te meten al cerebro por más intentos que hagas de bloquearlas y dejarlas fuera, jamás se termina.


Has llegado al metro. El metro es un lugar difícil. Los trenes tardan en pasar, y cuando llegan, vienen llenos. Sólo consiguen abordar dos o tres personas en cada parada, cuando mucho. No es suficiente, hay unas doce o quince esperando abordar en cada puerta. En algunas estaciones, pueden llegar a ser cien. Los más listos, o más bien los menos educados, te empujan, te meten el pie o los brazos para impedirte el paso, mejor ellos que tú, piensan, y ahí van, cuando el metro se marcha. Y tú te quedas. Hay que esperar otro tren. Cinco, siete, doce minutos. Ahí viene al fin. Con un poco de suerte, has conseguido colarte al interior del vagón, pero las puertas no cierran; hay que esperar a que aquel gordo logre meter la panza, o a que ese asalariado trajeado meta los zapatos de medio metro de largo (quizá para compensar los diez centímetros de largo de allá abajito, piensas para aligerarte el disgusto). Aplastado contra el vidrio de la puerta, viajas mirando a la nada, recibiendo empujones y el odio de los demás viajeros. Te queda el consuelo de que el sentimiento es mutuo. Si tuvieras un genio de los deseos, en ese momento todos los pasajeros, excepto tú y quizá aquella muchacha de lindos ojos, caerían muertos.

"Por su seguridad, la marcha de los trenes será lenta". Siempre es lenta, pero con la lluvia, se pone peor. La gente es cobarde, le tiene pánico a la lluvia. Cuando llueve, todo es un poco peor. O mucho. Los trenes se hallan en tan mal estado que si aceleraran por encima de los tres kilómetros por hora, podrían perder el control y salirse de las vías, matando a cientos de personas, lo que no estaría tan mal si no fueras tú en ese tren.

Llegas al trabajo un poco tarde, todos llegan siempre un poco tarde. La amenaza de perder el trabajo no es suficiente para acudir a tiempo. La puntualidad es imposible en una ciudad así. No a estas horas.

Otra jornada inicia. Más plática vacía con unos compañeros de trabajo tan idiotas como para comprender de lo que hablas. Se necesita a alguien como tú para compartir la emoción de descubrir que las palabras sobresdrújulas no siempre llevan acento. ¿No siempre? En la primaria te enseñan que sí, pero ahora que te has librado de la secretaría de educación, descubres que no, que eso era mentira, que hay excepciones y jamás te lo dijeron porque te consideraban demasiado estúpido para entenderlo, o a la información demasiado irrelevante como para transmitirla, o simplemente tus profesores eran tan ignorantes que no lo sabían. ¿Qué más te enseñaron que resultó no ser verdad? ¿Qué otra cosa pensaron que no podrías entender y te lo negaron? ¿Qué verdades ignoraban ellos? No hay forma de saberlo. Y en un trabajo de sol a sol, no queda tiempo para averiguarlo. Cuando hay horas muertas, estás tan agotado, desanimado y deprimido, que ya no te importa. Has abandonado tus sueños, los has vendido por un par de salarios mínimos, con la esperanza de que en el futuro las cosas mejoren. Pero, hay que creerlo, no mejorarán. Tal vez seas uno de esos pocos afortunados que consiguen un trabajo con un sueldo un poco más alto, o un horario un poco más corto, o una ubicación un poco más cercana, pero lo más probable es que te quedes con el resto, rumiando el deseo de un futuro que no llegará.

El jefe es un pendejo, no cabe duda. No sabes cómo logró ser jefe. O sí, sí lo sabes. Con el dinero de alguien más, explotando a algunos que, como tú, necesitan de esos pocos centavos para librarla por unos días, hasta la próxima quincena. Para abusar de ti y de todos, no salió tan pendejo. Pero para las cuestiones técnicas del trabajo, es casi un retrasado mental. Sólo dice pendejadas. Y cuando las cosas salen mal, se lava las pinches manos diciendo que "ustedes la cagaron, no yo". Con esas ganas de mandarlo a la mierda, te vas a comer. Todo está muy caro en esta zona, así que siempre traes algo de casa. Buscas un lugar cómodo dónde sentarte, pero todos están ocupados y terminas tomando tus alimentos en tu área de trabajo, ese pequeño espacio que se ha convertido en casi todo tu mundo. Ya ni siquiera te asomas a la ventana. ¿Para qué? Sabes lo que verás. Un edificio de oficinas, y en el interior, personas que ya nunca miran por la ventana.


