CUENTO Muñeca | Arturo Flores Martínez

El hombre frente a ella era alto, tenía un corte de cabello tipo militar y la cara llena de cicatrices de acné. Se quitó de la boca el cigarrillo y dejó escapar el humo directamente en el rostro de Angélica, haciendo que cerrara los ojos por el ardor que le produjo. 
Angélica estaba esperando sentada en una banca del parque con la mirada fija hacia la calle. Los árboles estaban desnudos y los pocos juegos que había no funcionaban. Un columpio colgaba de un lado sostenido por una cadena mientras la otra yacía en el suelo, el roce del viento lo hacía moverse suavemente, produciendo un rechinido ensordecedor.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, su pierna empezó a moverse al ritmo grave de su respiración, su cuerpo se puso tenso y su corazón se aceleró. Empezó a transpirar frías gotas de sudor que como un río descendían sin control por su rostro. Sacó del bolsillo un pedazo de servilleta y lo pasó por la frente. Sus manos temblorosas las llevó a su boca y pedazos de sus uñas, tiernas y delicadas, comenzaron a caer una a una al piso, víctimas del crujir de sus dientes.
El viento nocturno hizo su aparición, soplando y sacudiendo con más fuerza el columpio, produciendo un sonido que hería sus oídos y aceleraba aún más su respiración. El frío le enchinó la piel obligándola a cruzar los brazos para cubrirse, ya que sólo un pequeño vestido la envolvía. Sentía un escozor en el cuerpo con esa ropa tan pegada. Por más que trataba de jalarla para cubrir sus piernas, no podía, porque arriba se descubrían sus pequeños y redonditos senos.
     Se paró y se sentó una y otra vez. La angustia tiranizaba su pecho, convirtiendo en resuello su respiración, obligándola a esforzarse más para llenar de aire los pulmones. A lo lejos, en la oscuridad, vio una silueta que se acercaba. Su corazón se asustó. La figura comenzó a cobrar forma a medida que se aproximaba y Angélica pudo percibir un rostro casi familiar, pero no se dejó llevar por las apariencias.
     El hombre frente a ella era alto, tenía un corte de cabello tipo militar y la cara llena de cicatrices de acné. Se quitó de la boca el cigarrillo y dejó escapar el humo directamente en el rostro de Angélica, haciendo que cerrara los ojos por el ardor que le produjo. Al disiparse la humareda, tras esa sonrisa de dientes chuecos y de color amarillento, pudo divisar algo macabro. Inmediatamente desvió la mirada y la enterró en el suelo. Esos ojos retorcidos la intimidaban.
— ¡Cuidadito y me quedes mal! Si es así, te juro que no te vuelves a levantar en un mes —dijo con fuerza el hombre de dientes amarillentos.
Angélica solo asintió. “Qué más me queda”, pensó. La última vez que se había dejado ganar por los nervios y el miedo, había corrido con lágrimas hacia su casa. Se sentía segura aún tras esas paredes de cartón y una puerta de madera amarrada con lazos. Había mirado con lágrimas la foto de su madre, que estaba junto a un vaso con flores de buganvilias y una veladora encendida, la extrañaba mucho y pedía que la ayudara; pero aquella foto no había podido librarla de la paliza que el hombre le había puesto.
—Párate bien —dijo él—. ¡Qué vestido tan feo te pusiste! Ni lo lavaste.
—Es el que me dio —dijo Angélica con voz temblorosa y confundida—, y sí lo…
—Ya, ya, no quiero oírte más —le interrumpió.
El hombre de dientes amarillentos le había dicho que no llevara uno de esos vestidos colorados y floreados que usaba; y para asegurarse, le había dado uno que se había encontrado. El vestido parecía más bien un fondo ralo, que alguna vez había sido de color blanco.
Una camioneta Lincoln negra de doble cabina con ventanas polarizadas se estacionó al otro lado de la calle. Cuando el hombre de dientes amarillentos la vio, se dirigió con presteza hacia ella. Mientras, Angélica se quedó parada observando, con el corazón palpitándole. Sus pensamientos estaban en Sofi, la muñeca que su madre le había regalado en su cumpleaños, y con la que hacía algunas horas había jugado, la bañó, le cambió de ropa y le hizo una trenza con su cabello rojizo. Angélica le contaba todo mientras ella la escuchaba paciente, mirándola con sus ojos grandes y azules. Desde que su madre se la dio, no hubo noche que no durmieran juntas, y cuando la mujer murió, solo con ella se sentía segura. A pesar de que Sofi era su única y mejor amiga, Angélica envidiaba que no tuviera lágrimas. Muchas veces, después de ser golpeada por el hombre de dientes amarillentos, deseó ser de plástico como ella para no sentir nada.


