CUENTO El cuentista | Yobany García Medina


Llegué a su casa lo más temprano que pude, creí que la encontraría dormida. Toqué como desesperado, abrió y el rechinido de la puerta le dibujó una mueca; estaba asquerosa, pero su sonrisa resaltaba en medio del maquillaje corrido. Me invitó a pasar, me aplané en el sofá atascado de ropa interior, la quitó y la arrojó dentro de una cajonera de madera. Caminó hacia la cocina, regresó con una par de cervezas, me dio una y se sentó en la silla que estaba frente a mí. ¿Recuerdas que te llamé anoche y te dije que me dolía la cabeza? Sí, me acuerdo. Ah, pues estaba hasta la madre porque el negocio andaba flojo. Sin embargo, al fondo de la calle se veía un hombre grandísimo, se iba acercando poco a poco, paso a paso, hasta donde estaba, y ya parado frente a mí en realidad estaba chaparro: su frente apenas alcanzaba mi boca, creo que por la distancia, la luz o mi dolor de cabeza lo vi así, alto. Levantó el rostro para preguntarme el precio: era horrible. Decidí abusar y cobrarle de más para que se sintiera estafado; no tenía ganas de complacer quién sabe cuántas chingaderas. Pero aceptó. La verdad era un gran negocio, cuánto podría tardarme.
         Entramos a la habitación, me sentía nerviosa, inquieta. Comencé a desnudarme, pero él no me dejó. Se deshizo de su abrigo y de un sombrero bastante feo, entonces descubrí sus ojos: negros, profundos, hipnotizantes, hermosos, era lo único sobresaliente que tenía.
         Se acercó a mí. Despacio empecé a desabrocharme la blusa, botón a botón. Por primera vez me sentí avergonzada, nunca, ni con hombres mucho más atractivos me había sentido así. Me recostó sobre la cama, se encimó, me observó de arriba a abajo e intentó besarme. Me daba demasiado asco: preferí evitarlo. Enseguida bajó sobre mi cuerpo para quedar frente a mis tetas. Clavó sus ojos en mis pezones, me provocó un poco de lástima, imaginé que jamás había visto tan de cerca los senos de alguna mujer. Se quedó tieso. ¡Vamos!, mis tetas ya no están en su mejor momento, aun así él seguía mirando. Sus ojos parecían los de un perro muerto de hambre, pero su mirada tenía algo divino.
         Luego de un rato me sentí tan incómoda que tomé su mano y la acerqué a mis pechos. No quiso, jaló su mano con fuerza y se apartó. Miró de lejos. Después, sin yo esperarlo, se lanzó a lamerlos: ya con la lengua de fuera lo vi acercarse. Era un niño, era todos los niños. Me lamía con las ganas con las que disfrutan un helado en verano. Arrastraba su saliva desde la mitad de la lengua hasta la punta: una y otra vez.
         Dejé de sentir lástima y de pronto me vino a la cabeza una frase de esos programas seudoculturales que salen en la tele: “El gemido es la onomatopeya del alma”, no entendí nada en ese entonces, ni lo entiendo ahora, pero gemí con todas las fuerzas de ese recuerdo. Era un sonido que hacía mucho tiempo controlaba. Los clientes llegan, cogen y se largan; mi placer está en segundo o tercer plano, parecido a esas fotos donde se difuminan los objetos del fondo.
         Regresó a mis labios sin despegar su lengua de mi cuerpo. Su respiración iba secando la baba para no dejar rastro. Intentó  besarme, no quise, en serio me daba asco: el contorno de sus labios estaba lleno de barros, algunos a punto de estallar. Giré la cabeza para esquivarlo y prefirió no insistir. Se levantó, creí que se había molestado, él tenía todo el derecho de hacer conmigo lo que su morbosa cabeza pudiera maginar. No fue así, me levantó, y se arrodilló frente a mi ombligo, buscó el botón de mi pequeña falda: color negro, de piel, pegada a mi figura, hacía resaltar mis nalgas. La bajó junto con mi tanga, era la roja que tanto te gusta, la que tiene un pequeño moño en medio: arribita de mi pucha. Me acarició las nalgas, sus manos eran pequeñas, callosas y calientes, como la textura que tiene el concreto cualquier día soleado.
         Apretó mi culo con sus manos y pegó su nariz a mis pelos. Algo les murmuraba. Me excité tanto que mordí mi labio mientras lo miraba. Le calaron mis ojos y alzó la cara: me atrapó, al parecer se había dado cuenta del poder que ejercían sus ojos sobre mí. En realidad sus ojos no significaban nada, eran sólo dos siluetas arremangadas a su cara. Su mirada en cambio combinaba con todo, con el cuarto huérfano de silencios, con mi mirada rota e incluso con mis ojos sin dueño.
         Me tendió sobre la cama. Caminó hacia la cabecera. Arrebató una almohada y se acercó al lado derecho. Agarró mi cintura para levantarla y acomodó la almohada bajo mis nalgas. Avanzó, remojándose los labios y sobando las yemas de su mano derecha con ansia,  hasta quedar frente a mis pies. Se arrodilló, flexionó mis piernas para formar una “M”. Amasaba mis muslos, llegó a mis labios y los abrió, humedeció su dedo gordo para después meterlo hasta el fondo. Lo movía en círculos dentro de mí, sentía la aspereza de su pulgar y lo caliente de su yema. Lo sacó después de un rato y se lo llevó a la boca.