Te sientes terrible. Estás cansado, quisieras dormir, vas por otro café. No te quita el sueño, y en realidad no te gusta, preferirías un agua de frutas o un licuado de plátano, pero te da algo que hacer, en qué perder un poco el tiempo, tímida venganza de oficinista. El trabajo es rutinario, no implica emoción alguna. Varios compañeros fingen disfrutar lo que hacen pero no se esfuerzan demasiado en parecerlo. Tú no los juzgas ni los culpas. Es como cuando viajas en el metro y te imaginas que eres prisionero de guerra rumbo a los campos de exterminio sólo para no darte cuenta de que estás ahí por tu propia voluntad. Es lo mismo. No hay diferencia.


Al salir, quince minutos tarde, sientes el desánimo causado por la conciencia de volver a realizar la travesía diaria del trabajo a la casa. El transporte lleno, la gente grosera o abusiva, el ruido, el tedio, la lentitud, la imposibilidad de leer, la imposibilidad de escuchar buena música, la imposibilidad de relacionarte con nadie, la imposibilidad de huir. Perdido en un bosque de rostros. Todos son iguales, pero todos son diferentes. ¿Qué podrías tener en común con el señor aquél que se esfuerza por que no se note que lleva un peluquín? Nada, sólo el infierno, y eso no es un buen tema para entablar una conversación. "Buenas noches, ¿y a usted quién le jodió el día?" No, así no se puede. Así no.

Finalmente, llegas a tu casa. Cansado y sin tiempo. Sólo te quedan unos minutos que usarás para cenar, para hablar con tu esposa o tus hijos. O quizá ellos ya estén dormidos. Y por la mañana no te atreverías a despertarlos, pobrecillos.

Te sientas a cenar. Comes solo y en silencio. Tu mujer ya había cenado antes. A veces sospechas que sólo te lo dice para que no te preocupes, pero no lo piensas demasiado, ya no te quedan fuerzas para ello. Se sienta frente a ti y te mira. Sabes que algo la perturba. No quieres que lo diga, no quieres más preocupaciones en tu vida, quieres acostarte y dormir y no despertar jamás. "La maestra de Jorgito me mandó llamar". Era inevitable. Ella está todo el día trabajando en casa, lidiando con los problemas propios de mantener un hogar y la crianza de los muchachos. Ella necesita alguien con quien hablar, alguien en quien apoyarse. Te necesita. Y tú la necesitas. Tal vez deberías contarle tus problemas. Quizá no sea una buena idea, después de todo, pues a pesar de todos los años y caídas, o tal vez debido a eso, la quieres, y prefieres ahorrarle el fastidio de hacerla escuchar cómo Gutiérrez se llevó el crédito de una idea que tú pensaste o que en el baño alguien se está robando el papel y tuviste que comprar un rollo de tu bolsillo porque recursos humanos no te escuchó. No, ella no necesita saber nada de eso. Mejor que te cuente qué pasa con Jorgito.

Te acuestas. Cierras los ojos y sientes cómo te vas quedando dormido. Un instante después, despiertas. La noche se escurrió por las manecillas del reloj en un breve momento de distracción. No has conseguido descansar, ojalá pudieras envolverte de nuevo en las cobijas y quedarte ahí hasta tarde. Pero no puedes hacerlo. ¿No puedes hacerlo? ¿Por qué no? ¿Qué te lo impide? Pero no. Sabes que no lo harás. Y en lugar de ello, volverás a realizar la travesía de todos los días, con el microbús lento, el metro atestado, la oficina tediosa, el regreso agotador, el sueño insustancial. Y ahí, en medio de todo ese infierno, volverás a preguntarte, en silencio, casi sin prestarle atención a tu pregunta, por qué te haces esto cada día de tu vida.

Pero esta mañana ya tienes una respuesta. Miras el rostro tranquilo de tu esposa mientras te plancha la camisa. Ves las caras de Jorgito y Luisita, que duermen ajenos a todas las tragedias del mundo, ves esa casa que les ha costado tanto trabajo y años levantar, y la respuesta suena en tu cabeza: Lo haces porque los amas.


Jorge Jaramillo Villarruel es psicólogo, corrector de estilo y escritor. Colaboró en Bolivia tres punto cero con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones, y ya prepara su siguiente libro, de cuentos. Su blog es Amor y cohetes, y también está en Twitter, vía @UnEteronef.

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