AFORISMOS La literatura: ese gran cementerio | Max Aub


Toda la desesperación humana radica en la imposibilidad de expresarse con exactitud.

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No es que no sepamos lo que quieren decir las palabras. Es que las palabras, en el fondo, no dicen gran cosa. La inteligencia tiene tales límites que dan ganas de llorar.

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El novelista recibe del público la primera materia y se la devuelve artísticamente transformada.

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La crítica no sirve para nada, absolutamente para nada. Un arte al que le sirviera de algo la crítica sería cualquier cosa menos arte. La poesía está sola, completamente sola. Como todos. Como tú, como yo.

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La facultad de crear es irracional. Sin eso cualquiera podría ser músico, pintor o novelista. Si Dios existe no lo sabe, y menos que existimos. Lo racional es posterior y no puede reemplazar jamás el aliento primero.

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Sigo donde estaba, creyendo en imposibles: en esa coexistencia de la libertad del escritor, de una organización más justa de la sociedad que sería, en gran parte, el fin de la justificación de la existencia del artista.

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En nuestra época, el pacifismo es el más cruel de los engaños. Si un escritor se empeña en no ser hombre de su tiempo, sin vuelo necesario para serlo de todos, ni es hombre, ni es escritor.

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Duro es nuestro porvenir, pero no por eso deja de serlo. Posiblemente nuestra misión no vaya más allá que la de ciertos clérigos o amanuenses en los albores de las nacionalidades: dar cuenta de los sucesos y recoger cantares de gesta. Labor oscura de periodistas alumbradores. Nunca más lejana una época dorada de las letras.

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No escribir es el ideal de todo escritor que no se atreve a decir lo que debiera.

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A nosotros, novelistas o dramaturgos, sólo nos queda dar cuenta de la hora en crónicas más o menos verídicas.

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Sabemos que los escritores, sean de la clase que sean, pertenezcan a la clase que pertenezcan, escriban lo que escriban, no pueden librarse, aun queriéndolo, de las condiciones, de las circunstancias, del medio, del tiempo en que viven.

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Los únicos documentos fehacientes: las novelas.

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Las novelas tienen como base una cosa real: la imaginación.

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El planteamiento de los problemas de realidad y realismo, de irrealidad e irrealismo, me ha tenido siempre sin cuidado, me importan la libertad y la justicia.

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La poesía sólo son las palabras, la verdad poco tiene que ver con ellas.

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No hay epílogos. Toda vida, toda novela, debiera acabar en medio de una frase, porque sí, aunque todos los personajes hubieran otorgado testamento.

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Si se dejara de escribir libros durante cien años, libros de literatura, no pasaría nada. Si dejaran de construirse casas durante el mismo tiempo, sería una catástrofe. Claro está que multiplicado por siglos podría ser otra cosa, porque tal vez no se necesitaran casas; pero eso está fuera de nuestras capacidades de observación. Con lo que quiero decir que los albañiles y los arquitectos son hoy más importantes que los escritores y que lo que necesita el Tercer Mundo —si es que existe, lo que se puede discutir— son casas, escuelas y conocer los libros ya publicados. De verdad creo que lo mejor para él sería que dejara de publicarse lo que escribimos. ¿Dónde los Homeros, los Dantes, los Shakespeares, los Cervantes de hoy?

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El sentimiento es tuyo, pero las ideas te las dan hechas, aunque no quieras, con la lengua.

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Para la humanidad el trabajo es un castigo; cuando ven a alguien escribir por el placer de hacerlo, estudiar porque sí o hacer comedias para divertirles a ellos, juzgan que aquello no es trabajar, y tienen razón si creen en el pecado original. Por eso los aficionados son mal vistos de todos los sindicatos.

Del libro Aforismos en el laberinto


MAX AUB. Dramaturgo y narrador español. Nació en París en 1903, hijo de padre alemán y madre francesa que se instalaron en Valencia en 1914. Dirigió entre 1935 y 1936 el teatro universitario "El búho" perfilándose como uno de los escritores jóvenes influido por la Revista de Occidente y José Ortega y Gasset. Durante la guerra civil colaboró con André Malraux en la filmación de L'Espoir (1937). Republicano, cruzó la frontera en 1939 y fue internado en un campo francés. Deportado a Argelia, consiguió escapar en 1942 y se trasladó a México, donde ha publicado la parte más significativa de su obra literaria. A pesar de sus comienzos esteticistas y de vanguardia, resulta ser un escritor de carácter realista y de fuerte contenido sociopolítico. Antes de la guerra civil había publicado Los poemas cotidianos (1930), Teatro incompleto (1930), Espejo de avaricia (1935) y Yo vivo (1936). A finales de la década de 1960 se atrevió a regresar a España, para comprobar el desconocimiento absoluto de su persona y de su obra entre los españoles, y poco después escribió La gallina ciega, diario español (1971) en la que recogió sus amargas impresiones. Publicó revistas muy personales: Sala de Espera (1960) y Los 60. Su obra narrativa comprende las novelas del ciclo El laberinto mágico (Campo cerrado, 1943; Campo de sangre, 1945; Campo abierto, 1951; Campo del moro, 1963; Campo francés, 1965; y Campo de los almendros, 1968); varios volúmenes de cuentos y, entre otras novelas, Juego de cartas (1964), compuesta de 108 naipes en cuyo reverso van escritas misivas que trazan el retrato del protagonista, Máximo Ballesteros. Esta obra abierta anticipa el procedimiento de Ítalo Calvino en El castillo de los destinos cruzados (1973). Su obra teatral es extensa. Escribió también poesía, un estudio sobre la novela española contemporánea y un manual de historia de la literatura española.

Fotografía | Diario Mundo Obrero

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