         Se quedó quieto con el dedo en la boca, mirando mi culo humedecido. Yo estaba tan caliente que bajé mi mano para masturbarme; apenas alcancé a tocar mis pelos cuando empujó mi mano con fuerza. No lo volví a intentar. Continuó viéndome largo tiempo de la misma forma, de pronto inclinó su cuerpo y comenzó a besar mis pies, despacio, como tratando de atrapar el sabor; lo persiguió hasta llegar a mis muslos, se detuvo, los exploró besándolos, oliéndolos, mordiéndolos; sus dientes se enterraban en mi carne, se sentía tan rico. Apreté las sábanas, me remojé la boca y pasé mis dedos por encima de mis labios. Llegó a mi clítoris y lo succionó con la delicadeza de un fumador.
         Se acercó a mi vagina, ahora con su enorme nariz aguileña: sentí cómo intentó penetrarme. La punta de su nariz rozaba mi clítoris, subía y bajaba la cabeza para acariciarlo. El vaho caía despacio en mi culo. Respiraba hondo, empujando con sus pulmones el aire, imitando el movimiento que hace cualquier verga. Después, recargó sus manos en mis rodillas, las empujó hacia mí para que se abriera mi culo. Entonces dejó caer toda su cara, lamía, mordía, restregaba la boca en mis jugos y de vez en cuando tomaba mi clítoris entre sus dientes y terminaba chupándolo con suavidad. Entre los gemidos que  salían de mí, alcancé a escuchar su bramido: un breve sonido que retumbaba en las paredes de mi vagina y se rendía en mi clítoris.
         Apartó mis labios con los pulgares, sosteniéndolos con delicadeza. Otra vez buscó mi clítoris, estaba erecto, lleno con toda mi sangre, y empezó con un movimiento sin forma pero continuó, alternado con pequeñas pausas. Reconocía esas secuencias: escribía.
         Se frenó, tomó aire y chupó  la humedad de todo mi culo, se apartó un poco y pasó su lengua por toda su boca. Con el brazo se limpió los labios y de nuevo acercó su lengua a mi clítoris, lo succión y lo contuvo entre los dientes, presionó un poco y fue aumentando la mordida, con las mismas ganas con que se comprime un mal escrito.
         Se detuvo, comenzó a lamer, pero sus trazos eran más marcados. Sentí su saliva remarcando una extendida Z. Sé que lo hizo a propósito para terminar de manera inusual lo que había empezado; siguió con la Y, la X, W, V, U. Se detuvo, alzó la cabeza para mirarme pero yo sólo veía una pesada neblida que rodeaba al cuarto.
         Agitó la lengua pesdacito y continuó: T, S, R, Q P, O, N, M, L, tomó un respiro, estiré las piernas y las recargué en sus hombros: sentí el filo de su barba mal cortada. Tomé la punta de la almohada que estaba debajo de mi cabeza, la mastiqué: mis gemidos se ahogaban en la tela. La cara me picaba, como cuando se duerme alguna parte del cuerpo. Grité, gemí sin remordimiento. Fue tan estruendoso, tan liberador, tan natural.
         Tomó aire, seguía lamiéndose los labios cada que se apartaba, al parecer le encantaba el lubricante de mi culo. Siguió: K, J, I, H, G, F.  Me temblaban las piernas, sin querer se contraían mis nalgas, los dedos de mis pies se encogía. Tomé su cabello y traté de llevar su boca a la mía: moría por besarlo. Sólo apretó la uñas sobre mis muslos y dejé de intentarlo. Bajé mis piernas y las abrí lo más que pude: E, D, C, B, cuando terminó de trazarla el eco de sus dientes se había enterrado en mi clítoris. Antes de terminar, llevó su lengua a mi ano y lo lamió: una, dos, tres veces.... Lento, caliente, siempre avanzando un poco más arriba para alcanzar mi clítoris, como si sacara la distancia entre ellos.
         Jalé una de sus manos y me llevé su dedo gordo a la boca, lo chupé como lo habría hecho con su verga. Seguía mamando todo mi culo y yo casi le arrancaba la piel del dedo con el hervor de mi lengua. Mi visión enmudecía, ya no podía oler más que el orgasmo inmediato. Los muslos se me partían y por fin se dibujó una, ¡aahhh!


YOBANY GARCÍA MEDINA (Estado de México, 5 de diciembre de 1988). Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, FES-Acatlán (UNAM). Miembro fundador del Seminario Permanente de Metaficción e Intertextualidad (FES-Acatlán). Ha publicado en diversas revistas y antologías, entre ellas: Monolito, Revista Bistró, El Humo, Penumbria, Nocturnario, Monolito, Palabrijes, Bitácora de Vuelos, Rojo Siena, Página Salmón, Revista Minificción, Revista a Buen Puerto, Antología Virtual de Minificción Mexicana, La Rabia del Axólotl, Primera Página, La otra Voz, Moria  y Destiempos n. 43, 44 y 45.

Imagen | Google

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