Pero sus pensamientos se disolvieron cuando el hombre de dientes amarillentos la llamó. Comenzó a caminar hacia la camioneta y en cada paso que daba, los recuerdos de su madre y de su muñeca se iban extinguiendo, cuando llegó a donde estaba él, ya no tenía ninguno.
La ventanilla de la puerta trasera bajó lentamente y Angélica notó el rostro de un hombre que escondía los ojos tras unas gafas oscuras. Él se asomó inclinando la cabeza y se bajó los lentes con el dedo índice. La miró de pies a cabeza detenidamente. Ella se encogió, como si tratara de esconderse, sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo y la piel se le enchinó de miedo, al grado de hacerla estremecerse. Cuando esos ojos negros y pesados terminaron de hurgarla tuvo la sensación de que su corazón iba a explotar.
— ¿Seguro que es nueva en esto? —preguntó el hombre de las gafas.
— ¡Claro!
—No vale los mil. Exageraste —dijo el hombre de las gafas—, te doy 500.
Sacó los billetes de un sobre y se lo puso enfrente sacudiéndolos de arriba abajo. Los ojos del hombre de dientes amarillentos no perdían de vista el dinero.
— ¿Qué pasó? —Dijo el hombre de dientes amarillentos—. Me han ofrecido más que eso. Además está en su mero punto, ¡cómo le gustan, tiernitas! No va encontrar otra así.
—Si no quieres, no —replicó el hombre de las gafas y guardó nuevamente el dinero en el sobre—, ve adonde te den más.
Ordenó a su chofer partir y empezó a subir la ventanilla. El hombre de dientes amarillentos estaba indeciso, pero pensó que probablemente no encontraría un cliente mejor, y los billetes frente a él lo llamaban. Con rapidez estiró la mano para detener el subir de la ventanilla.
—Está bien, cerremos trato —con ansia febril tomó el sobre y empezó a contar.
El hombre de las gafas abrió la puerta, dirigió la mirada otra vez a Angélica y le dijo que subiera. Ella, angustiada, se volvió hacia el hombre de dientes amarillentos: aún tenía la esperanza de que la llamara para ir a casa. Pero él seguía contando su ganancia. Temblorosa, subió el primer pie y se sostuvo de la puerta para entrar, sentía que sus piernas se romperían en pequeños cristales.
—Me dio gusto hacer negocios —terminó por decir el hombre de las gafas—. Usted es lo que llamamos “un buen padre”.
Subió la ventanilla. Miró a Angélica sentada junto a él y le sonrió. Ella no le prestó atención, iba con la mirada petrificada viendo al frente mientras la camioneta avanzaba.
—No tengas miedo, nada malo te pasará. Solo es cuestión de que te portes como una niña buena —le dijo el hombre de las gafas al tiempo que le ponía una mano en la pierna.
Angélica cerró por un momento los ojos y unas lágrimas le escurrieron por las mejillas. A su mente acudió la envidia que le tenía a su muñeca por las lágrimas que jamás había visto brotar en ella.


ARTURO FLORES MARTÍNEZ. Originario del Estado de Morelos. Licenciado en Idiomas. Ha tomado algunos cursos de literatura, realización cinematográfica y escritura de guion de cine. Participó en una convocatoria y obtuvo la publicación de un compendio de cuentos en Playa del Carmen, Qroo.

Fotografía | Imágenes de Google


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